La profecía de Hipérides

I

El calor en Delfos era insoportable, pero lo era más la pobreza. La muerte y herencia de mi padre me liberó de los lazos que me aprisionaban a esta ciudad. Partiría hacia Atenas y buscaría fortuna, tal como me aconsejó. Mi padre solía decir que las personas creen que su futuro ya está escrito, cuando cada persona es creadora de su propio destino. Me enseñó a creer que soy un hombre trabajador y talentoso, al que la riqueza no se resistiría. Quizá porque él no tuvo el valor de abandonar el templo con un hijo pequeño al enviudar, se pasó la vida recordándome que yo no debía cometer el error de quedarme en Delfos.

En los jardines que tanto cuidé durante años, al despedirme de mis compañeros, la sibila

se acercó para sorpresa de todos. Saludó con solemnidad. Posó su mirada en mí y dijo:

—Considérate afortunado, eres el primero y serás el único al que acuda personalmente para darle una profecía—. No debió de notar mi desinterés, o simplemente decidió ignorarlo—. Tu destino te llama, y es tan inevitable como el movimiento de los planetas. Con la bendición de Poseidón, ve a buscar fortuna y acepta la propuesta que vendrá de las embarcaciones que llevan a la fatalidad. La rueda ha comenzado a girar. Ni tú ni yo podremos detenerla —la escuchamos con asombro—. Te deseo un buen viaje. Sé que tendrás la vida que buscas. Esperaré con ansias tu regreso.

La sola idea de que alguien pudiera predecir el futuro siempre me pareció imposible, por

eso ignoré las palabras de la sibila, como hacía regularmente, y abandoné el templo con un puñado de pertenencias sin valor. Solo extrañé su biblioteca, en cuyos libros mi padre y yo pasamos nuestras horas libres.

Ya en la ciudad, entre el ir y venir de los habitantes y peregrinos, encontré una caravana que se dirigía hacia Atenas. Decidí unirme a su travesía, era más seguro viajar en grupo. El viaje transcurrió en calma. Nuestro primer destino fue el puerto de Anticira, al ver las imponentes naves que flotaban en el golfo de Corinto, vi uno de mis futuros posibles: ser un comerciante con grandes embarcaciones, cruzaría los océanos. En Tebas, recordé al poeta Píndaro, escribió el verso favorito de mi padre: «Oh, alma mía, no te canses de sostener el difícil camino hacia la virtud, pues el destino te ha dado caminar siempre donde están los más fuertes.» En Eleusis, me maravilló la estructura monumental de su auditorio ceremonial, en su interior, hasta cinco mil personas podían rendir culto a Deméter y a Perséfone. Mientras lo miraba pensé: «cuánto esfuerzo humano, puesto al servicio de lo absurdo». Cuando finalmente llegamos a Atenas me despedí de la caravana. Seguí el plan que había trazado e intenté conseguir un trabajo como aprendiz de joyero, constructor o ayudante de comercio, pero no tuve suerte. 

Cinco días después de mi llegada partí con rumbo al puerto de El Pireo, donde algunos trabajaban como pescadores. Crucé la ciudad hasta llegar a los largos muros que Pericles mandó construir originalmente, que fueron destruidos por los espartanos, bajo el mando de Lisandro y luego, reconstruidos por los persas durante la guerra de Corinto. El camino estaba lleno de carretas que transportaban mercancías. Al final de los muros, los olores y colores del mercado castigaron mi apetito; no había probado alimento desde hacía ya dos noches. Los mercaderes ofrecían aceites, granos, vinos… 

Agotado, me detuve junto a las naves y escuché a un hombre gritar.

—¡Hipérides! ¡Hipérides! —Lo miré perplejo, sin reconocerlo. Era un hombre gordo, calvo y con barba canosa. El hombre insistió—: ¡Sí, te hablo a ti! ¿Puedes subir un momento? —preguntó desde la popa de una embarcación.

Asentí, intrigado. Abordé y al llegar donde estaba, pregunté.

—¿Cómo sabe mi nombre? —él rio y contestó:

—La sibila de Delfos me lo dijo —como no me vio responder a su sentencia con la típica cara de asombro que los peregrinos de Delfos ponen, desvió instintivamente la conversación—. Pero siéntate y descansa, pareces hambriento —el viejo puso ante mí una gran hogaza de pan, un trozo de queso y una jarra de vino. Mientras yo comía y bebía, aquel hombre se presentó—: Mi nombre es Callias, soy comerciante y dueño de este barco.

