Murakami y el oficio de escribir: un trabajo para obreros

¿Crees que para escribir una novela hace falta ser un genio torturado que sangra poesía por los poros y se alimenta de absenta y desesperación? Vaya película te has montado. La realidad es mucho menos glamurosa y, si me apuras, bastante más aburrida. Hoy voy a contarte el secreto que nadie quiere oír, la verdad incómoda sobre el oficio de escribir, inspirada por un maestro en esto de la disciplina, Haruki Murakami. Y te aviso, lo que voy a decir probablemente desmonte todos los mitos románticos que has coleccionado como si fueran cromos. Porque escribir, amigo mío, se parece más a ser un obrero de la construcción que un artista bohemio. Quédate y te explico por qué tu idea de la escritura es, probablemente, una soberana gilipollez que te está impidiendo avanzar.

La gran mentira que nos han vendido es que la escritura es un arte etéreo, un don divino que te visita en mitad de la noche. Y tú te lo has creído. Esperas a la musa sentado en tu escritorio, con la pluma en la mano, y la muy cabrona no aparece. ¿Y sabes por qué? Porque está ocupada con los que sí están trabajando. El problema central de la mayoría de aspirantes a escritor no es la falta de talento o de ideas, sino la falta de cojones para tratar esto como lo que es: un trabajo. Un trabajo jodidamente exigente. Lo que te voy a contar no son fórmulas mágicas, sino la cruda realidad del método, la resistencia y la mentalidad que necesitas para no abandonar a las tres semanas. Si entiendes esto, tienes la mitad de la batalla ganada. La otra mitad es, simplemente, sentarte y teclear.

El escritor no es un genio, es un obrero con cafeína

Murakami lo dice sin rodeos: escribir novelas es, en esencia, un trabajo bastante «torpe». No es una actividad para gente extremadamente inteligente que busca resultados inmediatos. Si tienes un mensaje claro y directo, no necesitas el vehículo lento y enmarañado de una narración para expresarlo. Un buen orador lo suelta en diez minutos; a un novelista le lleva un año de trabajo solitario y fastidioso. Escribir una novela se parece más a construir una maqueta de un barco dentro de una botella de cristal con unas pinzas muy largas que a un arrebato de genialidad. Es un trabajo lento, minucioso, que exige encerrarse en una habitación día tras día, retocando frases que probablemente nadie notará.

Imagina a Javier, el poeta de las servilletas. Javier es brillante. En el bar, entre cerveza y cerveza, suelta unas ideas para novelas que te dejan con la boca abierta. Sus amigos le dicen que es un genio, que tiene un don. Pero Javier nunca escribe nada. ¿Por qué? Porque para él, la idea es lo excitante, el fogonazo. El trabajo de sentarse solo en su cuarto, día tras día, a dar forma a esa idea, le parece un coñazo monumental. Javier busca la validación del genio, no la satisfacción del obrero que ha levantado una pared ladrillo a ladrillo. No seas como Javier. El mundo está lleno de genios de servilleta. Lo que faltan son currantes de la palabra. La novela, como género, es un cuadrilátero de lucha libre al que cualquiera puede subir. Es fácil entrar; lo jodidamente difícil es aguantar ahí arriba, combate tras combate, año tras año. Y para eso no necesitas genialidad, necesitas algo mucho más terrenal: resistencia.

Tu gimnasio es más importante que tu diccionario de sinónimos

Aquí viene la parte que más te va a chocar. Para ser escritor, para aguantar en ese ring, necesitas una fuerza física vigorosa y tenaz. ¿Te suena a broma? Pues es la pura verdad. Escribir una novela larga es un trabajo que te consume. Es encerrarte durante uno, dos o tres años en una habitación, concentrado durante horas, exprimiendo tu cerebro hasta que notas que se te recalienta el cuero cabelludo. Es un trabajo solitario y sin aplausos. Para soportar esa presión mental, para poder sumergirte en la oscuridad de tu propia conciencia sin que te devore, necesitas que tu cuerpo sea tu aliado, no un lastre.

