¿A qué se dedicaría si no tuviera que ganar dinero?

Si mañana no tuviera que trabajar para ganar dinero y recibiera una renta, que cobrará el resto de su vida de, por ejemplo, 1000€ mensuales, ¿dejaría de trabajar?

Publicado originalmente en EL CORREO DE ANDALUCÍA / SEVILLA / 8 FEB 2019.

Esa es la pregunta que me trae hoy hasta aquí. Ante esta pregunta se plantea un miedo: si las personas ya no tuviéramos que trabajar para conseguir dinero, nadie querría trabajar entonces y el sistema económico se desmoronaría. Y yo me pregunto: ¿en verdad sería así? ¿Usted también lo cree realmente?

Me dedico a impartir clases de escritura creativa desde hace una década. El 99% de mis alumnos ha manifestado en algún momento tener dificultades para estudiar, practicar, aprender o ejercer el oficio de escribir, con la intención de convertirlo en una profesión; no encuentran el tiempo suficiente para dedicarse a ello.

Detrás de esa falta de tiempo se esconden múltiples factores o circunstancias de vida, la principal tiene que ver con el hecho de que prácticamente todos mis alumnos se ven obligados a dedicar su tiempo y energía a realizar tareas remuneradas, empleos no siempre deseables que les permiten subsistir: comer, vestir, vivir bajo un techo, etc.

Pocos, muy pocos de ellos reconocen dedicarse profesionalmente a realizar una actividad económica que les produzca verdadero placer, gusto y que traiga consigo la sensación de que se están realizando personalmente.

Alguno ha descubierto tarde el gusto por leer y escribir. Y ya que su otra actividad económica le permite aventurarse, se introduce en la creación literaria buscando desarrollarse, sin descartar su principal actividad económica. Digamos que, se enfrenta a la lectura y la escritura como a un pasatiempo, porque su principal actividad en términos de realización personal y profesional, aquella que le colma de satisfacciones e ingresos económicos, es otra.

Esto me permite concluir con cierta facilidad que la mayoría de mis alumnos desearía dejar de invertir su tiempo y energía en la realización de las tareas remuneradas que les permiten subsistir en términos materiales; y que básicamente no abandonan dichas tareas porque su existencia material depende del ingreso económico que se asocia a ellas.

Esto pone de manifiesto una verdad que pocas veces se dice en voz alta: muchas personas en este mundo se dedican a realizar labores no vocacionales; preferirían no hacerlas pero se ven abocadas, necesitadas u obligadas a realizarlas a cambio de dinero.

Este mundo no está hecho para los pobres. Si no tienes para comer, para vestir y un techo bajo el que vivir, la existencia se torna francamente imposible. De ahí que, antes que ser pobres, preferimos entregar el tiempo de nuestra vida a la realización de tareas remuneradas que nos permitan subsistir, aunque éstas no nos hagan felices. Visto así parece absurdo, pero deja de serlo cuando nos quedamos en paro y dejamos de percibir ingresos, ¿verdad? Bajo esas circunstancias, nuestra felicidad no es más importante que nuestra subsistencia.

Si nos limitamos a hablar en términos estrictamente materiales, así es: nuestra subsistencia siempre ha sido más importante. Pero, ¿a caso la humanidad no ha superado ya esa etapa en la que luchaba para subsistir? Piénselo un poco, ¿no es ya el mundo un lugar en el que todos podríamos subsistir holgadamente con las riquezas que producimos? ¿A caso nuestro desarrollo tecnológico y científico no nos ha convertido en una civilización suficientemente rica? El problema no es que no tengamos riquezas suficientes, es que las riquezas las acaparan unos cuantos.

El absurdo puede llegar de otra manera: también hay quienes ganan mucho dinero dedicándose a lo que hacen, aunque no les guste. Se me viene a la mente el caso de uno de mis alumnos que se dedica a la construcción. Le va bien en términos económicos, no le falta trabajo y sus ingresos son altos. No le resulta difícil invertir el dinero en cursos de escritura creativa, aunque no le resulta igual de fácil invertir el tiempo suficiente a esos cursos para aprender a leer y escribir como un profesional, un oficio que le viene de vocación desde que tiene uso de memoria; razón por la que llegó a mis clases en primer lugar.

