La realidad que ilustra este nuevo cuento de Valerio Viterbo es sórdida, terrible y magnética. La voz del narrador de «Sabor a menta» te atrapará, tanto como la duda sobre sus verdaderas intenciones. Un rasgo destacable de este cuento, que es grande como la copa de un pino, es que es varios cuentos dentro del mismo, las historias dentro de la historia. Divierte y asusta por igual. Si existieran en la vida real los personajes de estas desventuras, sin duda alguna les seguía por Instagram y procuraría mantenerme al día.
Cuando termines de leer, deja un comentario y comparte tu opinión sobre la obra con Valerio. Estamos deseosos de saber qué te pareció. Yo decidí publicarlo y buscarle unos cuantos lectores porque me pareció brutal. El proceso creativo de Valerio, durante su ciclo de Coaching literario, fue estupendo y me llenó de ilusión. Es siempre reconfortante cuando mis alumnos consiguen llevar sus obras hasta estos niveles de calidad.

Sabor a menta
Por Valerio Viterbo
—Los conocí en el baño de un boliche. Usaban el mismo maquillaje, la misma camiseta blanca y la misma falda cuadriculada, solo las pelucas eran de colores diferentes: una morocha y otra colorada, parecían dos mellizos. Se me pusieron a lado mientras me lavaba las manos después de orinar. Llamé su atención, preguntándoles si iban disfrazadas de las T.A.T.U., las rusas que se chapaban en el escenario por allá de los años dos mil y algo. Nada a que ver, eran Pamela Anderson y su amiga rubia en Película de Terror 3. «Pero eran rubias», les dije. «Claro, pero no encontramos pelucas rubias», dijo Fifi. «Nosotras somos rubias de corazón», añadió Chi-Chi. Nos reímos los tres y se presentaron. Yo ya sabía sus nombres, pero fingí que no. Los había visto en alguna fiesta. Vestían como nenas japonesas o travestis punks. Seguía sus perfiles en redes. Me parecían lindos y con mucha buena onda. En aquel momento pensé que había tenido suerte, no conocía a mucha gente en la ciudad y a la que había frecuentado, era aburrida. Nos quedamos charlando en el baño y me ofrecieron keta. Acepté. Justo después de meternos la raya, me besaron. Me llevaron a la pista. Pasamos la fiesta bailando pegaditos. En un momento dado, me quedé solo con Fifi, me preguntó si la estaba pasando bien, yo le dije que sí, porque era la verdad, estaba todo bárbaro. La música, la fiesta y la compañía. Me sonrió y yo le confesé que los había conocido hacía tiempo, pero nunca me había atrevido a acercarme porque soy tímido, aunque no lo parezca. Fifi se rio y me agarró el bulto entre las piernas. Nos besamos y tocamos en la pista, mientras bailamos. Luego volvió Chi-Chi y se agregó. Después de un rato nos fuimos del boliche y tomamos un taxi. Pasé la noche con ellos, compartían un piso en una callecita de Palermo Viejo. Cuando nos tiramos a la cama, Fifi intentó cogerme, pero estábamos demasiado puestos, así que no hicimos nada; igual, dormimos los tres haciendo la cucharita. Me encantó. A la mañana siguiente Fifi y yo despertamos cachondos y cogimos, Chi-Chi no estuvo interesada, mis intentos de sumarla con toqueteos, no encontraron respuesta. Siempre ha sido voluble. Pasamos el día escuchando música y fumando porros. Desde entonces salimos todos los findes, incluso entre semana, si había una buena fiesta. Me acostumbré a su ritmo imparable. Deseaba pasar mi tiempo con ellos. Se quieren mucho, son como dos hermanos incestuosos. A veces se desconocen, pelean hasta putearse y al final Chi-Chi siempre gana. Él es más grande, alto, lindo, perverso e intrigante. Fifi es parecido, pero no tanto, es un reflejo manso de Chi-Chi, una versión menos