—Mucho gusto —contesté con la boca llena y la intención clara de aprovechar la primera oportunidad que se me ofrecía desde que había dejado el templo; de algo servía, al fin, que la gente creyera en las pamplinas de la sibila—. Vengo de Delfos, ¿sabe? Fui jardinero de la sibila. Vine a Atenas a cambiar mi suerte. ¿Querrá en su embarcación a un fiel colaborador? Lo mío son los jardines, pero mi padre me hizo un hombre capaz y lo aprendo todo rápidamente. 

Mi hambre era tanta, que dije todo aquello regando migajas por doquier. Para mi sorpresa, Callias me contó entonces:

—Hace casi un año, fui a Delfos por un viaje de negocios y acudí a la sibila, condicionado por un infame comerciante. La sibila me dijo que aquí en el puerto de El Pireo, al sentir en el hombro a una gaviota, gritara tu nombre y que a aquel que respondiera, habría de dar un lugar en mi nave. —Ante el relato, no pude, sino atender, aunque mi única preocupación se centraba en asegurar para mí el sustento. Guardé silencio, esperando que él pensara que sentía algún respeto por la profecía. Continuó—: Me aseguró que debía ser honesto para mantenerte conmigo, que encontraría lo que he buscado con ansias, aunque zarpará con nosotros la fatalidad y volverás a Delfos, pues un gran tesoro te espera. —El viejo debió notar mis gestos de desaprobación y dijo—: Lo importante es, uno de mis hombres acaba de renunciar. Toma su puesto. La paga no es mala, viajarás por el mundo y buscarás suerte a mi lado.

En otras circunstancias, me hubiese abstenido de trabajar para un creyente, pero no me lo podía permitir. Aprovecharía esa oportunidad. Acepté mientras engullía el último bocado de pan.

II

Un año transcurrió lleno de viajes junto a Callias. Tenía 45 años y su única familia era su esposa. Aunque era rico, me trataba como su igual, tanto que llegó a recordarme a mi propio padre. Pocos ricos hacen eso. Comerciamos sin tregua: aceite de oliva, cerámica, metales, vino y casi cualquier cosa que se pudiera vender, entre Atenas, Tesalónica, la isla de Rodas, y Alejandría, hogar de Callias. 

Durante el último de nuestros viajes, una tormenta azotó el océano y nos hizo vivir el peor de los infiernos. La marea nos golpeó fuerte y una enorme ola partió en dos la nave. Caí al agua y nadé luchando por mi vida, hasta que logré aferrarme a un trozo de madera, lo que había sido la cubierta del barco. Estaba aterrorizado, pensé que moriría, solo podía escuchar el rugido del mar y los relámpagos, bestias salvajes que venían a devorarme. Entre esa locura, escuché los gritos de Callias pidiendo ayuda. Abandoné la seguridad de mi improvisado salvavidas y nadé hacia él. Sujeté su cabeza apuntando hacia la superficie para evitar que se ahogara. Si seguíamos en el agua, moriríamos. Miré en todas direcciones hasta que encontré el trozo del barco al que me había aferrado, tiré con todas mis fuerzas de Callias en esa dirección; las olas hicieron su parte y llegamos hasta aquel pedazo de madera. Tras varios intentos fallidos, logramos subir a él, salvando nuestras vidas. La tormenta pasó y las aguas se calmaron. Sucumbimos al capricho del oleaje, y como la voluntad del océano es voluble, nos perdonó la vida. Sus aguas nos llevaron cerca de la isla de Chipre, donde fuimos rescatados por unos pescadores. Allí, Callias contactó a un comerciante amigo suyo, quien nos facilitó el viaje de regreso a Alejandría. 

Callias y su esposa me recompensaron con una pequeña fortuna en oro. Pude haberme quedado más tiempo con ellos, pero decidí partir hacia Atenas, pues no había olvidado mis propias ambiciones. Compré una embarcación y me empeñé en convertirme en comerciante de vinos. Así se lo comuniqué a mis anfitriones. Insistieron en que me quedara; sin embargo, también lo entendieron. Durante la cena, el día de nuestra despedida, Callias me dio el nombre de algunos productores de vino y me entregó cartas de recomendación para ellos. Finalmente, dijo:

—Nunca hagas negocios con el conspirador de Crates de Delfos —la expresión de su rostro se tornó adusta—. Intentó asesinarme cuando volvía de ver a la sibila.

