📚 Publicar: ¿necesidad o consecuencia?

Me sorprende que algunos de mis alumnos, todos escritores en ciernes, estén más preocupados por la publicación de su obra que por la evolución de su escritura. Una obra que, paradójicamente, todavía no han escrito, pero que desean ver en los escaparates de las librerías cuanto antes. Tienen más urgencia por publicar que por escribir, cuando la publicación debería ser una consecuencia de su trabajo, no una necesidad, una obsesión o su único objetivo.

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Publicar y escribir son procesos diferentes que, créeme, no tienen nada en común. Hemos de escribir siempre sin pensar que el libro se publicará. Porque podría ser un libro magnífico, por el que ningún editor muestre interés y que, en el peor de los casos, nunca se publique.

Incluso los autores que tienen “garantizada” la publicación, deberían escribir sin pensar en ella. Esto no significa que dejes de tener en cuenta al lector o que le faltes al respeto. Al contrario, pensar sólo en la escritura, obviando (mientras se escribe) su maquinaria comercial, es otorgarle todo el respeto del mundo a la literatura y, por tanto, a los lectores.

Reflexionemos un poco sobre esto. Si solo te interesa la parte comercial, el mundo literario, que no la literatura; si lo único que quieres es presumir de tener un ejemplar encuadernado con tu nombre entre las manos, no es necesario que me escuches o te preocupes demasiado del proceso de escritura. Hasta puedes, si quieres, olvidar la norma incuestionable que todo escritor debe cumplir: leer, leer y leer.

Todo eso puedes echarlo a un lado.

Al calor de un fenómeno escalofriante, que se repite hasta la saciedad desde que Amazon hizo posible que cualquiera se convierta en un autor publicado, existe una especie repugnante de ser humano, que se reproduce alarmantemente rápido, a la que se puede denominar: escritores que no leen. 

Es un fenómeno sin parangón. Gracias a la proliferación de esta especie en nuestro planeta, han surgido infinidad de editoriales de autoedición y coedición que, impulsadas por el crecimiento de plataformas digitales y redes sociales, se multiplican como setas, tras la lluvia de primavera.

No ha faltado el alumno ingenuo, perteneciente a esta especie, sin saberlo o sabiéndolo, que guarda en su corazón un ápice de esperanza, llega y me pregunta: ¿debo confiar en esta editorial que dice que mi libro es una bomba y lo quiere publicar, pero debo pagarle mil quinientos euros para que el libro se distribuya, también en El Corte Inglés?

Hoy es muy sencillo publicar. O más bien, autopublicar. Envías un archivo con tu texto y a los pocos días recibes una respuesta: tu propuesta “ha sido aprobada por un comité de lectura” y si así lo deseas, tendrás entre las manos tu libro en poco tiempo. Ellos ponen a tu disposición todo el engranaje editorial tradicional: diseñadores, maquetadores, correctores… Te adjuntan un presupuesto que deberás aprobar y pagar, según la cantidad de libros que quieras. Pueden ser unos pocos o un montón, tú eliges porque tú pagas. El precio estándar de estos servicios ronda los 750€, con una tirada de apenas 50 ejemplares. Pero las hay más baratas.

Si tienes el dinero, aceptarás porque te imaginas con tu gran obra en la mano. Una gran obra a la que un mercado editorial viciado le cerró las puertas injustamente. Además, como todo el mundo sabe, muchos de los grandes escritores de la historia comenzaron autopublicándose, ¿no? Hasta tendrás una gran historia que podrás contar a tus nietos cuando te hayas hecho famoso después de esta gran proeza.

Y tu libro llega. Una gran caja con 100 o 300 libros que abres con orgullo de escritor, de la que sacas un ejemplar para acariciarlo, hacerte una fotografía con él y colgarla en Instagram para empezar a amortizar el gasto cuanto antes. Poco importa si la maquetación deja mucho que desear, las correcciones brillan por su ausencia, el blanco nuclear del papel tiene una calidad más que cuestionable y el diseño de cubierta es de dudoso gusto. Ni qué decir del contenido. ¿Contenido? ¿Qué contenido? ¿A quién le importa el contenido? A fin de cuentas, ni siquiera a ti te importó tanto como para trabajártelo. Si tú, que lo escribiste, no lees, ¿por qué lo iba a leer nadie? Pero eso es lo de menos, ¿no? Lo importante es que te has convertido en un escritor publicado.

Y para culminar tu escalada en tiempo récord al mundo de las letras, sólo te queda organizar una presentación en uno de los garitos literarios de moda del centro de tu ciudad y convocar a tu familia y amigos para endosarles tu obra. Se te dará bien la venta porque, si alguien no compra tu libro, será como decirte que no te quiere y aceptar que le aburre muchísimo lo que sea que hayas autopublicado. 

Toda esa gente, además, no tendrá inconveniente alguno en alimentar tu ego. Lo harán de manera auténtica porque te quieren de manera auténtica, y muy probablemente lo seguirían haciendo, incluso si no les hubieras endosado un libro que no van a leer, pero recuperas la inversión y quizá hasta te puedas comprar algo bonito con los eurillos de la ganancia.

Publicar nunca fue tan fácil, editar tampoco. Pero escribir sigue siendo complejo, entre otras cosas porque para escribir bien, primero, hay que leer mucho y también bien. ¿Qué es lo tuyo cuando piensas en publicar? ¿Necesidad o consecuencia?

Otra historia son los casos de gente que sí lee y escribe ficción de calidad, y aun así, no consigue publicar, aunque el libro sea bueno y merezca lectores. Este es un fenómeno de muy distinta naturaleza, del que no se puede hablar sin antes tener pruebas fehacientes de que la obra del susodicho autor, ha alcanzado realmente la calidad necesaria para ser publicada. Pero, como ya he dicho, esa, es otra historia. Si se parece a la tuya, cuéntamela en los comentarios, los leo y respondo todos.