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Escribir no es un ejercicio de escritorio pulcro, es una encarnación física que te obliga a abandonar la comodidad de observar a dos nalgas para convertirte en el actor más honesto de tu propia máscara. En este cierre de serie, te revelo cómo mi proceso creativo para la novela que publicaré con Berenice en 2026 se transformó en una performance donde el lenguaje dictó su propia coreografía y la voz metralleta de mi protagonista me exigió un cuerpo antes de que yo mismo supiera que era actor. La autoficción no es un escondite, sino el escenario donde la identidad queer se apropia de su narrativa para dejar de ser un árbol seco y empezar a soñar de otro modo, rompiendo los moldes impuestos por quienes juzgan desde la impunidad de una pantalla. Si tienes miedo de exponerte y de mostrar esa herida que intentas ocultar, mejor dedícate a otra cosa, porque el arte auténtico solo surge cuando eres capaz de poner tu vulnerabilidad sobre la mesa y entender que la terquedad es el motor que convierte una obsesión privada en una verdad universal que vibra en cada adjetivo.

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No la miré a los ojos antes de morir. No la rodeé con mis brazos. Ni olí su cabello, ni sentí la suavidad de su piel. Con ella la muerte fue impaciente, con nosotros indiferente. Si lo pienso, no ha sido peor o mejor. Es igual de doloroso esperar a que la muerte se lleve a quien amas, incluso tormentoso. Podría aferrarme a las ventajas de haberla perdido de forma súbita. No lo esperaba, no sufrí anticipadamente. Nadie lo hizo…

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Solo en Sevilla me encuentro avisos de ausencia en los negocios del barrio, aún cuando la puerta esté abierta de par en par y dentro haya una persona detrás del mostrador, bebiéndose una cerveza y leyendo el periódico. #AndalucíaEmprende 
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