Como si Almodóvar, Eduardo Mendoza y Eduardo Mendicutti tuvieran un bebé

Alba Carballal creó a un coro de personajes que no tienen desperdicio ni empatía, aunque sí mucha gracia. A veces no parecen humanos, la verdad. Pero quizá es su crudeza lo que me hizo creer que las personas podemos llegar a ser tan terribles como ellos.

Publicado originalmente en EL CORREO DE ANDALUCÍA / SEVILLA / 8 MAR 2019.

Acabo de leer una novela que podría interesaros por varios motivos: 1) es como si Almodóvar, Eduardo Mendoza y Eduardo Mendicutti hubieran tenido un bebé, 2) tiene un sentido del humor difícil de encontrar en España: ácido e irónico, 3) es una parodia de la picaresca española que se mezcla descaradamente con la novela policíaca y la comedia negra,  4) la escribió una gallega nacida en 1992, 5) es una de las pocas obras literarias que yo conozca en la que un personaje principal es una transexual en plena transición y, aunque es una persona horrible, vive su transexualidad con orgullo; y 6) la historia te ayudará a comprender si tú eres una persona que lleva las riendas de su vida o se abandona al fracaso.

Empezaré por matizar eso de que el personaje transexual es una persona horrible. En realidad en esta novela todos los personajes son bastante detestables. Lo aclaro por aquello de que a nuestra sociedad le encanta asociar la “maldad” con lo diverso. Alba Carballal, la autora de esta novela titulada Tres maneras de inducir un coma (Seixs Barral, 2019), creó a un coro de personajes que no tienen desperdicio ni empatía, aunque sí mucha gracia. A veces no parecen humanos, la verdad. Pero quizá es su crudeza lo que me hizo creer que las personas podemos llegar a ser tan terribles como ellos.

La novela cuenta la historia de Federico, un cuarentón patético y fracasado que vive con su madre y no tiene trabajo ni intenciones de conseguir uno. Un día Federico recibe una llamada telefónica en la piscina que frecuenta, porque no tiene teléfono en casa. Le ofrecen un trabajo. Poco antes puso un anuncio en el periódico, obligado por su madre, que está prácticamente harta de tener a su hijo en casa. El trabajo que ofrecen a Federico consiste en espiar a un hombre famoso y adinerado: Eduardo Mendoza (homenaje que la autora hace al autor); padre de Natalia. Natalia, antes Eduardo, es una mujer transexual en plena transición con terribles problemas familiares. Su padre la detesta desde el momento en que encaró la vida como una mujer, razón por la que ella teme que su padre la desherede. El trabajo de Federico consiste en averiguar si sus sospechas son ciertas. 

El punto de partida ya es lo suficientemente raro como para no echar cuenta. Imaginaros lo raro que se pone todo conforme avanza la historia.

Quizá entre las razones de mayor peso para leer esta obra de la joven narradora, que además de escritora es arquitecta, es que hace gala de un uso del lenguaje que es poco frecuente, a mi parecer, en la literatura de nuestros tiempos. Pocos escritores se atreven a trabajar con el coloquialismo como lo hace Alba Carballal, no con poca fortuna. En una entrevista, el argentino Dario Adanti, mientras se bebía unas cervezas con la autora en la cocina de su casa de Madrid, hizo un comentario sobre esto, resaltando la capacidad que tiene Alba para escribir literatura de muy alta calidad, alejándose de las pretensiones y poniendo énfasis en la historia, sin descuidar un sólo momento el uso esperpéntico del lenguaje con que los propios personajes cuentan. Lo del esperpento ya es cosecha mía.

Esta obra literaria es claramente una novela, sin embargo en ella os encontraréis cartas, escenas guionizadas de televisión, monólogos abundantes e incluso, aunque muy puntualmente, un narrador en tercera persona. La destreza que la autora demuestra tener con el uso de la técnica narrativa es llamativo y eficaz. Si no soléis poner mucha atención en este tipo de detalles quizá ni lo pensaríais. Y tal vez sea mejor, porque será seña de que la pluma de la autora consiguió interrumpir por completo vuestra incredulidad.

Hoy en día ya no es tan novedosa la mezcla de géneros literarios. Es más bien un rasgo característico de prácticamente toda la literatura que se hace desde principios de siglo XXI. Pero lo que sí habría que destacar de la obra de Alba es que la mezcla no surge de un capricho estético, como ha sucedido a más de un narrador joven. En todos los casos, el uso de las formas propias de otros géneros literarios, en esta novela, responde a la necesidad dramática. Un aspecto en el que os invito a fijaros si os acercáis a la literatura con ánimo constructor.

No se puede decir nada sobre esta novela sin mencionar que su autora tiene apenas veintisiete años y es la primera obra que escribe. Cualquiera que la lea y haya leído óperas primas de narradores emergentes diría que ésta no puede ser la obra de una autora novel. Y sin embargo lo es. La escribió durante su estancia en la Fundación Antonio Gala y, contrario a lo que todos piensan sobre autores jóvenes, Alba Carballal ha conseguido entrar al campo literario por la puerta grande, publicando su primerísima obra en uno de los sellos más importantes del país. Que sea, pues, ejemplo de que, aunque sea muy difícil conseguirlo, se puede.

Alba Carballal declaró, durante la primera presentación de la novela que se realizó en Córdoba, en la misma Fundación Antonio Gala el pasado mes de febrero, que eligió a un personaje cuarentón para poder construir a un personaje que ha tirado la toalla por completo, que ha dejado de tener esperanza en su porvenir y ahora es arrastrado por fuerzas que nada tienen que ver con su propia voluntad. Puedo decir que Federico es quizá el único personaje de esta historia que no es terrible, antipático o mala persona, como quizá lo puedan ser todo los demás personajes que le rodean. Pero sí es, desde luego, un personaje patético y detestable, en cuanto carece de criterio propio: no asume las riendas de su propio destino, se deja llevar por la vida. Según su autora, Federico no podía ser menor, tener una edad más similar a la de su propia generación, porque la generación a la que ella pertenece no está desencantada aún, no ha dejado de pensar que todo está perdido y que no tiene sentido trabajarse un futuro mejor. Yo no sé, desde luego, si los cuarenta traen consigo esa manera de ver la vida. No lo creo. Pero me hace pensar en lo terrible que tiene que ser que alguien, quien sea, llegue a ser como Federico en la vida, independientemente de la edad que tenga. Es un personaje culto, cultísimo y bastante pedante. Pero su cultura e inteligencia no son armas suficientes para sacarlo del ostracismo en que se encuentra. Los que me lleva a preguntarme, si la inteligencia y la cultura ya no son armas suficientes para sobrevivir al mundo de hoy, ¿qué sí lo es? ¿Será ese el destino de la generación Millennial, un destino parecido al del protagonista de este personaje? A mí, desde luego, no me lo parece. Pero para salir de dudas y pensar más a fondo, lo suyo es que lea usted la novela y saque sus propias conclusiones, no vaya a ser que alguien más (yo, los medios de comunicación, las demás personas) las saque por usted y así, le mantenga en un coma profundo.


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