
¿Dónde empieza realmente una novela? No me refiero a la primera frase del primer capítulo, ese umbral tan solemne y tan falso. Me refiero al verdadero origen. Al impulso, a menudo vergonzoso, que la pone en marcha. La mía, por ejemplo, no nació de una idea brillante ni de una epifanía bajo la luna. Nació de un error. De un acto de mal gusto. Hace tres años, poco después de la muerte de mi madre, empecé a publicar en el diario de mi web unas entradas breves, casi telegramas del duelo, acompañadas de fotografías. Eran truculentas, lo sé ahora. Exposiciones innecesarias de un dolor que aún no entendía, un manotazo de ahogado en busca de la empatía ajena. Buscaba un consuelo que la interacción digital nunca podría darme y, sobre todo, intentaba aplacar una culpa que empezaba a carcomerme por dentro. No era literatura. Era una herida supurando en público. Y por eso, en un ataque de lucidez y pudor, las borré todas. Pero ya era tarde. El cadáver ya estaba en mi casa. Sin que yo lo supiera, en ese preciso instante de arrepentimiento, acababa de fecundarse la novela a la que ahora estoy encadenado. No se puede borrar la sangre de la escena del crimen con un simple clic.
Siempre he funcionado así, supongo. Hay escritores que viven la vida a través de la literatura, que necesitan un libro para entender un paisaje. Yo soy de la otra secta, la menos prestigiosa: la de los que necesitan vivir para poder escribir. Me dejo masticar por la experiencia, por su intensidad, por su acidez, y solo cuando ya soy pulpa, intento convertirla en lenguaje. Aquellas publicaciones morbosas fueron un instinto bruto, una reacción sin prudencia ni estrategia. Pero ese instinto, aunque torpe, señalaba una dirección. Desde entonces, he intentado escribir otras cosas. He terminado proyectos, he publicado textos, he fingido normalidad creativa. Pero nada me ha dado paz. Nada ha conseguido sacarme la espinita que se te clava en la yema del dedo cuando pelas una tuna, esa molestia minúscula pero constante que te recuerda que hay algo fuera de lugar. Esta novela, la que entonces no era más que un puñado de posts vergonzosos, se quedó alojada en mi imaginación, secuestrándola por completo. Es una condena. No hay escapatoria porque cualquier otra historia que intente contar me parece una impostura, una forma elegante de perder el tiempo mientras el verdadero trabajo, el que me aterra, sigue esperando. Y creo que sé por qué. La respuesta, como siempre, está en las emociones.
Mi madre murió el cinco de diciembre de 2021. Desde entonces, escribir sobre ella ha sido una lucha entre el querer y el no poder. El principal impedimento ha sido la emoción en estado puro. Horacio Quiroga, en su famoso decálogo, lo advirtió con la frialdad de un cirujano: “No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego”. Durante mucho tiempo, no entendí esto como un consejo, sino como un muro. Un muro infranqueable. Cada vez que intentaba evocar sus últimos días, el recuerdo venía sin filtro, sin distancia, y me ahogaba. Revivir el dolor es un pésimo negocio para el ánimo, y yo no quería volver a ese hospital, a esa habitación, a ese silencio. La emoción no era mi herramienta, era mi enemiga. Me impedía pensar, estructurar, ficcionalizar. Pero el tiempo, ese solvente universal, ha hecho su trabajo. Ya no es un muro. Ahora es, quizá, un umbral. Un umbral que todavía me intimida, que me produce un vértigo insoportable, pero que siento que, por fin, puedo atreverme a cruzar. La emoción no ha muerto, ni morirá, pero ya no tiene el control. Ahora, con suerte, puedo hacerla hablar en lugar de dejar que me silencie.
Al principio, cuando empecé a domesticar la idea, mi plan era casi periodístico. Pretendía contar las últimas dos semanas de vida de mi madre desde cuatro perspectivas distintas: la de mi padre, la de mi hermano, la mía y, el más difícil todavía, la de ella misma. Las tres primeras se construirían a partir de la memoria, de testimonios que tendría que transformar en narración, un reto ético y técnico que me paralizaba. La cuarta, la de mi madre, sería pura ficción, un intento de imaginar lo inimaginable. Era un plan lógico, estructurado, casi defensivo. Una forma de poner orden en el caos. Pero había algo en él que no funcionaba. Se sentía limitado, anclado a la tierra, demasiado humano. Porque mi verdadero tormento, la pregunta que me desvela desde que ella no está, no es tanto cómo murió, sino la idea atroz de no volver a verla nunca más. Y esa pregunta no la podía responder una estructura de cuatro actos. Necesitaba un salto al vacío.