Sin embargo, mi alumno el constructor se ve obligado a enfrentarse a su vocación literaria como si fuera un pasatiempo, aunque al dedicarse a leer y escribir se sienta más feliz que cuando se dedica al negocio de la construcción. Una vez me atreví a preguntar si se plantearía dejar la construcción para dedicarse a la literatura, ahora que su estabilidad económica era buena y su respuesta fue: «nadie lo entendería, además necesito el dinero».

Y lo entendí porque yo mismo conozco el rechazo de la sociedad cuando te atreves a decir que quieres ser escritor, para también con cualquier otra profesión que no es socialmente bien vista: básicamente cualquier disciplina artística, o cualquier actividad relacionada con el mundo del arte y el entretenimiento.

Nos encanta hablar de Cervantes, pero siempre hablamos de su obra y pocas veces nos centramos en su vida, que estuvo llena de dificultades económicas. Su reconocimiento más grande, como pasa con muchos artistas, fue póstumo. Somos los primeros en pagar la suscripción a Netflix para ver las mejores series y películas, pero cuando un sobrino, nieto o hijo nos dice que quiere ser actor, director de cine o guionista, nos escandalizamos e inmediatamente pensamos que es un despropósito. Así podría poner varios ejemplos.

A mis padres, sin ir más lejos, les costó comprender mi vocación literaria, así como decidirse a impulsarla y ayudarme a crecer profesionalmente en este campo. Antes me invitaron a pensarlo y evaluar otras opciones. Pero entiendo a mi alumno porque yo mismo he necesitado el dinero. No es fácil dedicarse a la literatura en un mundo que no comprende la vocación literaria tanto como la vocación de un médico o de un cocinero. Vivir de la literatura en este mundo siempre ha sido una proeza, una tarea que implica aceptar las carencias y las dificultades socioeconómicas, sobre todo durante los primeros años de ejercicio. Una tarea que no puede realizarse si, el que la realiza, no siente un profundo amor por lo que hace.

Lo único que me cuesta comprender es cómo a algunas personas les cuesta tanto desprenderse del imperativo social de poseer riquezas. Parecen demasiado preocupados por lo que piensen los demás sobre ellos mismos y muy despreocupados por lo que ellos mismos son capaces de pensar y sentir sobre sí mismos. Ante los demás ríen y presumen sus joyas, en soledad lamentan que su vida no sea más feliz.

A nadie resulta extraño que un empresario requiera de tiempo, capital y mucha dedicación para conseguir que su negocio prospere, pero la cosa cambia cuando se trata de comprender que una persona requiera de tiempo, capital y dedicación para convertirse en un escritor profesional que aspire a rentabilizar su trabajo.

Tenemos una comprensión del valor centrada en el dinero y en su adquisición como medios para alcanzar la felicidad. Dice el dicho que el dinero no es la felicidad, pero se le parece. ¿No? Con dinero podemos consumir y posicionarnos en el estrato social como personas exitosas y capaces de sobrevivir. Nos cuesta pensar que el valor también puede estar dentro de nosotros mismos y que ese valor puede rentabilizarse en términos económicos, para llevarnos a alcanzar igualmente ingresos que nos introduzcan en el estrato social como personas exitosas y capaces de sobrevivir. El fin es el mismo, pero la forma de llegar no.

En este mundo, por supuesto, viven muchas personas que ya son felices dedicándose profesionalmente a lo que también les da dinero. Pero desde que me dedico a impartir clases y me relaciono intensamente con personas que comparten mi vocación literaria, conociendo de cerca sus vidas y sus dificultades, tengo la sensación de que este mundo está habitado por una mayoría abrumadora que no encuentra felicidad y satisfacción personal en sus trabajos, lo que también produce que la eficiencia y los beneficios en general de todo lo que se hace y produce no sean tan altos como podrían ser.

¿Se imagina un mundo en el que todos pudiéramos desde pequeños elegir libremente a qué queremos dedicar nuestra vida productiva? En teoría eso ya es así, pero en la práctica no. Todo depende del umbral de pobreza en el que se encuentre nuestra familia cuando nacemos.

Si su familia tiene dinero suficiente para educarle e incentivar su criterio personal hasta la vida adulta, quizá usted pueda elegir realmente en libertad a lo que desea dedicar el resto de su vida productiva. La posesión de dinero permite eso, al menos en teoría.

