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¿Te has preguntado alguna vez dónde estarías cuando recibieras la noticia que desarrollaría tu carrera literaria? Quizá te imaginas en un café bohemio de París, o frente a una hilera de libros antiguos en una biblioteca silenciosa, con una luz dorada bañando tu mesa de trabajo. Pues bien, la realidad es mucho menos glamurosa y bastante más humana. Yo estaba en el baño. Sí, tal cual. En ese lugar tan poco poético recibí la llamada de José María Gala, el director de la Fundación Antonio Gala, para decirme que mi novela había ganado el VII Premio Biblioteca Antonio Gala. Tuve que fingir una voz de absoluta normalidad, intentando que no se notara el eco de los azulejos mientras sentía cómo el corazón me daba un vuelco de alivio y alegría. Habían pasado diez años desde que la idea de esta historia nació en mi cabeza, y tras cuarenta rechazos de editoriales, agencias y otros concursos, la victoria llegó en el momento más inesperado. Hoy quiero contarte cómo una idea que empezó en 2016 sobrevivió a una década de dudas, mudanzas y transformaciones hasta convertirse en la novela que se publicará este septiembre de 2026.
Esa llamada no solo fue el anuncio de un premio; fue el cierre de un círculo perfecto que empezó hace quince años. Ganar este premio se siente, literalmente, como volver a casa. Ver el nombre de José María Gala, director de la fundación y sobrino de Antonio Gala, en el identificador de mi teléfono me llenó de una alegría genuina porque nos conocemos desde 2009, cuando crucé el Atlántico desde México para ser residente en la Fundación Antonio Gala. Aquella experiencia me cambió la vida; fue la primera vez que alguien, y nada menos que el propio Antonio Gala, creyó en mi talento y me dio el impulso necesario para entender que mi relación con la literatura era algo mucho más serio e intenso de lo que yo me atrevía a admitir. Volver a ser reconocido por esa misma institución en 2025, justo cuando se cumplían quince años de mi llegada a España, me hizo sentir que, a pesar de las vueltas del destino, sigo en el camino correcto. Ganar el premio que lleva el nombre de mi mentor es, en el fondo, una forma de decirle: «Mira, Antonio, no me rendí, la literatura sigue siendo mi forma de estar en el mundo».
El glamour literario ocurre en los lugares más insospechados
A menudo pensamos que el éxito literario es una línea recta, pero es más bien un laberinto lleno de callejones sin salida. Cuando envié mi novela a este concurso, lo hice con la inercia del que ya está acostumbrado al «no». Llevaba acumulados unos cuarenta rechazos de todo tipo. Editores que no contestaban, agencias que me decían que “mi novela no era su onda”, o que “ya representaban a muchos autores”, y otros concursos donde mi obra pasaba sin pena ni gloria. Esos cuarenta portazos no son solo números; son cuarenta momentos de duda, de mirarte al espejo y preguntarte si realmente tienes algo que decir o si solo estás llenando hojas en blanco por puro capricho. Pero la terquedad es una de las herramientas más valiosas del escritor, casi tanto como la gramática.
De hecho, cuando recibí la llamada en septiembre de 2025, ¡había olvidado por completo que participaba! Mi sorpresa fue total. Sentí una oleada de alivio. Por fin, alguien veía en La Sed, mi protagonista, lo mismo que yo vi cuando la presenté en un invierno de 2016 en Granada, tras publicar el primer capítulo en la antología La devoción inflamada. Fue un flechazo absoluto. Recuerdo que en aquella presentación la gente se reía, se emocionaba con las locuras de ese actor mexicano que buscaba a Dios en los bares de Sevilla. Esa reacción del público me confirmó que, aunque el tema fuera «delicado» para algunos editores, había una verdad humana latiendo en esas páginas que merecía ser compartida.
Es curioso cómo funciona la memoria y el cariño. Al contestar a José María, lo saludé con la calidez de siempre, sin imaginar que me traía la noticia de la publicación de mi novela. Él fue directo, como lo son las buenas noticias. Me dijo que la fundación había decidido otorgarme el premio por una obra que para mí es un pedazo de alma. En ese momento, en la soledad de mi baño y con la emoción contenida, comprendí que la espera había valido la pena. Porque, tras diez años de acompañar a un personaje por sus desiertos personales, uno siente que ya ha pagado el peaje necesario para que la historia encuentre su puerto.
