Hábitos (raros) de todo escritor: ¿te identificas? 

Eres escritor, ¿verdad? Bien. Entonces, felicidades: oficialmente eres un ser humano defectuoso, un bicho raro que ha decidido que su vocación es sentarse solo en una habitación y hablar con gente que no existe.

Pero no te preocupes, no estás solo. La comunidad de escritores es un refugio de almas torturadas, antisociales y, seamos honestos, un tanto asquerosas. Y como todo buen gremio de locos, tenemos nuestras manías, obsesiones y hábitos que harían que cualquier persona normal se persignara al verte en la calle. Hoy vamos a desnudar al escritor, a quitarle esa pátina romántica y a ver la cruda verdad. Si no te identificas con al menos la mitad de lo que te voy a contar, o eres un farsante o estás demasiado bien ajustado a la vida social como para ser tomado en serio en este negocio. Lo que vas a descubrir no es solo una lista de miseria; es el mapa para convertir esa miseria en tu superpoder literario.

El problema no es que seas raro. El problema es cuando esa rareza se vuelve un obstáculo para escribir de verdad. La mayoría confunde la pose de escritor torturado con la disciplina de escritor. Creen que el desorden, la desidia y la mala alimentación son requisitos del oficio, no efectos secundarios de una mala gestión. Yo te digo: sí, somos bichos, pero incluso un bicho necesita un método para no autodestruirse. Lo que llamamos «bloqueo» o «falta de musa» a menudo es solo pereza envuelta en papel de regalo intelectual. Este es el momento de aceptar tu lado oscuro para poder dominarlo. No te estoy prometiendo que te convertirás en un gurú del wellness, pero sí que dejarás de usar tus hábitos insanos como excusa para no entregar el manuscrito que llevas años prometiendo.

La dictadura del pijama: cuando la higiene es una negociación con tu yo superior

Ducharse es un lujo, no una necesidad. Y peor aún: es una distracción. El escritor promedio pasa días enteros sin ver una gota de agua que no sea la de su cafetera. Lo sé, suena repugnante, pero es una verdad incómoda. Tienes un plazo, tienes un giro argumental brillante que acaba de aparecer, ¿y me vas a decir que vas a detener esa epifanía para… ¿frotarte con jabón? Por favor.

Y ya que hablamos de ropa, todo lo que tenga cremalleras, botones o un mínimo de estructura es un «no rotundo». La moda del escritor no se compra, se degrada. Incluye pantalones de pijama que tienen ya una relación histórica con tu trasero, camisetas con agujeros estratégicos y sudaderas que alguna vez fueron blancas, pero que ahora reflejan los colores de tu dieta a base de café y bollería. Si eres mujer y trabajas en casa, el sostén es un instrumento de tortura medieval que nadie necesita mientras intenta recrear la caída de un imperio. ¿La solución? Si tienes que salir, planifícalo como una misión de la NASA. Si no tienes que salir, establece una alarma para al menos cambiarte de pijama. No por higiene, sino porque a veces el cerebro necesita una señal de que el día ha empezado. El vestuario es tu uniforme de guerra; si dejas que el uniforme se convierta en una bandera de rendición, tu trabajo seguirá el mismo camino. Tu cuerpo no es un templo; es una máquina de escribir ideas. Y las máquinas, de vez en cuando, necesitan un poco de aceite y una limpieza superficial. No te pido el mantenimiento de un Rolls-Royce, solo el de un Dacia.

El café y la droga de la productividad falsa

No importa si odias el café, terminarás dependiendo de él. Es la droga oficial del escritor, la única legal (y socialmente aceptada) que te permite creer que estás siendo productivo en lugar de procrastinando con cafeína. No es que te encante su sabor, es que sin él te conviertes en un zombi sin alma, incapaz de distinguir una coma de un punto y coma. El café no es el combustible; es el interruptor de tu cerebro. Y como todo interruptor, se puede quemar por uso excesivo.

El problema real viene cuando el café deja de funcionar como estimulante y empieza a funcionar como mantenedor de un estado de vigilia. Es decir, ya no te da energía, solo evita que colapses. Si el café no es lo tuyo, seguro tienes algún sustituto igual de insano: litros de té de hierbas sospechosas, bebidas energéticas que prometen alas y solo te dan taquicardia, o Coca-Cola en cantidades que harían temblar a un dentista. Recuerdo un ciclo de escritura en el que estaba tan obsesionado con terminar la segunda parte de una novela que mi dieta se redujo a café, azúcar y barras de chocolate con pasas. Llegué a un punto en el que mi concentración era como un perro rabioso: mordía fuerte, pero solo por diez minutos, luego se desplomaba. Una tarde, al intentar escribir un diálogo crucial, me di cuenta de que llevaba una hora mirando la pared, sosteniendo la taza de café vacía y pensando: «Necesito más, pero si tomo más, mi corazón va a explotar». Ahí entendí que había pasado de la disciplina a la adicción, y que mi escritura era el reflejo de mi caos químico. El cerebro necesita orden para crear orden. No intentes engañarlo con tres shots de espresso.

