Cómo convertirte en buena persona

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Intenta aterrizar en el mundo que conocías, mientras Jerry te presenta a sus sicarios de la banda. Elabora un plan, te entrega la vieja pistola de papá. Dile que no. Dile que coja el dinero y se largue. Recuérdale que esto, un día, iba a pasar. Que son las reglas de un juego que ellos quisieron jugar.
Mañana entierras a la familia.

Acuéstate en la cama extraña, lujosa, grande, del apartamento. Levántate después de dos horas de pensamientos e insomnio. Mira desde el salón la noche estrellada. Vuelve a leer nueve veces los nueve números de ese papel arrugado que aún conservas en el bolsillo.

Acude al cementerio con un traje oscuro. Retírate de los demás. Ni siquiera te unas a tu hermano, no lo puedes evitar. Observa que no reconoces ningún rostro. Huye antes de que acabe la ceremonia.

Sales del cementerio y escapas tan rápido que, en la entrada principal, tropiezas con el guardaespaldas de un extranjero. Lo miras: está sonriendo hacia las tumbas desde el interior de una limusina. Lo hace de ese modo en que no se sabe si es extremadamente inteligente, idiota, sicópata o cualquier otra cosa.

Le vuelves a mirar. Y, en un gesto impulsivo y atávico, sacas tu pistola imaginaria y le descerrajas tres tiros tan rápido que tu mente contempla cómo cae muerto en el marco de la puerta sin tiempo para dejar de sonreír.

Sacudes la alucinación de tu cabeza. Huyes mientras tropiezas con los peatones que vienen de frente. Llegas al ático. Te metes impulsivamente en la ducha y te frotas con la esponja todas las partes del cuerpo. Vístete. Camina por las calles que conoces. Llega a aquella preciosa casa con jardín.

Llama al timbre. Cuando abra Nieves, no tosas. Dile que tu piel está limpia. Que no puedes llevarla a conocer tu casa ahora, porque está su padre con mucha gente allí. Que te encantan los niños. Que no quieres ser astronauta, porque allá arriba no hay nada para ti. Pregúntale si le gustan las ciudades con mar.

Toma un fajo de billetes de tu mochila. Llama a Nora, Ylenia, Yurene y al maricón de Tomás para montar una fiesta de las que tú ya sabes. Fóllate a todos. Luego despierta cuando no haya nadie. Levántate buscando oxígeno. Tropieza, resacoso, con las botellas de alcohol vacías en tu camino hacia el balcón, para tomar un aire que, aunque abras las ventanas, no encuentras.

Recibe la llamada de tu madre. Te dice que tu hermano Jerry se ha salido de la carretera estrenando su coche y está en el hospital. Tan grave que no saben si saldrá de esta. Cuelga el teléfono y llora. Llora por el tonto de tu hermano, por el lóbrego vacío que te acompaña, por lo imbécil que eres y por esos ojos azules que has dejado perder. Haz la maleta. Márchate a casa.

Saluda a tu padre y a tus hermanos. Abraza a tu madre y al perro. Cómete los dos platos de arroz con leche con los que soñabas desde hace tiempo y que te ha preparado mamá sin que tú le dijeras ni media palabra. Ve al hospital. Sujeta la mano de Jerry, que ya está consciente, aunque todavía no habla. Bromea. Dile a Toni que haga una de sus imitaciones de Michael Jackson. En la habitación del hospital, mira a Jerry, mira a tu familia. Vuelve a mirar a Jerry. Tose. Tose porque te pican ciertas preguntas y la garganta se te irrita.

Repara en lo grande que es la casa ahora. Date cuenta de que le han comprado la casa al señor Escribano para unirla.
—¿El jodido señor Escribano vendió su casa? —preguntas.
Tus hermanos se ríen. Ahora tienen todos los dientes perfectos, salvo Jerry, al que aún no se los has visto. Pregúntate si esa casa que ves ahora te sigue dando vergüenza.

