Star explorer

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Hacía tiempo que no llegaba a mi taller un autor tan interesante. Valerio Viterbo es romano, pero lleva el corazón de un argentino. Con este cuento lo estreno en mi web, aunque habrá una entrega más, porque Valerio ha conseguido escribir dos muy buenos cuentos que necesitan lectores.

«Star explorer» atrajo mi atención por su misticismo pop. Lee teniendo en cuenta que Valerio llegó a clase con una idea no demasiado lejana a la historia que ahora publico, sin embargo, para alcanzar la versión final, dedicó al menos cinco o seis sesiones de coaching literario. Durante ese tiempo, además de reconstruir la historia y pulir el texto, Valerio se enfrentó a la crítica constructiva y obtuvo los conocimientos que necesitaba para aumentar su destreza en el oficio narrativo. En una próxima entrega compartiré otro cuento de Valerio, pero antes acompaña a esta esposa y madre que se toma unas vacaciones muy necesarias en un resort, donde un encuentro inesperado la pone en jaque.

Comenta el cuento al terminar de leer. Valerio quiere conocer tu opinión.

Entre galaxias y mentas: un encuentro inesperado

Más allá de la barandilla de la terraza, no veía el término de la costa, se perdía en la oscuridad de un cielo sin estrellas. No había viento. A mí el murmullo de las olas no me calma. Me perturbaba el oleaje, no paraba nunca. De repente el firmamento se dividió en dos por un fugaz destello de colores. El destello se volatilizó, fundiéndose con las luces del resort. Hasta del balcón llegó una melodía épica de trompetas, mi hijo jugaba en la habitación contigua. Me asomé y lo encontré en su camita, con el rostro alumbrado por la pantalla portátil. En la pieza grande, mi marido dormía. Yo no tenía sueño, pero me acosté en mi lado de la cama e intenté dormir. Incluso con las ventanas cerradas, se oían los suspiros del mar. La tranquilidad familiar me agobiaba. Me arrastraba hacia abajo, sola.

Lo encontré en el bar del hotel. Estaba sentado en la barra tomando Coca-Cola. Tenía el pelo largo y barba. Yo estaba un poco distante, con una cerveza en la mano, sentada en un sillón, cerca de las grandes ventanas de la entrada. Echaba un vistazo hacia la pileta para controlar a mi hijo que jugaba con otros niños. Mi marido veía un partido de fútbol en la sala recreativa. Perdí la concentración cuando vi a ese individuo de pelo largo y barba. Nos miramos a los ojos. Pensé en su nombre, pero evadí el pensamiento rápidamente. Mi marido vino de pronto a saludarme, su equipo ganaba. Después saludó a nuestro hijo y al poco volvió a irse. El partido era una excusa para separarnos después de tantos días juntos. Aunque no habíamos hablado sobre mi necesidad de alejarnos un ratito, lo agradecí. No le gustaba dejarme sola. Recuperábamos la confianza perdida, nuestra terapeuta se alegraría. Se lo contaría al terminar las vacaciones. Descolocada, el hombre del pelo largo y barba se me acercó y se presentó con el nombre de Juan. Mentía, aunque eso lo descubrí después. Le pregunté si era argentino (su acento era idéntico al mío), me respondió que él hablaba todos los idiomas y con todos los acentos del mundo, pero no era de ningún país.

—¿De dónde venís, entonces?

—Del otro lado de la galaxia —me reí, aunque mi estómago se cerró un poco.

—Entonces, ¿qué haces aquí? —pregunté sonriendo. ¡Qué atrevida!, pensé.

Era muy lindo, de piel suave y con unos ojazos pardos, hermosos. Él respondió:

—Visité otros planetas, pero debía volver. Y aquí estoy.

—Bueno, pues bienvenido… —le di una palmadita en el hombro e inesperadamente confirmé cuál era su nombre y derramé unas lágrimas. Como mi llanto fue totalmente inesperado, me retiré avergonzada. Él me preguntó si estaba bien, dije sí, aunque no era verdad. A partir de ese instante tuve muchísimo miedo. Me alejé y lo escuché decirme antes de salir:

—Te esperaré.

