El mito del escritor profesional: ¿por qué doy clases?

¿Sabes esa pregunta que te lanzan en una cena con la única intención de acorralarte? Esa que viene con una sonrisita de superioridad, como si te estuvieran haciendo jaque mate. Pues el otro día, el listillo de turno, entre el vino y el postre, va y me suelta: «Oye, y si eres escritor, ¿por qué das clases? ¿Es que no se puede vivir solo de publicar?». La pregunta quedó flotando en el aire, cargada de veneno, mientras el resto de la mesa me miraba esperando ver cómo salía de esa. Quería ver si admitía mi fracaso, si confesaba que mi carrera literaria era un hobby caro y que las clases eran el plan B, la triste realidad.

Sonreí, apuré mi copa de vino y me preparé para el monólogo. Porque esa pregunta, amigo mío, no es una pregunta. Es un diagnóstico. Un diagnóstico de una ignorancia supina sobre lo que significa este oficio. Es la punta del iceberg de una serie de mitos tóxicos que nos han vendido y que tienen a más de un escritor con talento paralizado por el miedo a no ser «suficiente». La idea de que el único escritor válido es el que recibe un cheque de siete cifras, se aísla en una cabaña en el bosque y solo se comunica con el mundo a través de su agente es una fantasía. Una gilipollez, para ser más preciso. Una que vamos a reventar aquí y ahora.

Desmontando la pregunta del millón

Primero, analicemos la premisa de la pregunta: «vivir solo de publicar». Esto asume que el mundo editorial es una meritocracia pura donde el talento siempre es recompensado con un sueldo estable. ¡Ja! Déjame que te cuente un secreto: el mundo editorial es más parecido a un casino que a una oficina de recursos humanos. Puedes tener la mejor novela desde el Quijote, pero si no encaja en la línea comercial de ese momento, si tu apellido no es famoso, si el jefe de marketing se levantó con el pie izquierdo o si Júpiter no está alineado con Marte, tu manuscrito dormirá el sueño de los justos en una pila de papel.

Publicar un libro es una lotería. Y que te paguen un adelanto que te permita vivir un año entero sin preocuparte por el alquiler es ganar el Euromillones. La mayoría de los escritores, incluso los que publican con editoriales grandes, reciben adelantos modestos. Y luego están las regalías, ese porcentaje minúsculo que te llega meses, a veces años después, si es que llega. Confiar tu subsistencia únicamente a ese sistema es como apostar todo tu dinero a un solo número en la ruleta. Es romántico, sí, pero también es estúpido.

Imagina que te encuentras con un arquitecto que, además de diseñar edificios espectaculares, da clases de estructuras en la universidad. ¿A que no se te ocurriría preguntarle si da clases porque sus edificios se le caen? No, ¿verdad? Asumirías, con buen criterio, que es tan bueno en lo suyo que es capaz de enseñar a otros. Que una cosa alimenta a la otra. Pues con la escritura es exactamente igual. Pero claro, el arte tiene ese halo de «amor y pobreza» que a algunos les encanta para sentirse bohemios, pero que es una trampa mortal para el que intenta pagar facturas.

El unicornio del escritor que solo escribe

Hablemos de ese ser mítico, el «escritor profesional» que solo escribe. ¿Quién es? ¿De qué vive? ¿Hace la fotosíntesis? La imagen del autor torturado que vive de la inspiración y el aire es una construcción cultural que nos ha hecho un daño terrible. Bukowski fue cartero durante una década. Faulkner trabajó en una central eléctrica. T.S. Eliot era banquero. ¿Eran menos escritores por tener un trabajo que pagaba sus facturas? ¿O es que acaso la experiencia de vivir en el mundo real, de lidiar con jefes idiotas y compañeros de trabajo insoportables, no nutre la escritura?

La realidad es que la mayoría de los escritores hacemos más cosas. Escribimos artículos, hacemos guiones, trabajamos como copywriters, corregimos textos ajenos y, sí, algunos damos clase. No porque seamos escritores fracasados, sino porque somos profesionales del lenguaje en un sentido amplio. Porque amamos las palabras y hemos encontrado diferentes maneras de hacer que esa pasión pague la conexión a internet. Pensar que enseñar es un demérito es no entender nada. Es no entender que la diversificación no es un signo de debilidad, sino de inteligencia.

