Zihua

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Alondra se detuvo delante de la última casa del camino, la de doña Mati, la bruja de más renombre del estado de Guerrero. Allá arriba del todo de la colonia del Riscalillo la luz de la luna iluminaba a las barcas de pescadores faenando frente a Zihuatanejo.

Golpeó la puerta sin poder evitar lanzar miradas nerviosas por encima del hombro. Nada. Levantó la voz, tantito, pero tampoco acudió nadie. Dudó. Pero las pesadillas de los últimos dos días pesaron más y con un suspiro, empujó la puerta, que se abrió con un quejido y dejó escapar una vaharada de olor intenso, a cerrado y sucio.

La chica avanzó con pasos pequeños y vacilantes entre las motitas blancas de polvo que bailaban en la oscuridad. Le pareció que la casa gruñía a su alrededor, hasta que se dio cuenta de que el ruido venía de una mecedora sobre la que se bamboleaba una anciana que respiraba quejosa, profundamente, como si el aire se le escapase del pecho.

—Doña Mati —susurró.

El corazón le latía tan fuerte que casi no escuchó su propia voz. La mecedora siguió moviéndose adelante y atrás, sin variar su ritmo, sin que pareciese que la anciana la hubiera visto u oído. Alondra dio un paso hacia delante. La pobre luz de una solitaria farola entraba, difuminada y rota, a través de la ventana del cuartucho. Aunque la habían avisado de cómo la había tratado la diabetes, no pudo contener una mueca al ver de cerca los ojos de la mujer, legañosos e inútiles, y el muñón de la pierna, cortada un poco por encima de la rodilla.

—¿Qué es lo que quieres, niña? ¿Por qué me molestas?

Los labios de la vieja apenas se movieron, pero su voz retumbó con tanta potencia que la muchacha no pudo evitar dar un respingo. Se irguió para ocultar su vergüenza.

—Yo… Necesito su ayuda, doña Mati.

La anciana husmeó el aire como lo haría un perro y bufó:

—Todas venís por lo mismo. ¿De cuánto estás?

—¿Qué? —Alondra no la entendió en un primer momento—. ¡No! —Otra vez una mueca desfiguró el hermoso rostro de la chica—. No es lo que piensa. Es… mi hombre. Está en peligro. Tiene que ayudarlo.

Doña Mati se incorporó sobre la mecedora todo lo que su condición le permitía y se relamió la baba que se le escurría por la comisura de los labios. La voz volvió a ladrar:

—Cuéntame. Pero antes dime, ¿qué estás dispuesta a darnos?

—Hay mucho dinero. Yo… Nos bastará un poco para marcharnos, para que no nos encuentren. Le daré casi todo lo demás: son miles de pesos.

Una risa parecida a un cloqueo inundó la habitación, pero luego la voz se tornó dura, agresiva de nuevo:

—No, niña, la diosa no necesita dinero.

El tono de la vieja estaba cargado de hastío y Alondra, venciendo el asco, se arrodilló y posó sus manos sobre la vieja:

—Perdóneme, doña Mati. Por favor, pídale a la diosa que nos ayude, le daré lo que sea.

La anciana recogió esas palabras en silencio y pareció masticarlas, mientras su respiración sonaba como un fuelle.

—¿Lo que sea, mi niña? ¿Seguro que estarás dispuesta a dárselo cuando te lo pida? ¿Seguirás mis instrucciones al pie de la letra?

A la mente de Alondra volvieron, vívidas, las historias con las que su abuela, como todas las mujeres de la costa, la amenazaba de pequeña para que se portase bien. Las de la bruja del Riscalillo, que vendría por ella para chupar su sangre. Que se la llevaría para alimentar a Malinalxóchitl, la diosa de las serpientes.

—Contesta o vete, mi niña. No tengo tiempo para tus dudas.

—Le daré lo que sea. —Alondra se encogió como un ovillo en el suelo mugriento, rendida.

—Eso es, mi niña, lo que sea —La mujer volvió a cloquear con aquel reír desagradable y alargó una mano contraída y arrugada, casi una garra, para acariciarle la cabeza como lo haría con un perro—. Ahora, cuéntale todo a doña Mati para que pueda ayudarte.

