La sed es profeta: claves para una documentación rebelde y literaria

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¿Alguna vez has sentido que la Biblia es como una escena del crimen donde alguien ha movido las pruebas para culparte a ti? ¿Te has preguntado si el Jesús que te presentaron en el catecismo tiene algo que ver con el hombre que caminaba entre los marginados, o si más bien ha sido «secuestrado» por una institución que necesitaba un garrote para mantener el orden? Hoy vamos a entrar en el terreno más pantanoso, pero también el más luminoso de mi proceso creativo: la documentación. Te voy a contar cómo me convertí en un «detective de Dios» para escribir mi novela,  para rescatar el sentido original de las palabras que nos han tirado a la cabeza durante siglos. Vamos a ver cómo mi protagonista, La Sed, descubre en medio de un delirio alcohólico en un bar de Sevilla que su misión no es pedir perdón, sino escribir un nuevo sentido para los relatos que nos rompieron el corazón. Vamos a abrir las escrituras para encontrar una fe que no necesita del resentimiento para existir.

Todo este viaje empezó con una sospecha que me quemaba por dentro: la interpretación institucional de la Iglesia no es fiel a lo que dicen los textos originales. No fue solo un proceso intelectual; fue una necesidad vital de supervivencia. Necesitaba reconciliar quién soy con lo que creo, y para eso tuve que ir a la fuente, pero con los ojos de quien busca la verdad en las grietas. En mis libretas de notas, que son mi diario de guerra teológica y que hoy te abro de par en par, hay una frase que lo resume todo: «La Sed es profeta». Y no lo digo desde la soberbia, sino desde la función que cumple el profeta en la tradición: aquel que viene a denunciar que el mensaje se ha corrompido. La misión de La Sed es ejecutar una nueva interpretación de los relatos bíblicos para renovar las visiones caducas sobre la homosexualidad. Para hacer eso, tuve que sumergirme en el griego, en el hebreo y en las sombras de la historia para descubrir que lo que hoy llamamos «pecado”, no era más que una mala traducción o, lo que es más frecuente, un prejuicio cultural disfrazado de ley divina por traductores que, eran probablemente hombres homófobos e ignorantes de la realidad homosexual.

La sed es profeta (y el bar es su desierto)

Para que una investigación teológica no sea un tostón académico en una novela, tiene que encarnarse en la vida, en el serrín del suelo y en el olor a incienso de un bar. En Maricatólica, el chispazo ocurre en el Garlochí. Allí, Jesús no se le aparece a La Sed para pedirle que rece el rosario, sino para darle un encargo en tres fases: descubrir lo que Dios quiere de ella, asumir ese diseño y, finalmente, ejecutar la nueva interpretación. Es una inversión total: Dios no quiere su arrepentimiento sumiso, quiere su pericia narrativa para contar la historia de otro modo. Jesús en la barra del bar entiende que la sed de mi protagonista no es un defecto de fábrica, sino la brújula que la llevará a la verdad. La primera «bomba» teológica que planteo es, que su carencia, eso que te hace sentir «menos» ante la Iglesia, es en realidad su vocación.

A partir de este encuentro, La Sed comienza un recorrido donde cada estación del viacrucis es una oportunidad para soltar una de estas verdades. No es una erudición fría; es el ejercicio de organizar un discurso que ha sido intoxicado por la vergüenza. Como dice mi admirado James Alison, Dios es quien «detoxifica» esa vergüenza. La Sed empieza a entender que su vida es una teología narrativa en movimiento. No investigué para informar al lector, investigué para transformar al personaje. Si La Sed se pone a discutir sobre la traducción de una palabra en el griego, es porque su propia vida depende de que esa palabra no signifique una condena, sino un abrazo.

