Errores de escritor: por qué los clichés arruinan tu prosa

¿Tu escritura suena a disco rayado? ¿Sientes que cada frase que pones en el papel podría haber salido de una galleta de la fortuna o de un pésimo manual de autoayuda? Si cada vez que intentas describir algo, tu cerebro te sirve en bandeja de plata un «brillante como el sol» o un «fuerte como un roble», quédate, porque necesitas una intervención urgente. Esto no es una sugerencia, es una orden.

El cliché es el enemigo silencioso del escritor. Es una plaga sigilosa, una termita que se come los cimientos de tu prosa hasta que todo se derrumba en un montón de serrín predecible. Si tu narrativa está atrapada en este bucle infinito, si tus lectores sienten que ya han leído tu historia mil veces antes de terminar la primera página, es porque los clichés te están saboteando de la forma más humillante posible. Están dejando a tus lectores profundamente aburridos y a tu talento, encerrado en el rincón de los castigados. Hoy vamos a hacer algo más que señalar el problema. Vamos a identificar, diseccionar y erradicar esta mala hierba para que tu escritura, por fin, tenga el descaro de ser ella misma.

La pereza disfrazada de sabiduría popular

Seamos brutalmente honestos. El cliché es, ante todo y sobre todo, un acto de pereza monumental. Es la comida rápida de la creación literaria, el plato precocinado que metes al microondas porque no tienes ganas de cocinar. Es fácil, es rápido, no requiere pensar demasiado y, por un miserable segundo, te quita el hambre de llenar la página en blanco. Pero al igual que la comida basura, no nutre, solo llena. Frases como «tenía el corazón roto», «era bella como un día de verano» o la inefable «la noche era oscura como boca de lobo» son atajos que tu cerebro de vago redomado toma para no hacer el trabajo de verdad.

El verdadero trabajo es el de sentir, observar y traducir esa observación en palabras que pulsen con vida propia. Conozco a un escritor, llamémosle Pepe, que estaba convencidísimo de que su novela era un pozo de profundidad emocional. Un verdadero océano de sentimientos, según él. ¿Su prueba irrefutable? Su protagonista, después de una ruptura amorosa, tenía, cómo no, «el corazón roto». Pepe no estaba siendo profundo, estaba siendo perezoso. No se detuvo ni un segundo a pensar qué significa realmente tener el corazón roto para ese personaje en particular. ¿Es un dolor sordo y constante en el pecho, como un puño que no se abre? ¿Una incapacidad repentina para respirar hondo? ¿La sensación de que los colores del mundo se han atenuado, como si alguien le hubiera bajado el brillo a la realidad? ¿Es el sabor metálico del insomnio en la boca? No, para Pepe, era solo una etiqueta. Una etiqueta que hemos oído tantas veces que ya no significa absolutamente nada.

El cliché es el gran asesino de la especificidad, y déjame decirte algo que deberías tatuarte en el cerebro: sin especificidad, no hay emoción real. Hay un sucedáneo de emoción, un melodrama de telenovela barata. El lector no siente nada porque tú no te has molestado en sentir o imaginar nada primero. Simplemente has tirado de archivo, has usado la misma plantilla que usan otros millones y esperas que, por arte de magia, suene auténtico. Pues no. Suena a refrito, a fotocopia de una fotocopia.

El origen del monstruo: clichés de situación y personaje

Pero el problema es aún más grave. La plaga no se limita a las frases hechas. El cliché es un monstruo con muchas cabezas. Existen los clichés de situación y los clichés de personaje, que son infinitamente más peligrosos porque infectan la estructura misma de tu historia. Piensa en el detective atormentado, con gabardina y problemas con el alcohol, que resuelve el caso mientras lidia con sus demonios internos. Lo hemos visto. Cientos de veces. Piensa en la «Manic Pixie Dream Girl», esa chica excéntrica y adorable que no tiene vida propia y solo existe para enseñarle al protagonista masculino a vivir la vida con más intensidad. Vomitivo. O el sabio anciano que aparece, suelta tres frases crípticas y convenientemente muere para que el héroe pueda completar su viaje.

Cuando recurres a estos arquetipos sin darles una vuelta de tuerca, sin añadirles capas, contradicciones y una humanidad sucia y real, estás haciendo lo mismo que Pepe con su «corazón roto». Estás cogiendo un atajo. Estás diciéndole al lector: «Ya conoces a este tipo, no hace falta que me esfuerce en construirlo». Y el lector, que no es tonto, te responde con un bostezo y cierra el libro. Tu trabajo no es entregarle al lector lo que espera, sino lo que no sabía que necesitaba.

El gimnasio de la originalidad: Tres ejercicios para ponerte en forma

Para desintoxicarte de esta costumbre tan arraigada, no basta con la buena voluntad. No puedes simplemente decir: «Venga, a partir de ahora, voy a ser más original». Eso es como decidir que vas a correr una maratón sin haber entrenado en tu vida. Tu músculo creativo está atrofiado por el desuso y necesita un programa de ejercicios serio y constante. Aquí tienes tres prácticas para sacudirle el polvo y ponerlo a sudar.

1. La autopsia de la frase hecha 

La próxima vez que te veas tentado a escribir un cliché, detente. No te fustigues, simplemente para. Escribe esa frase horrible en una página aparte y ponte la bata de forense. Vas a diseccionarla. Pregúntate: ¿qué significa realmente esto? Tomemos otro clásico: «un silencio ensordecedor». ¿Absurdo, verdad? ¿Cómo puede el silencio ensordecer? Pues ahí está el reto. ¿Qué sensaciones físicas y sensoriales produce ese tipo de silencio? Quizás no es la ausencia de sonido, sino la presencia de sonidos que normalmente ignoramos: el zumbido casi inaudible de un fluorescente, el tictac paranoico de un reloj de pared, el bombeo de tu propia sangre en los oídos, el crujido de la casa al asentarse. En lugar de la etiqueta perezosa, describe la experiencia. «El silencio era tan denso que podía oír el zumbido del viejo frigorífico en la cocina, un lamento eléctrico que nunca antes había notado». ¿Ves la diferencia? Has pasado de una idea abstracta y gastada a una imagen concreta y evocadora.

