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¿Alguna vez has sentido que tienes una voz dentro que no para, una cotorra incansable que, si la dejaras, arrasaría con todo lo que encuentra a su paso? Para la mayoría de nosotros, esa voz se queda en el ámbito de lo privado, o como en mi caso, es un torrente que solo mi marido, Jesús, tiene que aguantar de vez en cuando. Pero, ¿qué pasa cuando decides liberar a esa cotorra y convertirla en el motor de una novela? ¿Qué ocurre cuando esa voz no solo es imparable, sino que además habla en dos dialectos del mismo idioma: el español de México y el de España? Vamos a meternos de lleno en las tripas de La Sed, el protagonista de mi nueva novela. Te voy a contar cómo el lenguaje híbrido dejó de ser un problema para comunicarme y se convirtió en una herramienta de identidad artística. Te voy a contar cómo pasé de tener miedo a que me llamaran «gachupín» en México o «panchito» en España, a defender una voz que es una metralleta de emociones, mística y humor.
Construir una voz narrativa no es solo decidir cómo habla un personaje; es respirar como respira, decidir cómo ataca la realidad y cómo se defiende del silencio. En el caso de Maricatólica (ojalá se publique bajo este título), la voz de La Sed es una avalancha. Es un personaje que no sabe expresarse si no es a través de un ímpetu que abduce al lector. Pero llegar a ese punto no fue el resultado de un plan maestro de ingeniería lingüística, sino la consecuencia natural de mi propio desarraigo y de haber habitado dos mundos que se fundieron en mi cabeza. Si alguna vez has sentido que no terminas de encajar en ningún sitio, ni siquiera por la forma en que hablas, este proceso te va a interesar, porque vamos a ver cómo convertir esa falta de lugar en un estilo literario.
Tu lengua es un mapa de todas las ciudades donde has sido feliz
Muchos escritores se obsesionan con encontrar un criterio rígido para el lenguaje de sus personajes: ¿debe hablar como en la calle?, ¿debe ser neutro? En mi caso, no hubo una hoja de ruta. El lenguaje de esta novela es la consecuencia de cómo mi propia habla se ha ido transformando con los años. Yo soy un mexicano que lleva viviendo en España media vida, y ese tránsito se nota en cada frase que escribo. Quería trabajar con un uso del lenguaje coloquial y popular, ese que se habla en las clases medias de ambos países, porque mi personaje, al igual que yo, es un emigrado. Al final, lo que resultó fue una mezcla natural de modismos mexicanos y giros españoles que conviven sin pedirse permiso.
Es un juego de espejos donde expresiones muy reconocibles de la Ciudad de México chocan y se abrazan con el uso del lenguaje a la española. Al principio, esto me producía cierto pudor, pero pronto me di cuenta de que trabajar en este estilo híbrido era lo más honesto que podía hacer. No estaba intentando «decorar» el texto con palabras exóticas para el lector español, ni estaba tratando de sonar «muy de aquí» para encajar. Estaba, simplemente, dejando que mi propia voz, esa que se ha ido ensuciando y enriqueciendo en las calles de Sevilla y en los recuerdos de México, tomara el control. El lenguaje no es un adorno, es el alma del personaje, y en el caso de La Sed, ese alma es una frontera constante.
Libera a la cotorra que llevas dentro (y pide perdón a tu pareja)
Si La Sed habla como una metralleta, es porque de alguna manera le presté mi propia capacidad para el discurso torrencial. Todos tenemos una faceta de nuestra personalidad que llevamos al extremo cuando estamos en confianza, y yo decidí que esa faceta sería la única forma de expresión de mi protagonista. Es una autoficción llevada a la máxima potencia. Reconozco que no suelo ser así con todo el mundo ni todo el tiempo, pero escribir esta novela fue darme permiso para liberar a esa cotorra interior que arrasa con todo. Fue un ejercicio de libertad absoluta: dejar que el personaje no se detuviera ante nada, que su necesidad de hablar fuera más fuerte que su necesidad de ser comprendida.
Este tono de «metralleta» tiene algo de gracioso, pero también de trágico. Un personaje que no para de hablar es un personaje que tiene miedo al silencio, que tiene miedo a lo que puede aparecer cuando la avalancha de palabras se detiene. Para lograr esa musicalidad, tuve que leer el texto en voz alta constantemente. Una novela tan oral como esta no se escribe solo con las manos, se escribe con los oídos. Necesitaba comprobar el ritmo, ver dónde faltaba aire, dónde la sintaxis se retorcía de forma natural y dónde sonaba artificial. Al final, la gramática de La Sed es un eco de mi propia gramática emocional, una forma de organizar el caos de la fe, el alcohol y el deseo a través de un ritmo que no te deja escapar.
Estrategias para que el lector no muera de asfixia literaria
Sé lo que estás pensando: si el personaje no para de hablar y es una avalancha constante, ¿cómo evitas que el lector tire el libro porque no puede respirar? Ese era mi mayor reto técnico. El riesgo de asfixia es real cuando te enfrentas a un torrente verbal de este calibre. La estrategia que encontré fue la síntesis. Originalmente, los capítulos eran mucho más largos, auténticos monólogos infinitos que habrían acabado con la paciencia de cualquiera. Tuve que aprender a contener esa fuerza, a recortar hasta que los capítulos se volvieran versiones compactas y eléctricas de sí mismos.
La sensación de asfixia se mantiene, sí, y de hecho va in crescendo a medida que avanza la novela, pero al ser capítulos más breves, el lector puede salir a la superficie a tomar aire antes de volver a sumergirse. Renunciar a esos últimos cuatro capítulos de los que te hablé en el episodio anterior fue parte de este plan de rescate para el lector. No se puede sostener un grito durante cuatrocientas páginas, pero sí puedes sostenerlo durante ciento treinta y siete si el ritmo es el adecuado. La brevedad fue mi aliada para que el «vozarrón» de La Sed no se convirtiera en ruido, sino en una melodía hipnótica que te lleva de la mano hasta el final.
