El método de escritura creativa de Juan Rulfo

El método de escritura creativa de Juan Rulfo
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El escritor mexicano Juan Rulfo dio una conferencia titulada “El desafío de la creación” en la Escuela de Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México en el año 1963, ese mismo año, meses más tarde, fue publicada la transcripción de la conferencia en la revista de la misma universidad.

En esta conferencia Rulfo hizo un esfuerzo por explicarnos cómo comprendía la creación literaria, con especial atención en su quehacer como cuentista; buscó explicar cómo era su propio proceso creativo o método de escritura creativa. ¿Quieres averiguar cuáles eran las prioridades y estrategias creativas de uno de los escritores más importantes del siglo XX en hispanoamérica?

¿Quieres saber cómo hacía Rulfo para escribir sus cuentos?

Juan Rulfo nació en un pueblo del estado de Jalisco en México, el año 1917 del siglo pasado. Además de escribir narrativa, fue guionista y fotógrafo, pero su reputación creció gracias a dos de sus contados libros: el libro de cuentos El llano en llamas (mi favorito), publicado en 1953 y la novela Pedro Páramo, publicada en 1955.

En sus obras se representa el mundo rural y postrevolucionario de México, donde se mezcla realismo y fantasía. A través de los dramas que viven sus personajes, Rulfo refleja las costumbres del país y da cuenta de los conflictos regulares que se vivieron en el campo como consecuencia de los conflictos bélicos de principios de siglo.

Con solo dos libros bajo el brazo, Rulfo consiguió reconocimiento internacional. Fue ganador del premio Nacional de Literatura de México en 1970 y del Príncipe de Asturias de España en 1983.

El llano en llamas, que incluye diecisiete cuentos, es un compendio de verdaderas obras maestras y Pedro Páramo fue la obra con que concluyó un lento proceso formativo que lo mantuvo ocupado durante años, una formación que asimiló diversas literaturas extranjeras, desde la escandinava, pasando por la rusa y hasta la norteamericana.

La literatura del tapatío significó un antes y un después en la literatura mexicana, sobre todo a partir de la publicación de Pedro Páramo, su primera novela, que es conocida como la última novela revolucionaria que da pie al inicio de una etapa de experimentación narrativa de mediados de siglo, de la que devino posteriormente el boom latinoamericano.

Siendo Rulfo un autor tan destacado y significativo para la narrativa hispana, conviene saber cuáles eran sus principios creativos. Tomaré algunas de sus ideas expuestas en la conferencia que cité al comienzo de este vídeo para esquematizar su método creativo. La intención es que puedas entenderlo y si te atreves ponerlo en práctica para averiguar qué tanto de él puede servirte a ti, en tu propio proceso creativo; o simplemente contrastarlo con tu manera de enfrentarte a la creación, de modo que su reflexión sirva a la tuya, de camino al reconocimiento de tu propio método creativo. ¿Estamos listos?

Yo no tuve quién me contara historias o la premisa de Rulfo

El mexicano explica que él no tuvo quién le contara historias en su pueblo. Vivió rodeado de gente cerrada que prefería hablar del clima cuando él estaba cerca. Se sentía extranjero entre los suyos. Sabrá Dios por qué, pues él mismo no lo explica. A mí me lleva a pensar que quizá Rulfo fue un niño y luego un hombre raro, una persona con la que no se sentían cómodos los demás, quizá por su carácter introspectivo y tímido. El caso es que nadie le contó historias, ni de chico ni de grande, lo que lo impulsó a contárselas él mismo. Esa fue siempre su premisa. Consideraba la imaginación y la invención un principio fundamental de la creación literaria.

La mentira y su verdad

Rulfo entendía que todo escritor es mentiroso porque crear es mentir. Comprendía la literatura como el gran acto de mentir. Pero de esa mentira, dijo, sale una recreación de la realidad. Para él recrear la realidad a través de la mentira era otro de los principios fundamentales de la creación.

Los tres pasos de Rulfo, previos al cuento 

Rulfo consideraba necesario realizar tres pasos previos a la escritura definitiva de todo cuento. 

En primer lugar estaba la creación del personaje protagonista, en segundo lugar la creación del ambiente donde ese personaje se iba a mover y en tercer lugar la concepción de la forma en que el personaje creado hablaría o se expresaría

El escritor decía que sólo esto le bastaba para contar una historia. A pesar de su temor a la hoja en blanco y al lápiz, pues escribía a mano, se enfrascaba en largos procesos de una especie de escritura automática que partía de los tres pasos antes indicados.

Como no creía en la inspiración, pues decía que escribir era un asunto de trabajo puro y duro, se ponía a escribir, como decimos en mi tierra: a ver lo que sale. Llenaba páginas y páginas con la intención de descubrir alguna palabra que le diera la clave de lo que tenía que hacer, de cómo iba a ser su obra. Buscaba una dirección.

