Esa ma√Īana que no pude nadar ūüŹ≥ÔłŹ‚ÄćūüĆą

Esa ma√Īana que no pude nadar ūüŹ≥ÔłŹ‚ÄćūüĆą
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Estudi√© en una escuela primaria p√ļblica que era ligeramente distinta al del resto, pero nada fuera de lo normal. Mi madre fue funcionaria durante veinte a√Īos, trabaj√≥ para una instituci√≥n dedicada al cuidado y desarrollo de la familia. Dicha instituci√≥n cre√≥ un programa de educaci√≥n b√°sica y preescolar exclusiva para los hijos de sus trabajadores, lo que aliviaba en gran medida las cargas de mis padres. Ten√≠a una guarder√≠a y una primaria, cuyos horarios parec√≠an m√°s los de un medio internado. Entr√°bamos a las ocho de la ma√Īana y sal√≠amos a las tres de la tarde. Hab√≠a tiempo de sobra para realizar actividades extra escolares, todas en el entorno escolar y y dentro de ese horario. Cada d√≠a de la semana hab√≠a una actividad distinta: k√°rate, nataci√≥n, m√ļsica, danza, educaci√≥n f√≠sica, artes pl√°sticas, etc.

Con tantas actividades era f√°cil confundirse u olvidarse de algo, pues con cada una de ellas hab√≠a que llevar distintos materiales o indumentaria escolar, a√Īadidos al t√≠pico mochil√≥n de diez kilos que llev√°bamos siempre. De modo que uno de esos d√≠as olvid√© en casa la maleta con el traje de ba√Īo y la toalla para hacer nataci√≥n.

Ahora recuerdo todo esto porque a m√≠ nadar me gusta mucho y nadando un d√≠a empec√© a tirar del hilo. Pero tard√© mucho en recordar. Lo recuerdo sobre todo por lo que pas√≥ a causa de olvidar la toalla y el traje de ba√Īo aquel d√≠a, lo que pas√≥ esa ma√Īana que no pude nadar. La escuela me gustaba menos que nadar, como pr√°cticamente a cualquier chico con dos dedos de frente y televisi√≥n en casa. El recreo o las actividades extra escolares siempre me gustaban, incluso el k√°rate, aunque normalmente mis compa√Īeros utilizaban el contexto para golpearme sin remordimiento o sin tener que reconocer que detr√°s de esos golpes hab√≠a pura violencia.¬†

No me di cuenta de que hab√≠a olvido la indumentaria de nataci√≥n, sino hasta que llegamos a la escuela y entr√°bamos al deportivo donde estaba la piscina. Nos formaban a todos en una hilera, mochila al hombro, para llegar andando al deportivo. Pasaban lista a la velocidad de la luz y nos dejaban entrar a los vestidores para cambiarnos. Como no deb√≠amos dejar la escuela al medio d√≠a, como el resto de los ni√Īos del pa√≠s, muchos de los d√≠as en semana realiz√°bamos las actividades extra escolares a primera hora de la ma√Īana. Entr√© a los vestidores, como todos. Y cuando abr√≠ la mochila me encontr√© s√≥lo con el s√°ndwich de jam√≥n que mi madre me preparaba para comer en el recreo y los libros y libretas que iba a utilizar ese d√≠a. Me encog√≠ de hombros, sal√≠ del vestidor para encontrarme con mi profesora y esperar una rega√Īina. La encontr√© y recib√≠ la rega√Īina, para acto seguido sentarme en uno de los asientos de las gradas, desde donde pod√≠a contemplar la actividad de la piscina. Calcul√© que mi ma√Īana iba a ser aburrida. Calcul√© mal.