Murakami lo entendió pronto. Cuando decidió ser escritor a tiempo completo, empezó a correr casi a diario. Más de treinta años después, sigue haciéndolo. Y no lo hace por lucir palmito en la playa. Lo hace porque sabe que la fuerza física sostiene la espiritual. Un cuerpo sano y resistente te da la persistencia y la capacidad de concentración que este oficio demanda. Cuando la fuerza física decae, la capacidad de pensar también lo hace. Las neuronas, amigo mío, se activan con el ejercicio aeróbico. Así que, mientras tú buscas sinónimos para «crepúsculo», el escritor que de verdad va a terminar su libro está sudando en la cinta de correr, fortaleciendo no solo sus piernas, sino también su cerebro. No te digo que te apuntes a un Ironman, pero sí que entiendas que tu cuerpo es la herramienta fundamental. Sin él, tu mente, por muy brillante que sea, se quedará sin batería a mitad del camino.

Deja de coleccionar conclusiones y empieza a robar detalles

Otra manía de los escritores novatos es la de tener una opinión sobre todo. Quieren soltar grandes verdades, sentar cátedra, llegar a conclusiones rotundas. Craso error. Un escritor no es un columnista de periódico ni un tertuliano. Tu trabajo no es dar respuestas, es plantear preguntas a través de una historia. Y para eso, necesitas materia prima. ¿Y cuál es esa materia prima? Los detalles. Murakami lo llama «coleccionar detalles concretos». Yo lo llamo robar. Tienes que convertirte en un observador implacable. Cuando estés en el mundo, olvídate de juzgar y dedícate a mirar.

La próxima vez que estés en una cafetería, no te limites a pensar si el tipo de la mesa de al lado es un imbécil por cómo sorbe el café. Fíjate en el detalle: en que siempre deja la cucharilla perfectamente alineada con el asa de la taza. No saques conclusiones. No pienses «es un maniático del orden». Solo guarda ese detalle. Archívalo en esa inmensa taquilla que tienes en la cabeza. ¿Por qué? Porque la imaginación es memoria. Una historia potente no se construye con grandes ideas abstractas, sino con la combinación de miles de pequeños detalles concretos, a menudo contradictorios y sin una explicación lógica. Ese tipo que estornuda cada vez que se enfada, esa mujer que solo lleva un zapato amarillo… Esos son los ladrillos de tu historia. Deja de intentar entender el mundo y empieza a coleccionarlo. El sentido, si es que lo hay, ya aparecerá en la propia escritura.

El método «tradúcete a ti mismo» para encontrar tu maldita voz

«Es que no encuentro mi voz». ¿Cuántas veces has oído o dicho esa estupidez? La voz no es algo que encuentras debajo de una piedra. Se construye. O, mejor dicho, se destila. Murakami, cuando se sintió bloqueado con su primera novela porque no le parecía interesante, hizo algo radical. Se puso a escribir el arranque en inglés. Su inglés era limitado, así que no podía andarse con florituras. Tenía que usar frases cortas, un vocabulario sencillo, estructuras simples. ¿Y qué descubrió? Que al despojarse de todas las herramientas «literarias» que creía que debía usar en japonés, encontró un ritmo, un estilo propio. Luego, «tradujo» (o más bien, trasplantó) esa nueva forma de narrar a su idioma natal.

Este es un ejercicio brutal. Inténtalo. Escribe una página en un idioma que no domines a la perfección. O imponte reglas absurdas: no puedes usar adjetivos, solo frases de menos de diez palabras. Oblígate a eliminar todo lo superfluo. Te darás cuenta de que tu «voz» no estaba escondida detrás de palabras rimbombantes, sino en el ritmo puro, en la estructura ósea de tu pensamiento. Tienes que desintoxicarte del lenguaje literario de postal que has absorbido. Tienes que encontrar la forma más simple y directa de contar tu historia. Una vez que la tengas, podrás volver a añadir complejidad, pero desde una base sólida y auténtica, no desde la imitación o el cliché.

Así que, en resumen, ¿quieres escribir? Perfecto. Primero, asume que es un puto trabajo, no un milagro. Segundo, ponte en forma; tu cerebro te lo agradecerá. Tercero, cierra la boca y abre los ojos: colecciona detalles, no opiniones. Y cuarto, despójate de toda la mierda literaria que te sobra hasta que solo quede el hueso.

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Recuerda que la clave de todo esto es la constancia y el método. Si quieres profundizar en cómo materializar ese proyecto que tienes en mente, échale un ojo a mi Coaching literario ; y si lo que buscas es dominar las bases para que tus historias atrapen de verdad, el videocurso Cuenta, pero bien es tu punto de partida.

Ahora, deja de escucharme y vete. Vete a escribir. O a correr. Ambas cosas te servirán.

¿Tienes dudas? Déjame un comentario; los leo y respondo a todos.