¿Qué es el estilo cuando hablamos de literatura? | Un vídeo

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El estilo propio, en cualquier ámbito, pero sobre todo en el artístico es un bien altamente valorado y muy difícil de aprehender, aunque irónicamente sea algo que todos tenemos. Casi como si nos viniera en los genes. Sin embargo, para la mayoría identificar, reafirmar y configurar un estilo literario propio se convierte en un objetivo inalcanzable y creen que sólo los grandes, sólo los autores consagrados con montones de lectores por todo el mundo, han conseguido un estilo propio. Para combatir ese mito absurdo hoy te invito a reflexionar: ¿Qué es el estilo cuando hablamos de literatura?

El estilo literario definido, sólido y único de un autor es lo que lo lleva a consagrarse y tener éxito editorial, pero no al revés.

¿Has notado que al visitar una librería buscas los libros de ese autor al que admiras y no los libros de otros autores? No digo que evites sentir interés por las novedades o autores a los que desconoces. Me refiero a que, por lo general, tu interés recae sobre los autores que ya conoces y son garantía de una lectura placentera, al menos para ti. 

Algo similar he sentido con Xavier Velasco, Sade, Raymond Carver, Luis Zapata, Lorrie Moore, Andrés Neuman, Salinger, Enrique Vila-Matas, Philip Roth y hasta el comercialísimo David Safier. No importa si los autores que me han producido esa atracción son autores valorados por la crítica y la academia, algunos lo son, otros no. En lo que me gustaría que pusiéramos atención es en el fenómeno de atracción o seducción que me produjeron.

Es el mismo fenómeno que te lleva a ti a buscar las obras de tus autores preferidos. ¿Notaste que me estoy enfocando sobre todo en los autores y no en sus obras? El estilo literario, que es como la miel que nos atrae como moscas hacia los libros, guarda una intensa relación con la personalidad del creador. 

Intentemos reconocer cuáles son las causas de esa atracción o seducción que un autor produce a través de sus obras, con el fin de que emprendas luego un proceso de autoanálisis, de cara al descubrimiento o reafirmación de tu propio estilo literario. Para ello es necesario comprender dos ideas iniciales:

Sin creador no hay estilo

De camino al autorreconocimiento de tu estilo, lo primerísimo que debes hacer es asumirte como creador. Si no asumes que tu obra literaria es un reflejo directo de tu personalidad artística, es decir, que tú mismo eres un artista, un escritor en tanto creador de textos literarios, será imposible que te enfrasques en el proceso de descubrimiento o reafirmación de tu propio estilo. Aunque seas un diamante y busques tu brillo, sólo verás una piedra.

Necesitarás además hacer el ejercicio de reconocimiento a través de la escritura, no basta que mires un texto que hayas escrito. Escribe con soltura, sin miedo de ser tú mismo. En el camino te verás tentado a reproducir otros estilos, pero te aseguro que tu propia personalidad creativa tiene brillo, tanto como el de los autores a los que admiras, escribe sin miedo y conseguirás ver y hacer ver el brillo de tu estilo. Ya sé que es un topicazo, pero es así. No importa cómo seas, lo que importa es que no tengas miedo de ser.

Una comprensión del estilo literario

A mi parecer, el estilo literario es un conjunto de características estéticas determinadas por la personalidad del autor, cuya naturaleza tiene una morfología original convenida (reglas y herramientas técnicas de construcción discursiva). La utilización de las reglas y las herramientas del lenguaje, filtradas a través de la poderosa subjetividad creadora, producen cualidades personales (nadie usa las reglas y herramientas del mismo modo). Es decir, las cualidades estéticas del texto que permiten identificar el estilo de un autor, son producto de la utilización de todas aquellas reglas y convenciones que le permiten construir el discurso a través del lenguaje.

Cuando pregunto a mis alumnos, «¿por qué compras dos obras diferentes de un mismo autor?», la respuesta siempre es obvia: «Porque me gusta mucho ese autor». Pero, si profundizamos un poco y nos obligamos a rastrear las cualidades del discurso de ese autor, notaremos que nuestro gusto está condicionado también por nuestra propia personalidad, así como la producción del discurso de ese autor estuvo condicionada por su personalidad creativa. 