Uno o dos minutos despu√©s de ocupar mi puesto lleg√≥ √©l. No s√© c√≥mo se llama. S√© que tiene un nombre, pero no consigo recordarlo. Era el chico m√°s viejo de la clase, estaba repitiendo curso, lo que lo convert√≠a en el perezoso que estaba all√≠ por tonto. Era alto, casi calvo (le cortaban el cabello como a un militar), de piel muy blanca, ojos rasgados y semblante serio. Su cuerpo estaba cercano a la pubertad, o al menos se estiraba desesperadamente hacia ella. Era un chico solitario y sensible como yo, pero ten√≠a fama de raro y eso bastaba, como en cualquier escuela, para rechazarlo. Casi nunca hablaba, cuando se sent√≥ a mi lado supuse que tampoco hablar√≠a esa ma√Īana.

La clase de nataci√≥n duraba dos horas, durante las que el grupo de ni√Īos obedec√≠a la instrucci√≥n de un se√Īor con cuerpo de haber ido a las olimpiadas, y nuestra profesora sal√≠a a fumar o charlar con las chicas que hac√≠an la limpieza. Como era de esperar, no hab√≠an transcurrido ni quince minutos cuando √©l y yo ya corr√≠amos libremente sobre las colchonetas del deportivo o brinc√°bamos sobre los asientos de las gradas, sin temor a desbarrancharnos. A los veinte minutos se nos hab√≠a terminado el deportivo y necesit√°bamos territorios nuevos para explorar, as√≠ que decidimos investigar c√≥mo eran los vestidores cuando el grupo entero nadaba en la piscina.¬†

Entramos y comprobamos que el vestidor era igual de aburrido que siempre. Al fondo había unas duchas que a mí me daban miedo porque todos podían verte cuando te enjabonabas el cuerpo. Es curioso cómo algo que te daba miedo en la infancia, en la adultez puede parecerte idílico. No había manera de impedir que otros te vieran. Yo siempre volvía a casa oliendo a clarasol porque no me atrevía a ducharme allí. Los chicos siempre aprovechaban cuando yo tenía jabón en la cabeza para darme una nalgada, ponerme la zancadilla o pellizcarme los pezones.

Junto a las duchas hab√≠a tres o cuatro escusados, √©stos s√≠ divididos por paredes falsas. Era todo muy aburrido. Entonces me di la vuelta y me dirig√≠ a la salida, pero √©l me sujet√≥ por un brazo y me dijo: ¬ę¬ŅJugamos?¬Ľ Esa fue la primera vez que supe que una misma palabra pod√≠a tener significados¬† diametralmente distintos.¬†

Est√°bamos buscando el modo de hacer que aquellas horas fueran entretenidas, as√≠ que me pareci√≥ l√≥gico aceptar su propuesta. Despu√©s de todo, aquel ni√Īo raro ya no parec√≠a tan raro ahora que jugaba conmigo. Me dijo que saldr√≠a del vestidor, me pidi√≥ que yo me escondiera. Eso hicimos. Un instante despu√©s de que √©l se sali√≥ yo busqu√© absurdamente un sitio d√≥nde esconderme, porque en esos vestidores no hab√≠a manera, a no ser que me escondiera en uno de los retretes que ten√≠an paredes falsas. L√≥gico, ¬Ņno? A m√≠ nada me pareci√≥ extra√Īo hasta ese momento porque era un ni√Īo y estaba jugando en el sentido m√°s literal de la palabra. Lo √ļnico que me pareci√≥ extra√Īo fue que √©l tardara tanto en encontrarme cuando s√≥lo hab√≠a un sitio posible para esconderse en los vestidores. Ahora pienso que tal vez se sent√≠a inseguro y se lo estaba pensando‚Ķ

Mi ingenuidad me llev√≥ a esperar all√≠, aunque no m√°s de dos minutos. Lo escuch√© entrar y me sub√≠ sobre el retrete para que no pudiera verme los pies, realmente no s√© qu√© esperaba que sucediera, porque el chiste de todo aquello estaba en que abrir√≠a la puerta y me encontrar√≠a montado en el retrete. Y eso pas√≥. Y re√≠mos como tontos hasta que √©l entr√≥ a ese espacio reducido del retrete y me mir√≥ quieto y risue√Īo, desde el suelo. Me sujet√≥ por las piernas como si quisiera tirarme y yo quise hacer equilibro sujet√°ndole los hombros.¬†

