Algunas veces mis alumnos destacados consiguen deslumbrarme con sus textos. En esas ocasiones hago lo que todo buen profesor debería: felicitarles por sus grandes progresos y lo bien que me lo hicieron pasar leyéndoles. Una de las satisfacciones más grandes que encuentro impartiendo clases es precisamente ésta: ser testigo del crecimiento, del progreso que mis alumnos experimentan a lo largo del tiempo. Eso sí, que nunca falte la crítica constructiva. Porque yo podré felicitarte un montón, pero difícilmente dejaré de decirte qué podrías hacer para llevar tu texto al siguiente nivel.

Lo que te comparto hoy son los fragmentos de una de esas clases calientes y de alto voltaje que por fortuna siguen dado frutos. Reconozco que la mala leche se me derramó, quizá de más, pero también sé que mi alumna experimentó una de las sesiones más reveladoras de su Coaching literario. Hablamos sobre lo que uno cuenta, lo que significa eso que cuenta según el texto creado, en contraste con lo que uno quiso contar y significar, pues cuando hace falta experiencia y pericia narrativa, lo habitual es que no se controle ni una ni otra cosa. La sesión sirvió para exponer qué tan importante es que el novato aprenda a desapegarse de su texto y de su vida, para hacer la mejor literatura posible.

Me he propuesto compartirme un poquito más, justo allí donde probablemente quieres conocerme: durante clase. A muchos de mis alumnos les cuesta ir más allá del simple me gusta o no me gusta. Durante esta sesión me valí de una experiencia de interpretación que tuve un día en casa, mirando un cuadro. Usé esta experiencia para explicar cómo la mirada personal y subjetiva es para el artista una herramienta para la construcción del discurso. Hablo de la importancia de tener una mirada propia y de cómo esa mirada nos lleva a tener algo que decir, para luego convertirlo en literatura.

Yo creía querer una relación perfecta. Creía en el amor eterno. Como quien fue bombardeado desde la infancia por el cine romántico y las telenovelas de cable en los noventa. Antes de saber cómo afeitarme, ya anhelaba una morocha perfecta de cutis impecable y ojos seductores, una madre bien peinada para mis hijos. A eso, sumemos que mis padres, ambos catequistas, seguían casados después de treinta años juntos (y lo siguen al día de hoy). La mayoría de los padres de mis compañeros de curso estaban divorciados. Ambas cosas tendrían que haberme dicho algo sobre las bajas probabilidades de un matrimonio perdurable, pero yo estaba sordo y ciego en mi burbuja. Si mis padres y las parejas de la tele podían, yo también podía. Era lo único que necesitaba saber. […]

Cuando una es chica le llevan de aquí para allá y ni le preguntan nada a una. Como cuando el cumpleaños de la Antonella. Ese cumpleaños fue raro. Partiendo por el hecho de que yo no era amiga de la Antonella, pero igual me llegó invitación […]