Da una vuelta por el barrio para encontrarte con él de nuevo. Deja que tu hermano Jaime te acompañe con su flamante todoterreno del que se siente tan orgulloso. Ponle solo la condición de que los altavoces no griten agonizando esas retorcidas versiones flamencas de cualquier cosa. Baja la ventanilla del coche. Alégrate de ver al Chicha, el frutero de la plaza, al Juli, el panadero de la esquina, o a la Maricruz de la charcutería. Pregúntale a tu hermano por qué te miran así.
—¿Así cómo? —contesta él.
—¡Pues así, joder! Tú ya sabes cómo. Incluso el señor Escribano me ha visto y se ha girado para hacer que no me veía —le dices.
—Lo que pasa es que ahora nosotros meamos una colonia mejor —responde él.

Bájate del coche. Dile a Jaime que quieres tomar un poco el aire, a solas. Descubre caminando que son las mismas calles, pero que ya no son tus calles. Piérdete entre la gente mientras los observas, intentando descubrir diez años menos en sus caras. Sorpréndete al ver de lejos a Nieves paseando con un niño pequeño. Ahora eres tú el que te giras, tapándote la cara, fingiendo que no la has visto. Vuélvete a casa. Mírate en el espejo esos diez años de más.

Hiberna una temporada en tu vieja-nueva casa hasta que Jerry vuelva del hospital. Hay buenas noticias: la silla de ruedas es temporal. Tráele una mascota que le acompañe en la rehabilitación. No te presentes con un gato, no seas cabrón. Flipa con lo que estás viendo: Jerry cuidando de un gato. Habla con tu madre. Dile que deben hacerle un TAC.

Coge un par de kilos con la deliciosa comida de tu madre. Encuentra dos pistolas detrás de una librería. Vuélvelas a guardar. Tu padre te llama un día y te presenta una maleta cerrada encima de la mesa. Te pide que la abras. Lo haces: está repleta de dinero. También él tose. No dice nada.

Recoge la maleta. Vuelve a la ciudad con mar.

Vuelve a mirar a través de la ventana del ave el mismo paisaje. Vuelve a perseguir aquellas formas que habían quedado atrás y que repiten su danza. Recuerda las palabras del decano: “la facultad de análisis, el juicio crítico y la imaginación reflexiva son algunas de las competencias básicas que adquiriréis en vuestro grado de filosofía”. Añora esos conceptos.

Olvídate de todo. Estudia. Abandona las trasnochadas fiestas. Abandona los trasnochados amigos de las fiestas. Camina por otras calles de la ciudad. Aprueba la carrera con matrícula de honor. Cámbiate el apellido. Consigue una plaza de bioética en una universidad. Fuma en pipa. Déjate crecer la barba y la barriga.

Un sábado, mientras caminas, encuentras aquellos ojos azules paseando con un niño en brazos. Tápate disimuladamente la cara para que no te reconozca, pero ella te mira y te llama por tu nombre. Salúdala como si fueras un torpe adolescente. Ella te cuenta que dejó los estudios, que trabaja en una oficina de ocho a tres, que a veces saca a pasear a su sobrino y que no se casó.
—¿Y tú? —dispara ella de nuevo, a bocajarro.

Entonces vuelves a mirar por aquella escotilla de tu nave espacial. Descubres que el paisaje no ha cambiado. Constatas que el universo se expande, porque aquel vacío infinito y negro se ha hecho más y más grande.

Lee de camino a casa nueve veces el papel donde ella te ha escrito los nueve números de su teléfono móvil cuando ha visto que te sobrevenía un ataque de tos. Intenta recordar todas las veces que follaste con ella, pero no te vienen. Sin embargo, recuerdas claramente las veces que le hiciste el amor. Recuerdas la rosa de antes, el cine, luego la cena, los besos y la hermosa rendición. Mañana la llamarás.