Voy a contarte una pequeña historia. Una vez tuve un alumno, vamos a llamarlo Javier. Javier llevaba dos años atascado con su novela. Tenía una idea potente, pero sus personajes eran más planos que una tabla de planchar. No hablaba, vomitaba información. Un día, en una clase, mientras le explicaba la diferencia entre «mostrar» y «contar», algo hizo clic en su cabeza. Sus ojos se abrieron como platos. La semana siguiente trajo una escena reescrita que era simplemente brillante. Había entendido. Había aplicado la técnica y había encontrado la voz de su personaje. La satisfacción que sentí en ese momento no me la ha dado ningún cheque de ninguna editorial. Y te aseguro que ese momento, esa epifanía de Javier, me hizo a mí reflexionar sobre mi propia forma de construir diálogos.

¿Por qué enseño? Porque me da la puta gana (y por otras razones)

Si la respuesta corta y borde es «porque me da la gana», la respuesta larga es mucho más interesante. No enseño a pesar de ser escritor. Enseño porque soy escritor. Y esto es fundamental que lo entiendas.

Primero: enseñar me obliga a ser mejor escritor. No puedes explicarle a alguien cómo funciona un motor si tú no sabes dónde va cada tornillo. Para enseñar sobre estructura, sobre punto de vista, sobre la creación de un arco de personaje, tengo que tener esos conceptos no solo interiorizados, sino desmenuzados, analizados y listos para ser servidos en bandeja. Cada vez que preparo una clase, estoy revisando mis propias herramientas. Cada duda de un alumno es un desafío que me obliga a cuestionar mis propias certezas. Es el mejor entrenamiento posible. Es un laboratorio constante.

Segundo: la energía del taller. Encerrarte a escribir solo en tu cueva está muy bien, pero es un camino directo a la locura y al onanismo. El taller, el contacto con otros escritores, con sus ideas, sus bloqueos, sus hallazgos… eso es pura electricidad. Ver a alguien luchar con una historia y encontrar la solución es increíblemente inspirador. Me alimenta, me da ideas, me saca de mis propios atascos. Es una simbiosis. Yo les doy herramientas, ellos me dan energía, perspectivas nuevas, ganas de volver a mi propio teclado y reventarlo.

Y tercero, y quizás lo más importante para mi vena irreverente: enseñar es un acto de rebeldía. Es decirle al sistema elitista y a los guardianes de la cultura que se jodan. Que la capacidad de contar una buena historia no es un don divino reservado para unos pocos elegidos, sino un oficio que se puede aprender, practicar y dominar. Es democratizar el conocimiento. Es darle a la gente las llaves del castillo para que dejen de esperar a que un príncipe azul editorial les dé permiso para entrar. Mi objetivo no es crear clones míos, sino ayudar a cada escritor a encontrar su propia y jodida voz. Y eso, amigo mío, es mucho más satisfactorio que ver mi nombre en una lista de más vendidos.

Así que la próxima vez que alguien te haga una pregunta envenenada, sonríe. Porque no te están atacando a ti, están revelando sus propias limitaciones. La vida del escritor no es un camino único y pavimentado. Es una selva. Y cada uno de nosotros tiene que fabricarse su propio machete. El mío, además de para escribir, sirve para abrir camino a otros. Y no pienso pedir perdón por ello.

En resumen: la idea del escritor que solo vive de sus libros es un mito peligroso. Enseñar no solo es una forma inteligente de sobrevivir, sino que te convierte en un artesano más afilado y te conecta con la esencia misma del oficio, que es compartir. Y, finalmente, es un acto de poder: el de entregar las herramientas para que más voces puedan ser escuchadas.

Si esta dosis de realidad te ha servido para quitarte algún peso de encima, para mandar a la mierda a tus propios «listillos», entonces dale a me gusta y suscríbete, porque aquí no vendemos humo, servimos verdades como puños.

Y si ahora mismo estás mirando la pantalla pensando «joder, es que yo estoy atascado, yo también me creo estos mitos y no sé cómo salir de ahí», tengo algo para ti. No es una fórmula mágica, es algo mejor: es trabajo. Es un método. Si quieres que te ayude a desmontar tu historia, a encontrar sus fallos y a construir algo de lo que te sientas orgulloso, háblame. Entra en mi web, israelpintor.com, busca el enlace de WhatsApp que encontrarás en la descripción y escríbeme. Sin rodeos. Dime cuál es tu dolor. Vamos a ver si tiene cura. Atrévete a dar el paso.

Y hablando de desmontar mitos y construir desde cero, si sientes que necesitas un mapa claro, te recomiendo que le eches un ojo a mi videocurso Primera Novela o a mi Coaching Literario. Son dos formas muy distintas, pero igual de potentes, de dejar de dar vueltas en círculo y empezar a caminar en línea recta.

Ahora, si me disculpan, tengo que ir a preparar una clase. Hay que seguir afilando el hacha.

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