Un autor nos gusta, en general, porque encontramos afinidad entre los rasgos de su personalidad, que percibimos a través del texto y nuestros propios rasgos de personalidad. Nos sentimos atraídos cuando somos capaces de vernos en un espejo. ¡Qué fuerte! ¿Verdad? ¿Entonces somos una panda de vanidosos? En parte sí, pero no siempre sucumbimos al estilo literario de un autor porque nos sentimos identificados con él y, por ende, necesitemos aplaudir nuestra propia personalidad. También buscamos en las personalidades creativas de los autores algún tipo de retroalimentación, compensación o diversidad. Por ejemplo: podemos decir: «El estilo de Perenganito de Tal mola porque me hace reír, o porque me invita a reflexionar». Esto no significa que si el autor tiene esa cualidad estilística nosotros también seamos personas que hacen reír a los demás o invitan a la reflexión. A veces un estilo nos atrae porque nos aporta algo que no solemos encontrar en nosotros mismos. De cualquier modo, ¿notas cómo es imposible hablar de estilo sin hablar de personalidad?

Veamos pues, qué es el estilo cuando hablamos de literatura:

1 Naturaleza sintáctica

La sintaxis es uno de los aspectos formales que más influencia tiene en el estilo literario de un autor. Al ser el modo en que se ordenan y combinan las palabras para expresar una idea dentro del discurso, se encuentra en ella una vía para la identificación del estilo propio. ¿Cómo es normalmente el orden en que expresas tus ideas y acomodas las palabras? ¿Tiendes hacia la complejidad o hacia la simplicidad? No estamos hablando aquí del modo correcto en que se utiliza la gramática, sino del modo particular en que tú ordenas las palabras para crear una obra literaria a través de las ideas que construyen un discurso.

2 Uso de los signos de puntuación

En relación con el aspecto anterior, una óptima utilización de los signos de puntuación trae siempre como resultado la claridad y el orden. Pero no siempre el uso de estos signos es sinónimo de personalidad. Todos sabemos que una coma puesta en el lugar equivocado puede ser terrible, pero más allá de la utilización eficiente de los signos de puntuación se encuentra la estética que éstos producen. Pienso ahora en el efecto estético de uno de los monólogos interiores más famosos de la literatura del siglo XX. Me refiero al monólogo de Molly Bloom, en el Ulysses de James Joyce. Ese fragmento de obra produce un efecto estético inigualable, único. Se han hecho referencias a ese fragmento durante décadas. ¿Por qué? Pues, a través de él fuimos capaces de apreciar una estética narrativa singular. La de un escritor irlandés que buscaba transmitir una serie de sensaciones y emociones propias de quién se come mucho la cabeza, como hace Molly Bloom en el monólogo. ¿Y cómo ha conseguido eso Joyce? Entre otras cosas a través del uso restrictivo de los signos de puntuación.

No quiero decir con esto que para acercarte al reconocimiento de tu propio estilo debas ahora volverte loco y escribirlo todo sin puntos, comas o tildes. O sí. Depende. Lo que quiero decir es que los signos de puntuación y la manera en que los uses, configurarán también tu propia manera de discurrir.

3 Vocabulario

El efecto no será el mismo si usas cien palabras distintas, o doscientas. Entre más vocabulario domines, más rico y nutrido será tu discurso. Ahora bien, esto no es garantía de originalidad, pero si pensamos que la creación no es más que mezclar o combinar recursos, entre más palabras tengas a tu disposición, más combinaciones podrás realizar, así mismo podrán ser diversas las formas en las que expreses una misma idea.

Por otra parte, ¿has notado que no se expresan igual dos personas? Y eso, en gran medida, se debe al vocabulario con que normalmente se comunican en sus respectivos contextos. Según el contexto en el que estamos inmersos, adquirimos uno u otro vocabulario. Se entiende fácil cuando pensamos en el vocabulario propio de un biólogo y lo comparamos con el vocabulario propio de un político. Tú tienes un vocabulario único, propio del contexto en el que vives y te has formado. Conviene mucho que le saques partido. Y no confundas eso con olvidarte de enriquecer tu vocabulario.

4 Ritmo fonético

Alguna vez han dicho que mi narrativa es rimada. Bueno, pues juro sobre la tumba de Julio Cortázar que nunca ha sido mi intención. Unas veces el resultado es simpático, otras es un completo desastre. 

