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La imaginación no es un destello divino ni un capricho de las musas. Es un proceso, una construcción paciente, que se edifica sobre dos pilares inquebrantables: la observación y la memoria. Constituyen así la Santa Trinidad del escritor en el arduo camino de configurar su particular forma de mirar el mundo. Javier Peña, en el capítulo «Imaginación» de su bellísimo ensayo Tinta Invisible, nos lleva de la mano a través de esta trinidad. No se trata de crear de la nada, sino de mirar con atención, recordar con detalle y transformar con ingenio.
La observación: ver lo que otros ignoran
Para ilustrar la importancia de la observación, Peña nos habla de Bohumil Hrabal, el escritor checo que hizo de lo cotidiano un espectáculo literario. Cuando era joven y estudiaba para ser ferroviario, su examinador le preguntó cómo sabría que un tren se acercaba si los semáforos no funcionaban. Hrabal respondió sin titubear: “Con los ojos”. Pero cuando el hombre añadió la complicación de la niebla, Hrabal no dudó en arrodillarse junto a las vías y pegar la oreja al metal. “Lo vi en una película de Gary Cooper”, confesó después.
La lección es clara: la observación no solo consiste en mirar, sino en absorber. Los escritores miran con lupa, descomponen el mundo en fragmentos manejables y luego los ensamblan en sus relatos.
La memoria: el archivo secreto de la literatura
El siguiente paso es la memoria. James Joyce es un caso extremo de esta capacidad. Se cuenta que después de una operación ocular, con los ojos vendados, pidió que le leyeran La dama del lago de Walter Scott. Cuando Sylvia Beach comenzó a leer una línea, Joyce la interrumpió y recitó de memoria la página entera y la siguiente.
Claro que no todos tenemos la memoria de Joyce, pero la clave aquí no es recordar absolutamente todo, sino aprender a seleccionar qué recuerdos guardamos y cómo los usamos. La memoria del escritor es un archivo selectivo: lo que hoy parece un simple envoltorio de caramelo lanzado por la ventana puede convertirse, años después, en un símbolo de la fugacidad de la infancia, como nos muestra J. M. Coetzee en sus memorias. La imaginación no se activa de la nada, sino desde la memoria de lo vivido.
El peligro de dar todo por sentado
El problema es que, a medida que crecemos, dejamos de observar, de recordar y de imaginar. Damos el mundo por sentado. Nos volvemos adultos que ya no cuestionan lo que ven, lo que saben, lo que sienten. Pero el escritor no puede permitirse ese lujo.
En Infancia, el primer tomo de su trilogía autobiográfica, J. M. Coetzee recuerda un episodio aparentemente trivial que marcó su percepción del mundo. Cuando era niño, viajaba con su madre en un autobús que ascendía por una carretera de montaña. El paisaje, agreste y salvaje, se extendía más allá de la ventanilla abierta. Coetzee acababa de comerse un caramelo, pero lo que realmente le importaba no era el caramelo en sí, sino su envoltorio. Sosteniéndolo con la punta de los dedos, lo sacó por la ventanilla y lo dejó flotar en el aire. Durante unos segundos, el papel giró y giró, danzando en espirales impredecibles antes de que el viento lo arrastrara hacia el vacío del desfiladero.
En ese instante, el niño Coetzee no pensó en el caramelo que acababa de disfrutar ni en la ventisca que lo rodeaba, sino en el destino de aquel pequeño trozo de papel. Girándose hacia su madre, preguntó: «¿Qué le ocurrirá?» Ella, con la indiferencia de quien ha dejado atrás la infancia, no le respondió. Pero el niño no dejó de preguntárselo. Imaginó dónde caería, si se quedaría atrapado en una roca, si seguiría volando hasta llegar a un arroyo, si alguien lo encontraría. Se prometió que, algún día, regresaría a ese desfiladero para buscar el envoltorio y descubrir su destino.
Aquí radica el problema de crecer: dejamos de preguntarnos por el destino del envoltorio del caramelo. La imaginación infantil se aferra a los detalles insignificantes y los transforma en grandes preguntas. Coetzee nunca volvió a aquel desfiladero, pero la historia del papel quedó atrapada en su memoria y terminó convertida en literatura.
Conclusión: una invitación a mirar de nuevo
Si un escritor deja de observar, su memoria se marchita. Y sin memoria, la imaginación se vuelve estéril. La trinidad que Peña plantea en Tinta Invisible es un camino para entrenar la mirada del escritor: observar con atención, recordar con criterio e imaginar sin miedo. Así que la próxima vez que alguien te diga que dejes de analizarlo todo con lupa, recuerda: la lupa no es un estorbo, sino la herramienta más poderosa de la literatura.
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