En el mismo bar, unas horas antes, desayuné con mi familia y el nene nos preguntó cuál sería nuestro superpoder, si pudiéramos elegir uno. Mi marido no tuvo ninguna duda, eligió volar, yo no supe qué responder, la pregunta me puso incómoda y mi silencio lo inquietó un poco. Aún tenía dificultades para hablar de ciertas cosas. El superpoder que eligió mi hijo fue conocer las historias de los objetos solamente tocándolos, así podría saber cómo terminó esa roca en la playa, dónde había nacido la madera de la cama o de dónde venía el agua de la pileta. Me pareció una respuesta lindísima y me emocioné tanto que unas lágrimas me resbalaron por las mejillas. Esta exagerada conmoción puso mal a mi marido, se estaría preguntando si mi estabilidad mental seguía recta o se había desviado totalmente. No creía más en mis palabras. Tenía sus razones.

Pasé meses contándole que iba al gimnasio o salía con mis amigas, pero la verdad es que estaba con los grandes maestros. Me ausentaba del trabajo, mentía. Hacíamos reuniones, leíamos la Biblia, los Vedas, practicábamos rituales para despertar nuestros poderes divinos, para comunicarnos con Los Más Arriba, así los llamábamos. Decían que Jesús no era humano, sino extraterrestre, como Buda o Zoroastro. Que los alienígenas nos habían visitado hace miles de años y compartido sus tecnologías. La historia de la humanidad era toda mentira. Yo les creí y les pasé mucha plata. La sacaba de la cuenta bancaria en común con mi marido. Una tarde, antes de mi supuesta clase de gimnasio, él me preguntó quiénes eran los grandes maestros. Confesé todo. Nunca olvidaré la forma en que me miró. Mi malestar le dio pena y no me abandonó. Cumplió la promesa de cuidarnos en las buenas y las malas. Mi nene se dio cuenta de que entre sus padres, la felicidad se había ido. Trabajamos para superarlo, pero es difícil.

Salí del bar hacia la pileta. Mi hijo andaba con unos amigos que había conocido. Me puse las gafas de sol para que no se leyera mi ansiedad. Esperé sentada en la reposera, desde una posición que me permitía observar al hombre del pelo largo y barba, a través de los grandes ventanales del bar. Bebía de la misma lata de Coca-Cola, como si fuera infinita. Parecía que en verdad me esperaba. ¿Era él de verdad? Y si lo era, ¿por qué estaba allí? ¿Qué sentido tenía su presencia? O más importante aún: ¿qué sentido tenía que me estuviera esperando a mí? ¡A mí! Entonces… los chillidos de los chicos en la pileta me distrajeron.

—¿Viste la estrella ayer? —preguntó un chico a mi nene.

—Sí, ¡yo la vi, la vi! —respondió otro, entusiasmado. La carita desconcertada de mi nene me llevó a conectar la caída de la estrella con la presencia de aquel hombre, cosa que no había hecho hasta ese momento, no sé bien por qué— ¡Es el explorador!

Mi marido lo llamaría delirio, mentira o tontería. La charla alegre de los chicos fue interrumpida por las voces de sus padres: la tarde había terminado. Mi nene se despidió y se me acercó corriendo.

—¿Jugamos un poco?—preguntó. Había sacado de la mochila la consola portátil. Esbocé una sonrisa y le pedí que se sentara a mi lado, sin dejar de controlar lo que pasaba más allá de la pileta. Mi marido veía el post-partido en el bar, a su lado el hombre con barba y pelo largo lo observaba, como examinándolo, hasta que una mujer muy guapa se acercó a la barra y le habló. Le tocó el hombro como yo hice antes, él la despachó, amable pero no seductor, y ella se fue encogiendo los hombros.

—¡Mamá, mira!

Volví a mi nene: me enseñaba su videojuego. Leí en la pantalla: Star explorer. El menú de selección era un sistema solar.

—¿Visitamos un planeta? ¡Elegí uno!

—No sé… capaz este azul.

Mi hijo tocó con el dedo la pequeña pantalla. Tras unos segundos de carga, una animación mostró a un astronauta en su astronave precipitar en la atmósfera del planeta. Unos segundos después y sin transición, el astronauta caminaba sobre un terreno yermo de rocas y arena. El paisaje de aquel planeta me pareció natural, de no ser porque en el cielo había dos lunas, una grande y amarilla, la otra pequeña y rodeada de un anillo como Saturno.