*

“El Manglar” era uno de los lugares más característicos de Zihuatanejo. Aunque el restaurante en sí estaba en la playa, se accedía a través de una amplia área poblada de árboles y arbustos que daba nombre al establecimiento y donde los clientes dejaban los coches. En el centro del manglar, un destartalado barquito de pesca permanecía varado, sujeto entre tablones como reclamo para los turistas. Pero el principal atractivo del popular restaurante eran los reptiles: el enorme cocodrilo hembra que vivía en la laguna y las iguanas que habitaban entre el verdor y que esa mañana salieron correteando en todas direcciones cuando el gran coche rojo entró con un bramido en el estacionamiento.

Alondra dejó de morderse las uñas y se peleó con la falda, cortísima, para poder salir del coche. Gael, que había bajado mucho más rápido del asiento del conductor, se dirigió a la playa sin esperarla, con la vista pendiente de su celular, la cara oculta tras unas gafas de sol y una barba de varios días.

La muchacha resopló. Había esperado poder echar una ojeada al llegar, pero él siempre tenía que ir con una velocidad de más. Una mesera, toda de negro, apareció de entre los árboles para darles la bienvenida.

—Buenos días —sonrió, esquivando a las iguanas—. Míralas cómo corren. Y eso que van tan cargadas que se las puede agarrar solo con alargar las manos.

—Los vientres redondeados a los que se refería la mesera casi rozaban el suelo, complicando la carrera de los animales.

—En cambio, el macho ni se mueve, ya hizo todo lo que tenía que hacer en la temporada de apareamiento. —Señaló a una enorme iguana de patas cortas y ojos saltones y vidriosos que los observaba sobre el puente del barco de pesca.

Alondra reconoció el acento español de la chica. No era común en un pueblo en el que los negocios eran familiares en su mayoría. Nada era del todo normal en “El Manglar”, pensó y se obligó a concentrarse:

—¿Y el cocodrilo? —preguntó, mirando alrededor.

—Está ahí, en la laguna. A veces se asoma y arrastra al agua a alguna iguana despistada, parece mentira que no aprendan —Alondra se acercó al agua, pero no vio nada—. Debe estar durmiendo. Luego volvéis, seguro que aparece, pero con cuidado de no acercaros demasiado a la orilla. ¿Sois de aquí de Zihua?

—Yo sí. Él viene de Lázaro Cárdenas.

Se arrepintió en cuanto lo dijo. ¿En qué estaba pensando? La cháchara la había despistado. Miró a Gael, nerviosa, pero él escuchaba un mensaje del celular y no la había oído. A Alondra se le escapó un suspiro mientras la mesera seguía parloteando:

—Ah, del puerto —dijo, como si estuviese junto al restaurante en lugar de a más de cien kilómetros de distancia. Abrió la valla de madera que separaba el manglar de la playa—. Adelante, por favor.

El rumor del mar, apenas a unas decenas de metros de donde los invitó a sentarse la mesera, envolvía las mesas de madera protegidas del sol por un enorme toldo tendido entre los cocoteros. El restaurante había sido uno de los primeros sitios de Zihuatanejo que Alondra le había enseñado a Gael cuando empezaron a salir, pero él prefería los sitios con más gente, la música bien alta siempre, la oscuridad mejor que el sol. No habían vuelto, y ella había olvidado lo hermoso que era.

Liberó los pies de las sandalias y dejó que se hundiesen en la arena, agradablemente fría. Se esforzó por relajarse, pero fue inútil. En casa incluso había vomitado después de poner en el café de Gael el contenido del frasco que le había dado la vieja. No hubiera tenido de qué preocuparse: después de beberlo a él no le varió el gesto ni tantito. Desde que apareció sin previo aviso dos noches antes había estado de muy mal humor, contestando a cualquier pregunta que tuviese que ver con Lázaro Cárdenas, los chotas o los de Jalisco con monosílabos y malos modos. Ella había tenido buen cuidado de no preguntarle por Charlie.

—¿Os traigo algo de comer? —La mesera la sacó de su ensoñación al dejarles los menús sobre la mesa—. ¿O esperamos un ratito?