Descartemos todos aquellos casos en los que aún teniendo dinero, la familia no educa en libertad y condiciona al individuo a dedicarse, por ejemplo, al negocio de la familia, aunque no le guste y le haga feliz. En esos casos lo que premia es que la empresa familiar sobreviva y con ella la riqueza que produce. Estas familias comparten la concepción del valor centrado en el dinero y algunos de los miembros de la familia han encontrado felicidad sacando adelante la empresa. Su pensamiento es parecido a este: ¿si yo encontré felicidad siendo empresario de mi negocio, por qué no van a encontrarla mis hijos? ¡Ganarán tanto dinero como yo!

Esa es una perspectiva muy compartida y socialmente aceptada. Aquel hijo de familia empresaria que renuncia a dedicarse a lo mismo que la familia porque se siente interesado en otra actividad, es tonto y perderá la oportunidad de ser rico como sus antecesores, piensa el colectivo social.

El dinero, ser rico. Eso es lo que nos importa. Socialmente hablando el dinero es sinónimo de bienestar, éxito y felicidad. ¿Pero lo es en verdad? Sí creo que el dinero es necesario, muy necesario para que las personas podamos desarrollarnos y alcancemos un grado mínimo de bienestar. Pero no veo en el dinero la felicidad. La felicidad, en mi opinión, puede venir a causa de un dinero invertido que produzca el desarrollo de una vocación personal. Una persona que puede dedicarse a hacer lo que le gusta y ama hacer, que encuentra sentido para su propia existencia a través de la realización de esa actividad, será sin duda una persona feliz.

Un mundo en el que nuestra existencia material estuviera garantizada, en el que no tuviéramos que preocuparnos por cubrir nuestras necesidades básicas, ¿sería un mundo en el que la gente se dedicaría a hacer lo que vocacionalmente desea? ¿Cuáles serían las implicaciones de un mundo en el que las personas no tuviéramos que ganar el dinero mínimo suficiente para subsistir? ¿La sociedad valoraría de manera más justa la multiplicidad de profesiones y vocaciones posibles? Si ahora dedicamos la mayoría de nuestro tiempo y energía a ganar dinero para subsistir, ¿a qué dedicaríamos la mayoría de nuestro tiempo y energía teniendo las necesidades básicas cubiertas?

En mi caso la respuesta es obvia. Desde que decidí que quería dedicarme a la literatura busco enfrascarme en periodos de creación más o menos largos que me permitan realizar proyectos específicos: un conjunto de cuentos, una nueva novela, ahora un ensayo, etc. Siempre en función de las necesidades comunicativas que tenga. No suelo plantearme proyectos literarios que no guarden relación con una problemática social que me implique personalmente.

Escribir para mí en sinónimo de felicidad y plenitud; a través de la escritura me ayudo y ayudo a otros a entender el mundo. Si yo empezara a recibir una renta mensual de 1000€ a partir de mañana, dedicaría el 90% de mi tiempo productivo a escribir y sólo un 10% a mi trabajo como docente. Pero en ningún caso dejaría de trabajar. La vida sin tareas me parecería entonces aburrida e indeseable.

Sí, quizá tome vacaciones con más frecuencia, porque desde hace al menos diez años no puedo vacacionar como la mayoría hace, dos o tres veces al año en los periodos dedicados al descanso y la convivencia familiar. Yo no dejo de trabajar, incluso en esos periodos y son raras las ocasiones en las que puedo tomar vacaciones que me desconecten por completo del trabajo. Pero, si cobrara una renta mensual de 1000€, no evitaría trabajar. Más bien al contrario. Me dedicaría con ahínco a hacer realidad el sueño que me impulsó a salir de casa, cambiar de continente y buscarme la vida. ¿Usted dejaría de trabajar? ¿Qué haría entonces?

Imagino que si el mundo cambiara y todos cobráramos esa renta, sin duda habría personas que abandonarían el trabajo. En este mundo hay personas para todo. Pero me cuesta creer que la mayoría de las personas preferirían una existencia insulsa en la que se tienen cubiertas las necesidades básicas sin más. La cuestión es: ¿para qué querríamos tener cubiertas nuestras necesidades básicas?