A las dos de la mañana suena el teléfono móvil.
—Sé que hace mucho tiempo que no hablamos, mamá me dijo que te habías cambiado de nombre, pero no sé a quién llamar… los han matado a todos: a papá, a Rafa, a Jaime, a… —dice Jerry llorando.
—¿Y mamá? —gritas interrumpiéndole mientras te incorporas en la cama—. Dime, Jerry, ¿y mamá, cómo está?
—Nico, esto ha sido una carnicería —responde.

Cinco horas de coche después, preséntate en la casa. Contempla los cuerpos destrozados a balazos de Rafa, Jaime, Toni y tu padre en el salón; de Miguel en el pasillo de los dormitorios, y de mamá y el perro en la cocina. Agáchate. Abrázala mientras miras al pastor alemán tumbado junto a ella. Todos han oído el tiroteo, pero nadie ha avisado a la policía.

Oyes las sirenas. Varios agentes te separan de tu madre. Un abogado con un traje carísimo se presenta para decirte que no hagas ninguna declaración. Luego miras a Jerry, que te lo confirma con los ojos. En la comisaría te preguntan cosas estúpidas y repetidas. Nadie te conoce.

Después Jerry te cuenta que han sido unos rusos. Te explica todos los negocios de la familia. Te lleva a los escondites del dinero y a un inmenso ático acristalado desde donde las luces de la ciudad te rinden pleitesía. No duermes. No hablas. No sabes dónde estás.

Intenta aterrizar en el mundo que conocías. Jerry te presenta a sus sicarios de la banda. Elabora un plan. Te entrega la vieja pistola de papá. Dile que no. Dile que coja el dinero y se largue. Recuérdale que esto un día iba a pasar. Que son las reglas de un juego que ellos eligieron jugar.

Mañana entierras a la familia.

Acuéstate en la cama extraña, lujosa y grande del apartamento. Levántate después de dos horas de pensamientos e insomnio. Mira desde el salón la noche estrellada. Vuelve a leer nueve veces los nueve números de ese papel arrugado que aún guardas en el bolsillo.

Acude al cementerio con un traje oscuro. Retírate de los demás. Ni siquiera te acerques a tu hermano; no puedes evitarlo. Observa que no reconoces caras. Huye antes de que termine la ceremonia.

Sales del cementerio y escapas tan rápido que, en la entrada principal, tropiezas con el guardaespaldas de un extranjero. Lo miras: sonríe hacia las tumbas desde el interior de una limusina. Lo hace de ese modo en que no se sabe si es extremadamente inteligente, idiota, sicópata o cualquier cosa. Le vuelves a mirar. En un gesto impulsivo y atávico, sacas tu pistola imaginaria y le descerrajas tres tiros tan rápido que tu mente contempla cómo cae muerto en el marco de la puerta del coche sin tiempo para dejar de sonreír.

Sacudes la alucinación de tu cabeza. Huyes. Tropiezas con los peatones que vienen de frente hasta llegar al ático. Métete en la ducha. Frótate con fuerza todas las partes del cuerpo. Vístete. Camina por las calles que conoces. Llega a aquella preciosa casa con jardín.

Llama al timbre. Cuando abra Nieves, no tosas. Dile que tu piel está limpia. Que no puedes llevarla a conocer tu casa ahora, porque está su padre con mucha gente allí. Que te encantan los niños. Que no quieres ser astronauta porque allá arriba no hay nada para ti. Pregúntale si le gustan las ciudades con mar.

Algunas historias no avanzan en línea recta: giran en espiral, regresan, se repiten como un eco. Este cuento de Jorge Cuervo, escrito durante su paso por mi Coaching literario, es un ejemplo de cómo se puede narrar el vértigo sin perder el pulso ni la hondura. Si tú también estás enfrentando una historia compleja y necesitas una brújula narrativa, el Coaching literario es ese espacio donde las palabras encuentran su centro.

¿Tienes dudas? Déjame un comentario, los leo y respondo a todos.

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