Gael ordenó por los dos:

—Yo tomaré un agua de lo que tenga, que esté bien fría. Y a ella le trae un coco. Ahorita nos pensamos lo del comer.

Alondra trató de ignorar la mirada apreciativa con la que Gael repasó a la mesera, que mantuvo los ojos fijos en él un momento demasiado de más antes de bajarlos con un pestañeo y ruborizarse ligeramente. “Pinche piruja”, pensó Alondra, mientras se mordía las uñas. Notó cómo sudaba. Cada vez le costaba más comportarse con normalidad. O hacía rápido lo que le había encargado la bruja o él, por mucho que no le prestase atención, se daría cuenta.

—Voy al baño —mintió.

—Pero si acabamos de llegar —dijo Gael, que la sostuvo con los ojos cuando ella ya se había medio incorporado—. Siéntate.

La muchacha obedeció a regañadientes:

—¿Para qué? Si no me pelas. ¿Vas a contarme de una vez por qué volviste así, qué pasó en el puerto?

—Ahora no quiero hablar de eso. Te enterarás cuando toque.

Alondra abrió la boca para preguntarle qué chingados significaba eso, pero se contuvo al ver aparecer de nuevo a la mesera, que venía con una jarra de agua de jamaica y un coco grande, cuyo copete rebanó con un enorme cuchillo que clavó después en la mesa con una floritura ensayada; dejó un popote y le pidió a la muchacha que la avisase al terminarse el jugo, para que le trocease el coco.

Los dos sorbieron sus bebidas mientras la brisa de la mañana movía ligeramente el toldo y creaba pequeños remolinos en la arena. Alondra apartándose los chinos de la cara con gesto enfurruñado; Gael perdiendo la mirada en el mar, como si ella no estuviera. Hacía solo dos años habían entrelazado los pies en aquel mismo lugar, bien podía ser que en aquella misma mesa, él tan perfecto, ni siquiera sudaba, los músculos asomando bajo la playera. ¿Cómo había cambiado todo tan rápido?, pensó ella. Se obligó a levantarse. Esta vez, él no la miró, pero su voz sonó igual de cortante que antes:

—No te tardes.

La entrada a los cuartos de baño era por el manglar, la excusa perfecta. Alondra salió de la playa atravesando la pequeña valla y comprobó que no podían verla desde las mesas. Se asomó a la laguna, pero el cocodrilo seguía sin aparecer por ningún lado.

Inspiró profundamente y desdobló el papel, amarillento y manchado, que le había dado la bruja la noche anterior. Lo sujetó con una mano, mientras con la otra sostenía el imperdible con el que tenía que pincharse para obtener algunas gotas de su propia sangre. Le costó mantener firme el trozo de papel:

—Oh, Malinalxóchitl —se aclaró la garganta porque las palabras se negaban a salir—, comedora de corazones, madre de las serpientes. Oh, diosa, tú, la castigada por Mictlantecuhtli a ocupar el cuerpo de un reptil por bajar al inframundo a recuperar a tu hijo, asesinado por tu hermano Huitzilopochtli. Oh, diosa, condenada a vagar por la tierra en esa forma por quinientos años. Acepta mi ofrenda como humilde reparación…

Un chapoteo interrumpió su ritual. Sintió cómo se le erizaba el vello, la piel china. Un par de ojos sanguinolentos aparecieron por encima del agua, coronando un morro verdoso y alargado erizado de dientes. Alondra no podía apartar la vista, como hipnotizada, embobada por el magnetismo y la belleza primitiva del animal, por los reflejos que el sol arrancaba de su lomo chorreante. Un destello de inteligencia brilló en las pupilas amarillentas bordeadas de escamas. La muchacha, embobada, pisó una rama podrida que se quebró con un chasquido y asustó a un zanate que desplegó las alas y correteó con sus largas piernas antes de volar a posarse en un cocotero. Alondra, sobresaltada, dejó caer el papel con la invocación a la laguna, donde se empapó en un instante.

