—Los conocí en el baño de un boliche. Usaban el mismo maquillaje, la misma camiseta blanca y la misma falda cuadriculada, solo las pelucas eran de colores diferentes: una morocha y otra colorada, parecían dos mellizos. Se me pusieron a lado mientras me lavaba las manos después de orinar. Llamé su atención, preguntándoles si iban disfrazadas de las T.A.T.U., las rusas que se chapaban en el escenario por allá de los años dos mil y algo. Nada a que ver, eran Pamela Anderson y su amiga rubia en Película de Terror 3. «Pero eran rubias», les dije. «Claro, pero no encontramos pelucas rubias», dijo Fifi. «Nosotras somos rubias de corazón», añadió Chi-Chi. Nos reímos los tres y se presentaron. Yo ya sabía sus nombres, pero fingí que no.

Más allá de la barandilla de la terraza, no veía el término de la costa, se perdía en la oscuridad de un cielo sin estrellas. No había viento. A mí el murmullo de las olas no me calma. Me perturbaba el oleaje, no paraba nunca. De repente el firmamento se dividió en dos por un fugaz destello de colores. El destello se volatilizó, fundiéndose con las luces del resort. Hasta del balcón llegó una melodía épica de trompetas, mi hijo jugaba en la habitación contigua. Me asomé y lo encontré en su camita, con el rostro alumbrado por la pantalla portátil. En la pieza grande, mi marido dormía. Yo no tenía sueño, pero me acosté en mi lado de la cama e intenté dormir. Incluso con las ventanas cerradas, se oían los suspiros del mar. La tranquilidad familiar me agobiaba. Me arrastraba hacia abajo, sola.