Comer, ¿para qué? La fase vampírica y el atracón culinario

Te sientas a escribir a las nueve de la mañana y, de repente, son las seis de la tarde. No has comido un carajo. ¿Por qué? Porque estabas en «la zona». No es que no tuvieras hambre, es que el hambre no era una prioridad ante la majestuosidad de la escena que estabas tecleando. Pero cuando finalmente caes en cuenta, tu organismo entra en «modo supervivencia», el famoso frenesí alimenticio del escritor. Ya no comes, devoras. Terminas atacando lo primero que encuentras: galletas rancias, cereales secos directamente de la caja, o la pizza de hace tres días que debería haber ido a la basura. Todo vale mientras no tengas que cocinar, lo cual implica una interrupción de más de cinco minutos. La pereza culinaria es el arma secreta de la autodestrucción del escritor.

El escritor nocturno no es un bohemio; es un antisocial

La noche es tu aliada. Durante el día, la gente normal existe, y eso es un problema. El sol es el enemigo de la concentración. Así que, sin darte cuenta, te encuentras escribiendo hasta las cuatro de la madrugada y despertando al mediodía con la luz del sol dándote directamente en el ojo, como si te atacara. Tratarás de recuperar un horario normal, lo prometo. Dirás: «Mañana me despierto a las siete». Lo harás una vez. Pero la musa siempre, siempre, aparece cuando el resto del mundo está roncando. Y además, siempre hay algún estudio pseudocientífico que dice que los noctámbulos somos más inteligentes, y aunque no sé si es cierto, joder, ¡qué bien nos viene creerlo! Si tu excusa para escribir solo de noche es que «la inspiración llega», déjame decirte algo: la inspiración es una señora caprichosa que va donde sabe que hay un escritor trabajando. Si solo trabajas de noche, claro que te visitará de noche. Pon una silla para ella a las diez de la mañana y verás cómo, con un poco de cabreo inicial, también aparece al sol.

El duelo por el personaje de ficción: la psiquis fragmentada

Los escritores no solo creamos personajes; también sufrimos por ellos. Si estás teniendo un día de mierda, pregúntate si es porque te ha pasado algo malo real o porque mataste a un personaje queridísimo en el capítulo anterior. Podemos llorar a mares por alguien que, literalmente, acabamos de inventar. Y el drama es peor cuando tienes que hacer que un héroe que adorabas se convierta en villano. Es como un divorcio que tú mismo has orquestado. Y si alguien se atreve a decir: «pero no son reales», la respuesta automática es «tu cara no es real y aun así la tengo que soportar». La razón por la que sufrimos tanto por nuestros personajes es porque, en el fondo, son fragmentos de nosotros mismos. Y cuando los torturamos o los matamos, estamos purgando nuestros propios miedos o deseos reprimidos. Es una terapia barata y altamente disfuncional, pero oye, funciona para la historia. El día que un personaje no te importe, ese día tu novela será aburrida. Sigue sufriendo, pero ten claro que eso no te exime de la entrega.

Odiar a la gente por existir: el problema de socializar

«—Oye, hace meses que no te veo, ¡salgamos! —Pero… pero hoy tenía que escribir…» Pocas cosas duelen más que ver cómo un día de escritura se esfuma porque algún ser querido ha decidido que es buena idea socializar. El peor error que comete el escritor es creer que la gente normal entiende que tu trabajo no es un hobby. Tu trabajo es tu vida. Y cada hora fuera de la cueva es una hora que no estás reescribiendo ese capítulo. Lo peor de todo es que, en el fondo, sabemos que nos hace falta salir y ver a otras personas, no por placer, sino para recargar el depósito de las referencias humanas. Si solo ves a tus personajes, tu diálogo será un desastre.