Fue a meter la mano en el agua para recuperarlo, pero no se atrevió a acercarse más al cocodrilo, que permanecía flotando, inmóvil como una estatua. El papel desapareció bajo el agua mientras la muchacha lo miraba, impotente.

Se metió el puño en la boca para no gritar. Pinche burra. ¿Y ahora, qué? No se veía capaz de completar de memoria la invocación que le había encargado la bruja. ¿Sería suficiente con lo que le había dado tiempo a leer? El cocodrilo había acudido, ¿no? ¿Qué clase de diosa era si no podía ni averiguar lo que Alondra estaba pensando, lo que necesitaba, sin necesidad de que ella le leyese un papel mugroso y derramase unas gotas de sangre?

Lo sabría cuando consiguiese llevar a Gael hasta la laguna.

Volvió, arrastrando sus pies sobre la arena de la playa, hasta la mesa. Le sorprendió ver que él ya estaba tomando cerveza e iba ya por la segunda. También engullía un bol enorme de cóctel de camarón. Gael levantó la mano en cuanto ella se sentó y la mesera apareció al instante; a esas horas de la mañana estaban solos, con todo el restaurante para ellos.

—Te encargo unas pescadillas. ¿Y tienes tiras?

—Claro, las mejores de Zihuatanejo, pescado súper fresco.

—Pues tráete, también. Apúrate. Y de tomar me traes un mezcal y a ella una michelada, con poco limón y mucho picante.

Ya llegaban al chupe. Alondra se mordió el labio al oírlo, pero esperó a que la mesera se alejase para hablar:

—Gael, ¿no es muy pronto para eso? ¿Por qué no vamos a ver primero al cocodrilo? No me apetece la michelada tan temprano.

No vio venir el golpe. Aunque él había calculado muy bien su fuerza, como siempre, notó el sabor de la sangre en la boca. Se le escapó un hipido agudo, pero pudo contener las lágrimas porque sabía que si atraía la atención de la mesera él se pondría mucho peor. Debía estar de muy mal humor, porque solía tener mucho cuidado de que los golpes no fuesen en sitios visibles. No soportaba ver el más mínimo desperfecto en ella. Tampoco en la ropa o en el coche.

—No voy a tomar yo solo. —La voz de Gael sonó gélida, aunque ella vio, como siempre que le pegaba, la lujuria reflejarse en los ojos. Sintió que el estómago se le revolvía.

Apareció la mesera con la comida y las bebidas, que colocó en la mesa antes de mirar directamente a la muchacha y preguntar:

—¿Ya quiere que le trocee el coco, señorita?

Alondra levantó la mirada para decir que no, malditas las ganas que tenía de coco, pero las palabras murieron en su garganta. La mesera había arrancado el machete de la mesa. Una gran sonrisa complaciente se dibujaba en su cara. El gran cuchillo se balanceó en perfecto equilibrio alrededor de sus dedos mientras que la empleada, apuntando con la barbilla a Gael, insistió:

—¿Se lo parto?

Alondra contuvo la respiración, sin atreverse a moverse. Vio por el rabillo del ojo que él no se había dado cuenta de nada, que seguía pendiente del celular. La respuesta bailoteó en sus labios, pero antes de que pudiera contestar la mesera parpadeó y dijo tranquilamente, sin dejar de sonreír:

—Bueno, sobre todo avísame. Cuando estés lista, no te dé vergüenza. —Después se alejó hacia la cabaña donde estaba la cocina.

Pasó tan rápido que Alondra dudó si no se lo habría imaginado. Él seguía comiendo, perdido en su mundo. Sin ni siquiera mirarla, le dijo:

—Bébete la michelada de una chingada vez.

Alondra se mojó los labios, rezando para que no se le notase que no tragaba. Gael asintió satisfecho al verla y después siguió comiendo con ansia. Se terminó las tiritas, las pescadillas y el cóctel de camarón, sin dejar de tomar mezcal y cerveza, sin dejar de mirar el celular. También, un par de veces, le acarició los muslos con las manos brillantes de grasa. Ella se puso tensa bajo sus dedos, sintiendo una vez más cómo la bilis le subía hasta llenarle la boca.