Diez años, cuarenta portazos y una fe inquebrantable
La historia de esta novela es la historia de una persistencia que raya en la terquedad. Empezó en 2016 como un pequeño relato para una antología llamada La devoción inflamada. Allí apareció por primera vez La Sed, ese personaje torrencial que mezcla el lenguaje mexicano con el español sevillano en un delirio místico y alcohólico. Sentí empatía por él desde la primera frase. Supe de inmediato que quería pasar mucho tiempo a su lado, que quería descubrir qué pasaba con sus amores y cómo resolvería esa tensión constante entre su naturaleza marica y su fe católica.
Sin embargo, entre 2016 y 2019, me distraje con la vida. Y no está mal que eso pase. Como siempre digo en mis clases, para escribir literatura primero hay que encargarse de vivir. Me enamoré, me mudé de casa, viajé a México con Jesús, mi marido, para ver a mi madre por última vez sin saber que lo sería, me volví a mudar, esta vez de ciudad. Todo ese ruido vital era necesario para que yo madurara la novela. La Sed no cambió mucho en esos años; ella ya nació con su propia fuerza, con esa voz que es una avalancha verbal, pero yo sí cambié. Necesitaba ese bagaje emocional para poder mirar la historia con la perspectiva necesaria. No se trata solo de escribir, se trata de ver lo vivido y transformarlo en arte.
Necesitaba estudiar, leer a teólogos, entender las inconsistencias de la Iglesia respecto a la homosexualidad. Pasé horas desentramando los relatos canónicos que construyeron la noción de pecado, buscando las grietas en la interpretación institucional que se alejaba del espíritu original de las escrituras. Y, sobre todo, necesitaba el espacio mental que fue para mí Barcelona en 2019 para sentarme a tomar decisiones técnicas difíciles, en lo que respecta a la literatura y la vida. Fue allí, en el máster de la BSM, donde decidí que La Sed sería el único narrador, que apelaría a una familia postiza de personajes que nunca tomarían la palabra directamente, dejando que el lector construyera la realidad a través del espejo de su discurso.
El arte de podar hasta que solo quede el hueso
Uno de los errores más comunes cuando empezamos a escribir es pensar que más es mejor. Mi primera versión de esta novela tenía más de cuatrocientas páginas y catorce capítulos. Estaba convencido de que necesitaba todo ese espacio para explicar el viaje de La Sed. Me sentía tan cómodo con ella que no quería dejar de escribirla. Pero la literatura, a veces, consiste en saber qué quitar. Gracias a consejos de amigos y maestros como José Miguel Tomasena, entendí que estaba siendo terco. José Miguel me lo advirtió antes incluso de que terminara los últimos capítulos, pero yo, en mi terquedad de autor, los escribí igual. Solo para darme cuenta, años después, de que él tenía razón.
Tuve que enfrentarme al dolor de «matar a mis hijos», como dicen los anglosajones, y eliminar cuatro capítulos enteros. Fue un proceso de trasquilado agresivo, pero necesario. La versión que ganó el premio tiene apenas ciento treinta y siete páginas y diez capítulos. Es mucho más eléctrica, más pura, más directa al corazón. Una novela no es un contenedor donde echarlo todo, sino un filtro. Al final, lo que quedó es la esencia más vibrante de La Sed. A veces, para que una obra respire, hay que quitarle el oxígeno que sobra, dejarla en los huesos para que sea el lector quien le ponga la carne con su propia imaginación.
Incluso el título ha sido un campo de batalla. Empezó siendo Me dicen La Sed, pero esa construcción sonaba demasiado mexicana para el mercado español, según me comentaron algunos lectores. Luego pasó a ser Yo no pedí ser trending topic, un título que me atrajo por su aire actual y divertido, y que además es un guiño a Eduardo Mendicutti, un autor que ha sido fundamental en mi formación. Pero, sinceramente, sentía que era demasiado largo, repitiendo el patrón de mi anterior libro, Curso de belleza, amor y sexo. Finalmente, regresé a la esencia: Maricatólica. Es una sola palabra que lo contiene todo: la tensión, el conflicto y la identidad de la obra en un solo golpe de voz.
Sin embargo, el dilema no ha terminado. Aunque la novela ganó el premio con el título de Yo no pedí ser trending topic, sigo en una especie de «lucha» creativa por recuperar Maricatólica. Se lo he propuesto a mi editor, Javier Ortega, pero aún no tengo una respuesta definitiva. Sé que hay factores externos, como la tendencia conservadora que a veces marca la industria, y eso me hace dudar sobre si mi título preferido llegará a verse en las librerías. Incluso Jorge Carrión me dijo que Yo no pedí… era un gran título, mucho mejor que el original de La Sed, pero mi intuición me sigue empujando hacia esa síntesis poderosa que es Maricatólica. Es fascinante cómo, incluso después de ganar un premio, el nombre de tu propia «criatura» puede seguir siendo un misterio por resolver.
