Tras matar siete moscas de un certero golpe, un humilde sastrecillo borda su “hazaña” –“Siete de un golpe”– en un cinturón y parte en busca de fortuna, convencido de que su taller es pequeño para su valentía. Su ingenio y la ambigüedad de su lema le permiten engañar a gigantes, cazar feroces bestias para un rey y obtener así la mano de una princesa y la mitad de un reino. Pero, ¿podrá este héroe por astucia mantener su estatus cuando se descubra la verdad?

Así que te has propuesto escribir un libro. Qué propósito más bonito y qué ingenuidad la tuya. Antes de que lances el portátil por la ventana, necesitas un mapa de supervivencia para el campo de minas que es la escritura. Olvídate de la falsa batalla entre ser un escritor brújula que lo planifica todo o un kamikaze que se lanza al folio en blanco; el verdadero problema es la parálisis. Tu peor enemigo no es la página, es tu propio cerebro, ese mono borracho con un megáfono que te grita que todo lo que haces es una mierda. Te doy la clave para domesticarlo: concédete el permiso para que tu primer borrador sea un desastre monumental. La magia no está en escribir, sino en reescribir. Huye de los gurús de internet que te venden fórmulas mágicas y recetas para el bestseller instantáneo, porque solo te alejarán de tu propia voz. Si sientes que la duda te carcome, aférrate a la razón por la que empezaste y recuerda que escribir es un oficio de culo y silla.

Catalinita es un torbellino de buenas intenciones y desastres cómicos. Desde intentar freír una salchicha hasta «asegurar» su casa llevándose la puerta a cuestas, sus acciones llevan a su esposo Federico al borde de la desesperación. ¿Podrá esta singular heroína, que unta caminos con mantequilla y manda quesos en misiones de rescate, recuperar su fortuna robada? Un cuento hilarante sobre la lógica peculiar y las consecuencias inesperadas que te hará reír sin parar.

¿Te han preguntado alguna vez, con esa sonrisita condescendiente, por qué das clases si eres escritor? Como si enseñar fuera la prueba irrefutable de tu fracaso literario. Esa pregunta es la punta del iceberg de una serie de mitos tóxicos que nos han vendido sobre lo que significa este oficio. En este texto desmonto, sin pelos en la lengua, la fantasía del escritor que vive aislado en una cabaña y solo se comunica con el mundo a través de cheques millonarios. Te explico por qué depender únicamente de los adelantos editoriales no solo es ingenuo, sino estúpido, y por qué tener otros trabajos relacionados con la escritura —como dar clases— no te hace menos escritor. Al contrario, te convierte en un profesional más completo e inteligente. Enseñar no es un plan B; me obliga a ser mejor escritor, me llena de energía y es un acto de rebeldía contra un sistema elitista que quiere que creas que el talento es un don divino y no un oficio que se aprende. Aquí no encontrarás paños calientes, sino la realidad de una profesión donde diversificar no es debilidad, sino una estrategia de supervivencia y crecimiento.