A veces escribía cinco o diez páginas sin que apareciera el personaje que deseaba: un personaje vivo que se moviera por sí mismo. La mayoría del tiempo escribía sin parar hasta que, de pronto, aparecía el personaje y, una vez identificada la dirección, se dejaba guiar por la intuición de lo descubierto, sintiendo a veces que estaba persiguiendo al personaje. 

Así Rulfo terminaba encontrando una realidad distinta, la del personaje, o una irrealidad, que no es otra cosa que la ficción, el universo verdadero en el que vive el personaje. Escribiendo con espíritu de explorador, de arqueólogo de sus propias letras recién producidas, Rulfo encontraba también los sucesos que componían la historia por entero y hasta lo que quería decir a través de la historia.

Diferenciar ficción de realidad

Para Rulfo era imprescindible pensar qué sabía él, qué mentiras iba a contar. Detenerse a pensar en la verdad, es decir, en los hechos reales o en la realidad de las cosas conocidas, en todo aquello que había visto y oído, para cerciorarse de no contar eso en absoluto y centrarse en la invención. Pues de lo contrario, decía, se está haciendo historia o reportaje.

Esto a mí me llama la atención porque Rulfo destacó siempre que él no escribía sobre su vida o sobre acontecimientos cercanos. Nadie le contó las historias que compuso en sus obras, tampoco las conoció de primera mano. Se lo inventó todo. O al menos eso es lo que aseguró siempre, pero también es verdad que Rulfo creció en un contexto rural, rodeado por hombres violentos que lucharon en la Revolución Mexicana de 1910 o la llamada Revolución Cristera que estalló en 1926. 

Fue un niño que se quedó huérfano de padre y luego también de madre; se vio obligado a pasar muchos años de la infancia en un orfanato que parecía más una correccional para menores. 

Muchos de los conflictos que viven sus personajes en El llano en llamas corresponden con los conflictos que él mismo, a lo largo de su vida pudo experimentar, en contextos que no le resultaban para nada ajenos, a pesar de que su vida adulta la centró en la Ciudad de México, Rulfo dominaba a la perfección el ámbito rural y campesino.

Aunque buscara despegarse de los hechos reales, en mi opinión Rulfo no deja atrás su mundo conocido, mas aún, lo utiliza para montar sobre él un nuevo mundo de ficción, lleno de acontecimientos inventados. Lo que prueba eso de que el escritor escribe sobre lo que sabe.

En torno a sus tres pasos previos al cuento: el protagonista, el ambiente y la forma de hablar del protagonista, para Rulfo estaba la imaginación circulando permanentemente. 

Para él la imaginación era infinita y creía que había que romper justo allí, donde cierra el círculo de la imaginación, para abrir una puerta de escape por donde irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición, dijo el autor: la intuición lo lleva a uno a pensar algo que no ha sucedido, pero está sucediendo en la escritura.

La soledad

Rulfo aprendió muy pronto a vivir en soledad quedándose huérfano de pequeño, lo que le convirtió en un adulto irremediablemente solitario que prefería siempre estar solo a tener que enfrentarse a los demás. 

Incluso se le notaba incómodo al recibir elogios de los lectores que le admiraban. Amaba su soledad, lo que sin duda le ayudó a convertirse en uno de los escritores más geniales del siglo XX, pues quienes nos dedicamos al oficio de escribir, sabemos que para centrarse uno requiere de mucha paz. Y estar solo ayuda bastante.

Rulfo entendió pronto que el trabajo del escritor era un trabajo solitario. Creía que no era posible concebir un trabajo colectivo de escritura.

En soledad, el autor comprendió que uno se lleva a sí mismo a convertirse en una especie de médium de las cosas que se desconocen, sin saber que solamente el inconsciente o la intuición lo llevan a uno a crear y segur creando.

Cómo tratar los tres temas básicos o lo que uno quiere decir

Otro principio fundamental de creación para Rulfo era detenerse a comprender lo que quería decir sobre el tema que estaba tratando. Es decir, darse la oportunidad de comprender con claridad qué tema se está abordando a través de la historia y qué se está diciendo sobre ese tema al tratarlo.

No existen más que tres temas básicos, reconoció Rulfo: el amor, la vida y la muerte. Y hay que saber cómo tratarlos para no repetir lo que otros ya han dicho sobre ellos.

Rulfo tenía claro que el tratamiento que se le da a un tema debía ser diferente, aunque dicho tema hubiera sido tratado infinidad de veces ya. 

Pues aunque se estuviera tratando el mismo tema que ya habían tratado Virgilio, los chinos o quienes fueran, había que buscar una perspectiva única y personal, siendo esto lo que produce que la historia contada desate interés y consiga llamar la atención de los demás.

Pensaba que al publicar el cuento, el tema abordado en él moría, pues el autor dejaba de pensar en él. En cambio, si el tema no desaparecía de la mente del autor, significaba que debía seguir tratándolo, quizá iniciando una nueva historia hasta averiguar por qué no se ha podido dejar el tema antes, quizá en la misma historia publicada para entender el fallo.

