Escribe como Philip K. Dick: la paranoia es tu mejor arma

Tiempo de lectura: 8 minutos
Guardar
Inicia sesión para añadirlo a tus marcadores. Cerca

¿Todavía crees que escribir es sentarte a inventar historietas para entretener a la gente? Qué tierno. Si le preguntaras a Philip K. Dick, ese genio paranoico que escribía sobre androides y realidades falsas, te diría que escribir es más parecido a mirar al abismo hasta que el abismo te devuelve la mirada… y descubres que tiene tus mismos ojos, pero de metal.

La mayoría de los escritores se ahogan en un vaso de agua. Se preocupan por el bloqueo, por encontrar una «buena idea», por sonar «literarios». Pura basura. El verdadero problema es que escribís con miedo. Intentáis encajar en un molde, ser el próximo «gran autor» serio, y acabáis escribiendo novelas tan emocionantes como el manual de instrucciones de una licuadora. Dick también cayó en esa trampa. Emmanuel Carrère cuenta en su biografía que el tipo se mató a escribir novelas

mainstream, realistas, de esas que la crítica aplaude y nadie lee. ¿El resultado? Fracaso tras fracaso. Su genialidad, su verdadera voz, no estaba en describir con precisión el aburrimiento de un vendedor de discos; estaba en los hombrecitos verdes, en los futuros distópicos y en las realidades que se deshacen como un azucarillo en el café. Solo cuando abrazó lo que el mundo literario consideraba un género menor, un ghetto para inadaptados, su obra explotó y nos voló la cabeza a todos. Dejó de intentar ser un escritor «serio» para convertirse en algo mucho más peligroso: un escritor necesario.

Así que la primera lección que te regalo, cortesía del fantasma de Dick, es esta: deja de intentar escribir la novela que crees que deberías escribir y empieza a escribir la historia que solo , con tus rarezas y tus obsesiones, puedes contar.

Tu vida es el borrador más extraño que escribirás

La gente piensa que para escribir ciencia ficción hay que tener una imaginación desbordante, inventar naves espaciales y tecnologías imposibles. Pamplinas. La materia prima de Philip K. Dick no era el futuro, era su presente jodidamente anómalo. Carrère lo deja claro: Dick no inventaba de la nada, era un puto radar de grietas en la realidad.

Para su novela Tiempo desarticulado, la idea no vino de un sueño febril sobre galaxias lejanas. Vino de algo estúpidamente cotidiano. Un día, en su propia casa, fue al baño y buscó a tientas el cordón para encender la luz. Pero no lo encontró. ¿Por qué? Porque nunca hubo un cordón; siempre había habido un interruptor en el otro lado. La mayoría de nosotros nos habríamos encogido de hombros, pensando que estamos perdiendo la cabeza. Pero Dick no. Él se preguntó: «¿Y si este recuerdo falso no es un error mío? ¿Y si el universo es el que está equivocado? ¿Y si alguien ha manipulado la realidad y ha dejado un pequeño fallo?». De esa anécdota de mierda, de ese glitch doméstico, nació una novela entera sobre un hombre que vive en un pueblo falso, una elaborada construcción para ocultarle la verdad de su existencia.

¿Entiendes el poder de esto? No tienes que inventar nada. Tienes que aprender a observar. Tu vida, tus recuerdos, tus manías, están llenos de esos pequeños «errores en la Matrix». Ese amigo que jurarías que tenía un lunar y ahora no lo tiene. Esa calle que recordabas de una forma y ahora es diferente. No los descartes. Son oro puro. Son el punto de partida. La escritura de verdad no consiste en crear mundos, sino en investigar el que ya tienes, en tirar de los hilos sueltos hasta que todo el tapiz se deshaga.

Imagina a un escritor, llamémosle Javier, un tipo gris que trabaja en una oficina gris. Un día, al volver a casa, ve que el felpudo de su vecino, ese que lleva años con un estúpido «Hogar, dulce hogar», ahora dice «Bienvenido al simulacro». Al día siguiente, el felpudo ha vuelto a la normalidad. ¿Se lo ha imaginado? ¿Una broma pesada? Un escritor mediocre lo usaría para un chiste. Un escritor como Dick lo usaría para construir una historia donde Javier descubre que todo su edificio, toda su vida, es un experimento controlado por una entidad que se comunica con él a través de felpudos. Tu paranoia es tu mejor herramienta, no dejes que ningún psicólogo de tres al cuarto te convenza de lo contrario.

Deja que el universo te dicte (si te atreves)

Una de las mayores mentiras del oficio es la del autor como un dios todopoderoso que controla cada detalle de su creación. Qué ego más frágil tenemos. Nos pasamos meses planificando con esquemas, fichas de personaje y post-its de colores, creyendo que así dominamos la historia. Lo único que dominamos es nuestra propia mediocridad, nuestra incapacidad para sorprendernos.