Todo había salido mal. Lo de Lázaro Cárdenas tenía que haber fallado, no había otra explicación para que Gael estuviera aquí; el frasco de la bruja no parecía servir para nada, él seguía tomando y comiendo como si fuera a hacerlo hasta reventar, y ella había sido incapaz de cumplir con las instrucciones de la bruja, de leer un simple papel.

La recorrió un escalofrío. Terminarían de desayunar. Volverían a casa. Más antes que después, él lo descubriría todo y la mataría. Algún día la encontrarían en una zanja, semidesnuda. Tendría gracia: había tomado el camino opuesto a su hermana, la responsable, la trabajadora, la encargada de un McDonald’s en Estado de México, y terminaría exactamente igual que ella. Se llevó la mano al vientre.

Como si el movimiento de Alondra hubiese sido una señal, el celular de Gael vibró, por fin. La pantalla se iluminó y los mensajes comenzaron a entrar rápido, uno tras otro. Él apartó la comida y, con una gran sonrisa de alivio extendiéndose por su cara, tecleó con rapidez en respuesta. Pero, de golpe, su rostro se ensombreció. Leyó muy quieto hasta que el brillo del último mensaje se apagó en el celular. Se volvió hacia ella, lívido, con una mueca desencajada que dejaba ver sus dientes manchados de empalizado y salsa.

Alondra se levantó, casi de un salto, tirando la silla de plástico. Empujó el coco sobre Gael, ganando tiempo para lanzarse corriendo sobre la arena, los pies apenas rozando el suelo, abandonadas las chanclas, el corazón latiéndole desbocado.

Mientras corría, una lágrima resbaló por su mejilla, pensando en Charlie. Estaba claro que el golpe había fracasado, lo que significaba que su amor estaba muerto. Y obvio sabían que Alondra participaba en la traición: la cara que se le había quedado a Gael solo podía significar eso. Ya lloraba abundantemente, sin poder evitarlo, sin querer controlarlo.

No podía escapar hacia la playa, el restaurante estaba en una cala que no tenía más salida que escalar por las rocas que la bordeaban. Imposible, y menos descalza. La única opción era llegar hasta el estacionamiento y conseguir salir hasta el pueblo. Ni siquiera allí estaría a salvo: hacía no mucho, Alondra había visto como un cajuelero vendía sus tacos como si nada a la sombra de un puente sobre el que colgaban tres cadáveres. Nadie la ayudaría, nadie se interpondría; Gael podría descerrajarle un tiro con total tranquilidad. Pero igual tenía que intentarlo.

Traspasó la valla, sin aliento. Las iguanas volvieron a salir corriendo hacia todos lados. Volvió la cabeza y vio que Gael estaba prácticamente encima de ella. Alondra se encomendó a todos los santos. Se acabó. Gael alargó el brazo para agarrarla, pero ella lo esquivó con una mezcla de suerte y habilidad y él, desequilibrado, trastabilló al tropezar con una raíz que sobresalía, gruesa y retorcida, de entre la tierra húmeda. Con maña, se recuperó y apoyó la mano en el suelo para lanzarse otra vez hacia delante.

Un grito horrendo desgarró la mañana y la muchacha sintió, en lugar de la mano de Gael sobre su piel, un líquido viscoso y caliente que la salpicaba. Gael se agarraba el muñón que le había dejado el cocodrilo al arrebatarle el brazo de un bocado. Intentando como fuera aliviar su dolor, se revolcó en el barro. El cocodrilo, con un rápido impulso de la cola y las patas traseras, saltó junto a él y puso fin a su sufrimiento con una nueva dentellada en el cuello que casi le separó la cabeza del tronco.

Alondra, manchada con la sangre de Gael, fue incapaz de moverse mientras el reptil arrastraba a su presa sobre el fango y se sumergía con el cuerpo en la laguna, tiñendo el agua de rojo. Se dejó caer de rodillas, toda la adrenalina la había abandonado de golpe. La tensión de los dos últimos días se concentró en una violenta arcada que, ahora sí, la llevó a vomitar sobre el barro, cerca de las gafas de sol y la pistola de Gael, que habían quedado como único resto y testigo de su existencia, caídos en el último forcejeo con el cocodrilo.

