
Escribir una novela es una forma socialmente aceptada de hablar solo sin que te internen. Pero exponer el proceso creativo, los titubeos, el duelo y hasta la duda de si todo esto tiene sentido, eso ya roza el terreno de la performance autodestructiva. O del arte contemporáneo. O de la desesperación con pretensiones narrativas. Pero aquí estoy: abriendo el cadáver de una historia que aún no ha terminado de morirse del todo.
No estoy aquí para enseñarles cómo escribir una novela. Ni para darles consejos de productividad creativa. Estoy aquí para narrar una necropsia en tiempo real. Lo que van a leer, si deciden seguirme en este experimento, es el intento de mantenerme con vida mientras le doy forma a un cadáver —el de mi madre, sí, pero también el de una versión de mí que ya no está, y el de una idea de la escritura que necesita ser desollada.
¿Por qué hacer esto público? ¿Por qué no, simplemente, escribir en silencio, como ha sido tradición? ¿Por qué convertir el proceso creativo en un acto público, casi obsceno? Porque la intimidad ha dejado de ser un lugar seguro. Porque la escritura no es —y nunca ha sido— un acto solitario. Porque hay algo profundamente político en poner el dolor en escena, en sacarlo de la sombra y decir: mira, esto también se escribe, y esto también se muestra.
Y porque leí a Cristina Rivera Garza. Y una vez que alguien te habla de necroescrituras, ya no puedes volver a escribir igual.
Rivera Garza dice que escribir es, muchas veces, hacerle justicia a los muertos. No conmemorarlos. No endulzarlos. No embalsamarlos con una prosa bonita y una lágrima estratégicamente colocada. No. Hacerles justicia. Escribir como quien escarba una fosa común con una cuchara oxidada. Cuando leí Los muertos indóciles, entendí que mi deseo de contar esta historia —la muerte de mi madre, su huella, su eco— no era una concesión al sentimentalismo. Era un acto político. Porque vivimos en una cultura que entierra rápido, que tapa, que silencia. Porque todo lo que no es productivo o positivo se expulsa al margen. Y ahí, en ese margen, está la escritura que me interesa. La escritura de los cuerpos ausentes. La escritura de lo que ya no está pero insiste. La escritura que no consuela: desentierra. Por eso decidí no escribir esta novela en silencio. Por eso decidí exponer mi proceso. No como un ejercicio de transparencia, sino como un gesto performativo. Un ritual de escritura comunal. Una forma de decir: sí, estoy escribiendo sobre un cadáver, pero no lo hago solo. Porque este cadáver nos pertenece. Porque lo muerto no está muerto si seguimos hablando con ello. Y porque la escritura, si no es comunión, es solo vómito privado.
Escribir hoy es un acto sospechoso. Si no estás vendiendo cursos, si no publicas tips en redes, si no tienes una estrategia de visibilidad, se supone que no estás haciendo nada. Pero escribir una novela no es hacer contenido. Es desaparecer, a veces durante años, para emerger con algo que probablemente nadie pidió y que puede que no le guste a nadie. Escribir es fallar, una y otra vez. ¿Y mostrar ese fallo? ¿Ponerlo por escrito? Eso ya es borderline suicida. Pero justo por eso quiero hacerlo. Porque hay algo profundamente valioso en mostrar el error, la duda, el titubeo. Porque el mito del genio aislado y silencioso es un invento de los manuales de autoayuda y los clubes literarios con pretensiones. Y porque la escritura, aunque lo niegue, siempre ha sido coral. No hay autor sin lector. No hay novela sin otros libros que la precedan. No hay historia que no esté contaminada por voces ajenas. Y si todo eso es cierto, ¿por qué fingimos que escribir es una actividad privada, secreta, casi masturbatoria?
Rivera Garza habla de la escritura como un acto de desapropiación. Dejar de creer que lo que escribimos es “nuestro”. Dejar de creer que la voz es propiedad privada. Entender que escribir es entrar en una conversación que empezó antes de nosotros y seguirá después. Que las palabras que usamos no nos pertenecen. Y que incluso los muertos que narramos no son solo nuestros muertos. Mi madre no es solo mía. Su muerte no es solo mía. Lo que yo cuento, lo cuento desde mí, pero no solo para mí. Y si me atrevo a hacerlo público es porque quiero que otros puedan leer, quizás, su propio duelo en este. Su propio silencio. Su propio cadáver.
No me resulta fácil hacer esto. No me siento cómodo. Cada palabra que escribo es una pequeña traición a mi pudor. A mi familia. A esa voz interna que me dice: “Esto no se dice”. “Esto no se expone”. “Esto no se muestra”. Pero esa voz también forma parte del problema. Porque esa voz es la que ha callado a generaciones. La que ha ocultado abusos, duelos, pérdidas, traumas. La que ha dicho: “De eso no se habla”. “Eso se guarda en privado”. “Eso no es literario”. Y a esa voz hay que escribirle encima. Con rabia. Con ternura. Con ironía, si hace falta. Pero hay que escribirle encima. Este no es un ejercicio de exhibicionismo. No estoy aquí para llorar en público. Estoy aquí para mostrar el proceso como espacio de pensamiento, como laboratorio de sentido. Para decir: esto también es literatura. El titubeo. La duda. El miedo. La exposición. Porque la literatura no es solo el resultado. Es también el camino. La mancha. La herida. El intento fallido. Y porque si algo he aprendido leyendo a Rivera Garza es que el duelo no se supera: se escribe.
