Literatura del yo: por qué tu vida es tu mejor arma para escribir 

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¿De verdad crees que puedes esconderte detrás de tus personajes? ¿Piensas honestamente que tu novela de fantasía épica sobre un elfo oscuro atormentado por su linaje no tiene nada que ver con la relación con tu padre, o que tu saga de ciencia ficción sobre un imperio galáctico en decadencia es ajena a tu hipoteca, al pánico que te da que tu jefe te despida o a esa vez que te rompieron el corazón en el instituto? Qué tierno. De verdad, es adorable ver ese nivel de autoengaño. Permíteme que te ofrezca una bofetada de realidad con cariño: es imposible. Absolutamente toda la literatura, te guste o no, la escribas tú, la escriba Cervantes o la escriba tu tía la del pueblo, es literatura del yo. Quien te diga lo contrario, o es un académico que no ha escrito una línea de ficción en su vida o te está intentando vender una fórmula mágica que no existe.

El error más grande, más común y más paralizante que cometen miles de escritores es intentar escribir desde un lugar neutral, aséptico, «objetivo». Se pasan años enteros construyendo mundos con mapas detalladísimos y personajes con árboles genealógicos que llegan hasta la ameba primigenia, todo bajo la ilusión de que están creando algo de «pura invención». ¿Y cuál es el resultado casi siempre? Historias de cartón piedra. Personajes más planos que una radiografía de tórax. Tramas que no emocionan ni a su propia madre. ¿Te suena? La razón es sencilla: le tienen un pánico atroz a exponerse. Creen que mostrar su interior, sus cicatrices, sus pequeñas y patéticas verdades, es una debilidad. Y no se dan cuenta de que es la única puta arma que tienen. Quieren la gloria del escritor, pero sin librar la primera y más importante de las batallas: la que se libra contra uno mismo, contra el propio pudor y el miedo a ser visto. Así que ponte cómodo, porque voy a enseñarte a quitar el freno de mano, a dejar de escribir como si pidieras perdón por existir y a usar la única materia prima que de verdad importa en este oficio: tú.

Tu biografía es tu arsenal, no tu condena

A ver si nos entendemos. Cuando proclamo a los cuatro vientos que toda literatura es del yo, no estoy diciendo que tengas que torturarnos con una autobiografía coñazo sobre cómo superaste tu adicción al brócoli o tus últimas vacaciones en Benidorm. ¡Por el amor de dios, no! Me refiero a algo mucho más profundo. Me refiero a que todo lo que escribes, absolutamente todo, desde la elección de un adjetivo hasta el conflicto existencial de tu protagonista, está inevitablemente filtrado por tu experiencia, tus obsesiones, tus traumas de la infancia, tus alegrías más tontas y tus miedos más irracionales. Escribir, como dice Laura Fernández en su artículo para Babelia: “Toda literatura es literatura del yo ”, publicado en abril del 2018, es un movimiento sísmico, y el epicentro eres siempre, siempre, tú.

Imagina este caso, que seguro que te suena. Un escritor al que llamaremos Javier. Javier quiere escribir una novela épica sobre la colonización de Marte. Un proyecto ambicioso. El problema es que Javier nunca ha salido de su provincia y su mayor aventura del último año ha sido intentar montar un mueble de IKEA sin que le sobren la mitad de los tornillos. Durante meses, se entierra en documentación. Lee sobre astrofísica, terraformación, mecánica orbital y tratados de psicología para astronautas. Se inventa personajes que son la leche: estoicos, valientes, arquetípicos. Y sin embargo, cada vez que escribe una frase, le rechina. Todo suena a refrito. Suena a un eco pálido de las mil películas y libros que ya ha consumido. La historia es un desierto rojo, y no solo por el paisaje marciano, sino porque está muerta. No avanza. ¿Por qué? Porque Javier está intentando ser otro. Está huyendo de sí mismo, creyendo que para escribir de Marte tiene que convertirse en un experto de la NASA y olvidarse de que es un tipo normal con problemas normales.

Un día, harto de la página en blanco, manda a la mierda a Marte y a sus colonos. Y en lugar de pensar en el espacio, piensa en su puta oficina. Pero piensa de verdad. Piensa en esa sensación asfixiante de aislamiento en su cubículo, rodeado de gente pero sintiéndose a años luz de distancia. Piensa en la jerarquía absurda de la empresa, en las luchas de poder silenciosas y mezquinas por el control de la máquina de café. Piensa en su jefe, ese tipo mediocre con delirios de grandeza, un Palmer Eldritch de polígono industrial. Y de repente, algo hace clic. Javier vuelve al teclado y empieza a escribir. Pero esta vez escribe sobre una colonia marciana donde los colonos viven aislados en cubículos claustrofóbicos. Donde las luchas de poder no son por conquistar la galaxia, sino por el control de los filtros de oxígeno. Donde el líder de la colonia no es un héroe visionario, sino un incompetente con ínfulas de emperador que da discursos motivacionales vacíos. Y ahora, joder, ahora la historia funciona. Vibra. Está viva. ¿Por qué? Porque Javier ya no escribe sobre Marte. Escribe sobre la soledad, la ambición, la burocracia y la estupidez humana. Y esas son cosas que conoce de primera mano. Ha destilado la verdad emocional de su vida de oficinista y la ha inyectado en un escenario de ciencia ficción. Ha dejado de huir de su «yo» y lo ha convertido en el motor de su nave espacial.