Estaba muy cansada, pero se esforzó por ponerse otra vez de pie. No podía salir así a la calle, manchada de sangre, con el vómito asomando en su boca, el maquillaje corrido por las lágrimas. Tenía que lavarse y salir de allí, rápido.

—¿Qué ha pasado? —La mesera apareció corriendo desde la playa cuando Alondra apenas había dado un par de pasos en dirección al cuarto de baño. Se paró en seco al ver el agua de la laguna y se llevó la mano a la boca.

—El cocodrilo… Un accidente —Alondra tuvo que esforzarse para que las palabras tuviesen sentido.

—¡Cállate, gilipollas! —Toda la simpatía había desaparecido de golpe en el tono y en el rostro de la mesera—. Vaya con la moquita muerta; no me esperaba que pudieses hacerlo por tu cuenta —La contrariedad era evidente en su gesto—. Espero por tu bien que el ritual funcione aunque él ya esté muerto, la sangre aún está caliente. Si no…

La española agarró a Alondra y la arrastró al borde del agua. La muchacha chilló, sin comprender nada, mientras la otra comenzó a entonar, con voz monocorde, sin apartar la vista del cocodrilo:

—Malinalxóchitl, mi diosa. Acepta el sacrificio de este hombre. Acepta su corazón y su sangre. Perpetúa la línea de las hechiceras que te llevamos sirviendo 500 años. Permite a tu humilde sierva Laura ocupar el lugar de mi tutora, doña Mati, a quien el tiempo ha alcanzado y que está lista para dejar este mundo.

La mesera repitió el salmo tres, cuatro veces; la voz se le volvía más estridente cada vez, hasta que terminó convertida prácticamente en un berrido histérico.

—¡Mierda! —Laura, como se había referido a sí misma la joven, no sentía nada. Nada. Había esperado que el poder la recorriese, la atravesase desde la punta de los pies hasta el último cabello de su cabeza, como le había relatado tantas veces doña Mati que pasaría. ¿La habría engañado la vieja? No, no, no, no podía ser. ¡Le había jurado que con el ritual se completaría el ciclo y se convertiría en la nueva hechicera de Malinalxóchitl! Algo había hecho mal. Laura repasó mentalmente las instrucciones que habían revisado con doña Mati tantas veces, hasta que una sonrisa de lunática se dibujó en su cara. Eso era. El corazón de la víctima aún tenía que latir mientras se realizaba la ceremonia. Sí, tenía que ser eso. Rechinando los dientes, miró a Alondra con los ojos inyectados en sangre.

—Mala suerte para ti y para tu bebé.

La palabra restalló en la cabeza de Alondra como un fogonazo:

—¿El bebé?

—Sí, tu bebé. ¿Qué estás, de tres meses? No se te nota nada.

Sí se le notaba, pensó Alondra. Las faldas empezaban a apretarle, los tejanos no le entraban. Gael no se había dado cuenta aún, pero no hubiera tardado y por eso Charlie se había decidido a actuar. Se acarició el vientre, cada vez menos plano.

Un trueno resonó en el cielo, que sin embargo permanecía sin rastro de nubes.

—La diosa se está impacientando. ¡Vamos! —Laura sujetó por el pelo a la muchacha y le desgarró el top con el machete. Luego hizo un corte en la palma de la mano de Alondra y se la hundió en el agua, que volvió a teñirse de rojo. Un chapoteo agitó la laguna y el corazón saltó en el pecho de Alondra. La española volvió a recitar, con la mirada desencajada fija en el cocodrilo.

Un nuevo trueno, mucho más fuerte que el anterior, acompañó esta vez a las palabras de la mesera, que se quedó como en trance, con los ojos muy abiertos mientras se agitaba entre temblores, la boca rebosándole de espumarajos.

Alondra aprovechó para liberarse con un movimiento desesperado e intentó levantarse, pero resbaló en el barro y cayó de bruces, casi en el mismo lugar que antes. Apartó las manos, asqueada, de la sangre de Gael que impregnaba el suelo y luchó por alejarse, aunque fuese a rastras y de espaldas. Oyó la risa de Laura tras ella. Se giró y vio a la muchacha acercarse con parsimonia, jugueteando con el machete. Había dejado de temblar y una sonrisa depredadora, lobuna, danzaba en sus ojos. La risa volvió a resonar y Alondra se estremeció al darse cuenta de que sonaba como un cloqueo.