Evitar salir de casa a toda costa: la cueva es tu zona de confort tóxica

Salir es complicado. Significa vestirse, ducharse (quizás), ver la luz del sol, hablar con humanos… en fin, un suplicio. Si no es por algo realmente importante (como la casa incendiándose o una firma de libros), mejor nos quedamos encerrados. Es el famoso Síndrome de la Cueva. Te has construido un refugio, un ecosistema de caos controlado. Y cualquier elemento externo es una amenaza. Si por desgracia hay que salir, la estrategia es clara: auriculares puestos para fingir que no oyes, gafas de sol para ocultar el alma y cara de «no me hables, no existo». Máxima precaución con los vecinos, esos seres insistentes que siempre quieren charlar sobre el tiempo o el precio de la gasolina. Son agentes del caos. Una vez fui al supermercado en pijama (sí, lo hice). Llevaba tres días sin salir. En la caja, me encontré con un antiguo compañero de universidad. Me saludó efusivamente, me preguntó qué hacía, y yo, en lugar de decirle que estaba escribiendo, dije que estaba enfermo y que había salido por las medicinas. Me disculpé por mi aspecto. Él, compasivo, me deseó una pronta recuperación. Me sentí un cretino, pero entendí la lección: si te pareces a un naufrago, la gente te trata como un náufrago. Y no puedes escribir una novela épica pareciendo un tipo que perdió la épica hace tres semanas.

Llevar el portátil como una extensión del alma (y la insolencia)

Salir sin el portátil es como salir sin pantalones (aunque, seamos sinceros, a veces también salimos sin pantalones). Nunca sabes cuándo tendrás un ataque de inspiración y tendrás que escribir una escena clave. Así que aunque estés en una boda, en una reunión familiar o, peor aún, en un funeral, el portátil está allí, listo para la acción. Es el signo de nuestra fe irracional en la inspiración. Creemos que la gran idea solo aparecerá en el momento más inoportuno. Y si la gente se ofende porque estás tecleando en plena cena de Navidad, pues problema suyo. Tu novela es más importante que el pavo. No, no lo es, pero tienes que actuar como si lo fuera para poder terminarla.

No tener nada «normal» que contar: la perturbación verbal

Cuando alguien nos pregunta «¿Y qué has hecho hoy?», la respuesta suele ser, como mínimo, perturbadora. No puedes responder: «He estado lidiando con el inventario» o «He hecho la declaración de la renta». Respondes con la verdad literaria: «Bueno, hoy diseccioné emocionalmente a un personaje, hice que le arrancaran el corazón en sentido figurado, y luego obligué a su mejor amigo a enterrarlo vivo bajo la lluvia». Si esto se dice con demasiada naturalidad, lo más probable es que la gente se aleje lentamente, preocupada por su seguridad. Y es justo.

Aprende a traducir tu día. Di: «Hoy trabajé en un borrador» o «Estuve planeando la trama». A la gente normal no le importa el asesinato metafórico; le importa el progreso. Y si te identificaste con todo esto, si te ves reflejado en el brillo aceitoso de la pantalla a las 3 a.m. con el tercer café, felicidades, eres un escritor de verdad. Estás en el camino, aunque sea el camino de la locura.

Recuerda los tres puntos clave: Uno: el pijama no es un uniforme, es una trampa; programa una ducha. Dos: el café es una herramienta, no una muleta; úsalo con inteligencia, o tu corazón te pasará la factura. Tres: tu trabajo es tu prioridad, pero necesitas a la gente para tener algo que contar; sal de la cueva de vez en cuando. La disciplina vence al pijama.

Mira, es fácil caer en esta espiral de caos y creer que es parte del «arte». Pero te aseguro que la neurosis no vende libros; la buena escritura sí. Si estás harto de empezar novelas que nunca terminas, si tu bloqueo es en realidad una mezcla de pereza y falta de método, yo puedo ayudarte a poner orden en el manicomio de tu cabeza. Deja de poner excusas y toma el control. ¿Quieres escribir sin perder (demasiado) la cordura y, lo más importante, publicar algo que valga la pena? Escríbeme ahora. En mi web tienes el botón de WhatsApp. Tienes el enlace directo en la descripción. No lo dejes para mañana. La pereza es un músculo que se entrena fácil. Desafíala ahora.

Si de verdad quieres domar este monstruo de la escritura caótica, te recomiendo dos cosas. Primero, mi programa de Coaching literario, donde trabajaremos mano a mano para que tu proceso sea, por fin, profesional y humano. Segundo, para que entiendas que la estructura y el ritmo son tus mejores amigos contra el caos mental, échale un ojo al videocurso Cuenta, pero bien. Un escritor que domina la técnica, duerme mejor. Te lo prometo.

Ahora, si me disculpas, tengo que ir a luchar contra mi propia alarma de la ducha. Nos vemos en el próximo asalto.

¿Tienes dudas? Déjame un comentario; los leo y respondo a todos.

2 Comentarios

·

Deja un comentario