La armadura galáctica contra el desnudo integral

Así que la cuestión, como ves, no es si te expones o no. Eso es inevitable, no tienes elección. La verdadera pregunta, la única decisión creativa que importa en este sentido, es: ¿cómo te expones? Y aquí, simplificando mucho, hay dos grandes estrategias, dos formas de salir al campo de batalla literario. Puedes salir desnudo como Lucia Berlin, o puedes salir cubierto con una armadura galáctica como Philip K. Dick.

Lucia Berlin es el paradigma del desnudo integral. Leer sus relatos es como hacerle una autopsia en vida a su cerebro y a su alma. Es un viaje a tumba abierta por su biografía: su alcoholismo, sus trabajos precarios, sus maridos fallidos, su experiencia como madre soltera. Ella misma lo admitía en unos vídeos que grabó antes de morir: sus relatos le salvaron la vida. En el cuento ‘Lavandería Ángel’, por ejemplo, se retrata a sí misma, a una tal Lucia, topándose con un indio alcohólico, y años después entendió que al escribir sobre la conexión entre ambos, se estaba diciendo a sí misma, a gritos, que ella también era alcohólica. No se esconde. Coge su dolor, su miseria, su humor negrísimo y su inmensa capacidad de observación y te lo estampa en la cara. Y es jodidamente brillante no porque sea «real», sino porque es «verdadero». Como ella decía, lo que emociona no es la situación, sino «reconocer esa verdad».

En el otro extremo del ring tienes a Philip K. Dick. Un tipo que, aparentemente, se pasaba el día escribiendo sobre androides que sueñan con ovejas eléctricas, realidades simuladas y profetas galácticos. Pura evasión, ¿no? Pues una mierda. Si rascas un poco la superficie de esa «armadura galáctica», te das cuenta de que el tío estaba metiendo toda su jodida y caótica vida en esas novelas. Su exmujer, Anne, contó algo fascinante: años después de su divorcio, releyó las 19 novelas que él escribió durante su matrimonio y se quedó de piedra. Descubrió que todas las antiheroínas de esa época —asesinas, adúlteras, locas— estaban basadas en ella. Su viaje a Disneylandia y su fascinación por el robot de Abraham Lincoln se convirtieron en la base de Podemos construirle. Su primer gatillazo, después de una pelea, lo metió tal cual en Aguardando el año pasado. E incluso su intento de reconciliación y su coqueteo con el cristianismo se convirtieron en la trama de Los tres estigmas de Palmer Eldritch, donde un personaje se exilia a Marte para expiar sus pecados. Dick no se desnudaba, se construía una armadura. Una armadura brillante, compleja y llena de capas, pero una armadura al fin y al cabo.

¿Cuál de los dos es mejor? Es una pregunta estúpida. No hay uno mejor. Son solo estrategias distintas para hacer exactamente lo mismo: contarse. Lo único que no es una opción, lo único que te garantiza el fracaso, es el pudor. Tienes que salir al campo de batalla. Tu única decisión es si sales en pelotas o a lomos de un mecha de combate.

Cómo usar tu «yo» sin ser un coñazo narcisista

De acuerdo, ya lo has pillado. Tienes que usarte a ti mismo como materia prima. La pregunta del millón es: ¿cómo carajo se hace eso sin caer en el narcisismo más absoluto o en la anécdota irrelevante? ¿Cómo conviertes tu vida en LITERATURA, con mayúsculas, y no en un post de Facebook buscando likes?

Primero, y esto es crucial, tienes que aprender a distinguir entre el hecho biográfico y la verdad emocional. El hecho es: tu pareja te dejó por WhatsApp mientras estabas en el supermercado. Es un hecho concreto, mundano. La verdad emocional es la humillación pública, la incredulidad, el frío absurdo de la sección de congelados, la rabia sorda, el sentirte como un idiota con un cartón de leche en la mano. La literatura de calidad no necesita el hecho exacto, necesita la verdad emocional. Puedes coger esa misma amalgama de humillación, incredulidad y rabia y dársela a un caballero medieval al que su reina le comunica que anula su compromiso a través de un cuervo mensajero en mitad de un banquete. O a un astronauta que recibe el mensaje en una fría pantalla de texto mientras orbita Saturno, completamente solo. El escenario cambia, el hecho se disfraza hasta ser irreconocible, pero la verdad emocional es la que conecta, la que golpea al lector en el pecho.

