
Ahí está mi madre, inmóvil, los ojos abiertos mirando hacia el techo, despierta desde temprano, porque hay cosas que no se olvidan, que no se pierden, los hábitos guardados en otro lugar lejano a la memoria. Y yo en el umbral de la puerta, el desconocido al que ella le tiene confianza, mi tentativa diaria por traerla de vuelta. Suspiro antes de adentrarme en su habitación, la luz del día se cuela por las ventanas recorriendo las sábanas inmóviles que la cubren hasta el pecho, abrigada de la misma forma en que la dejé anoche para que durmiera. Le digo que ya es hora de levantarse, de tomar la ducha, te voy a ayudar, que no te dé pena, el desayuno ya está listo, he comprado el pan y el arroz con leche que tanto gustan. Ella me mira contrariada, pero quién es él, no lo conozco, ¿o sí? Se deja llevar, no dice nada, no es de las que habla por las mañanas.
La verdad es que habla cada vez menos, apenas responde a mis preguntas con monosílabos ahogados. Al menos se mueve, sigue recorriendo la casa como si todavía la conociese. Esconde cosas que luego olvida dónde dejó. Lo más importante es mantener la puerta cerrada, porque de salir mamá se perdería, pero yo la cuido bien, no voy a dejar que nada malo le suceda. Mamá se sienta a la mesa en el mismo lugar, —hay hábitos que el olvido no borra— le sirvo el desayuno, y ella no empieza a comer hasta que me siento a su lado. Imposible que coma sola, cuando no estoy presente. A mamá le agrada el desconocido aunque lo niegue, se justifica diciendo que no le queda de otra, que ya es muy mayor para valerse por sí sola. Es lo que mamá dice cuando un dejo de lucidez la visita. Después nada, el silencio se pasea por la casa. Se come el arroz con leche a cucharadas, servido en una taza, sin soltar con la otra mano el pan que tanto le gusta, al que le ha dado otro nombre. ¿Cómo me dijiste que se llama este pan? Ah, sí, pan de olvido.
Da alegría verla tan tranquila, libre de las crisis de ansiedad que le sobrevienen cuando se da cuenta de que ha olvidado algo importante, de lo que ella creía tener la certeza. Como cuando mamá dice que yo le he robado, que tenía un dinero guardado dentro de una olla en la cocina. Angustiada, se pierde en el vaivén de sus pasos, no me mira. Después se calma, se detiene en seco, la mirada perdida en algún punto fijo, las lágrimas aparecen. ¿Dónde está Mari? ¿Sigue encerrada en su cuarto viendo las novelas? Sí, sí, no la molestemos. Mentira piadosa, no hay que recordarle la muerte a mamá, ya le ha llorado mucho a Mari, para qué hacerla sufrir. Todo empeoró desde que falleció mi hermana, la eterna niña de mi madre. Ahora se le olvida lo mucho que lloró su partida y cree —cuando el olvido le da motivos— que Mari sigue viva aunque no llegue a verla.
Mamá se instala en la sala, se calienta las manos con el calor de la taza de té antes de dar el primer sorbo, me siento junto a ella, el álbum de fotos familiares sobre las piernas. ¿Te acuerdas de él, de ella, de aquel, de aquella? A veces sí, a veces no, cada día reconoce a menos personas. Ha llegado a olvidarse de sí misma, pregunta quién es esa mujer en la foto, cómo que quien, pero si eres tú, pero cómo voy a ser yo, yo ya estoy vieja. Para mamá el pasado se borra con cada presente, pareciera que su identidad se desvanece con la noche y toma forma poco a poco con la rutina. No me reconoce, no con los primeros albores del día. Pero sé cómo traerla de vuelta, de hacerla sonreír por la sorpresa. Cada tarde, el álbum de fotografías a medio camino, le pregunto:
—¿Sabes quién soy yo?
—Para qué te voy a engañar, no, no sé quién eres —me responde posando la taza de té sobre la mesa, me mira curiosa por saber a dónde la quiero llevar con mi pregunta.
—¿Ni siquiera porque me ves todos los días?
—Pues por eso te tengo confianza, porque te veo todos los días, porque ya me acostumbré a ti. Pero no, no me acuerdo.
—Yo soy tu Álex.
Al escuchar mi nombre una sonrisa se le dibuja en el rostro, la mirada se le ilumina. Se levanta entonces, los brazos abiertos y me dice:
—¡Ay, mi Álex, mi vida, chiquito lindo, dame la frentita! —me abrazo a su abrazo, me río, se limpia los labios antes de darme un beso en la frente.
—¡Cómo te voy a olvidar! ¿Te acuerdas cuando estabas chiquito y yo te llevaba a todas partes?
—Sí, mamá, siempre.
Y así regresa mamá, la que recuerda al extraño de todas las mañanas, para la que vuelvo a ser su hijo. Mamá que regresa tan solo por unos minutos.
—Cómo engordaste, hijo, antes estabas bien delgadito. ¿Te casaste? —Me río otra vez para disimular las lágrimas, la felicidad que cabe en un instante.
—Sí, mamá, por eso engordé, pero ya la dejé, por eso regresé a la casa, a ver si así bajo de peso.
Hay historias que laten en lo cotidiano, en una taza de té, en un pan rebautizado, en una pregunta que se repite cada día como un conjuro. Este cuento de Ricardo Zárate, escrito durante su paso por el Curso de iniciación, muestra que a veces escribir es simplemente aprender a mirar con ternura lo que resiste al olvido. Porque la literatura empieza justo ahí: donde la memoria se rompe y el amor persiste.
¿Tienes dudas? Déjame un comentario, los leo y respondo a todos.



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