Saúl, Jonatán y el amor que la iglesia quiso limpiar

En el capítulo dos de la novela, cuando La Sed está en pleno proceso de carga de su cruz, recurre a uno de los relatos más bellos y sistemáticamente «limpiados» por la tradición: la relación entre Saúl, David y Jonatán. Analicé con cuidado 1 Samuel 18. Jonatán amó a David como a sí mismo; se quitó el manto, su espada y su arco para dárselos. ¿Cómo puede la Iglesia reducir a una simple «amistad masculina» un amor que el propio David calificó como «maravilloso, más que el amor de las mujeres»? La Sed usa este relato para recordarnos que el compromiso profundo entre personas del mismo sexo ha estado ahí desde siempre, bendecido por una lealtad que la institución ha preferido ignorar para no romper sus esquemas de familia tradicional.

La Sed utiliza la historia de David y Jonatán no como un dato histórico, sino como un escudo emocional. Si ellos pudieron amarse bajo la mirada de Dios, ¿por qué él no va a poder amar a su Mastuerzo sin sentir que el cielo se le cae encima? Este es el poder de la relectura: devolver a los personajes bíblicos su humanidad y su deseo. No son figuras de yeso; son hombres de carne y hueso que sentían una pasión que hoy llamaríamos queer sin ningún tipo de complejo.

Eunucos, árboles secos y el nombre que no necesita sangre

Uno de los relatos que más me conmovió al releer las escrituras para la novela está en el pasaje de Isaías 56 sobre los eunucos. Durante siglos, la Iglesia ha usado la idea de la «fecundidad» biológica para marginar a quienes no encajamos en el modelo reproductivo. «Soy un árbol seco», dice el eunuco en la Biblia, sintiendo que no tiene lugar en la casa de Dios porque no deja descendencia. Pero la respuesta de Dios es demoledora: «Yo les daré lugar en mi casa… un nombre mejor que el de hijos e hijas». Esta es la inclusión radical de los marginados.

En la novela, esta idea de no ser un «árbol seco» es fundamental. La Sed entiende que su fecundidad está en el sentido nuevo que le da a la palabra de Dios. La Iglesia nos ha llamado estériles, pero la Biblia nos ofrece un «nombre eterno». Es la promesa de Dios para los que han sido excluidos: un lugar dentro de sus muros que no depende de la sangre ni del matrimonio, sino de la autenticidad de la fe vivida desde la diferencia. Es un bálsamo para cualquiera que se haya sentido alguna vez «fuera» del plan divino por su identidad.

Sodoma, ángeles y la trampa de la hospitalidad

No podía evitar el gran coco: Sodoma y Gomorra. En el capítulo cinco, en el debate con La Vero, mi protagonista desmonta el gran mito de la condena homosexual. Si lees Génesis 19 con atención, el pecado de Sodoma no tiene nada que ver con el sexo consentido entre hombres; tiene que ver con la falta de hospitalidad y con la violencia. Los hombres de la ciudad querían «conocer» a los ángeles a través de la violación, un acto de poder y humillación hacia el forastero. Es irónico y cruel que la Iglesia haya usado un relato sobre la falta de acogida para, precisamente, dejar de acoger a las personas LGTBI.

Además, La Sed se detiene en un detalle que siempre me ha parecido espeluznante: Lot ofreciendo a sus propias hijas para que fueran violadas en lugar de los ángeles. ¿Ese es el modelo de justicia que debemos seguir? La Sed denuncia esta hipocresía con su tono sarcástico y directo. El «pecado de Sodoma» es la soberbia de creer que puedes pisotear al que viene de fuera, al que es diferente. Al reinterpretar este relato, La Sed le quita al dogma una de sus armas más afiladas y nos devuelve una historia que, bien leída, es una defensa de la vulnerabilidad y la hospitalidad radical.