Lo de mostrar y no explicar según Rulfo

Explicó Rulfo que él dejaba que sus personajes funcionaran por sí mismos, sin necesidad de que dependieran de él. Que no es otra cosa que decir que construía sus personajes tan profundamente que conseguía dotarlos de vida propia, lo que le ayudaba a tomar con facilidad todo tipo de desiciones sobre el rumbo que debían tomar las vidas de dichos personajes. 

Es curioso el modo en que el autor hacía referencia a su modo de proceder, hablando de sus personajes como entes capaces de ser autónomos, de escapar de su control. Y me pregunto la razón por la que lo entendía así y así lo exponía. 

Cuando era él quien controlaba a los personajes y no los personajes los que tenían autonomía, sentía que entonces él entraba en la divagación propia del ensayo, en el ejercicio de elucubrar hasta llegar a meter sus propias ideas en el texto, a través del personaje, sintiéndose filósofo. 

Al hacer esto, se reconocía intentando hacer creer una ideología o su visión personal de la vida, el mundo o los seres humanos, como si esto fuera algo que un narrador no debiera hacer también a través de sus historias. Pero a Rulfo esto le preocupaba particularmente. Sentía que al suceder esto, al tener él el control sobre el personaje y transmitir a través de él una serie de ideas, él se volvía ensayista y su texto un ensayo. Lo que detestaba.

No le costaba entender que podía haber muchas novelas-ensayo, pero también sabía que por norma general, el género que se presta menos al ensayo es precisamente el cuento. Eh allí, quizá, el origen de su preocupación. 

Entendía la novela como un género que abarca todos los géneros, un saco donde todo cabía: cuentos, obras de teatro, ensayos filosóficos, etc. Para él, que respetaba tanto el cuento como género, considerándolo más importante que la novela, pues para escribir cuentos hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas con poco, obligándose al freno sin desbocarse, lo esencial era precisamente eso, la contención. Y en un ejercicio de contención no caben elucubraciones. 

Para mí esto es lo que Rulfo entendía por mostrar y no explicar. Pues en narrativa, sobre todo cuando no se domina el oficio, se cae fácilmente en la tentación de la exposición directa y elucubrada de los hechos, los sentimientos, las emociones y el sentido que debería tener todo en conjunto. Y eso era precisamente lo que intentaba evitar a través de la contención que lo obligaba a centrarse. Obligándose a ello se olvidaba de filosofías e ideas y se centraba en la acción y en los personajes.

El miedo a la academia, a los intelectuales y ¿al poder de la palabra?

Rulfo expuso estas ideas, que componen la base de su método creativo, en un contexto académico que le escuchó atentamente. 

Fue un hombre culto y respetado que consiguió fama internacional con apenas dos obras publicadas, lo que nadie o casi nadie ha conseguido en la historia de la literatura.

Cuando yo era aún estudiante universitario y conocí a Rulfo, leyéndolo y analizándolo en el aula, comprendí que, contrario a la compleja retórica de su prosa y a su evidente dominio del oficio, se trataba de un autor que fuera de su propia obra tenía serias dificultades para explicar lo que hacía, cómo y por qué lo hacía, principalmente porque le aterraba la seriedad de la academia y el mundo de los intelectuales del que, irónicamente formaba parte.

A quienes le escucharon en esta conferencia pidió disculpas, pues el modo en que hablaba era elemental y sin ámpulas, reconociendo abiertamente su miedo a los intelectuales y sus intentos por evitarlos a toda costa. «Considero que el escritor debe ser el menos intelectual de todos los pensadores —dijo Rulfo—, porque sus ideas y sus pensamientos son cosas personales que no tienen por qué influir en los demás.»

La obra de Juan Rulfo ha sido una de las más significativas del siglo XX, en gran medida por la capacidad que tiene su universo ficticio de exponer al mundo el costumbrismo del campo mexicano y los conflictos de un país que se abría paso hacia la democracia. Me cuesta creer que Rulfo no fuera consciente de ello, o que se negara a reconocerlo, y con ello la importancia de su trabajo y la trascendencia de sus ideas. Pero me lo creo porque detrás de esa estrella de la narrativa que hoy conocemos, habitó un hombre lleno de inseguridades y temores. 

Entenderse así mismo como un mero artesano de la ficción que hace recaer sobre sus personajes toda responsabilidad ideológica, me hace cuestionar su estima propia, pues siendo grande el poder de su palabra, prefirió pensar que debía él ser el menos intelectual de los escritores y no caer mucho en la cuenta de que sus historias, aunque él no lo pretendiera, estaban compartiendo al mundo una visión personalísima, auténtica y llena de verdad que ha tenido, en efecto, una gran influencia en la literatura y en la comprensión del México sociopolítico de principios de siglo XX. 

Lo que nunca podrá decirse es que Rulfo no fue un gran escritor, un hombre noble, humilde y sencillo, que puso por ejemplo unas cuatas obras maestras que hoy construyen el catálogo de la literatura universal. ✍🏼

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