—No puedes estarte quieta, ¿no? —La voz de la mesera había cambiado, sonaba más dura, más cortante, más pausada—. No puedes cumplir unas simples instrucciones, no puedes hacer caso. No me extraña que ese pedazo de mierda de novio que tenías te usase para desahogarse. A mí también estás empezando a sacarme de quicio.

Alondra abrió los ojos de par en par: era la voz de doña Mati la que sonaba a través de los labios de la joven mesera. Hizo un nuevo esfuerzo por levantarse, pero su mano no dejaba de resbalar y cortarse con las piedras, la basura o lo que fuera que cubría el barro.

—Ah, ya te has dado cuenta. Sí, mi niña, soy yo —siguió hablando la otra—. Aquí estoy, lista para otros cincuenta años o más. Cada vez les saco más partido, he ido aprendiendo con el tiempo. Las pobres ingenuas creen que pueden ocupar mi lugar. Y lo hacen. Pero no del modo en que se imaginan. —Otra vez sonó la risa, sin alma, sin alegría.

Mientras la mesera, fuera quien fuera, hablaba, Alondra seguía intentando escapar, pero por más esfuerzos que hacía no conseguía levantarse del lodo. Estaba agotada, boqueaba como un pez fuera del agua intentando conseguir aire. El último resbalón la dejó mirando de frente al cocodrilo. Los ojos verdes de la muchacha se reflejaron en los del saurio y se vio a sí misma, llena de sangre y barro, arrastrándose. No podía acabar así. Había intentado todo para salvar a su bebé. ¿Qué más podía hacer? Hubiera estado dispuesta a todo. La pupila del saurio se estrechó hasta convertirse prácticamente en una rendija.

Pensar en el bebé revitalizó a Alondra que rebuscó en el barro con un último esfuerzo algo que pudiese ayudarla. Mientras, la española, ya encima de ella, levantó el machete y mirándola a los ojos se dispuso a realizar el sacrificio final a la diosa.

Nunca pudo.

Alondra levantó la pistola de Gael, manchada de barro.

Los zanates salieron volando de los cocoteros en bandada, asustados por el estampido.

*

Arriba, en las lomas del Riscalillo, los vecinos luchaban por controlar el incendio. Ninguno se atrevió, sin embargo, a acercarse a la última casa de la calle, a la que las llamas consumieron sin que nadie ayudase a la vieja inválida que la habitaba.

Alondra ocupó su asiento en el camión sin prestar atención al humo negro que cubría el monte a sus espaldas. El trayecto hasta Lázaro Cárdenas duraría algo menos de dos horas. Tiempo de sobra para acostumbrarse. Para pensar. Para hacer planes. Estaba impaciente por empezar, había esperado demasiado tiempo.

El primer problema es que les costaría confiar en una mujer. Obedecerla. Y más con un nombre como Alondra.

Malinal sonaba mucho mejor, pensó satisfecha, mientras se acariciaba el vientre por enésima vez.

A veces, una historia no se escribe con la pluma, sino con el filo del miedo y la urgencia de sobrevivir. Ángel Villanueva escribió este cuento durante el Coaching literario, un espacio donde las historias no solo se narran: se construyen con la verdad más honda que uno puede poner sobre la mesa. Si tú también estás escribiendo y necesitas afinar tu proyecto, esta puede ser tu próxima parada.

¿Tienes dudas? Déjame un comentario, los leo y respondo a todos.

angelvperez

angelvperez

Empecé a escribir con ocho años, una obra de teatro que mi maestra de entonces tuvo a bien hacernos representar en clase. Supongo que quería animar mi vocación, pero algo falló: seguramente yo. Aunque desde entonces nunca dejé de escribir, nunca me lo tomé lo bastante en serio. Decidí cambiar eso y ahora, con Israel, trabajo para expresarme mejor y poder compartir mis sentimientos con más gente.

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