La naturaleza de mi sintaxis oral puede ser a veces así. Y eso es algo que no siempre me gusta. Por eso escribo siendo consciente de esta cualidad, para mantenerla a raya en la medida de lo posible o utilizarla a mi favor cuando me viene bien. Saber que tengo esta cualidad me ha permitido perfilar un ritmo fonético propio, un ritmo que sólo mi personalidad construye, quizá nervioso y frenético, pero único.

La fonética de las palabras, en franca relación con el orden en que construimos las frases y expresamos las ideas, produce una marca de estilo personal. El ritmo fonético también guarda relación con el tono de la prosa, con las emociones que nos invaden en el momento de creación, los sentimientos que buscamos representar con palabras o las emociones que tiene el personaje que las usa dentro de la obra de ficción. Conviene poner atención en la fonética, quizá descubras en ella una cualidad interesante de tu estilo.

5 Ritmo narrativo o progresión (alternancia entre la acción y la reflexión)

Otro tipo de ritmo que es también marca del estilo, es aquel que delimita el tiempo que dedicamos a representar acciones, y el tiempo que dedicamos a representar reflexiones y hacer descripciones. ¿Te has leído alguna vez una de esas novelas en las que el protagonista sube unas escaleras a lo largo de veinticinco páginas? O, bien, ¿recuerdas cuál fue la última novela que leíste, cuya progresión era tan frenética y alucinante que devorabas página tras página, como si no hubiera un mañana y la cosa más importante del mundo era saber qué pasa en el capítulo siguiente? 

A mí se me vienen unas cuantas novelas a la mente… Seguro que a ti también. Sírvete de ellas como ejemplos para reconocer la diferencia entre los ritmos lentos y los rápidos, entre las obras que se recrean en la pacífica y lenta reflexión, y las que te ponen los nervios de punta porque las acciones se suceden como balas de metralleta. Después piensa: ¿mis textos qué ritmo suelen tener?

6 Tipo de pensamiento: divergencia o convergencia

Todas, absolutamente todas las personas utilizamos dos tipos de pensamiento: el divergente y el convergente. Y también la inmensa mayoría tiende hacia uno u hacia otro, dependiendo de la propia personalidad. Quizá ya hayas oído hablar o leído sobre este asunto. Pero si no, pondré un ejemplo simple de cada uno de los tipos para que sepas a qué me refiero.

La convergencia es ese tipo de pensamiento lógico y organizado que nos lleva a crear ideas como esta: uno más uno es igual a dos. Nos ayuda a comunicarnos eficientemente con otras personas, a ser prácticos, claros, a organizar el trabajo y cumplir metas. Si tú eres una persona que hace listas, tiene una agenda y planifica los fines de semana, quizá tiendas a usar más este tipo de pensamiento.

La divergencia, por otro lado, es ese tipo de pensamiento ilógico y desordenado que nos lleva a crear ideas como esta: uno más uno es igual a dos flamencos morados con picos de oro, capaces de levitar por las noches. Creo que la diferencia es bien clarita. Este tipo de pensamiento está más relacionado con el ejercicio de la creatividad. Nos ayuda a resolver problemas, a imaginar y producir muchas ideas diferentes, aunque no siempre sean ideas prácticas o buenas. Si eres una persona que despierta y a media mañana, sin saber cómo, ha comprado un billete para viajar al Polo Norte y echarse unos selfies con los pingüinos, quizá tiendas a usar más este tipo de pensamiento.

El discurso literario que producimos es resultado, también, de esta cualidad en nuestro pensamiento. No hay mejor o peor tipo. Si tiendes más hacia la convergencia no eres mejor ni peor escritor que aquellos que tienen hacia la divergencia. Simplemente así eres. Y merece la pena que reconozcas cómo eres, cuál es tu tendencia. Finalmente, si tiendes a la convergencia podría servirte mucho ensayar la divergencia, o viceversa. Este ejercicio traerá como resultado una suerte de equilibrio, además de que sumarás recursos a tu favor.

7 ¿Qué me interesa realmente? Los temas y el “yo”

Por lo general leemos literatura de autores que tratan temas afines a nosotros.

