Podemos decir que las historias son historias porque plantean un conflicto y lo desarrollan. Si no tienen conflicto los hechos o el conjunto de ellos son sólo anécdotas que dan cuenta de algo: un ambiente, un personaje, lo que éste dice e incluso lo que puede llegar a hacer. Pero todo eso no se convertirá en una historia en términos literarios sin un conflicto, es decir, sin las fuerzas de antagonismo necesarias. Sé que te interesa entender mejor estas fuerzas, porque aunque no entiendas muy bien cómo, sabes que son las que mantienen al lector anclado al texto. ¡Hablemos de antagonismo y de tipos de conflicto!

¿Te cuesta creer en ti? ¿Dejas pasar mucho el tiempo sin dedicarte a lo que realmente quieres hacer? ¿Sueles ser muy duro(a) contigo? ¿En en fondo sabes que esa voz saboteadora no es más poderosa que tú, pero aún así dejas que te agobie y la gran mayoría de las veces te incapacite? ¿También a ti te perturba la puta vocecita interior del escritor(a)?

¿Conoces a Horacio Quiroga? Si eres un letraherido como la mayoría de los tallerícolas suscritos al canal probablemente sí, incluso lo has leído. Pero quizá no conozcas algunos acontecimientos importantes de su vida, que dan origen a sus obras y permiten al autor convertirse, quizá, en el segundo mejor exponerte del cuento moderno, después de Edgar Allan Poe, pero sin duda en uno de sus más importantes representantes. Hoy te cuento parte de su historia y comparto su gran Decálogo del perfecto cuentista.

Vamos a suponer que eres de ese tipo de creador que necesita conocer un poco más al personaje que protagonizará la historia que se prepara a escribir. Y que sueles dejar que tu imaginación vuele, sobre todo, cuando te pones a pensar en las cualidades de un personaje. O por ejemplo, te pasa que no sabes muy bien cómo o por qué, de pronto escuchas una frase dicha al azar por cualquiera mientras caminas por la calle y sin importar nada más, te vuelves y miras a aquella persona como queriéndote quedar con tantos detalles como puedas, para continuar tu camino y reconstruirla tú mismo, suponiendo por qué ha dicho eso, hacia dónde iba, qué emociones le invadían o qué problemas personales tiene. ¿Supongo bien?