Haz un esfuerzo, Jennyfer

Tiempo de lectura: 9 minutos
Guardar
Inicia sesión para añadirlo a tus marcadores. Cerca

Como cada mañana, la auxiliar de clínica Jennyfer, con y griega, entró en la habitación de Roberto, cuyo lado izquierdo estaba paralizado desde el ictus que sufriera meses atrás, y que lo había postrado en una cama de la que no podía salir sin ayuda.

No volvería a caminar y su otro lado, aunque menos enfermo, también había sufrido las secuelas de la trombosis. Esto, sumado a sus muchos años, lo convertían en una presa fácil para esas personas crueles con las que debemos tratar cada día y de las que la auxiliar Jennyfer formaba parte.

Cuando entraba a la habitación, abría la puerta con más violencia de la necesaria, y sin dejar de mascullar quejas y reproches, preparaba la esponja, el jabón y el agua, que siempre estaba helada porque no podía esperar a que saliera caliente del grifo.

Le llamaba cagón cuando el pañal desbordaba, meón cuando la bolsa estaba llena. Lo ponía de costado con tanta brusquedad, que más de una vez estuvo a punto de hacerlo caer de la cama, lo que irritaba aún más a la sufrida Jennyfer, exasperada ante la desgana de Roberto.

Le pellizcaba si no colaboraba y le exigía que se esforzara. Haz un esfuerzo, le repetía una y otra vez, pero era imposible que Roberto pudiera hacer nada cuando estaba sobre el lado derecho; su brazo inútil era incapaz de agarrarse a la barra de la cama, lo que no impedía que Jennyfer continuara maldiciendo y preguntándose qué había hecho ella para tener que soportar tanta miseria.

Haz un esfuerzo, le decía.

Le parecía que, por la incompetencia del resto del personal, ella iba todo el tiempo de un lado a otro y, escuchándola, podría creerse que todo el peso de la clínica caía sobre sus hombros. Tanta era su carga, que no secaba la espalda de Roberto al terminar de lavarlo, y así tenía que pasar varias horas con el camisón mojado.

A Roberto le gustaba tener un vaso de agua en la mesilla de noche, para tomarlo cuando notaba la boca seca. Jennyfer se lo bebía cuando terminaba su penosa tarea, porque a ella le hacía más falta y, después de haberlo vaciado, lo dejaba en el lavabo del aseo sin preocuparse de rellenarlo ni de devolverlo al alcance del torpe brazo de Roberto.

Si dejaba las gafas en la mesilla de noche, Jennyfer se las guardaba en el cajón, de donde le resultaba muy difícil cogerlas. Al terminar, se fumaba un cigarrillo en la ventana, pausa que aprovechaba para revisar su teléfono móvil, dándole la espalda.

Roberto no se quejaba. Desde que se quedó solo, había perdido el valor. No esperaba nada, no deseaba nada, excepto marcharse y encontrar de nuevo a su querida esposa.

Una mañana, aparte de los insultos, los reproches y fustigamientos habituales, Jennyfer mostraba cierto entusiasmo. Le dijo a Roberto que, por fin, ella saldría de allí y que solo limpiaría su flaco culo un día más. Después iba a trabajar en otro lugar, donde sus capacidades serían justamente apreciadas, lejos de ese moridero en el que perdía los mejores años de su vida.

Un día más y se acabó.

Esto no impidió que Jennyfer fuese tan brusca como de costumbre, ni que dejara a Roberto sin su vaso de agua, ni que le escondiera las gafas. Roberto estaba acostumbrado a esto. Lo que aquella mañana le quemó como un hierro al rojo vivo, lo que lo despertó de su letargo y le devolvió buena parte del vigor perdido, fue que Jennyfer mencionara a su difunta esposa.

No habló muy alto, no en su cara, pero murmurando, dijo que la mujer estaba mejor ahora que teniendo que aguantar un marido como aquel. No importaba todo por lo que le hacía pasar, las crueldades miserables y las ofensas, pero que se atreviera a hablar así, que hubiera ido tan lejos, estaba más allá de lo que Roberto toleraba, y su ansia por partir había encontrado un freno en el camino.

Después del aseo matinal, la jornada era larga y aburrida. Los momentos en los que veía a alguien eran escasos. Estaban la comida, la merienda, la cena y algún cambio de pañal, si tenía suerte.

Al lado de la cama tenía una silla de ruedas que se manejaba con una sola mano y en la que lo colocaban para llevarlo al salón de la televisión. Según quién trabajara ese día, su excursión duraba más o menos, pero una vez terminada, era devuelto a su habitación. Esto le molestaba.

No poder deambular a su aire por la residencia manejando su silla de ruedas, ir por donde quisiera aunque fuese dentro del edificio. Lo había intentado en varias ocasiones y, como si se tratara de una prisión, fue recriminado y confinado.

A pesar de eso, hoy correría el riesgo.

Enfrente de su habitación, del otro lado del pasillo, estaba la consulta del doctor y el armario que contenía los medicamentos. Cada mañana, el doctor hacía su ronda para examinar a los residentes. Se pasaba un par de horas yendo y viniendo de las habitaciones a su despacho a buscar medicinas.

Sabía en todo momento dónde estaba el médico. Si estaba cerca o lejos de su habitación, si iba o si venía. Reconocía sus pasos entre todos los demás y había reconstruido, en su cabeza, el orden en el que se realizaban las visitas.