Y entonces, en medio de esa insatisfacción, ocurrió algo. Una pequeña epifanía, modesta y silenciosa, como todas las revelaciones que importan. Empecé a obsesionarme con las distintas formas en que las culturas han pensado la muerte, buscando un mito que me diera consuelo, uno que no oliera a incienso ni a catequesis. Y en esa búsqueda, destilando dudas entre la esperanza y el pánico, se me ocurrió algo: ¿y si la conciencia, esa cosa que llamamos alma, no fuera un privilegio de los seres biológicos? ¿Y si la materia, la que consideramos inerte, también tuviera su forma de sentir, de recordar, de ser? ¿Y si la existencia no fuera una línea recta que acaba en un agujero, sino un ciclo de transfiguración constante entre lo orgánico y lo inorgánico? De repente, todo cambió. La novela ya no iba sobre la pérdida. Iba sobre la metamorfosis. Ya no se trataba de reconstruir los hechos, sino de imaginar una fenomenología completamente distinta de la existencia. Contaría momentos clave de la vida de mi madre, sí, pero a través de una ficción fantástica donde ella ya no era solo humana. Donde podía ser también el animal que la miraba desde el jardín, la llama de una vela en su cumpleaños, el diente de león que soplaba de niña, una gota de agua, un soplo de viento.
Esta intuición, que podría parecer un delirio místico fruto de la desesperación, encontró un ancla inesperada. Un día, en una librería, me topé con un ensayo del filósofo Juan Arnau titulado Materia que respira luz. El título me atrapó. El contenido me salvó. Arnau, tendiendo puentes entre la física cuántica y las filosofías orientales, defendía justo la tesis que mi imaginación herida había empezado a balbucear: que la conciencia podría no ser un producto exclusivo del cerebro, sino una propiedad fundamental del universo. Que la materia no es inerte, sino que vibra, recuerda, respira. Leerlo fue como recibir un permiso. Mi idea no era una locura. O si lo era, al menos era una locura con un prestigioso linaje filosófico. Me di cuenta de que mi novela no era solo una forma de elaborar mi duelo, sino una oportunidad para construir un mito personal, un mito que me permitiera responder a mi pregunta más dolorosa. Quizá sí me he reencontrado con mi madre. No en un más allá celestial, sino aquí. En la materia que me rodea, en la luz que entra por la ventana, en el polvo que danza en el aire. Estas son las ideas que me tienen atrapado. Este es el laberinto del que no tengo escapatoria. Porque cuando una novela te ofrece una forma no solo de contar una historia, sino de reconfigurar la propia realidad para hacerla más habitable, abandonarla no es una opción. Es una traición.
Y es aquí donde vuelvo a necesitar tu complicidad. No para que me des soluciones, ni para que juzgues si esta cosmogonía privada tiene sentido. Sino para que me ayudes a construirla. En ese espíritu de la escritura comunal de Rivera Garza, te invito a este laboratorio. Si tuvieras que imaginar la conciencia más allá de la forma humana, si tuvieras que encontrar a tus muertos en el mundo material, ¿dónde los buscarías? ¿Qué forma tendrían? ¿Serían una piedra, el rumor de un río, el calor de una taza de café, la electricidad estática de una manta? Deja tus imágenes, tus fragmentos de mito, aquí abajo. Ayúdame a cartografiar este universo. Porque la única forma que tengo de salir de esta trampa es construirla con las ventanas abiertas, para que no solo entren mis fantasmas, sino también los tuyos.


Buah, brutal.
Si tuviese que encontrar a mis muertos, serían todos mis recovecos huecos, probablemente, en forma de flores marchitas que intentan resurgir de las cenizas y de entre mis costillas. Sí, porque aquí donde me ven los mortales, voy, voy más muerta que viva.
Gracias por tu reflexión,
Te envío un abrazo abstracto.