atrevida, más seguidora y no tan leal. Se conocen desde la secundaria, cuando vivían en General Pico. Se vinieron juntos a la ciudad. Compartían todo: el dormitorio, las referencias musicales, las películas favoritas, la ropa. También a los chicos. Me invitaban a sus orgías. La mayoría de los participantes eran los mismos chicos que conocían en el cuarto oscuro del boliche. Pasé muchas horas en aquella Babel de cuerpos pegados y poco hablar. Era una fantasía de libertad, un eufórico y sucio candor, algo inocente, nada que pudiera dañarme, o eso creía. Hacíamos lo que queríamos. Sin embargo, había unas reglas, por ejemplo, no salían a bailar el uno sin el otro y, más importante, no se metían con los chicos por los que alguno de los dos se sentía verdaderamente atraído. La razón de esta regla era evitar los celos y por un tiempo no hubo problemas. Convivimos tanto que el dúo se convirtió en trío. No eran más Pamela y su amiga, ahora éramos los Ángeles de Charlie, Las Chicas Superpoderosas. Y todo bien, hasta que pasó lo del chicle. ¿Me escuchás, bobo? ¡Escucháme bien! Si no te ha quedado claro por qué te cuento todo esto, debería quedártelo ahora. Un sábado, en un fast-food cerca del Microcentro, serían como las seis de la mañana, nos había pintado un hambre bárbara después del boliche. Yo había ido al baño porque la keta me descompone y cuando volví, Chi-Chi tenía un periódico entre las manos, salido de no sé dónde, porque ya ves que la Chi-Chi muy de leer no es, ¿no? Pero besaba una foto del periódico con insistencia, dejando besos con su pintalabios rosa sobre las fichas policiales. Gritaba estupideces: le encantaban los presos, decía que estaban buenísimos y que con esos papitos querría ella que la metieran a la cárcel. Le pregunté si podía ver la foto y quise agarrar el periódico, pero Chi-Chi gritó que no manchara a sus amores, alejándolo. Queriéndome hacer la graciosa, le arranqué el periódico, lo puse sobre la mesa y aplasté mi hamburguesa contra el diario. Fifi se cagó de risa, pero Chi-Chi no, me miró con cara de odio y se levantó. Tuve miedo, pensé que me daría un cachetazo, pero se fue al baño, seguramente a meterse otra raya de keta. En cuanto Chi-Chi desapareció, Fifi se puso muy serio. Quise saber si Chi-Chi se había enfadado de verdad, pero Fifi se encogió de hombros. Guardó silencio un momento y luego dijo: «No te conviene emputarla, nunca se sabe cómo va a reaccionar». Permanecimos en silencio hasta que Chi-Chi volvió. Lo que pasó a continuación me confundió muchísimo, porque va Fifi y me dice sin más: «Dejanos, tenemos que hablar cosas nuestras», llevábamos meses diciéndonoslo todo a la cara, ¿no? O sea, ¿qué tenían que decirse que no pudiera yo escuchar? Como no quería meter el dedo en la llaga, me levanté de la mesa y los dejé a solas. De todas formas el cuerpo me pedía volver al baño… Me habré tardado cinco minutos, más o menos. Cuando volví, no sé qué tanto decía Chi-Chi, pegaba sobre todo chillidos. No me atreví a acercarme, ¡estaba sulfúrica! Había pasado algo en el boliche, algo así quise entender en ese momento, luego ya me enteré de los detalles, pero entonces me quedé callado y distante. Para mi sorpresa, Fifi no levantó la cabeza en un buen rato. Aguantaba el chaparrón de Chi-Chi. Me puse nervioso, secándome el sudor de las manos en los pantalones, sin saber bien qué hacer. No entendía por qué se estaba portando así. Miré la foto del periódico manchada de mostaza y tuve ganas de llorar, pensé en el día en que mis padres me echaron de casa, ¡horrible! Había dos presos llevados por homicidio, delgados, muy jóvenes. Pensé torpemente que