Lo más difícil y peligroso era colocarse en la silla de ruedas sin la ayuda de nadie, pero nunca lo ponían allí por la mañana, así que no tenía otra solución que hacerlo él mismo. Para darse ánimos, le bastaba recordar a Jennyfer y la ira impotente que sufría cada mañana cuando lo maltrataba.

Luchó contra su mitad inerte y se arrastró despacio y con sumo cuidado hasta la silla. Temía que todo basculara y darse de bruces en el suelo justo en el momento en que Jennyfer, tal vez, pasara delante de su habitación. Solo de imaginar que fuera ella la que lo encontrara así, se le encogían las tripas.

Fue tirando con su brazo derecho hacia el borde de la cama y recolocando la mano izquierda y su pierna para no dejar nada atrás. Repitió la operación varias veces, hasta que ya no pudo abandonar, y se dejó ir al encuentro de la silla, que se inclinó mucho más de lo que había previsto, rozando el desastre.

Creyó que su cabeza acabaría golpeando el suelo, pero volvió a caer hacia la cama y todo quedó inmóvil. Se recuperó unos instantes, puso la pierna en una posición adecuada y con la mano derecha comenzó a mover la palanca que hacía avanzar la silla.

Con tantos esfuerzos se había distraído y no tenía ni idea de cuál era la situación en el pasillo. Decidió esperar y escuchar. No tardó en oír al doctor en el otro extremo, lo bastante lejos como para dar inicio a su empresa.

Algo muy distinto era situar al resto del personal y esta era la parte en donde Roberto necesitaba tener suerte. No podía prever los desplazamientos de todos, y si alguien lo veía en el pasillo a esas horas en su silla de ruedas, no alcanzaría su objetivo.

Salir de su habitación y llegar hasta la consulta del doctor era como jugar a la ruleta rusa.

Reculó, aceleró todo lo que pudo y salió al pasillo lanzado y mirando al frente, confiando en que nadie reparara en su presencia. Atravesó el pasillo tan deprisa, que tuvo dificultades para frenar y no chocar contra el escritorio de la consulta.

Permaneció inmóvil, esperando escuchar a alguien gritar su nombre, pero no sucedió. Con las pocas fuerzas que le quedaban, se acercó hasta el armario de las medicinas, pero se dio cuenta de que había olvidado las gafas.

Tuvo que ir alcanzando los frascos que se parecían a lo que él buscaba y ponérselos delante de los ojos, hasta que encontró lo que necesitaba. Lo escondió en el pañal y fue hacia la puerta para volver, pero al llegar al pasillo, el doctor entró bruscamente.

Comenzó a hacerle un montón de preguntas y Roberto no supo cómo escapar. El doctor se alegraba de verlo y empezó a hablar de esto y de lo otro, pero Roberto solo pensaba en volver a su habitación.

Las preguntas sobre su salud no tenían fin y el interrogatorio duró más de lo que Roberto podía aguantar. Con las fatigas y los nervios, notó que de un momento a otro se iba a cagar encima. No es que fuera la primera vez, pero si el doctor lo notaba, y era seguro que lo notaría, haría que le cambiaran el pañal y eso daría al traste con toda la operación.

Convenció al doctor de que simplemente se había equivocado, que buscaba la sala de la televisión, lo que llevó al doctor a pensar que estaba confuso y desorientado. Comenzó otra ronda interminable de preguntas encaminadas, esta vez, a determinar su estado mental.

Pero a Roberto se le acababa el tiempo, podía notarlo. Prácticamente empujó al médico con su silla para poder marcharse, cruzó el pasillo, llegó a su habitación, colocó el medicamento en lugar seguro con cuidado de no ser visto y, en una liberación como nunca antes había sentido, dejó salir la mierda, sin preocuparse en absoluto, y deseó que fuera Jennyfer quien tuviera que arreglar el desastre.

A la mañana siguiente, Jennyfer entró con los malos modos habituales. No paraba de hablar de lo contenta que estaba porque era su último día, de no tener que volver a verle nunca más y de cómo se alegraba por dejar de ocuparse de él.

No hizo ni dijo nada que hubiera apiadado a Roberto en el último momento. Lo volteó de un lado y del otro, lo lavó a medias y de nuevo lo puso boca arriba sin secarle la espalda. Entonces fue por el vaso de agua.

Se lo bebió de un trago y se dirigió a la ventana para fumar y mirar su teléfono móvil.

Tuvo miedo de que Jennyfer notara un gusto extraño y de que no se lo bebiera, pero no dejó ni una gota. No hubo que esperar mucho. La vio palidecer, apagar el cigarrillo, encerrarse en el baño.

Cuando terminó, Jennyfer abrió la puerta y, más blanca que la pared, se quedó apoyada en el umbral, con las piernas temblorosas y la mirada torpe. Roberto contempló el cuadro con deleite, aunque no por mucho tiempo, porque Jennyfer tuvo que volver a encerrarse precipitadamente, secuencia que se repetiría aún varias veces.

—Levanta el ánimo, Jennyfer, seguro que puedes hacer un esfuerzo —dijo Roberto.

A veces, lo más difícil no es inventar una historia, sino atreverse a mirar de frente la verdad que ya existe. Este cuento lo escribió Felipe Teruel mientras cursaba el Curso de iniciación, donde aprendió a sostener una voz narrativa y a dar forma literaria a lo que muchos prefieren callar. Si tú también quieres encontrar esa voz, ahí es donde empieza el camino.

¿Tienes dudas? Déjame un comentario, los leo y respondo a todos.

Deja un comentario

Deja un comentario