Se extendió explicando que desconfiaba de Crates, incluso antes de atreverse a hacer negocios con él, por lo que el conspirador sugirió a Callias visitar a la sibila para confirmar así, a través de sus profecías, los grandes beneficios que alcanzarían y la seriedad con que Crates pretendía negociar. Fanático al fin, Callias aceptó la sugerencia y lo que se encontró fue una gran traición: un encapuchado lo apuñaló por la espalda, dándolo por muerto en un camino solitario. La certeza de que su vida no terminaba allí, debido a la profecía que la sibila había dado a Callias, tuvo las fuerzas necesarias para no sucumbir al ataque, aunque a él y a su esposa les siguió pareciendo un milagro que sobreviviera, pues el puñal rozó su corazón. Conocedor del futuro que estaba por llegar, Callias se aferró a la vida. 

No ahondé ni pregunté; cualquiera se habría aferrado a la vida, teniendo semejante fortuna, al margen de los augurios con los que una charlatana se ganaba el pan de oro con que decoraban su templo. Pero la advertencia era útil, así que simplemente asentí. 

Después de cenar, Callias y yo paseamos por su jardín, nos detuvimos a un lado de la fuente central y contemplamos las estrellas.

—Un día tendré un jardín tan hermoso como este —le dije para romper el silencio.

—Es hermoso lo que hiciste con el jardín del templo de Delfos —replicó—. Conociéndote, un día tu fortuna será tan grande que no hablarás de tener un solo jardín —Callias guardó silencio unos segundos y continuó, tomándome por sorpresa—: Hipérides, después de todo lo sucedido, ¿alguna vez creerás en las profecías de la sibila?

—Me rehuso a creer que no importa lo que haga —contesté tajante y pateé una piedrecilla del suelo.

Callias dejó de mirar el cielo nocturno y me buscó la mirada.

—Pero la gaviota se posó sobre mi hombro y grité tu nombre, tal y como la sibila predijo. ¿Cómo no creer?

No supe qué decir, pero el buen hombre debió entender cuán absurdas me parecían sus pamplinas por la expresión de mi cara. El silencio volvió a reinar en el jardín.

III

En Atenas, las cartas de Callias me abrieron más puertas que el oro y me convertí en el comerciante que deseaba. Algunas noches me preguntaba si habría acumulado riquezas, de no ser porque conocí a Callias. No fueron pocas las veces que me asombró el poder de la bondad y de los vínculos que construí con él. Cuando recibí la noticia de su muerte, me hundí en un gran pesar, que se hizo acompañar de una sorpresa inesperada: sin heredero alguno, me había dejado su fortuna y sus negocios. Solo había dos condiciones: tenía que mudarme a Alejandría para cuidar de su esposa y volver a Delfos, consultar a la sibila y contar a su esposa la profecía. Esa era la llave que me otorgaría su fortuna. Necio ante la posibilidad de que un día creyera en la charlatana a la que un día serví y en la que él depositó su fe, me convirtió en el heredero de un caramelo envenenado. Aun muerto, el bueno de Callias esperaba convertirme.

Mi respeto por el hombre, pero más aún las rutas comerciales del aceite de oliva, la cerámica y los metales preciosos que él controlaba, me hicieron acudir al templo de Delfos sin excusas, aunque significara un amargo trago que me secaba la boca, que solo la idea de la enorme riqueza que adquiriría, consiguió mitigar. 

En el santuario del templo de Delfos tomé mi lugar y la sibila el suyo, no sin antes haber pagado el consabido donativo que, para ser un donativo, era bastante obligatorio. La ceremonia comenzó, la mujer inhaló vapores de menta y opio que salían de un hueco en el suelo. Realizó exagerados movimientos con los brazos, como si fuera una gallina gorda y en trance, intentando volar. Después de canturrear unos segundos y balbucear palabras en una lengua extraña, dijo al fin:

—Bienvenido a casa, Hipérides. La rueda de la fatalidad está próxima a detenerse. Lo siento, pero veo tu muerte. Mis palabras guiarán las acciones de aquel que detendrá tu rueda. Intentarás cambiar tu suerte. Sin embargo, el destino es una cadena que aprisiona, tan delgada que parece no existir, más no hay nada que la rompa y ni tú ni yo podemos librarnos de ella. Te pediría perdón, mas, cuando no hay libertad de elección, tampoco culpables —la sibila hizo una pausa, salió del trance en que estaba y dijo—. Te deseo un buen regreso. Disfruta la vida. Esta será la última vez que nos veamos. Adiós, Hipérides.