Segundo, empieza a tratar tu memoria como una biblioteca de consulta sensorial, no como un guion que tienes que seguir al pie de la letra. Tu cerebro, a lo largo de los años, ha almacenado millones de detalles sensoriales que ni siquiera sabes que tienes. El olor a antiséptico y a flores mustias del hospital donde murió tu abuela. El tacto pegajoso del volante del coche en tu primer y único accidente. El sonido exacto de la risa de alguien a quien ya no puedes ver. No tienes que contar la historia de tu abuela. Pero puedes robar ese olor a hospital y usarlo para describir el pasillo de una nave nodriza alienígena, para transmitir al lector una sensación de pérdida, de esterilidad y de muerte inminente sin tener que decir ninguna de esas palabras. Usa tus recuerdos para dar textura, olor, sonido y vida a tus ficciones. Tu memoria es tu mejor departamento de efectos especiales.

Tercero, la ficción es el laboratorio perfecto para explorar los «y si…». Tu vida, tal como es, es solo una de las infinitas historias que podrías haber vivido. Es el fantasma de todas las decisiones que no tomaste. ¿Y si aquel día, en lugar de decir que no, hubieras dicho que sí? ¿Y si hubieras cogido ese avión? ¿Y si nunca hubieras conocido a esa persona que te cambió la vida para bien o para mal? Ahí tienes una mina de oro. Coge un punto de inflexión real de tu propia biografía y tira del hilo del «¿Y si…?». Esa es la semilla de la que brotan las mejores y más potentes historias, porque nacen de una raíz profundamente personal y auténtica, pero florecen en el territorio ilimitado de la imaginación.

En resumen: roba de tu vida, pero roba como un ladrón de guante blanco. Coge las joyas —las emociones universales, los conflictos arquetípicos, las verdades incómodas— y deja la chatarra en el desván —los detalles irrelevantes, las anécdotas que solo te hacen gracia a ti, y sobre todo, el ego que necesita contarlo todo tal cual pasó—.

Hemos desmontado el mito del escritor invisible, esa fantasía de poder crear desde la nada. Hemos visto que tu vida, lejos de ser una limitación, es tu mayor y más inagotable fuente de poder. Y hemos entendido que puedes elegir si muestras tus cartas directamente, con una honestidad brutal, o si prefieres camuflarlas en una metáfora galáctica o fantástica. Pero al final, la partida siempre la juegas con tu propia baraja.

Si todo esto que te he contado te ha removido algo por dentro, si te ha hecho sentir incómodo o, mejor aún, si te ha dado unas ganas locas de ir a desempolvar ese manuscrito que tienes a medias, es una buena señal. Significa que estás preparado para empezar a escribir de verdad, sin disfraces. Si quieres más de esto, más verdades sin anestesia que te ayuden a destrozar tus bloqueos uno por uno, ya sabes lo que tienes que hacer: suscríbete a mi boletín. Te regalo acceso a todos mis tutoriales. Aquí no vendo trucos de magia ni humo, vendo herramientas para que hagas tu puto trabajo.

Y si ya estás hasta el gorro de dar vueltas en círculo, si sientes que tu «yo» es un enemigo al que no sabes cómo enfrentarte en la página, si quieres dejar de escribir desde el miedo y empezar a hacerlo desde la autenticidad y el poder, quiero ayudarte personalmente. El camino es mucho más sencillo cuando alguien con experiencia te alumbra con una linterna. Entra ahora mismo en mi web, israelpintor.com —tienes el enlace justo ahí, en la descripción— y escríbeme un WhatsApp↘️ Sin rodeos. Cuéntame tu caso y veremos cómo puedo ayudarte a desbloquear todo ese potencial que tienes escondido por puro pánico a que alguien lo vea.

Porque el objetivo de la escritura no es crear obras perfectas e impersonales, sino entenderse a uno mismo y, de paso, si hay suerte, conectar con otros seres humanos. Para ese viaje de autodescubrimiento, entrenamientos como el Coaching literario o la Terapia narrativa son brutales. No es terapia de diván, pero te aseguro que ayuda a sanar y a desatascar tus historias.

Ahora, déjate de excusas y ve a escribir. Y por una vez en tu vida, atrévete a que la historia, de verdad, vaya contigo.

¿Tienes dudas? Déjame un comentario; los leo y respondo a todos.

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