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¿Alguna vez te has detenido en una iglesia, no por fe, sino por pura curiosidad estética, y de repente has encontrado la solución al mayor problema de tu novela? A veces, los escritores nos obsesionamos con ser originales, con inventar una estructura nunca antes vista, cuando los mapas más potentes para nuestras historias llevan trazados miles de años. A mí me pasó en mayo de 2017, durante una visita al Real Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe, en Cáceres. Había pasado la Semana Santa allí y, casi por casualidad, me topé con un folleto que detallaba las estaciones del Viacrucis. Al ver ese gráfico, esa sucesión de sufrimientos organizada como un camino físico, tuve un chispazo: este era el andamio perfecto para mi personaje, La Sed. No fue un plan maestro nacido en un despacho de Barcelona, sino un hallazgo en un folleto parroquial lo que me permitió entender que la caída de un actor mexicano en el siglo XXI podía espejarse en la pasión de Jesucristo. Los mitos clásicos y las estructuras sagradas pueden ser el «cascarón» ideal para sostener la narrativa más contemporánea y rebelde.
Esa visión gráfica del Viacrucis como un recorrido de descenso y ascenso me sedujo de inmediato. Entendí que la estructura no es una cárcel, sino una guía que facilita la organización de los acontecimientos. Lo que empezó como una intuición en Guadalupe se solidificó años después, en 2019, mientras cursaba el máster en creación literaria de la Barcelona School of Management. Allí comprendí que podía utilizar el calvario de Jesús en un sentido simbólico para reflejar el calvario personal de mi protagonista. La Sed no es un mártir consciente, es más bien una suerte de «santo involuntario»: alguien que, por su forma de sentir y su torpeza emocional, acaba santificándose sin pretenderlo. Usar un camino internacionalmente reconocible, que está en el imaginario colectivo de la humanidad, ayuda al lector a no perderse, incluso cuando la historia está llena de saltos temporales y delirios alcohólicos.
El monasterio donde una estructura sagrada se volvió literaria
Aquel mayo de 2017, en Guadalupe, me di cuenta de que el Viacrucis es, en esencia, un relato de caída en precipicio. Es una estructura que ya contiene en sí misma el germen de cada capítulo con solo leer el nombre de la estación. «Jesús es condenado a muerte», «Jesús carga la cruz», «Jesús cae por primera vez»… hay una fuerza narrativa intrínseca en esa progresión de dolor. Mi reto fue traducir eso a la vida de un actor mexicano emigrado. En mi novela, la condena no es una sentencia legal, sino la condena a tener una sed insaciable de Dios, de alcohol y de amor.
Aunque el Viacrucis tradicional tiene catorce estaciones, mi novela acabó teniendo diez capítulos. Fue una decisión dolorosa y me costó años aceptarla. Originalmente, escribí los catorce capítulos para seguir el esquema completo, pero en 2023, tras mucho «feedback» y lucha interna, comprendí que la obra ganaba potencia si terminaba en el punto más álgido: la crucifixión. Al cerrar en el capítulo diez, dejo que el resto del relato —incluida la resurrección— quede en un plano implícito y metafórico. A veces, para que una estructura clásica funcione en la modernidad, hay que saber cuándo dejar de seguir el mapa y permitir que el lector imagine el resto del camino.
No hace falta inventar la rueda, solo hay que saber usar el andamio
A menudo, los escritores noveles se bloquean intentando crear estructuras cien por cien originales. Mi consejo es que no tengan miedo de mirar hacia los clásicos, los mitos o los textos sagrados. La literatura siempre se nutre de lo que ya ha sido escrito. Trabajar con un «cascarón» conocido como el Viacrucis es un acierto porque ofrece al lector contemporáneo un terreno familiar donde moverse, aunque el contenido sea totalmente nuevo. No se trata de reproducir el mito, sino de usar su fuerza estructural para delimitar la forma de tu propia historia.
Esta elección no fue una obligación, sino una alternativa estética. Al fijarme en la cultura de mis creencias espirituales, encontré un contenedor que podía albergar la histeria y la ternura de La Sed. La estructura clásica es como un rosetón gótico: una danza circular que da vueltas sobre su propio eje mientras recorre un gran círculo. No es una línea recta, es un movimiento constante de giros y regresos. Al utilizar esta base, conseguí que una novela que no es lineal —que tiene constantes saltos adelante y atrás— se sienta cohesionada y fácil de seguir. El mito es el pegamento que mantiene unidas las piezas de un puzzle que, de otro modo, podría desmoronarse.