Pablo no hablaba de nosotros (ni de ti, ni de mí)

El otro gran obstáculo en mi investigación fue San Pablo. En mis notas subrayé algo que me parece vital para entender el desastre interpretativo de los últimos siglos: Pablo no tenía ni idea de lo que hoy llamamos «orientación sexual». Ese concepto no existía en el siglo I. Cuando Pablo escribe en Romanos o Corintios sobre hombres que se acuestan con hombres, se refiere a actos de desenfreno, prostitución de culto o excesos que nada tienen que ver con una relación amorosa, estable y comprometida entre dos personas del mismo sexo. Pablo hablaba desde la ignorancia y los prejuicios de su tiempo, una época que veía la sexualidad solo en términos de dominio y sumisión.

Es una desconsideración absoluta usar las cartas paulinas para discriminar hoy en día. Los traductores han hecho un trabajo sucio cargando palabras como «lujuria”, con un peso moral que en el original griego se refería más bien al desenfreno general o a la idolatría. La Sed recuerda que aferrarse a una interpretación literal de Pablo es ignorar la evolución del conocimiento humano y, sobre todo, la evolución del amor. Dios no nos dejó un manual de instrucciones estático; nos dejó un mensaje de libertad: «Amaos los unos a los otros, como os amáis a vosotros mismos», que la institución ha intentado momificar para no perder su control sobre nuestros cuerpos.

El agua viva que mana de la fiesta de los tabernáculos

En el capítulo uno, la promesa de «agua viva» de la Fiesta de los Tabernáculos se convierte en el motor de la historia. «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba». Esta frase de Jesús en Juan 7 es la que le da nombre a mi protagonista. La Sed no es un defecto; es la disposición necesaria para recibir la iluminación. En el Garlochí, rodeada de rosas de plástico, La Sed entiende que su búsqueda de Dios no ocurre a pesar de su borrachera o de su identidad, sino precisamente a través de ellas. El bar se convierte en el templo donde el agua viva fluye para los que tienen la garganta seca de tanto juicio social.

Esta relectura del agua viva es lo que conecta el inicio de la novela con su final. Pasamos por el ciego de nacimiento en el capítulo tres, que no es ciego por pecado, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. La Sed asume que su ceguera ante el mundo institucional es lo que le permite ver la luz de una fe auténtica. Es una teología que no pide permiso, que se mete en los bares, que habla con eunucos, que reivindica a Ruth y Noemí, y que entiende que el Dios de Jesús no tiene resentimiento. Es un rescate de la figura de Cristo para devolvérselo a los que siempre han estado en los márgenes de la foto.

He pasado años manchando mis libretas con esquemas, citas de James Alison y traducciones del griego solo para llegar a una certeza: la mayor blasfemia no es hablar con Jesús en un bar, sino usar su nombre para excluir a los que Él más amaba. La documentación rebelde es mi forma de decir que nuestra historia también está en la Biblia, aunque hayan intentado borrarla con malas traducciones y prejuicios de sacristía. La Sed, con todo su caos, termina siendo más fiel al diseño divino que muchos que se saben las escrituras de memoria pero tienen el corazón seco. La verdad nos hace libres, pero para encontrarla, a veces hay que ser un poco rebelde y atreverse a leer entre líneas.

Escribir sobre Dios desde la disidencia no es fácil; a menudo nos llaman blasfemos o nos dicen que el tema es «delicado». Pero yo creo que lo más delicado es dejar que otros sigan usando a Dios para hacernos daño. Mi novela se publicará en septiembre de 2026 bajo el sello de Berenice, y en ella encontraréis todo este trabajo de investigación convertido en vida, en drama y, espero, en un poco de consuelo. En el próximo episodio, bajaré de las alturas teológicas a la realidad más cruda: hablaré de lo sagrado y lo profano, y de cómo un bar de copas puede ser el escenario de una experiencia mística inolvidable.

Recuerda que investigar no es solo acumular datos, es buscar la verdad que palpita debajo de las palabras. No tengas miedo de cuestionar los relatos que te han heredado; a lo mejor, en la traducción original, tú también eres el protagonista de una historia de amor divino que nadie te había querido contar.

¡Un abrazo literario y hasta pronto!

¿Tienes dudas? Déjame un comentario; los leo y respondo a todos.

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