A diferencia del modo en que otros ni√Īos se comportaban conmigo, √©l no quer√≠a hacerme da√Īo, √©l estaba jugando. Era brusco, pero no quer√≠a hacerme da√Īo. Me hizo perder el equilibrio y no tuve m√°s remedio que estirarme y ponerme tieso como una vara, hasta que termin√© cayendo al suelo, de pie, a√ļn entre sus brazos. Nos quedamos viendo cara a cara durante un instante y, sin m√°s, me bes√≥. Fue un beso breve y seco. Y al beso le continu√≥ una carcajada.

Supongo que nos pusimos nerviosos porque instintivamente miramos el rededor, como si alguien pudiera vernos y nos acabáramos de dar cuenta de que no se lo habíamos impedido. Pero estábamos solos, completamente solos. Esto dio pie a que el juego se prolongara y de pronto los vestidores dejaron de ser aburridos. Mi recuerdo me trae a la cabeza una sensación parecida a la que tiene una persona cuando fuma por primera vez, o cuando ve porno por primera vez, sin importar la edad que tenga. Es placentero y culpíjueno.

Sab√≠amos que estar√≠amos solos un buen rato y con esa confianza permanecimos entre las paredes falsas del retrete. Ya no dijimos m√°s, no hac√≠a falta. Nos mir√°bamos y nos agarr√°bamos las manos con total naturalidad. Yo me sent√≠a contento a pesar del miedo y √©l parec√≠a compartir la emoci√≥n. Antes de que la clase de nataci√≥n terminara averig√ľ√© lo que sent√≠a la gente que se besaba en televisi√≥n. Me pareci√≥ muy l√≥gico que besarse fuera una actividad que todo el mundo deseaba y con la que todo el mundo parec√≠a sentir verg√ľenza.

Fueron tan graves las sensaciones que produjeron esos besos a lo largo de la ma√Īana, que √©l y yo permanecimos borrachos de dopamina hasta antes del recreo. No estoy seguro de lo que sucedi√≥ entre tanto, lo que habremos hecho o dicho durante las clases, una vez que el grupo sali√≥ de la piscina y entramos al aula. Quiz√° la maestra nos aturdi√≥ con sumas y restas, quiz√° hicimos algunas planas de oraciones simples o compuestas. Puede que alguien se hiciera el gracioso y pusiera una tachuela en mi banca. No s√©. Lo que s√© es que ambos quer√≠amos repetir. Y nos aseguramos de que as√≠ sucediera.

Durante el recreo descubrimos un recoveco al final de un pasillo-terraza, en la primera planta de uno de los edificios de la escuela. Estaba lleno de escritorios y sillas viejas, resguardados bajo la ramas del ficus gigante que invad√≠a el patio de juegos. Era un sitio relativamente solo y lo suficientemente escondido como para servirnos. No me cuestion√© por qu√© los dem√°s pod√≠an darse besos a vista de todo el mundo. Y no es que mi escuela reventara de ni√Īos y ni√Īas besucones, pero de haberlos, los hab√≠a. Y yo me acababa de reconocer como uno de ellos, pero no me sent√≠a libre de besarme con √©l detr√°s del ficus gigante, como todo el mundo, en una zona discreta pero al alcance de cualquiera. All√≠, debajo de un mont√≥n de muebles viejos y llenos de polillas, √©l y yo volvimos a besarnos.

