La tormenta sobrevino mientras Emilio se tomaba una taza de café en el bar de su calle. Su rostro se reflejaba en la ventana con el contorno deformado, debido a las gotas de lluvia en el cristal. Los recuerdos de su hijo invadían sus pensamientos. No paraba de contar las horas que quedaban para volver a estar junto a él. Desde el divorcio solo se habían visto en dos ocasiones. ¡Cuántas ganas tengo de besar tu carita, Francesco!, rumió con los ojos humedecidos.

Esta se ha convertido en una de mis películas favoritas. La historia mezcla varias de mis pasiones en el territorio de la ficción: comunicación, interpretación, extraterrestres, ciencia, lingüística, percepción del tiempo, filosofía. Es una historia trepidante. Llena de intriga y con una estructura narrativa que pone a prueba nuestra capacidad interpretativa y compositora del tiempo. ¿Ya la viste? Si no, te la recomiendo mucho.

Desde que me dedico a escribir y en general a la literatura a través de la docencia, la divulgación y la creación, he tenido que soportar un montón de prejuicios e incomprensión social. A nadie sorprendo cuando digo que amamos a los artistas consagrados y alabamos la obras artísticas que han transformado el mundo, pero no vemos con buenos ojos a alguien de nuestro entorno que quiere ser artista y no valoramos su trabajo en justa medida. La postura que se tiene de la figura del artista emergente a mí, particularmente, me saca de quicio. Y sobre eso quiero hablar hoy; quiero hacerles ver cuál es el precio que tengo que pagar por dedicarme a la escritura y al mismo tiempo llevarlos a tomar consciencia de lo que cuesta convertirse a uno mismo en un creador literario.