2. El diccionario inverso

Este ejercicio es para joderle la marrana a tu cerebro. En lugar de buscar sinónimos para una palabra común, busca el antónimo del cliché. Si tu impulso primario es decir que un personaje tiene «ojos fríos como el hielo», párate y pregúntate: ¿Cuál es la forma más inesperada de describir unos ojos que transmiten frialdad, usando el concepto opuesto? El opuesto de frío es calor. ¿Puede el calor ser frío? Vaya, ahora estamos pensando. Quizás no son fríos, sino que queman de una forma que hiela. «No tenía los ojos fríos. Los tenía incandescentes, como las brasas de un fuego que se consume a sí mismo, prometiendo un calor que jamás llegaría a tu piel». Hemos usado la idea de calor para describir una frialdad mucho más compleja y perturbadora que la del simple hielo. Oblígate a buscar una comparación que nadie espere, una que revele algo nuevo y paradójico sobre el concepto que intentas transmitir.

3. La metáfora kamikaze

Este es mi favorito, porque abraza el caos. Dedica diez minutos al día, ni uno más ni uno menos, a escribir las metáforas y símiles más extraños, absurdos y demenciales que se te ocurran. No importa si son malos. De hecho, es preferible que lo sean. El objetivo no es encontrar la metáfora perfecta de inmediato. El objetivo es romper las conexiones neuronales anquilosadas que te llevan siempre a los mismos lugares seguros y aburridos. Se trata de estirar la imaginación hasta que algo se rompa. «Su risa sonaba como una caja de herramientas cayendo por las escaleras». «Sus ojos tenían el color de la nostalgia de un martes por la tarde». «El atardecer se desangraba sobre el horizonte como un pomelo apuñalado». ¿Son ridículas? Probablemente. ¿Son memorables? Absolutamente. En medio de diez metáforas kamikazes que se estrellan, puede que una sobreviva y sea genial. Pero lo más importante es que estarás entrenando a tu mente para que deje de autocensurarse y empiece a explorar los límites.

Conviértete en un sommelier de palabras

La mejor vacuna a largo plazo contra el virus del cliché es la lectura consciente. Deja de leer como un turista que solo mira los monumentos principales y se hace selfis. Empieza a leer como un detective, como un ladrón de guante blanco, como un catador de vinos. Coge los libros de los autores que admiras y, con un lápiz en la mano, ponte a cazar. No busques clichés, busca su ausencia. ¿Cómo lo hacen? Analiza cómo los grandes escritores describen las cosas más comunes del mundo. ¿Cómo describe Raymond Carver la desolación de una cocina sin usar la palabra «tristeza»? ¿Cómo describe Gabriel García Márquez un amanecer sin decir que «el sol asomaba por el horizonte»? ¿Cómo narra Virginia Woolf el amor o la pérdida sin usar esas malditas palabras? Al hacerlo, no solo aprendes qué debes evitar, sino que, y esto es lo crucial, llenas tu propia caja de herramientas con enfoques, ángulos y estrategias que no se te habían ocurrido. Te conviertes en alguien que saborea las palabras, que entiende su peso, su textura, su sonido y su increíble potencial. Dejas de ser un simple usuario de palabras para convertirte en un artesano.

Para resumir este sermón, porque sé que tu capacidad de atención es limitada: la guerra contra el cliché se libra en tres frentes. Primero, reconoce y acepta que usar un cliché es un síntoma de pereza mental y una falta de respeto hacia tu lector y hacia ti mismo. Segundo, entrena activamente tu músculo de la originalidad con ejercicios que te fuercen a pensar de manera diferente, extraña y específica. Y tercero, lee como un profesional, desarmando la prosa de otros para entender cómo demonios construyen su magia.

Si estás harto de que tus textos suenen a que los ha escrito un robot con pocas ganas de vivir, ya sabes por dónde empezar. Suscríbete a mi boletín para que te llegue un aviso cada vez que publique un nuevo antídoto contra la escritura mediocre. Es lo mínimo que puedes hacer por tu futuro literario.

Pero si sientes que el problema es más profundo, que estás ahogándote en un mar de frases hechas y no encuentras la orilla, entonces necesitas ayuda personalizada. Las excusas se han acabado. El «ya lo haré mañana» es el lema de los que nunca publican nada que merezca la pena. Pídeme una cita por WhatsApp↘️. Es así de simple. Juntos podemos diagnosticar qué coño le pasa a tu prosa y ponerle un tratamiento de choque.

A veces, para contar algo de una forma nueva, primero necesitas entenderte a ti mismo, tu propia voz y los fantasmas que te llevan a esconderte detrás de lo ya dicho. Si ese es tu caso, échale un vistazo al Coaching literario, donde te acompaño para que materialices ese proyecto que tienes atascado, o al videocurso Érase un arquetipo, que te enseña precisamente a coger las estructuras universales y darles un giro único y personal. Es el antídoto perfecto contra la falta de originalidad.

Ahora, deja de procrastinar. Cierra esto y ve a escribir algo. Algo que duela un poco, que sea raro, que suene a ti y a nadie más. Demuestra que hay alguien único al otro lado del teclado. Nos vemos.

¿Tienes dudas? Déjame un comentario, los leo y respondo a todos.