A lo largo de los últimos diez años aprendí a querer mi labor docente, descubrí que se me da bien enseñar a los demás el oficio literario. Por eso creo que no sería capaz de dejarlo de lado. Pero sí tengo claro que mi encuentro con la docencia ha sido más o menos fortuito, como quizá sea el caso de muchas otras personas que actualmente se dedican a hacer cosas que no se habían planteado hacer, pero que han terminado haciendo porque obtenían ingresos con ellas.

Uno puede aprender a querer cualquier oficio que realice y ganase la vida dignamente con ello. Existe la capacidad de los seres humanos para encontrar felicidad allí donde no creían que podían encontrarla (quien tenga ese talento tendrá una gran dicha), pero hacia donde intento dirigir su atención es hacia la capacidad de las personas para encarar sus vocaciones y emprender un camino de autorrealización que no dependa de nada, ni nadie más, que no esté condicionado por el contexto socioeconómico en que se nace.

Me gusta pensar que un mundo así estaría lleno de personas (la mayoría) realmente felices. Un mundo en el que se nos enseñe desde pequeños a buscar aquella actividad que realmente nos produce gozo y que inevitablemente tiene una función social. ¿Qué actividad en la vida de los seres humanos no tiene una función, por mínima que sea? En un mundo así, el potencial de desarrollo de la humanidad se multiplicaría con creces.

Me interesa más la capacidad que tenemos los seremos humanos para dedicar nuestra existencia a la realización de obras que traigan consigo la autorrealización, la felicidad y, claro está, el beneficio económico y sociocultural para todos.

No estoy en contra de las tareas que no tienen como consecuencia el beneficio económico, en absoluto. De hecho creo que sería más justo un mundo en el que las mujeres y los hombres pudieran quedarse tranquilamente en casa a cuidar a sus hijos y criarlos, sin tener que preocuparse por cómo obtener los recursos para la subsistencia de la familia; o un mundo en el que las tareas de cuidado entre familiares estuvieran remuneradas. Todos hemos tenido a un familiar que necesita cuidados y nos hemos tenido que enfrentar a la dificultad de cuidarlo y correr el riesgo de perder nuestro trabajo o nuestros ingresos porque dejamos de trabajar o ser productivos económicamente mientras le cuidamos. De existir esa renta mensual, se aseguraría el bienestar general de las personas, sea cual sea su contexto y circunstancia personal.

Le parecerá que este ejercicio de reflexión del que le hago partícipe, atento lector, es una utopía absurda. Y tendrá razón en pensar que es una utopía, pero le invito a profundizar en la idea y cuestionarse realmente si es tan absurda como puede parecer. Llevo varios días enfrascado en estos pensamientos porque emprendí la lectura de un libro que sin duda merece su atención: Utopía para realistas, de Rutger Bergman.

A través de este libro descubrí que los seres humanos llevamos al menos cincuenta años intentando hacer realidad esta utopía en diferentes regiones del mundo. Y que el debate sobre la renta básica universal se avivó a principios del siglo XXI a causa del crecimiento imparable de la tecnología y la robótica. Llevamos al menos diez años enfrentándonos a noticias que nos llevan a imaginar, con bastante tino, un mundo en el que muchas personas se quedarán sin trabajo porque habrá máquinas que puedan realizar esas labores con más eficiencia, de manera ininterrumpida, a un coste bastante menor.

Se han realizado ya varios experimentos en diferentes regiones, para analizar la reacción de las personas cuando se benefician de una renta que pueden cobrar sin condiciones. Los casos de éxito en regiones muy necesitadas de África son muy esperanzadores. Ahora mismo Finlandia está realizando un nuevo experimento, aunque recientemente se supo que se interrumpirá indefinidamente a finales de 2019. El interés global ante el resultado de dichos experimentos es total, pues se mira con mucho recelo la idea y su posible realización. El temor, como expuse al principio del artículo, es que una renta básica convierta a los seres humanos en una panda de holgazanes.

Quizá durante la próxima década el debate sobre la renta mínima universal se avive en todo el mundo. Quizá nos tome unos cuantos años darnos cuenta de lo distinto que es el mundo hoy, a diferencia de hace cien o doscientos años; y de que la causa de la pobreza no se encuentra principalmente en la falta de recursos, como en la distribución de la riqueza. Mi intención aquí se limita a llevarlo a cuestionarse de manera general sobre su situación personal. Teniendo en cuenta el debate sobre la vocación y la autorrealización al que le animé a entrar, ¿usted qué haría? ✍🏼

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