Uno de los conceptos más potentes de Los muertos indóciles es el del archivo. Rivera Garza entiende el archivo no como un lugar cerrado y sagrado, sino como un campo de batalla. Un espacio donde los muertos pelean por ser narrados. Y donde nosotros, los vivos, decidimos —con palabras— quién queda dentro y quién fuera.
Mi novela es un archivo. Un archivo ficcional, sí. Pero un archivo al fin. No de hechos, sino de afectos. No de fechas, sino de fantasmas. Es un lugar donde el cuerpo de mi madre —su voz, su sombra, su perfume, su risa— se transforma en lenguaje. Donde la ausencia se convierte en escena. Donde la pérdida se vuelve estructura.
Y si decido mostrar ese archivo en proceso, es porque quiero discutir su construcción. Porque quiero pensar en voz alta. Porque quiero que la escritura deje de ser un santuario cerrado y se convierta en una casa con ventanas abiertas. Aunque entre el polvo. Aunque se escapen los fantasmas. Escribir desde el duelo no es solo un acto íntimo. Es una forma de intervenir el presente. De decir: esto también merece ser narrado. Esto también es literatura. And no necesito pedir permiso para escribirlo.
Cristina Rivera Garza escribe que la escritura no es una forma de identidad, sino una práctica social. No es una bandera. No es un espejo. Es un puente. Y yo quiero cruzarlo con ustedes. Aunque a veces tambalee. Aunque no sepamos a dónde lleva.
Por eso lo comparto. No para que me digan si lo estoy haciendo bien. Sino para que lo piensen conmigo. Para que me acompañen en este proceso que no es una lección, sino una pregunta. ¿Cómo se escribe lo que duele? ¿Cómo se transforma la pérdida en forma? ¿Cómo se saca al muerto de la tumba y se lo pone a hablar?
Escribir así, frente a los otros, no es una moda. Es una forma de comunalidad. De resistencia. De desobediencia narrativa. De decir: no estoy solo. No quiero estarlo. Porque el dolor compartido no se diluye, pero se transforma. Porque las palabras, cuando se piensan en voz alta, dejan de ser herramientas y se vuelven compañía.
Nos han vendido la imagen del escritor como un ser huraño, encerrado, borracho de café y trauma, sacando obras maestras entre crisis nerviosas y premios literarios. Todo muy romántico. Y muy útil para mantenernos callados, aislados, competitivos, convencidos de que la literatura es una carrera de obstáculos donde solo unos pocos sobreviven con dignidad. Spoiler: nadie sobrevive con dignidad. Y menos aún en silencio.
Mostrar mi proceso creativo no es un gesto de arrogancia. Es un acto de sabotaje contra esa imagen. Es una forma de decir: estoy escribiendo, y me tiembla todo. Estoy escribiendo, y a veces no sé cómo. Estoy escribiendo, y no tengo respuestas. Pero aquí estoy. Y si tú también estás en ese lugar incómodo, tal vez podamos pensar juntos. Tal vez escribir no sea tan solitario como nos han hecho creer.
No espero viralidad. No espero aprobación. No espero que este gesto performático tenga sentido para todos. Pero sí quiero que se entienda que escribir no es una pose. Es una práctica. Un oficio. Un ritual. A veces, una forma de resistencia ante el olvido, ante la repetición, ante la muerte.
Quiero defender la escritura como un territorio común. Como una casa a medio construir donde todos pueden entrar y mirar. Y, si quieren, dejar algo. Una frase. Una pregunta. Una herida.
Quiero, en suma, que esta serie de textos no sea una bitácora, sino una conversación. No un confesionario, sino un archivo vivo. No una estrategia de marketing, sino un acto de presencia: estoy aquí, escribiendo, con el muerto a cuestas, y con la convicción de que solo lo que se comparte puede seguir vivo.
Esta novela no está terminada. Ni lo estará pronto. Pero eso no impide que pueda ser pensada, hablada, mostrada en su incompletud. Al contrario: esa es su condición natural. Rivera Garza insiste en que la escritura es un proceso sin clausura, sin monumento. Y yo, que me resisto a embalsamar a mi madre en una historia cerrada, quiero escribir su ausencia como se vive: entre cortes, interrupciones, contradicciones y preguntas sin respuesta. Mostrar este proceso no es exhibir un método. Es reivindicar la escritura como una práctica encarnada. Una forma de sostener el duelo con palabras. Una forma de respirar cuando todo huele a tierra húmeda. Una forma de decir que seguimos aquí, escribiendo con lo que nos falta, y con la esperanza —mínima, frágil, terca— de que eso baste.


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