Philip K. Dick, en su momento de mayor genialidad, hizo todo lo contrario. Para escribir su obra maestra,

El hombre en el castillo, se compró un ejemplar del I Ching, el antiguo libro oracular chino, y dejó que este le dictara la trama. ¿Qué tenía que hacer un personaje en una encrucijada? No lo decidía él, se lo preguntaba al oráculo. Tiraba las monedas y acataba el resultado, aunque fuera en contra de sus planes. ¿Te parece una locura? Lo es. Es la santa locura de un autor que entiende que las mejores historias no vienen de su pequeño y limitado cerebro, sino de conectar con algo más grande.

No te estoy diciendo que te compres unas monedas y te pongas a jugar a los chinos. Te estoy desafiando a que sueltes el control. A que te permitas escribir sin saber a dónde vas. A que dejes que los personajes tomen decisiones que te jodan la trama. La escritura no es un ejercicio de poder, es un acto de fe. Es rendirse a la historia que quiere ser contada a través de ti. Carrère explica que Dick no lo hacía como un truco, sino como un método para acceder a una verdad que su propia conciencia le ocultaba. La novela resultante es una obra maestra sobre un mundo donde los nazis ganaron la guerra, y dentro de esa novela, hay otro libro que describe nuestro mundo, el mundo donde perdieron. Al final, los personajes le preguntan al I Ching cuál de los dos mundos es el real, y el oráculo responde que el libro de ficción es la verdad. Una puta genialidad. Sigue planificando tu novela con tus post-its, sigue creyendo que eres el puto amo de tu universo. Dick le preguntó al universo y el universo le respondió.

La pregunta no es «¿qué pasa si?», sino «¿qué es real?»

Aquí es donde separamos a los niños de los adultos. La ciencia ficción barata se pregunta: «¿Qué pasa si los coches vuelan?». La ciencia ficción de Philip K. Dick se pregunta: «¿Qué pasa si la realidad que experimentas cada puto segundo de tu vida es una elaborada mentira?». Su obra no es una fantasía para escapar del mundo, es un manual de operaciones para hackearlo.

Carrère lo describe como un gnóstico, alguien que cree que vivimos en una cárcel construida por un dios falso y que la verdad está oculta. Sus novelas son mapas para encontrar las grietas en los muros de esa cárcel. En Ubik, los personajes no saben si están vivos, muertos o en una especie de limbo refrigerado llamado «semivida». La realidad se pudre, involuciona, y solo un misterioso producto en aerosol parece detener la decadencia. ¿Qué es Ubik? ¿Dios? ¿El Logos? ¿Una metáfora de la fe en un universo entrópico? A Dick le importaba una mierda darte la respuesta. Lo que quería era que te hicieras la pregunta.

Tu trabajo como escritor no es dar respuestas. Es formular preguntas tan potentes y desestabilizadoras que el lector no pueda volver a mirar el mundo de la misma manera. Deja de preocuparte por si tu trama es verosímil y empieza a cuestionar si la realidad misma lo es. El título de la biografía de Carrère, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, es una frase sacada de Ubik. Es un grafiti que uno de los personajes encuentra en un baño, un mensaje del único que está realmente vivo para los que están atrapados en el simulacro. Eso es lo que debe ser tu escritura: un puto grafiti en la pared de la cárcel, un mensaje que despierte a los demás prisioneros.

Deja de escribir sobre los problemas del primer mundo y atrévete a ser metafísico. En lugar de contarnos el divorcio de una pareja de clase media, cuéntanos cómo uno de ellos descubre que el otro no es un ser humano, sino una proyección de sus propias carencias, un androide emocional diseñado para torturarle. Eso, amigo mío, es literatura.

Breve recapitulación

Vamos a ver si te ha entrado algo en esa cabeza. Uno: tu rareza, tus miedos y tus paranoias no son un obstáculo, son tu puto arsenal. Úsalo. Dos: suelta el volante. Deja de intentar controlar la historia y permite que el caos, el azar o el I Ching te muestren un camino que no habrías encontrado solo. Y tres: no escribas para entretener. Escribe para investigar. Usa la ficción como un bisturí para abrir en canal la realidad y ver qué coño hay dentro.

Si este bofetón de realidad te ha despertado y quieres seguir explorando las zonas oscuras de la escritura, las que no se atreven a pisar en los talleres literarios convencionales, ya sabes lo que tienes que hacer. Dale al botón de suscribir, activa las notificaciones y prepárate para más verdades incómodas.

Y si estás hasta los cojones de tu propia historia, si sientes que tus personajes son de cartón y tu trama es un simulacro barato, si necesitas a alguien que te ayude a encontrar la grieta en tu propia Matrix narrativa, escríbeme por WhatsApp↘️. Pero te aviso: no vengo a darte palmaditas en la espalda. Vengo a entregarte el aerosol de Ubik.

Si lo que buscas es un entrenamiento a fondo para materializar ese proyecto personal que te obsesiona, échale un ojo a mi Coaching literario. Y si lo que necesitas es un espacio para experimentar y poner a prueba tus ideas más locas, para aprender a construir historias con una lógica a prueba de balas, el Laboratorio de historias es tu sitio.

Ahora, si me disculpas, voy a interrogar a mi tostadora. Últimamente me mira raro. A escribir.

¿Tienes dudas? Déjame un comentario; los leo y respondo a todos.

Deja un comentario

Deja un comentario