A cualquiera que le haya salido bien un plan dos veces, querr√° hacerlo una tercera. Y por eso al llegar la tarde, durante esas horas previas a la comida y posteriores al estudio, √©l y yo escapamos del sal√≥n, como lo hac√≠an muchos para ir al ba√Īo, tomar agua o ir a la enfermer√≠a. Nos encontramos en la puerta del ba√Īo de ni√Īos, donde s√≥lo se respiraba aire de or√≠n. Nos bast√≥ una r√°faga para claudicar y nos quedamos all√≠ de pie, como quien no sabe qu√© hacer a√ļn sabiendo lo que quiere. Entonces √©l, que era quien llevaba la voz cantante, porque yo era solo una ola empujada por la mar de la sorpresa y el deseo, me se√Īal√≥ un escritorio que estaba en el mismo balc√≥n-terraza de la primera planta en el que nos besamos durante el recreo. Y probablemente √©l sinti√≥ lo que Rodrigo de Triana al se√Īalar las Indias desde el m√°stil. Era como si el descubrimiento de aquel escritorio nos hubiera salvado la vida. Sin pensar fuimos all√≠, a escondernos debajo.

Lo que no he contado es que en esa escuela hab√≠a tres edificios: el antes mencionado y otros dos, de casi id√©ntico tama√Īo y forma en torno a un gran patio. Entre dos de aquellos edificios estaba el ficus gigante, en el tercer edificio yo tomaba clases junto a muchos otros grupos. Mi edificio estaba justo enfrente de aquel que ten√≠a el escritorio bajo el que √©l y yo fuimos a escondernos para dar rienda suelta al deseo de besarnos. Porque esa era nuestra necesidad: dejar que nuestros labios se jugaran torpemente, nada m√°s. Estuvimos bajo ese escritorio quiz√° durante un par de minutos, bes√°ndonos como si no hubiera un ma√Īana. Esos minutos a m√≠ me parecieron horas, un tiempo durante el que todo se suspendi√≥. Tengo el recuerdo de aquellos besos como un instante insonoro y bien iluminado. Un instante que se encapsul√≥ en mi cabeza como esas peque√Īas ciudades o monumentos que viven dentro de burbujas de agua con brillantina. Un recuerdo que me empe√Ī√© en recuperar pues, contrario a lo que ahora parece, olvid√© durante muchos a√Īos de mi vida; exactamente desde esa tarde y hasta que cumpl√≠ diecinueve o veinte a√Īos, una tarde en que nadaba en una piscina que hab√≠an abierto en mi barrio, pensando en lo que un colega de universidad me pregunt√≥ al medio d√≠a: ¬ę¬ŅCu√°ndo te echaste el primer caldo?¬Ľ. A partir de ese medio d√≠a, v√≠spera al d√≠a del orgullo gay, me propuse volver a los a√Īos de infancia que se hab√≠an borrado de mi mente, para extraer de mi memoria unos hechos de los que apenas quedaban emociones. ¬ŅC√≥mo puede ser que un recuerdo, ahora tan intenso y claro, pudiera borrarse de mi mente durante tantos a√Īos?, podr√≠a preguntarse alguien. Pues bien, la causa est√° en lo que pas√≥ despu√©s de esos besos, quiero concluir, pues no encuentro motivos distintos‚Ķ Nos est√°bamos besando cuando unos gritos infantiles, incr√©dulos y desesperados rompieron mi burbuja de agua con brillantina.

La dopamina y la estupidez nos hicieron olvidar que no √©ramos invisibles, que del otro lado del patio estaba el edificio donde tom√°bamos clases, con sus salones de amplios ventanales rellenos de inquina infantil y juvenil. De un momento a otro esos gritos me sacaron de all√≠, tan r√°pido y con tanta fuerza que no pude volver durante a√Īos. A pesar de mi sorpresa y del p√°nico que le acompa√Īaba mir√© hacia aquel edificio contiguo, vi las caras de mis compa√Īeros y compa√Īeras de clase, literalmente pegadas al cristal, unas contra otras. Y en la puerta del sal√≥n: la se√Īorita Gaby, una dulce joven a la que le hac√≠an falta unos a√Īos para ser adulta, pero que estaba perfectamente cualificada para ser la ni√Īera de cuarenta ni√Īos durante cuatro horas diarias. Todos nos miraban desde all√≠ con el mismo estupor que nosotros les mir√°bamos a ellos.