Chi-Chi me odiaba y estaba decidiendo allí, en aquel momento de tensión y rabia, que yo era un estorbo en su relación con Fifi, que había pasado de ser el nene deleitoso que ambos se querían coger, a un mocoso insolente. Las drogas amplifican mi susceptibilidad. Esperé un montón de tiempo, hasta que volvieron a sentarse a la mesa. Los alcancé y Chi-Chi no me preguntó cómo estaba yo, solo anunció que se iba al after. Lo primero que hice fue pedirle disculpas, pero Chi-Chi resolvió el asunto con un chasquido de dedos. «Quiero a mi chicle», dijo y no entendí nada. Miré a Fifi, que estaba a su lado, altiva e inconforme. Chi-Chi golpeó la mesa y me dijo a la cara: «Bueno, nos vemos». Y se fue así nomás, Fifi quiso ir detrás, siguiéndolo como un perro, pero Chi-Chi lo miró y sin decir una sola palabra le impidió acompañarla. Imaginate mi sorpresa. Quedé anonadado. Esa fue la última vez que lo vi, antes de que lo metieran aquí… ¿Entendés el choque? Che… ¿me escuchás? ¡Intento explicar algo importante! Bueno, fijate lo que pasó: a una cuadra del after, Chi-Chi atacó al chico. Lo dejó en una poza de sangre y con un chicle escupido en la cara, no, qué cara, no se distinguía nada, era una mancha roja de piel y cartílagos. Pero no lo mató, ¿sabés?, el chico sobrevivió. A Chi-Chi lo trajeron ese mismo día. Se entregó recién terminado el ataque, entró caminando a la comisaría, como si fuera normal ir chorreando sangre ajena. Me enteré de todo en el telediario y lo primero que hice fue llamar a Fifi, que estaba desesperado, lloraba. Entre sollozos me confesó que la culpa no era de Chi-Chi, y mucho menos del chico, sino de la propia Fifi que se dejó comer el culo por el chicle. En el fast-food, Fifi le había confesado que se había metido con el chicle en el boliche. ¡Al chicle de Chi-Chi! ¡A ese chico que comía culos y los dejaba mentolados! ¡Por eso Chi-Chi se enojó e hizo lo que hizo! ¿Entendés la locura? No me quiero imaginar lo que habría pasado, si Chi-Chi hubiera descubierto la traición comiéndole el culo a Fifi y reconociendo el sabor a menta. Quizá, la que se habría quedado en un charco de sangre, habría sido otra. Bueno, en fin, Fifi pasó los días siguientes en casa, sin salir, abrumado por la culpa. No quiso ver a nadie, ni a mí. Pero me llamó unas semanas después para que lo acompañara a la cárcel y cuando fuimos, te lo juro, ver a Chi-Chi me impactó. Fue muy fuerte. Estaba más lindo, más femenino, tenía el uniforme carcelario como un vestido, ¡parecía una muñeca! Y quizá lo sea, ¿no? A todo el mundo se lo parece… Me incomodó verlo así. Su actitud me dio miedo, tan firme y poderosa. Nos contó que cogía cada noche, tenía drogas, la pasaba bárbaro. La cárcel era un paraíso, pero al final de la visita, dramático y astuto, cambió de tono y nos confesó entre unas lágrimas mínimas, que no era todo ‘tan lindo’: no estábamos con él; al decirlo miró a Fifi a los ojos, con ese ardor intencional, afirmando en silencio una voluntad depravada, como diciendo, «venite aquí conmigo, te perdono», y Fifi, bueno, hizo lo que Chi-Chi quería, obvio. ¿Che… me estás oyendo? ¡Uff, por dios! ¡Tenés cero nivel de atención, chabón! Pasa un chico y se te van los ojos. No entiendo, ni que fuera nuevo. Te traje al final del pasillo para estar tranquilos y que te entre bien, a esa cabeza de bobo que tenés, lo que deberías saber, pero contigo es imposible. ¿Sos sólo un lomo con tatuajes?, ¿un toro manso? Si no fuera por ese muñón de escándalo que Dios te ha dado, tremendo hueso escondido bajo piel y cicatrices, bobo. Ay, bobito lindo. ¡Qué sería de ti! ¡Mirame! Pero mirame, bobo. Esa misma noche, después