Maldije el templo, a la sibila, a los peregrinos y al mismo Apolo mientras volví a mi barco. Salí hacia Alejandría esa misma noche. Con el sonido de las olas pegando en el casco y con la mente en calma, en lugar de alegrarme por las riquezas que estaba punto de cobrar, las dudas se apoderaron de mí.

IV

Durante el segundo año del reinado de Ptolomeo III, mis dudas acerca del destino y los poderes de la sibila se incrementaron. Cuando mis viajes y negocios lo permitieron, estudié ambas cuestiones con los eruditos de la enorme biblioteca de Alejandría. Presenté mis experiencias y dudas sobre la sibila y el destino en más de una ocasión. Me dijeron que un ser humano así no podía existir, que solo un dios puede predecir el futuro. Aristarco de Samos, el supervisor de la biblioteca, cuya sugerencia de que la Tierra gira alrededor del Sol, encuentro maravillosa, creía que si se podía predecir el movimiento de los planetas, también era posible predecir el futuro de un hombre, pero no teníamos las herramientas para hacerlo, pues las variables a calcular serían casi infinitas. Los eruditos más audaces teorizaron que, si se tuviera un mecanismo que pudiera realizar millones de cálculos por segundo, quizá sería posible predecir el futuro de un hombre, o aún mejor, el de todos. Llegó a la conclusión de que si existiera un ser humano con los poderes de la sibila, sería la prueba definitiva de que no existe el libre albedrío, ya que todo lo que ha pasado y pasará estaría predeterminado desde el inicio de los tiempos. No se podría culpar a un asesino por sus faltas. Esa idea me pareció aterradora.

Dediqué un par de años a estas reflexiones sin que nada extraordinario sucediera, hasta que un día nublado, cuando salía de la biblioteca, un hombre me atacó por la espalda. Su cuchillo se habría encajado en mi corazón, pero no sé cómo, pude reaccionar y falló. La herida no fue grave. Escapó. Uno de los guardias de la biblioteca acudió en mi ayuda. Un par de días después, el asesino fue capturado. Acudí a los calabozos de la ciudad. Pagué a los carceleros para conseguir su discreción y su permiso para interrogarlo. Negó los hechos. Al mirarlo a los ojos, me llené de rabia; ante la pregunta de quién le ordenó matarme, juró que nadie. Si bien es cierto que, me había hecho de algunos enemigos comerciales, nuestros problemas no eran tan graves. Mis competidores, eran también mis amigos, o en el peor de los casos, teníamos una relación cordial. Negocios son negocios. Pensé en la sibila, esa bruja, sin duda, había convencido a ese hombre para matarme. A pesar de la serenidad con que el criminal aseguró no tener ninguna relación con la sibila, al abandonar el calabozo, pagué a los guardias para que lo torturaran todo un día y toda una noche, asegurándose de no matarlo. Antes de cumplir medio día de torturas, los guardias me hicieron saber que el criminal había confesado, finalmente, haber sido enviado por ella. Ordené entonces a los guardias que acabaran con la miseria de persona que era aquel hombre. 

Como la sibila podía enviar a más hombres a asesinarme y muchas personas creían ciegamente en sus profecías, decidí acabar con el problema de raíz. Busqué al mejor asesino de Egipto, su fama le precedía. Era un hombre alto, de mirada inteligente. Quise conocer su nombre, pero respondió que un asesino no lo tiene. Me pareció bien mantener la distancia. Le prometí una suma generosa en oro y el pago total de sus servicios, cuando hubiese ejecutado a la sibila. No vaciló un solo segundo y abandonó el salón. 

Transcurrieron unas semanas sin noticias. Llegué a pensar que el asesino había fallado en su misión. Hasta que un rumor se esparció desde el puerto de la ciudad como el polen. La sibila había sido asesinada. Su muerte conmocionó Atenas, Alejandría, Delfos y todos los pueblos y ciudades de la región. Creyentes de todas partes peregrinaron hasta Delfos para rendir honores. Aquellos que no, guardaron luto toda una semana. Desde el día mismo en que llegó a mí la noticia, bebí las mejores botellas de vino que atesoraba en mi bodega. El destino era una mentira. 