√Čl y yo abandonamos el escritorio, corrimos como si tuvi√©ramos la certeza de que al bajar las escaleras que dirig√≠an al patio se abrir√≠a un hueco en alguna pared para escapar hacia Dios sabe d√≥nde. No s√© lo que pas√≥ con √©l. Quiero decir, no s√© lo que le habr√°n dicho o a d√≥nde se lo llevaron, pero a la se√Īorita Gaby no le falt√≥ tiempo para arrastrarlo por un brazo hasta desaparecerlo, dej√°ndome solo en medio del patio, bajo las burlas de mis compa√Īeros que ahora no se amontonaban detr√°s de las ventanas, sino me se√Īalaban desde las alturas, detenidos apenas por¬† un brandal, con ganas de alargar sus brazos y sus dedos hasta la punta de mi nariz. Me qued√© all√≠ paralizado hasta que la se√Īorita Gaby volvi√≥ y me llev√≥ a un aula vac√≠a, donde comenz√≥ el proceso de borrado.

Me he esforzado en recordar alguna cosa m√°s sobre √©l, porque despu√©s de esa tarde seguimos estudiando en la misma escuela, incluso en el mismo sal√≥n. Pero es que todo fue tan extraordinariamente normal despu√©s de esa tarde, que volvi√≥ a ser un chico raro al que nadie dirig√≠a la palabra. Lo raro habr√≠a sido que yo rompiera esa normalidad. Y as√≠ lo hice. Supongo que mi indiferencia no hizo m√°s que confirmar lo seguro que me hab√≠a quedado, despu√©s de la conversaci√≥n que tuvo conmigo la se√Īorita Gaby aquella tarde.

No s√© lo que me pregunt√≥, no s√© cu√°nto hablamos sobre el tema. S√≥lo recuerdo que la charla estuvo cubierta por la incertidumbre. No me estaba rega√Īando, pero tampoco parec√≠a estar conforme. Era como un rega√Īo normal. Yo, al margen, sab√≠a que algo no estaba bien. √Čl y yo lo sab√≠amos, de lo contrario no nos hubi√©ramos ocultado. El caso es que me tuvo all√≠, bajo interrogatorio hasta que mi madre fue a recogerme a la escuela, cerca de las cuatro de la tarde. Era bastante normal que a√ļn saliendo a las tres, mi mam√° no pudiera recogernos antes. Y tambi√©n era normal que las se√Īoritas, las profesoras, incluso la directora o la psic√≥loga del colegio hablaran durante horas con un solo alumno. Mi escuela era ese tipo de escuela en la que parece que el personal se interesa por los alumnos y hace bien su trabajo‚Ķ Tambi√©n es verdad que eran otros tiempos.

Vi a mi madre entrar a la escuela desde el aula en la que yo me encontraba con la se√Īorita Gaby, entonces ella sali√≥ del aula y me pidi√≥ que me quedara all√≠ hasta que mi madre entrara a recogerme. No tard√≥ nada en volver, no tengo la menor idea de lo que hizo durante esos minutos: no m√°s de dos. Y volvi√≥ a donde yo me encontraba, invadida por una especie de paz que se contradec√≠a, porque su estado de √°nimo hab√≠a sido parecido al de una mosca atolondrada. Y me dijo, y esto es lo √ļnico que consegu√≠ recordar de nuestra conversaci√≥n con m√°s o menos fortuna: ¬ęEsto es importante. T√ļ y yo sabemos lo que ha sucedido. No estuvo bien. Pero no pasa nada, ¬Ņverdad? Te propongo una cosa. Tu mam√° est√° viniendo hacia aqu√≠. Podr√≠a dec√≠rselo todo, pero t√ļ no quieres eso. Si t√ļ me prometes no decir nada de esto a nadie, yo te prometo no decirlo tampoco. ¬ŅQu√© te parece?¬Ľ Y acept√©.

