Escribir es actuar: la performance de la máscara literaria

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¿Has sentido que la literatura no es algo que se lee, sino algo que se padece físicamente?  ¿El autor, al otro lado de la página, está simplemente tecleando, o está interpretando un papel porque le va la vida en ello? 

Llego al cierre de esta serie, al episodio más personal y, quizá, el más revelador: la performance de la escritura. Hablaré de la autoficción como un escenario, de por qué la identidad queer necesita, ahora más que nunca, que contemos nuestra propia historia de otro modo, y de cómo mi propia vida se convirtió en una obra de teatro mucho antes de que yo me atreviera a subirme a un escenario narrativo. Te voy a contar qué significa ese grito sobre los que observan «a dos nalgas» desde la comodidad de su asiento y por qué, si no estás dispuesto a poner el cuerpo en lo que escribes, es mejor que no escribas nada. Pues, ser escritor es, ante todo, aprender a ser el actor más honesto de tu propia máscara.

Todo este viaje, que culmina con la publicación de mi novela en septiembre de 2026 bajo el sello de Berenice, ha sido una carrera de fondo que empezó en 2016. Escribir esta historia no fue un ejercicio de escritorio pulcro; fue una encarnación. Cuando la gente descubre que estudié actuación, asume que la voz de La Sed nació de una técnica interpretativa aprendida en una escuela. Pero yo estudié actuación mucho después de haber escrito esta novela. Fue la propia escritura, la fuerza torrencial de mi personaje, la que me obligó a interesarme de verdad en la interpretación escénica. El texto me exigió un cuerpo, un ritmo y una respiración que yo aún no sabía que poseía. Esta novela no esperó a que tuviera el título, me arrastró hacia su propia verdad.

La performance de la página: el cuerpo que precede al actor

Cuando me senté a escribir la historia de este actor mexicano que llega a España buscando su lugar entre lo sagrado y lo profano, yo no sabía que estaba realizando una performance. Sin embargo, el lenguaje dictó su propia coreografía. La voz de mi protagonista es lo que yo llamo una «voz metralleta»: asfixiante, rítmica, sin apenas espacio para coger aire. Esa voz no nació de un ejercicio de estilo, sino de una urgencia biológica. Mientras escribía, yo encarnaba al personaje por pura necesidad de supervivencia narrativa. Necesitaba sentir cómo se movía, cómo gesticulaba con sus manos manchadas de vodka y cómo sus ojos buscaban una respuesta en las sombras de una sacristía sevillana.

A menudo, los escritores cometemos el error de ver a nuestros personajes como figuras de papel que movemos a nuestro antojo. Pero tenemos que dejar que el personaje nos use y no al revés. Yo necesitaba ver si las palabras de mi protagonista tenían «verdad dramática». Si una frase no me aceleraba el pulso, si no sentía que el ritmo me golpeaba el pecho, sabía que no era real. Fue esa experiencia de interpretar a mi «alter ego» en la página lo que, años más tarde, me dio el valor para entrar en una escuela de arte dramático. La novela fue mi primer escenario, mi primer monólogo y la primera oportunidad de entender que escribir es un acto físico.

«A dos nalgas»: el desafío al lector pasivo

Hay una frase que resume toda mi filosofía sobre la mirada ajena: la denuncia de los que están «allí a dos nalgas, del otro lado de la pantalla». Es una imagen que describe la comodidad obscena del espectador —y por extensión, del lector— que consume el drama ajeno desde la seguridad de su sofá. Vivimos en una cultura que democratiza el juicio y que convierte el dolor o la búsqueda de identidad de los demás en puro entretenimiento. Estar «a dos nalgas» es la posición del que observa la hoguera digital sin miedo a quemarse, juzgando quién es bueno, quién es malo o quién merece ser trending topic.

Como autor, mi objetivo no fue darte una lectura cómoda que pudieras consumir sin despeinarte. Quise sacarte de esa posición de «dos nalgas». Quiero que sientas que el suelo se mueve, que la pantalla se rompe y que la sed del personaje se te pega a la garganta. La literatura tiene la capacidad única de obligar al espectador a perder su impunidad. No quiero que mires la historia de mi protagonista como quien mira un programa de televisión sensacionalista; quiero que sientas el peso de su vulnerabilidad. Escribir desde la performance es una invitación a que el lector deje de ser un observador pasivo y se convierta en un cómplice que pone también su propio cuerpo en la lectura.

La autoficción como máscara de la verdad

Hablemos de la autoficción, ese terreno pantanoso donde la realidad y la invención se dan la mano. Mi protagonista es una versión de mí mismo llevada al extremo, una máscara que me ha permitido decir verdades que, como Israel Pintor, nunca me habría atrevido a pronunciar frente a mi «familia postiza» o frente a las instituciones que me han rodeado. Usar una máscara no es esconderse; es, paradójicamente, la única forma de revelarse por completo. A veces, para contar nuestra propia historia de otro modo, tenemos que convertirnos en personajes de nuestra propia invención.

