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Así que te has propuesto escribir un libro. Qué bonito propósito de año nuevo. Qué valiente. O qué iluso. Te imaginas ya, ¿verdad? Con tu café humeante, la mirada perdida en el horizonte, tecleando con la furia de un Hemingway moderno mientras una musa etérea te susurra genialidades al oído. Déjame darte un spoiler: la realidad se parece más a mirar una pantalla en blanco con ganas de arrancarte los ojos, a una relación de amor-odio con la cafeína y a una lucha constante contra un enemigo formidable, implacable y muy, muy cabrón: tu propio cerebro.
Pero tranquilo, respira. Antes de que lances el portátil por la ventana y te dediques a la papiroflexia, que parece más sencillo, estoy aquí para darte un mapa de supervivencia. No es un mapa del tesoro con una X que marca dónde se esconde el bestseller instantáneo, sino un mapa de un campo de minas. Mi objetivo es que llegues al otro lado con tu libro terminado, o al menos con tu cordura relativamente intacta. Porque se puede, te lo aseguro. Pero no como te lo han contado en las películas. Se puede si entiendes las reglas del juego y, sobre todo, si estás dispuesto a jugar sucio contra ti mismo.
Brújula o caos: la falsa batalla del escritor
La primera gran mentira que te vas a encontrar es la eterna pelea entre los «escritores brújula», esos que planifican hasta el color de los calcetines del personaje secundario que aparece en la página 234, y los «escritores mapa», los kamikazes de la improvisación que se lanzan al folio en blanco con un grito de guerra y la fe de que la historia se escribirá sola. Unos te dirán que sin un esquema detallado estás perdido, que construirás una trama más inestable que un castillo de naipes en un huracán. Los otros defenderán que la planificación mata la magia, que la historia debe respirar y sorprenderte a ti primero. ¿Sabes qué? Los dos tienen razón. Y los dos están equivocados.
El problema no es el método, es la parálisis. He conocido a escritores que tenían esquemas tan complejos, con post-its, gráficos y árboles genealógicos dignos de un agente del FBI investigando a la mafia, que se pasaron un año entero «preparando» la novela y nunca escribieron una sola frase. El miedo a no estar a la altura de su propio y magnífico plan los bloqueó por completo. Era como construir los planos de un rascacielos tan perfecto que daba pánico poner el primer ladrillo.
En el otro extremo del manicomio literario, he visto a escritores lanzarse a la piscina sin agua. Escriben 200 páginas movidos por una pasión febril para luego darse cuenta de que su protagonista ha cambiado de personalidad tres veces, que hay un agujero en la trama por el que se podría colar un camión y que el final que tenían en mente es completamente incoherente con todo lo anterior. El resultado es un monstruo de Frankenstein narrativo, un amasijo de escenas sin conexión que no hay quien arregle. Y la frustración es mil veces peor, porque han invertido cientos de horas en un callejón sin salida.
Entonces, ¿cuál es la solución? Dejar de pensar en términos absolutos. Esto no es una religión. Prueba un método híbrido, coño. Ten una idea clara de tu conflicto principal, de quién es tu protagonista y qué cojones quiere. Define un punto de partida y, más o menos, un punto de llegada. Un par de paradas importantes en el camino. Eso es tu esqueleto. Luego, al escribir, permítete descubrir los músculos, la piel, las cicatrices. Permite que un personaje secundario te sorprenda, que un diálogo te lleve a un lugar que no esperabas. La estructura te da la seguridad de no perderte en el bosque, y la improvisación te permite encontrar las flores más raras y los atajos más interesantes. No te cases con ningún dogma. Cásate con tu historia.
Tu peor enemigo vive dentro de tu cabeza
Vamos al grano. Escribir es difícil. Pero no porque requiera un talento sobrenatural reservado a unos pocos elegidos que fueron tocados por los dioses. Es difícil porque la mente humana es una máquina de auto-sabotaje perfectamente engrasada. Tu cerebro, que te sirve para cosas maravillosas como recordar dónde dejaste las llaves o disfrutar de una buena cerveza, se convierte en tu peor enemigo cuando te sientas a escribir. Es un mono borracho con un megáfono gritándote al oído todas tus inseguridades.
«Esto es una mierda», «a quién le va a interesar esta historia», «no tienes ni puta idea de lo que haces», «mejor ponte a ver una serie, que eso sí se te da bien». ¿Te suena? Es el síndrome del impostor alimentado con esteroides. La presión de querer escribir algo «bueno», algo «profundo», algo «perfecto» desde la primera línea es la receta para el desastre. Es como intentar esculpir el David de Miguel Ángel con los ojos vendados y un martillo de goma. Imposible.
Aquí va el secreto para domesticar a la bestia: dale permiso a tu primer borrador para ser una basura monumental. Repito: tu primer borrador TIENE que ser una mierda. No es opcional. Es una ley universal de la escritura. La primera versión de cualquier libro que admires fue, con toda probabilidad, un completo desastre. Un vómito de ideas, un caos de frases mal construidas y diálogos que daban vergüenza ajena. Y no pasa nada.
El objetivo del primer borrador no es crear arte, es echar el material en la mesa. Es como un cocinero que saca todos los ingredientes de la nevera y los pone en la encimera. Ya habrá tiempo de cortar, de mezclar, de sazonar. Primero necesitas la puta cebolla y el puto pimiento, aunque estén sin pelar. La magia de la escritura no está en el acto de escribir, está en el de reescribir. Es en la corrección donde un texto mediocre se convierte en algo decente, y algo decente en algo bueno. Así que quítate esa presión absurda. Tu misión inicial es manchar la página. Escribe cualquier cosa. Una queja, un insulto, la descripción del café que te estás tomando. Rompe el hielo. Una vez que las palabras empiezan a fluir, el mono del megáfono se aburre y se va a otra parte.