El miedo a ser un extranjero en tu propia lengua
No te voy a mentir: mezclar estos dos mundos me daba pánico. Tenía ese miedo constante de quedarme en tierra de nadie. Me aterraba que en México me tacharan de «gachupín» venido a más, de alguien que quiere sonar español para dárselas de importante. Y, por otro lado, temía que en España me vieran como el eterno «panchito» que no termina de hablar bien. Es una sensación de desarraigo lingüístico muy fuerte. Desde que llegué a España, me di cuenta de que al lector español, en general, le cuesta enfrentarse a usos del lenguaje que no son los suyos. He pasado años activando y desactivando mi propio «traductor interno» para facilitar la comunicación, y eso te deja una cicatriz en la forma de expresarte.
Ese limbo intermedio, esa vereda de frontera, es donde vive La Sed. Al final, decidí que no quería renunciar a ninguna de las dos identidades porque ambas forman parte de quien soy. La Sed es un mexicano en Sevilla, y su lenguaje es el testimonio de ese choque cultural. El premio que ha recibido la novela es, para mí, una validación de que esta propuesta híbrida tiene un sitio. Me da valor para defender que no hay una forma «correcta» de hablar español, sino una forma auténtica de usarlo para contar una historia. El lenguaje no debe ser una barrera, sino un puente, incluso si ese puente está un poco lleno de baches y palabras que cruzan el océano de ida y vuelta.
El barroquismo sevillano y las raíces de la Ciudad de México
Hay dos ciudades que viven dentro de los pulmones de mi protagonista: Sevilla y la Ciudad de México. Viví en Sevilla trece años, y es imposible que ese barroquismo, ese maximalismo de sus calles y su gente, no se filtrara en mi escritura. El espíritu excéntrico y vistoso de La Sed tiene mucho que ver con la estética de las iglesias sevillanas y con ese bar que tanto me impactó, El Garlochí. Es una forma de ser que no teme al exceso, que se regocija en lo ornamental. Pero, al mismo tiempo, las raíces están en México. Mis primeros veinticuatro años en la Ciudad de México constituyeron mi base psicológica y lingüística.
Ese barroquismo mexicano no está tanto en la arquitectura como en la convivencia, en ese «barroquismo de la vida» que experimenté como estudiante recorriendo la ciudad de arriba abajo. Es una forma de relacionarse con la gente en la calle, una intensidad social que se traslada al carácter del personaje. La Sed es el resultado de ese mestizaje cultural entre la intensidad de la Ciudad de México y la solemnidad barroca de Sevilla. Mezclar estos dos mundos no fue un ejercicio intelectual, fue simplemente volcar en el papel las dos ciudades que me han hecho ser quien soy. El resultado es un lenguaje que brilla como un retablo dorado pero que tiene el sabor del asfalto y la cotidianidad mexicana.
Encuentra tu propia mirada antes de buscar tu voz
Si quieres que tus personajes tengan una voz única, mi consejo es que dejes de buscar fórmulas mágicas y empieces a trabajar en tu propia autenticidad. No hay forma de construir voces potentes en la literatura si no has hecho primero el ejercicio de reconocer y desarrollar tu propia voz de autor. Esa voz no es algo que se invente, es algo que se descubre entrenando la mirada. Lo que hace que una voz sea única es aquello en lo que depositas tu atención, las palabras particulares que eliges para representar la vida y ese sentido del humor que solo tú tienes.
Es muy fácil decir «quiero que mi personaje sea reconocible», pero eso no se logra poniéndole muletillas o acentos forzados. Se logra cuando le prestas al personaje tus propios ritmos, tus obsesiones y tu forma única de ver el mundo. Para mí, la voz de autor es ese entrenamiento de la mirada que te permite describir lo que todos ven, pero de una forma que nadie más podría. No tengas miedo de que no se te entienda; ten miedo de no ser tú mismo en lo que escribes. La claridad es importante, pero la verdad lo es mucho más. Cuando hablas desde tu propia identidad, incluso con un lenguaje híbrido y torrencial, el lector siempre acaba encontrando el camino hacia el corazón de tu historia.
A veces, el mayor acto de rebeldía de quien escribe puede ser negarse a la neutralidad. En un mundo que tiende a homogeneizarlo todo, defender un lenguaje que tiene acento, que tiene historia y que no pide perdón por ser excesivo, es una forma de resistencia. La Sed es mi resistencia personal, mi forma de decir que mi lengua es mi hogar, esté donde esté. A lo largo de esta novela, verás cómo esa avalancha verbal se convierte en el único refugio posible para un personaje que busca desesperadamente un sentido a su fe y a su deseo.
No olvides que esta aventura no ha hecho más que empezar. Mi novela se publicará en septiembre de 2026 bajo el sello de Berenice, y estoy deseando que puedas tenerla en tus manos para que sientas esa voz de La Sed en primera persona. En la próxima entrada de la serie daré un paso más allá y hablaré de la estructura: cómo usé algo tan antiguo y sagrado como el viacrucis para sostener el drama de un actor mexicano en la Barcelona contemporánea. Será una lección sobre cómo los mitos clásicos pueden ser el esqueleto perfecto para nuestras historias más modernas.
La literatura es, ante todo, una forma de comunicación, pero también un espacio de libertad absoluta. No dejes que el miedo a no ser comprendido te impida explorar los límites de tu propio lenguaje. Si tu voz es verdadera, siempre habrá alguien al otro lado dispuesto a escucharla.


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