Enamórate de tus personajes o mejor no escribas nada
Si estás trabajando en una historia y sientes que te falta disciplina, déjame decirte algo que he aprendido en estos diez años: la disciplina no se sostiene por obligación, se sostiene por amor. Yo me enamoré de La Sed en cuanto la escribí. Me fascinaba su desfachatez, su ternura y esa soledad tan ruidosa que tiene. Quería pasar tiempo con ella, quería acompañarla en sus dramas y reírme de sus contradicciones. Esa conexión es la que me permitió seguir adelante a pesar de los cuarenta rechazos. No me importaba si tardaba; yo quería que el mundo conociera a este personaje porque sentía que muchas personas LGTBI católicas necesitaban su consuelo y su reflexión teológica.
Por eso, mi consejo pedagógico de hoy para cualquier escritor es que te preguntes si realmente amas a tus personajes. Si no estás dispuesto a pasar una década de tu vida a su lado, quizá no sean los personajes adecuados para una novela. Escribir es un compromiso a largo plazo, casi como un matrimonio. Habrá días de pasión y días de querer tirarlo todo por la ventana, pero si en el fondo hay un interés genuino por descubrir qué tienen que decir, la obra acabará encontrando su camino. No escribas por el premio, no escribas por el contrato; escribe porque no soportarías que ese personaje se quedara encerrado en tu cabeza sin que nadie lo escuche.
La relación con un personaje es vital. A mí me separó de La Sed el hecho de que me permití llevarla a vivir todas las cosas que creí necesarias. La acompañé hasta un punto en el que ella creció y evolucionó, y en ese momento supe que mi trabajo de acompañamiento había terminado. Si consigues sentir eso, no habrá fuerza en el mundo que te impida terminar tu manuscrito. Enamórate de tus personajes, diviértete con ellos, llora con ellos. Solo así la escritura deja de ser una carga para convertirse en una de las experiencias más gratificantes de la vida.
El extraño retorno al lugar donde todo comenzó
Hay una carambola del destino que me vuela la cabeza. Mi novela premiada se publicará en Berenice, el mismo sello donde publiqué mi anterior libro hace diez años: Curso de belleza, amor y sexo. Es como si el tiempo se hubiera plegado sobre sí mismo. Aquella vez, en 2015, gané el Premio Andalucía Joven de Narrativa y la obra salió en 2016. Ahora, una década después, vuelvo a la misma editorial de la mano de la Fundación Antonio Gala. Estas casualidades me recuerdan que la carrera de un escritor no es una carrera de velocidad, sino de resistencia y de saber cultivar los vínculos que tejen nuestra historia personal y profesional.
Este premio es, sobre todo, un bálsamo. Después del fallecimiento de Antonio Gala en 2023, recibir este galardón que lleva su nombre se siente como un último abrazo de mi tutor, de aquel hombre que me dijo que mi relación con las letras era poderosa. Siento que he cumplido con una promesa silenciosa que le hice en 2009 cuando llegué a Córdoba por primera vez. Y ahora, lo que más deseo es que tú también puedas formar parte de este viaje cuando el libro llegue a las librerías en septiembre de 2026. A lo largo de ocho videos, te iré desgranando cómo construí esta voz única, cómo investigué los textos bíblicos y cómo logré que una historia tan personal se convirtiera en una obra que aspira a llegar a un público amplio.
No hay secretos mágicos para escribir una novela. Solo hay pasión, una buena dosis de terquedad y la capacidad de reírse de uno mismo incluso cuando te pillan recibiendo la noticia más importante de tu vida en el lugar menos apropiado. Lo relevante es que la historia esté ahí, latiendo, esperando su momento para salir a la luz. Te aseguro que, cuando ese momento llega, todo el silencio y todos los rechazos previos se olvidan en un segundo. La paciencia no es la espera pasiva, es la actividad constante de seguir puliendo el diamante hasta que brilla por sí solo.
Esta nueva novela que publico en septiembre de 2026 bajo el sello de Berenice, es la prueba viviente de que las historias, siempre que sean buenas, encuentran su puerto. No importa cuánto tardes, lo que importa es que no dejes de intentarlo. Recuerda que el camino es largo, pero no tienes por qué recorrerlo solo.
¡Un abrazo literario y nos leemos pronto!


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