¡Qué estupidez!

Me obligo a mirar el teléfono, a leer noticias esperando un descubrimiento científico milagroso. Intento percibir el color de las cosas, los olores, poner atención a lo que dicen los demás. Pero estoy sordo, mudo. Vivo como en una niebla densa que paraliza. Desde que hice la última videollamada contigo, antes de que te llevaran al hospital, no soy capaz de sacarte de mi mente. Papá y mi hermano luchan como yo, resistimos ante la incertidumbre.

La distancia me asfixia, pero no tanto como a ti el puto virus. Cierro los ojos y pienso en ti. Los abro y pienso en ti. Me ducho y pienso en ti. Rezo. Rezo. Rezo y espero un milagro. Te esperamos en casa. Te espero yo aquí, aún tienes que venir a pasar unos meses junto a papá, me lo prometiste. ¡Me lo prometiste! Aunque quiera no puedo pensar en otra cosa que no seas tú. Me quiebro con facilidad.

Hoy papá, que está camino a saber qué nuevas noticias hay sobre ti, me ha pedido fortaleza, no quiere quebrarse. Ninguno quiere. Pero todos estamos rotos ya. Sobre todo él, que no pudo levantar la cruz de su propia madre porque te llevaba de urgencias a que te mirase un médico.

No sé cómo ser fuerte ahora. No sé cómo cumplir con las exigencias de papá. Fingiré que no estoy roto. Me obligaré a no llorar cuando hable con él. Soy como tú, lloro por todo y por nada. Sobre todo por nada, como ayer, que lloré porque tiré el puré sobre la vitro cuando intentaba descongelarlo. ¿Realmente se puede ser fuerte ahora? ¿Crees que papá me perdonará si no lo consigo?

Me duele tu desnudez, tu piel helada. Me duele tu coma inducido. Me consuela saber que no sufres, que respiras artificialmente y así tus pulmones consiguen tiempo para recuperarse. No sufres, eso nos dicen.

Te hablo a cada instante. Respira, mami. No te rindas. No te puedes rendir porque no has visto crecer a tus nietos. Porque no has regresado a España, Jesús y yo te esperamos llenos de entusiasmo, junto a papá. Aún no te has bebido los vinos que te regalé para tu cumpleaños el día dieciséis. ¡Tienes que pasar del tinto de verano al Cabernet! Y todo el Moscatel es para ti solita. Vuelve a casa para emborracharte conmigo a puro Moscatel. Respira, mami.

No te puedes rendir porque tus hermanos y tus amigos no conciben, como papá, Ivan y yo, que nos faltes. Queremos seguirte escuchando cantar. Que hagas duetos con Aleida. Que organicemos una fiesta de Karaoke y que los vecinos se quejen, pero también digan que una mujer de la fiesta canta muy bonito y por eso no llaman a la policía. Respira, mamá. Un poquito cada vez más. Respira. Tú puedes. Te necesitamos. Te necesito.

Hace unos días celebrabas tu cumpleaños. ¿Cómo ahora esto? ¡Dos semanas! Un parpadeo. ¡Joder! Qué pinche rabia. Qué impotencia. Quisiera abrazarte, arroparte.

Quisiera consolar a mi papá y a mi hermano, que están tan necesitados de consuelo como yo. Pero temo la infección, madre. Todos han caído allí. Y tú sabes que si caigo yo también, podría no librarla. También temo el cierre de fronteras. Pero lo que más temo es la realidad. Desde que te hospitalizaron la vida es insoportable si estoy despierto.

No es justo. Las videollamadas ayudan, pero no son suficientes. Los píxeles no me dejan oler a papá ni mezclar mis nervios y ansiedades con las de mi hermano. Me siento preso del miedo. Y aunque estuviera allí a su lado, ¿como abrazarlos y llorar hombro con hombro si están infectados también?

Te entubaron hace ya más de cuarenta y ocho horas. Estás estable. Saca pecho, Juana. Reúne fuerzas desde lo más profundo de tu alma. Yo sé que puedes. Yo sé que tienes carácter y fortaleza. Saca pecho, que tienes mucho. Que esto no pueda contigo. Que no pueda con nosotros. Te amo, mamá. Respira, un poquito a la vez.

Cómo no puedo respirar por ti. Escribo. ¡Qué estupidez!

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