No s√© lo que hice el resto de la tarde en casa, probablemente alguna tarea, ver un cap√≠tulo nuevo de los Power Rangers o Mar√≠a la del barrio. El d√≠a siguiente era viernes y ten√≠amos clase de artes pl√°sticas, as√≠ que prepar√© la maleta con los materiales que √≠bamos a necesitar, cen√© junto a mi hermano y me fui a dormir. Volv√≠ a casa convencido de que nada malo pasar√≠a, ten√≠a la palabra de la se√Īorita Gaby, que se hab√≠a tomado la molestia de hablar conmigo y finalmente concluir que nada pasaba, que nada hab√≠a sucedido ni ten√≠a que suceder. Y as√≠ fue.

Mi madre nunca toc√≥ el tema conmigo. Y aunque podr√≠a hacerlo no s√© si querr√≠a reconocer algo de esto. Tampoco hace falta ya. Y al d√≠a siguiente ninguno de mis compa√Īeros dijo una sola palabra sobre lo que hab√≠a sucedido el d√≠a anterior, aunque a partir de entonces me miraron de otra forma. La √ļnica diferencia era que las tachuelas se convirtieron en agujas y los pellizcos en empujones directos que me hicieron estrellar contra el suelo a menudo, nada que no pudiera soportar, nada que fuera extra√Īo en las circunstancias de alguien como yo, en una escuela como esa.¬†

Volv√≠ a sentarme junto a la ni√Īas con las que generalmente me llevaba bien y no me sent√≠a un tan diferente, procur√© sentirme tan normal como pude y no di m√°s importancia a los hechos. Segu√≠ sin jugar al f√ļtbol y no volv√≠ a faltar a una clase de nataci√≥n. √Čl sigui√≥ siendo raro y silencioso, alto y casi calvo. No recuerdo haber vuelto a hablar con √©l, s√≥lo recuerdo que alguna vez mis padres nos llevaron a mi hermano y a m√≠ al circo y all√≠ estaba √©l, sentado junto a su familia, dispuesto a ver la funci√≥n del circo en total normalidad. El ambiente, en general, fue tranquilo y complaciente, a tal grado que no volv√≠ a sentir lo que sent√≠ ese d√≠a bajo el escritorio, durante al menos nueve a√Īos.

Con este nuevo cuento autobiogr√°fico me permito conmemorar el D√≠a del Orgullo LGBTI de 2018.¬†ūüŹ≥ÔłŹ‚ÄćūüĆą
Me gustaría anotar que empecé a escribir este cuento después de haber escrito dos más, en torno a mi infancia y el descubrimiento de mi homosexualidad.
Sin tener relaci√≥n alguna con la obra de Jane Austen, desde que empec√© a escribir pens√© que todos estos textos pod√≠an agruparse bajo el t√≠tulo Orgullo y prejuicios, porque de alguna modo a trav√©s de ellos pongo de manifiesto que detr√°s de mi actual orgullo gay hubo un sin fin de prejuicios que, de un modo inconsciente (como posiblemente sucedi√≥ a otros como yo), legitimaban la homofobia y el comportamiento heteronormativo y heteropatriarcal que me hac√≠a da√Īo. Intento decir que, sin darme cuenta, yo legitimaba la homofobia de los dem√°s, algo que parece incre√≠ble, pero que a√ļn hoy sigue haciendo mucha gente sin darse cuenta, y contra lo que hay que luchar a trav√©s de la toma de consciencia.
He aquí este primer ejercicio de memoria que, quien sabe, quizá termine formando parte de un proyecto más amplio.

2 Comentarios

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    • Gracias, t√≠a. Conf√≠o en que mi ejemplo ayudar√° a otras personas a quererse y respetarse, para que tambi√©n puedan querer y respetar a otros. Saludos.

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