Ahora piensa lo siguiente: ¿crees que tus autores preferidos eligieron tratar esos temas sólo para que tú sintieras interés por sus obras? ¡No! Obviamente. Imagina el coñazo que sería si tuvieras que escribir una novela de doscientas cincuenta páginas, a lo largo de tres o cuatro años de tu vida, sobre fútbol, macramé, economía o cualquier tema capaz de matarte de aburrimiento. Quizá a ti el fútbol, el macramé o la economía te apasionan, pero basta que sustituyas esos temas por otros que, si tuvieras que tratar, preferirías arrancarte un brazo y tirárselo a alguien en la cabeza.

Evita elegir temas porque pienses que van a atraer la atención de los lectores. El interés de los lectores despierta y crece en la medida en que tú sientas pasión sobre los temas que abordas. Esos temas que trates se convertirán en una especie de sello de garantía. Tu firma, tu onda. Tu estilo. Lo que a ti te va. Lo que le va al lector. De lo que va el libro. ¿Me sigues?

8 El sentido del humor

No sé tú, pero yo recuerdo más a los autores que me han reír. Es como si el mérito dejara una huella en mi memoria, una huella difícil de borrar. 

El sentido del humor es algo que caracteriza mucho a las personas. Y como produce buen rollito preferimos rodearnos de las personas que tienen sentido del humor y, queriéndolo o no, hacen reír. Lo mismo pasa con los autores a los que leemos.

El sentido del humor es quizá una de las cualidades de la personalidad artística que más destaca. Aunque no lo es todo, cuando hablamos de estilo literario el sentido del humor ocupa un lugar destacado. Todos tenemos un sentido del humor particular. Más irónico, sarcástico, negro o tétrico. Incluso quienes parecen carecer por completo de sentido del humor tienen un modo especial de ser graciosos involuntarios. 

Se me viene a la cabeza el comediante español Eugenio Jofra Bafalluy, mejor conocido por “Eugenio”. Si eres español lo reconocerás como el tipo de los monólogos que fumaba y bebía cubatas en escena, y siempre se cubría el rostro con unas grandes gafas de sol. Si no lo conoces te dejo el enlace a un de sus vídeos en la descripción. El tipo tiene tanta expresividad como una pared blanca. 

Su mayor cualidad era que nunca se reía. Parecía que a él sus chistes no le hacían gracia. Su estilo es único. En España se cultiva mucho el stand up o, el monólogo de comedia en vivo. Creo que Eugenio consiguió un estilo único de hacer comedia que lo llevó a conseguir el éxito. Si lo comparo con otros grandes comediantes de la actualidad (Dani Rovira me fascina, aunque no sé si me gusta más él o sus monólogos, #HardChoice), Eugenio no era la panacea del stand up (sobre todo porque nunca estaba de pie), pero nadie podrá decir que el tipo no tenía estilo. 

Y tú, ¿de qué te ríes?, ¿qué te hace gracia?, ¿cómo dirías que es tu sentido del humor? Ojo, no digo que te pongas una nariz de payaso y te propongas hacer reír a tus lectores. Si te esfuerzas demasiado podrías estropearlo todo. Lo que digo es que tú también tienes un sentido propio del humor. ¿Cómo es?

Conclusión

Todos estos aspectos sobre el estilo literario nos dejan ver que hay una dimensión controlable o educable del estilo y otra, que por permanecer inconsciente, no lo es. Pero se vuelve controlable y educable si nos permitimos la confrontación con el “yo” creador, produciendo que esa dimisión se haga consiente. 

Así se nos revela nuestra propia esencia y podemos controlarla a gusto, no con el afán de construir máscaras (para eso ya somos expertos), sino con la idea de reconocer y trabajar en los aspectos que configuran nuestra personalidad y permiten que se afiance un estilo literario propio. Por eso cuando hablamos de estilo literario no hablamos de obras, sino de autores.

Por medio del estilo el artista fusiona y armoniza los diversos elementos, dándoles una unidad, al mismo tiempo que logra que los demás veamos el contenido de su discurso, como él mismo lo ve. El estilo es inseparable de la obra de arte acabada. La penetra, la invade y sin embargo, permanece en cada momento invisible como algo que no se deja comprobar. El estilo es lo que contiene al escritor: toda la cosmogonía que conforma su universo y que únicamente le concierne a él. En otras palabras, si quieres entenderlo mejor, repite conmigo: estilo soy yo.

Qué es el estilo cuando hablamos de literatura | Taller de Escritura Creativa de Israel Pintor
No importa cómo seas, lo importante es que no tengas miedo a ser.

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