V

Pasaron seis meses desde la muerte de la sibila, sin noticias del asesino, lo cual era extraño, ya que aún debía recoger su paga. Cuando ya lo daba por muerto, uno de mis sirvientes me informó que el hombre había pedido una audiencia cara a cara. Acepté, lleno de curiosidad. Lo recibí esa misma noche. Me vestí una toga de terciopelo y joyas varias de oro puro. Ese encuentro había que celebrarlo. El asesino entró al salón de actos de mi palacete con la espalda encorvada, se veía demacrado y había perdido el ojo derecho. Hice a mi guardia personal salir, quería hablar con él en privado. Lo invité a sentarse conmigo.

—Cumpliste con tu palabra, yo cumpliré con la mía —le serví del mismo vino que yo bebía y después, saqué de los bolsillos de mi túnica dos saquitos llenos de monedas de oro. Los puse sobre la mesa y se los acerqué. El hombre asintió, dio un sorbo al vino y se guardó el dinero en las alforjas que traía sujetas al pantalón. Sin rodeos pedí—: Cuéntame. ¿Qué pasó?

El asesino carraspeó, bebió de su copa hasta terminarse el vino y finalmente dijo:

—Una mañana, antes de que saliera el sol, me infiltré en el salón donde la sibila oraba al dios Apolo con la intención de atacarla desprevenida. Me escondí bajo un mesón que hacía de altar. Cuando ella entró al y cerró la puerta, me llamó por mi nombre. Me asusté y pegué un brinco que me hizo chocar la cabeza con la parte baja del mesón. Salí avergonzado, pero decidido a atacar,  me le tiré encima. Como pudo, torpe y débilmente, ella cayó al suelo y desde allí suplicó: 

 —Mátame, como te han ordenado, pero antes escucha mis últimas palabras.

—¿Lo hiciste? ¿La escuchaste? —lo interrumpí.

—Sí. Los ojos se le volvieron, entró en una especie de trance. Convulsionó durante un minuto y emitió un gemido estertóreo que me erizó la piel. Inexplicablemente, se incorporó, recta, manos extendidas al techo, piernas abiertas en cruz. Dijo entonces, buscándome la mirada: «El dios de la muerte te abrazará para que pagues una vieja deuda. Por fin, la rueda de la fatalidad se detendrá y el rey perderá su vida y sus creencias. Lo segundo le será más doloroso.» Le clavé el cuchillo en el corazón cuando se quedó callada.

—Esa loca… —dije sin más y di un trago directo de la botella. Pude ver con el rabillo del ojo que el asesino de Egipto estaba nervioso, se secaba el sudor de las manos sobre el pantalón—¿Por qué tardaste tanto en volver?

—Mi señor, fui descubierto. En la huida, maté a algunos de los guardias. Pelearon bien; uno de ellos me sacó el ojo, otro me clavó su lanza en un costado, hiriéndome la columna vertebral. Logré escapar sin saber bien cómo, pedí auxilio a un cliente antiguo de Delfos. Cuidó de mí porque le convenía. Le prometí que volvería a trabajar para él, al recuperarme. Y heme aquí, recuperado.

—¿Quién? ¿Quién ayudó a recuperarte? —pregunté, lleno de angustia.

El asesino cogió la botella de la que yo bebía del morro y bebió un gran trago antes de responder:

—Verá, en el pasado, intenté matar a dos comerciantes, pero fallé, la primera vez por inexperto, la segunda porque estaba escrito en los renglones torcidos del destino —sin darme tiempo a reaccionar, se levantó, sacó una daga y me la encajó en el corazón, con mejor tino.

Entonces se detuvo la rueda de la fatalidad. 

Jonathan López escribió este cuento durante si segundo ciclo de mi Curso de iniciación. Me decidí a compartirlo con los lectores del blog porque es una gran historia y Jonathan López consiguió superarse a sí mismo, en un proceso sosegado y no falto de tropiezos, que lo trajo hasta la pulcritud de la prosa que se registra en este relato. Es un gran ejemplo de virtud y disciplina, de que la calidad de una obra literaria es proporcional a la cantidad de tiempo y esfuerzo que su autor le dedica.