Cuidado con los gurús y sus recetas de éxito instantáneo
Internet está plagado de profetas de la literatura. Tipos que te venden «la fórmula infalible para escribir un bestseller en 30 días», «los 7 secretos que las editoriales no quieren que sepas» o «el método definitivo para crear personajes inolvidables». La mayoría solo quieren tu dinero. Te venden mapas del tesoro de islas que no existen. Te ofrecen una solución empaquetada y brillante para un proceso que es, por naturaleza, caótico, personal e intransferible.
No me malinterpretes, se puede aprender muchísimo de otros escritores. Leer sobre técnica, sobre estructura, sobre cómo otros resolvieron problemas similares a los tuyos es fundamental. Pero una cosa es aprender y otra muy distinta es intentar meter tu historia con calzador en la fórmula de otro. Lo que funcionó para Cortázar no tiene por qué funcionar para ti. Tu ritmo es tu ritmo. Tu voz es tu voz. Tus obsesiones son tuyas.
El peligro de estas fórmulas mágicas es que te alejan de tu propia intuición. Empiezas a escribir pensando en si estás cumpliendo el «incidente incitador» en el minuto exacto que dice el gurú de turno, en lugar de pensar en lo que tu personaje haría de verdad en esa situación. Te conviertes en un contable de la narrativa en lugar de en un contador de historias. Y eso, amigo mío, se nota. El lector huele la impostura a kilómetros de distancia.
Mi consejo: lee, aprende, absorbe todo lo que puedas. Pero luego, pásalo por tu propio filtro. Experimenta. Quédate con lo que te sirva y desecha el resto sin piedad. Nadie va a contar esa historia que tienes en la cabeza como tú. Tu biografía, tus miedos, tus alegrías, tu forma de ver el mundo… todo eso es el ADN de tu escritura. Intentar escribir como otro es como ponerte un traje que no es de tu talla. Se te verá incómodo, ridículo y, al final, acabarás tropezando.
Recuerda por qué empezaste (y agárrate a ello como a un clavo ardiendo)
Habrá días oscuros. Días en los que releas el último capítulo y te parezca la cosa más estúpida jamás escrita. Días en los que la duda te carcomerá por dentro y estarás a un paso de borrarlo todo y declarar la escritura como una mala idea, a la altura de cortarse el pelo uno mismo después de tres copas de vino. En esos momentos, solo hay una cosa que puede salvarte: recordar por qué cojones empezaste a escribir.
No empezaste porque quisieras ser famoso o rico. Empezaste porque un día leíste un libro que te voló la cabeza. Una novela que te hizo sentir menos solo, un cuento que te rompió el corazón en mil pedazos, una historia que te hizo reír a carcajadas en el metro y que la gente te mirara raro. Esas historias son tu faro. Son la prueba de que las palabras pueden cambiar algo.
Cuando te sientas perdido, vuelve a ellas. No solo para disfrutarlas, sino para hacerles una autopsia. ¿Qué es lo que te maravilló de ese libro? ¿Fue el ritmo trepidante? ¿La forma en que el autor construyó la atmósfera? ¿Ese personaje tan jodidamente real que parecía que lo conocías? Haz ingeniería inversa. Desmonta tus historias favoritas y descubre cómo funcionan sus engranajes. No para copiarlas, sino para entender los principios que las hacen funcionar. Apóyate en lo que amas para crear algo nuevo que ames. Esa pasión es el único combustible que te mantendrá en marcha cuando el tanque de la motivación esté en la reserva.
La parte más jodida y más importante de escribir un libro es, sorpresa, escribirlo. No hay más. No hay rituales, no hay atajos, no hay un momento perfecto en el que los astros se alineen. Hay culo, silla, horas de frustración, café derramado, frases que no funcionan, personajes que no hablan y un montón de borradores que dan pena antes de llegar a algo que se sostenga. Y así es como debe ser. El proceso no es un obstáculo, el proceso es el camino.
Así que deja de procrastinar, de leer artículos como este y de buscar excusas. Nadie va a escribir esa historia por ti.
Si este chute de realidad te ha servido de algo, si ha resonado con esa vocecita tuya que dice «joder, es verdad», entonces dale al botón de suscribir y a la campanita. No te prometo soluciones mágicas, pero sí más gasolina directa y sin aditivos para tu motor de escritor, y menos gilipolleces edulcoradas que no sirven para nada.
Y si estás metido en el fango hasta el cuello, si tu novela es un laberinto del que no sabes salir y la frustración te está devorando, deja de darte cabezazos contra la pared en solitario. Entra en mi web, israelpintor.com, busca el bendito botón de WhatsApp↘️ que está por todas partes y escríbeme. Sin rodeos. Cuéntame tu drama. Te garantizo una cosa: te daré una opinión honesta y un plan de acción para que termines esa maldita historia con un mínimo de dignidad. O quédate ahí, tú decides.
Hablando de mapas y de no empezar desde cero, si el folio en blanco te parece un abismo insondable, quizás necesites una guía. Mi videocurso Primera novela está diseñado precisamente para eso, para darte una hoja de ruta clara, sin paja. Y si sientes que ni siquiera sabes por dónde empezar, que los conceptos básicos te suenan a chino, el Curso de iniciación te quita las telarañas y los mitos de la cabeza. A veces, un buen punto de partida es todo lo que necesitas para no abandonar.
Ahora, en serio. Deja de consumir contenido sobre cómo escribir y ponte a escribir. Anda, al lío.
¿Tienes dudas? Déjame un comentario, los leo y respondo a todos.




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