—¿Ves? Esta es mi arma, ¡Pum! Y acá está el rover —apretó unos botones y el astronauta montó a un vehículo, que condujo por un camino que pronto le acercó a la orilla de un océano enorme y azul.

—Mirá, podemos también ir en el agua —y movió el stick hacia delante. El vehículo se sumergió en el mar, transformándose en una embarcación anfibia.

—No entiendo. ¿Qué tenés que hacer? ¿Cuál es el objetivo?

—No sé. A mí me gusta explorar. ¡Dale, probá vos! —me pasó la consola que agarré con las dos manos. No logré controlar el rumbo del personaje. El anfibio se movió de un lado a otro hasta que revolqué al astronauta en el agua.

—Uy, perdí —dije restituyendo el juego a mi hijo. No quería más, estaba mareada. Eché un vistazo al bar a través de las ventanas. El hombre de pelo largo seguía allí con su lata de Coca-Cola. Cuando busqué a mi marido, lo encontré mirándome. Mi hijo empujó la consola hacia mis manos:

—No, má no perdiste, podés nadar. ¡Seguí! —Volví al videojuego. Moví con más atención los botones y al final pude controlar al astronauta—. Bien, bien así, seguí.

Me alejé de la orilla de aquel océano. Dejé los botones, el personaje se quedó nadando en la misma posición. El paisaje ajeno me relajó más que las playas que habíamos visitado durante las vacaciones. Las lunas se habían movido y un sol poniente anaranjaba el cielo. Eché otro vistazo al bar: mi marido venía hacia nosotros con una gran sonrisa en el rostro, me bloqueó la vista y perturbó las emociones. Al llegar nos abrazó. El contacto me produjo un hormigueo en la espalda. Me preguntó si estaba cómoda, si me sentía bien, si quería terminar las vacaciones. Me había descubierto observando al hombre de barba y pelo largo. Ni me sentía bien ni estaba cómoda y, si me lo hubiera preguntado antes de encontrarme a aquel hombre en el bar, habría querido terminar las vacaciones. Le respondí que no quería irme y propuse cenar fuera del hotel. Mi marido me miró fijamente un instante y suspiró, pero aceptó.

Fuimos al restaurante. Nuestras expectativas eran superiores a su fama: la vista al mar fue memorable, la cena: tibia y silenciosa. Mi hijo no comió mucho, en el viaje de vuelta se durmió con la cabeza recargada en la ventanilla del auto. Mi marido lo llevaba en brazos, pero el nene se despertó en el pasillo, justo antes de entrar a la habitación del hotel.

 —¿Dónde está mi juego?

Volví sola al estacionamiento, abrí el auto, se encendieron las luces internas y encontré la consola en el asiento trasero. Más allá del parabrisas noté una sombra en movimiento, lenta, dubitativa. Cerré el coche y volví a paso rápido. Imaginé al hombre de barba y pelo largo contemplando la superficie del agua en la pileta. Mi nene se acurrucó en su camita, mi marido hacía que miraba la tele, recostado sobre la cama. Me senté a su lado y pensé acercarme a él, pero sacudí la cabeza y al poco tiempo me dio la espalda y se durmió. Me quedé despierta durante horas, hasta que me decidí. Arropé a mi nene, me puse el primer abrigo que encontré y cerré la puerta tras mi salida, sin hacer ruido. Ya en el auto, giré las llaves, dispuesta a huir, pero no arrancó: se había quedado sin batería. Sin querer (o queriendo, ya no sé) dejé encendidas las luces internas. No sé cuánto tiempo tardé, pero bajé del auto y entré al bar. Me extrañó encontrarlo solo a él, sentado en la barra. Aterrada, me senté a su lado, me dolía el pecho.

—¿Quién sos realmente? —pregunté.

—Me dicen Jesús.

Lloré desconsolada. El hombre me tomó por los hombros e intentó calmarme con un abrazo:

—¿Có… cómo se lo explico a mi familia? —realmente necesitaba encontrar una solución a mis problemas. Esto llevó a Jesús a decir:

—Si la red es muy pequeña, el pescador no atrapa ni un pez. Lo que pesca con una red demasiado grande, arrastra el océano y no puede sacar nada del agua.

Contrario a lo que cualquiera podría creer, el verdadero comienzo de mis exploraciones comenzó entonces.


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