de la visita, Fifi me invitó a una fiesta. La acompañé para controlarla, estaba buscando al chicle para terminar aquí también. A mí me parecía una locura, pero yo creo que Fifi ya lo tenía previsto, solo necesitaba saber si Chi-Chi la había perdonado. Y ahora que sabía que sí, nada pudo pararlo, ni siquiera yo. ¡Qué noche horrible! Fuimos a una fiesta en un galpón abandonado, había un montón de gente bailando techno. Fifi caminaba de una punta de la pista a la otra, buscando un cuerpo de espaldas anchas, piernas ejercitadas, culo enorme y verga gruesa, porque los talentos del chicle no se reducían al sabor mentolado con que te dejaba el coño. Cada vez que Fifi iba al sótano, se me paraba el corazón. Pensaba: ahora va a pasar, ahora va a pasar, y al final pasó, llegó el chicle: como Chi-Chi lo había desfigurado, solo iba a fiestas leather, con el rostro escondido tras una máscara de látex. Estaba desnudo cerca de la barra, igual lo reconocimos al toque. Me paralicé, pero Fifi se fue directo hacia él y como si no tuviera a un ejército de mariquitas queriéndoselo coger, se lo llevó en un momento al cuarto oscuro. Esperé en el umbral sin saber qué hacer. Pensé que tenía dos opciones: comprometerme y evitar que Fifi lo atacara, o fingir no saber lo que pasaría. Elegí entrar y, menos mal, ¿sabés por qué? Cuando los encontré, Fifi estaba a punto de morir ahorcado. Intervine para que el chicle no lo asfixiara. ¿No hubieras hecho lo mismo, vos? Somos buenas personas, en el fondo. En cuanto te vi lo supe, bobo. Por eso te cuento todo esto, mirá. Ya sé que te ponen bruto los gemidos de las locas. Que preferirías meter el muñón a cuantos culos, mejor, pero vos no sos consciente aún de la importancia de hacerme caso y no dejarte engatusar, bobito. Estas putas solo te quieren por el muñón, pero no te ven a ti. ¿Entendés? Che, ¿vos sabés cómo te llaman aquí? ¿No? Te lo digo yo: te dicen Pepe, ¿sabes por qué? Porque antes te llamaban Palito, y después Palito Pirulito, y de ahí Pepe. Hablan siempre de vos. Te tienen ganas, ¿sabés?, quieren que les rompas el culo con el brazo. ¿Qué te parece?, ¿te gusta? ¡Claro que te gusta! Cómo no te va a gustar que te busquen el muñón, bobo. Hasta a Fifi le querés dar, ¿no? Y sí, tiene unas manitas suaves que podrían volverte loco, una cinturita delgada a la que te dejará aferrarte y una capacidad para abrirse entero, que ni las puertas santas de la indulgencia. Te gustaría poner tu brazo en su culo, ¿verdad? ¡Sos bobo en serio! ¡Olvidate! ¡Pensá bien en lo que hacés! —Acaricio su muñón, pero el bobo me empuja y finalmente lo suelto. No habla, no parece enojado ni preocupado, solo harto. Sale otro preso desde la oscuridad del pasillo. El toro se distrae una vez más. Yo resoplo. No hay forma de que me escuche, es demasiado bobo. Saco del bolsillo un paquete de cartón, me meto un chicle con keta a la boca y me acerco al bobo. Susurro mis últimas recomendaciones—: Hacete el listo, bobis: no metas ese brazo en el culo equivocado—. Le paso el chicle de keta con un beso, que a duras penas acepta. El toro mastica, capaz algo entendió, eso espero. Vuelvo a guardarme el paquete de chicles en el uniforme que llevo enredado al cuerpo como un vestido. Me alejo del rincón sin mirar atrás, alejándome de ese miserable cuarto oscuro, de ese simulacro de libertad al que ahora se acerca Fifi, como usualmente hace al medio día. Confieso que a mí también me encantaría probar el muñón del bobo, pero no lo hago porque a Chi-Chi le gustaría también, yo soy mucho mejor amigo y la keta hará parte del trabajo.


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