Escribir para romper el silencio: la historia que duele contar

Hay historias que no quieren ser contadas. No es que sean tímidas o se hagan las difíciles. Es que se te instalan en el cuerpo como un okupa, cambian los muebles de sitio, desconectan la luz y se niegan a pagar el alquiler del lenguaje. Te dejan mudo. Y no es un silencio de paz, de monje tibetano con el karma impoluto. Es un silencio con los dientes apretados. Un silencio que pesa, que vibra, que te despierta a las tres de la mañana con el pulso desbocado y el sabor del metal en la boca. La historia que no quieres contar es, por supuesto, la única que importa. La única que, si no la cuentas, acabará por contarte a ti, y no de una manera amable. Te narrará en forma de ansiedad, de insomnio, de una ira sorda que no sabes de dónde coño viene. Te convertirá en su personaje, y el argumento será tu propia desintegración.

Pasaron tres años. Tres. Mil noventa y cinco días, más o menos. Tres años desde la muerte de mi madre hasta que pude teclear una sola frase que no fuera una mentira piadosa o un lugar común para salir del paso. Durante ese tiempo, el silencio no fue una ausencia, fue una presencia densa, una niebla tóxica. Era la incapacidad de nombrar no ya la pérdida, sino el epicentro de la herida. Porque el duelo, cuando viene con malas compañías como la culpa o la vergüenza, no te deja sin palabras: te las roba y las usa para construir un muro desde dentro.

Un psiquiatra holandés, Bessel van der Kolk, escribió un libro con un título que es un puñetazo en la boca del estómago: El cuerpo lleva la cuenta. Y es la verdad más jodida y más precisa que he leído nunca. La mente, esa cobarde bienintencionada, esa guionista mediocre que siempre busca un final feliz, intenta olvidar, construir un relato coherente, pasar página. Pero el cuerpo no. El cuerpo es ese amigo borracho y brutalmente honesto que te agarra por las solapas y te grita la verdad a la cara. El cuerpo recuerda. La historia que la mente no puede articular se enquista en los músculos, en la respiración entrecortada, en la acidez que te sube por el esófago. La narrativa se fractura y sus fragmentos no están en tu cabeza, están en tus células. Mi silencio no fue una elección. Fue un síntoma. La manifestación física de una historia hecha añicos.

La historia, claro, es la muerte de mi madre. Pero no la versión oficial, la que cuentas para no incomodar, la del hijo bueno que sufre con una dignidad de película. No. La versión del director, sin cortes. La que incluye mi propia conducta durante aquellas últimas semanas, una conducta que mi cerebro archivó con saña bajo la etiqueta de “reprochable” y que, por tanto, se volvió innombrable.

Durante esos tres años fui el protagonista de un thriller psicológico malísimo, uno de esos que se emiten los domingos por la tarde. Yo no maté a nadie, que quede claro, el asesino fue un virus con ínfulas de custodio. Pero mi silencio era el mismo. No era un vacío. Era una habitación cerrada con llave, un cuarto del pánico donde había encerrado una verdad sobre mí mismo que no soportaba mirar. El silencio no era para proteger a nadie, era para protegerme de mí. Porque contar la historia implicaba mirarme al espejo y reconocer al tipo que había allí. Y no me gustaba una mierda. Todo este proyecto, esta autopsia pública, no es más que el intento desesperado de encontrar la puta llave, aunque sepa que al otro lado no hay nada bonito que ver.

La trampa duró tres años. Tres años de aridez creativa, de estancamiento vital. Hasta que entendí, no con la cabeza sino con el cuerpo, que el silencio autoimpuesto me estaba matando más rápido que cualquier virus. Entendí que necesitaba un contexto, una presión externa, una excusa para empezar a hablar. Hacía años que no acudía a los talleres literarios, pero la desesperación te hace volver siempre a casa. Me apunté a un grupo de trabajo en Barcelona, dirigido por el escritor Juan Pablo Villalobos. La idea era simple: rodearme de gente que también estuviera peleando con sus propios monstruos narrativos. Crear un espacio donde el acto de escribir no fuera una proeza solitaria, sino un ejercicio de vulnerabilidad compartida. Fue el primer martillazo contra el hielo. Obligarme a presentar un proyecto, a ponerle un título a mi silencio, a confesar en voz alta que quería escribir sobre eso. Fue la primera vez que dije: «la novela va sobre la muerte de mi madre». Y no se cayó el techo. Nadie salió corriendo. Ese fue el primer hilo de voz.

Y como si forzar mi propia cerradura no fuera suficiente, en cuanto la puerta se entreabrió un milímetro, se me ocurrió la brillante, la demencial idea de que mi voz no bastaba. Porque el dolor, a veces, te vuelve megalómano. Decidí que para entender de verdad aquellas dos últimas semanas de su vida, para hacerles una autopsia justa, tenía que contar la historia desde tres puntos de vista más. El de mi padre. El de mi hermano. Y sí, el de mi madre. No me preguntes cómo coño pienso hacer esto último. La respuesta, de momento, es la ficción, esa mentira que usamos para decir verdades incómodas, esa forma de nigromancia que llamamos literatura.