La trenza de cuatro hilos que no se deshace
Uno de los aspectos técnicos más complejos de esta novela fue gestionar lo que yo llamo la «trenza narrativa». En cada capítulo se entretejen cuatro líneas dramáticas diferentes: la aventura global de La Sed, la historia del personaje anterior (a quien vamos descubriendo de forma retroactiva), el relato bíblico reinterpretado y lo que sucede en el presente del capítulo mientras el protagonista habla con su interlocutor. Es un trenzado de hilos, o mechones de pelo, que parten del mismo punto y se intercalan.
Sin el Viacrucis como guía, controlar estas cuatro líneas habría sido imposible. La estructura sagrada funciona aquí como el eje sobre el cual se enrolla la trenza. Por ejemplo, mientras La Sed carga con su cruz particular, estamos conociendo el pasado de quien la ayudó en el capítulo anterior y, simultáneamente, asistimos a una reinterpretación de las escrituras que justifica su estado actual. Es una arquitectura compleja, pero gracias a que el “mapa” de la estación es claro, el lector puede disfrutar del virtuosismo del lenguaje sin perder el hilo de la trama. La pericia narrativa consiste en saber cuándo tensar cada hilo para que el conjunto tenga la forma del Viacrucis.
El arte de profanar para encontrar lo humano
La gente me pregunta si mi novela es una burla a la religión. Nada más lejos de la realidad. Hablo de «parodia» en un sentido literario e irónico. Hay una ironía profunda en el hecho de que La Sed esté viviendo su propio calvario sin ser plenamente consciente de ello. Mientras que Jesucristo aceptaba su sacrificio con solemnidad, mi protagonista lo hace desde la torpeza, la inmadurez emocional y el alcoholismo. He profanado lo sagrado, sí, pero para hacerlo más humano y cercano.
La diferencia entre el suplicio físico de Jesús y las vicisitudes de La Sed es que estas últimas son, en gran medida, consecuencia de su incapacidad para gestionar su vida. Es un personaje patético, vanidoso, inseguro e incorrecto, y precisamente por eso es tan gracioso y vulnerable. Es fácil reírse de él y con él. No busqué un equilibrio perfecto entre la solemnidad del Calvario y el humor; dejé que mi propia irreverencia dictara el tono. Al final, el Viacrucis de La Sed es una forma de reprobación social moderna: el linchamiento, el juicio de los demás y la soledad de quien no encaja, que son latigazos contemporáneos.
Un calvario de alcohol y una resurrección invisible
En la novela, el Monte Calvario tiene una representación física en Barcelona, pero sobre todo tiene una representación metafórica: el alcoholismo. Es esa adicción el lugar donde La Sed se resguarda y, al mismo tiempo, donde es crucificada. Al anticipar este recorrido desde el índice, el lector ya sabe que se enfrenta a un drama, pero lo que quizás no espera es encontrar tantas carcajadas en medio de las lágrimas. El drama es más soportable cuando la estructura te va avisando de que, después de cada caída, hay un encuentro o una pequeña salvación.
La decisión de dejar fuera los últimos cuatro capítulos, donde la resurrección era más explícita, fue una de las más difíciles de mi carrera. Me costó años, desde 2020 hasta 2023, aceptar que la obra era más potente si terminaba en el capítulo diez. Aunque esos capítulos existen y cuentan cosas que yo amo, entendí que el «viaje» de La Sed ya estaba completo con su crucifixión simbólica. La resurrección en esta novela no es literal, es una posibilidad que queda en el aire, una transformación interna del personaje que el lector debe completar. A veces, el mejor final es aquel que se niega a cerrar todas las puertas, dejando que la historia siga latiendo más allá de la última página.
No hay que tener miedo a los clásicos ni a las estructuras que parecen demasiado grandes. La literatura es un diálogo constante con el pasado, y a veces, para contar nuestra propia historia «de otro modo», solo necesitamos rescatar un viejo mapa y atrevernos a recorrerlo con nuestros propios pies. No importa si tu estructura nace de un rosetón, de una danza o de un folleto de iglesia; lo importante es que sea el contenedor que tu historia necesita.
¡Un abrazo literario y nos vemos pronto!


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