¿Por qué esta locura? Porque mi madre era el centro gravitacional de nuestra pequeña y disfuncional galaxia familiar. Era la que nos unía, la que traducía nuestros torpes lenguajes emocionales. Sin ella, nos convertimos en tres glaciares a la deriva. Tres icebergs con el mismo apellido, chocando torpemente en un océano de silencio helado. Mi padre y mi hermano, juntos en su témpano, fríos pero próximos. Y yo, en el mío, en la otra punta del puto polo. Quizá esta novela no sea más que un intento torpe de generar un calentamiento global familiar. De derretirnos a la fuerza, aunque el proceso libere gases tóxicos.

Un plan sin fisuras, pensarás. Un proyecto narrativo ambicioso y sanador. Pues no. Cuando, en un arranque de torpeza oceánica, le pedí a mi padre su versión de los hechos, su respuesta fue una obra maestra de la sinceridad brutal, un misil directo a la línea de flotación de mi ego de escritor: «A ti te hará mucha ilusión porque estás escribiendo una novela, pero a mí no me hace ninguna gracia». Zas. Directo a la mandíbula. Y mi hermano… mi hermano directamente no me habla. Su silencio es la respuesta definitiva, un muro de WhatsApps en visto.

Y aquí es donde la cosa se pone fea de verdad. ¿Estoy en mi derecho de hacer esto? ¿De remover un dolor que no es solo mío? ¿De insistir en que otros escarben en sus propias fosas comunes solo para que mi novela tenga más capas, más polifonía, más «interés literario»?

El gran Primo Levi decía que los supervivientes somos una “anómala minoría”, que la verdadera historia del horror pertenece a los que no volvieron, a los “hundidos”. Y quizá mi intento de robar las voces de mi padre y de mi hermano, de profanar el silencio de mi madre, sea una forma de lidiar con esa insuficiencia. Con la certeza de que mi versión, mi dolor, mi recuerdo, no bastan. Que es una historia inherentemente incompleta. ¿Pero eso me convierte en un artista o en un parásito? ¿En un escritor o en un ladrón de tumbas emocional que justifica su saqueo con jerga posmoderna?

Pero el silencio, como todo en esta vida, tiene doble fondo. No es solo la herida del trauma. Leí a un tal Pablo d’Ors que habla del silencio como un destino, como una práctica para acallar el ruido mental y escuchar lo que de verdad importa. Un silencio elegido, no impuesto. Un silencio fértil. Y me pregunto si en estos tres años de mutismo, en el mío y en el de mi familia, no ha habido también algo de eso. Una protección inconsciente. Un intento de cada uno, en su glaciar solitario, de reconstruirse por dentro, de aprender a vivir con el nuevo paisaje helado sin que el viento te arranque la piel.

La paradoja es terrible y hermosa: el silencio puede ser la prisión y, al mismo tiempo, la llave de la celda. Y quizá, solo quizá, para pasar del silencio que te rompe al silencio que te repara, hay que cruzar un campo de minas. Un campo de minas llamado “narración”. Hay que atreverse a contar la historia de la herida en voz alta para, solo entonces, ganarse el derecho a un silencio que esté en paz. Tal vez el silencio de mi padre y de mi hermano no es un rechazo, sino su propia forma de supervivencia, un santuario que yo, con mi proyecto literario, amenazo con dinamitar.

Lo que me lleva a una conclusión provisional, y bastante monstruosa. Quizá esta novela, con toda su parafernalia teórica sobre el duelo y la necroescritura, con todo este montaje de autopsia pública, no sea más que un pretexto. El mecanismo más sofisticado y egoísta que he encontrado para obligarnos a hablar. A mi padre, a mi hermano y a mí. Para romper el hielo, aunque sea a martillazos, sin importarme si alguien se ahoga en el proceso.

O peor aún. La pregunta que me corroe, la mosca que zumba detrás de la oreja: ¿Y si todo esto solo es una excusa para salir de mi propia aridez creativa? ¿Y si estoy usando el cadáver más sagrado de mi vida como combustible para mi motor de escritor gripado? ¿Así de miserable se puede llegar a ser?

No tengo una respuesta que me permita dormir tranquilo. Y por eso estoy aquí, hablando a una cámara en lugar de a un terapeuta. Porque este silencio familiar, este pacto de no agresión emocional, es demasiado pesado para cargarlo solo. Y porque si la escritura, como dice Rivera Garza, debe ser un acto comunal, una desapropiación, entonces tengo que despojarme de esto en público.

No quiero que me des soluciones. No quiero terapia de grupo en los comentarios. Quiero cómplices. Testigos. Quiero que me ayudes a pensar en esto, a cargar con el peso de estas preguntas. ¿Cómo se narra el silencio de otro sin colonizarlo? ¿Cómo se le da voz a una historia que se resiste a ser contada, que quizá tiene todo el puto derecho a no serlo? ¿Cómo se invita a los muertos a la conversación sin convertirlos en marionetas de nuestra propia necesidad de consuelo o de sentido?

Estoy a punto de profanar algo. Mi propia memoria. La de mi familia. Quizá hasta la de mi madre. Y te pido que mires. Que seas el testigo de este acto de dudosa moralidad narrativa. Que me acompañes en la profanación, no para aplaudir, sino para ver qué pasa cuando uno decide contar la historia que no quería, bajo ningún concepto, ser contada.

Quizá, al final, la única historia que de verdad me aterra narrar es la de mi propia monstruosidad. Pero esa, me temo, se está escribiendo sola.