A través de esta máscara, pude canalizar la rabia, el deseo y esa fe mística y barroca que me pertenece por derecho propio. La autoficción me dio el permiso para ser políticamente incorrecto, para ser patético, para ser excesivo y para ser libre. Si vas a escribir tu propia historia, no tengas miedo de deformarla, de exagerarla o de usar el sarcasmo como un bisturí. La verdad literaria no es una fotocopia de la realidad; es lo que queda cuando te atreves a prenderle fuego a tus máscaras hasta encontrar una cara que realmente muestra quién eres.

La bendita terquedad: una carrera de fondo (2016-2026)

Si algo he aprendido en esta década de trabajo, es que ser terco es una de las virtudes más infravaloradas de un escritor. Mi reencuentro con el conflicto religioso en 2016 no fue una anécdota, fue el inicio de una travesía de diez años. Me di cuenta de que si yo no contaba la historia de la homosexualidad y el catolicismo desde una perspectiva queer y diferente, nadie lo iba a hacer por mí. Los discursos imperantes me habían mantenido expulsado de mi fe; me hacían sentir reprobado, alguien sin posibilidad de dar frutos en la casa de Dios.

Aprendí que merece la pena mantenerse firme en esa terquedad creativa. Si una idea es lo suficientemente importante como para perseguirte durante una década, tienes la obligación moral de escribirla. 

El oficio literario es una carrera de fondo. No puedes tener prisa por publicar. El mercado tiene sus tiempos, pero tu verdad tiene los suyos. Mi consejo para ti es que seas un corredor de maratones: acumula proyectos, no dejes de trabajar en la siguiente idea aunque la anterior aún no haya visto la luz. La terquedad es el motor que convierte una obsesión privada en una obra que puede hablarle al mundo.

Contar nuestra propia historia de otro modo

Hay una frase de Paul B. Preciado que ha sido mi brújula: «No será posible sobrevivir sin contar nuestra propia historia de otro modo. Sin soñar de otro modo». Para la comunidad queer, esto no es solo una opción estética; es una necesidad de supervivencia. Durante siglos, otros han contado nuestra historia por nosotros, etiquetándonos como pecadores, enfermos o alegando que nuestra naturaleza es intrínsecamente desordenada. Apropiarnos de nuestra propia narrativa es un acto de resistencia política y espiritual.

Con esta novela intenté que esa «otra forma de contar» se filtre en cada adjetivo y en cada exabrupto del personaje. En este caso, no se trató de inventar una fe, sino de rescatar la que muchas personas tenemos, de las manos de quienes la usan como un garrote. Releer las escrituras, encontrar a Jesús en un bar de Sevilla o amar a un cura no son solo provocaciones; son formas de soñar nuestra identidad de otro modo. 

Como autores, tenemos la responsabilidad de ensanchar los límites de lo que se puede decir. Si nuestra historia no cabe en el molde establecido, entonces nuestra misión es romper el molde y construir uno nuevo con las piezas de nuestra propia verdad.

Consejo final: el arte es vulnerabilidad puesta sobre la mesa

Llego al final de esta serie y quiero dejarte con una reflexión que espero te acompañe cada vez que te sientas frente al folio en blanco. Me preguntan: «¿Qué le dirías a un escritor que tiene miedo de exponerse?». Mi respuesta es corta: si tienes miedo de exponerte, dedícate a otra cosa. El arte no es un refugio para los que buscan mantener una imagen impecable. El resultado de escribir con miedo es siempre algo aburrido, acartonado y carente de vida. A nadie le interesa una obra que no arriesga nada.

¿Es posible escribir algo que valga la pena sin poner el cuerpo en el papel? No. El arte consiste, precisamente, en identificar tu propia vulnerabilidad, en encontrar esa herida que intentas ocultar a todo el mundo y ponerla encima de la mesa con toda su crudeza para que los demás puedan verse reflejados en ella. Eso requiere valentía. Si no eres capaz de mostrar tus sombras, no estás haciendo arte, estás haciendo otra cosa. El cuerpo es el primer papel de cualquier escritor. No tengas miedo de ser descubierto; ten miedo de pasar por la vida sin haber dicho nunca quién eres realmente.

Cae el telón: el encargo cumplido

Poner el punto final a esta novela fue un momento de vacío absoluto, de vértigo físico. Tras años de convivencia con este personaje, sentí que el encargo estaba hecho. He contado mi propia historia de otro modo y, al hacerlo, me he liberado de la mirada de los que están «a dos nalgas» juzgando mi vida desde la distancia. Mi novela es la respuesta al ruido del mundo y mi forma de decir que mi identidad es sagrada, incluso en sus momentos más profanos.

Gracias por haberme acompañado por las tripas de este proceso creativo. Ha sido un honor compartir contigo la experiencia, mis dudas y hallazgos. Mi novela llegará a las librerías en septiembre de 2026 bajo el sello de Berenice, y mi mayor deseo es que, cuando la abras, sientas el impacto físico, que reconozcas la fuerza de una voz y que, tal vez, encuentres en ella el valor para contar tu propia verdad.

El telón cae, pero el oficio sigue. Sigo escribiendo, seguiré buscando la luz en los lugares más insospechados y seguiré siendo ese terco que no se rinde ante los moldes establecidos. Como ya sabes, el año pasado empecé a escribir una nueva novela a partir del fallecimiento de mi madre. Y en esas sigo. Pronto retomaré la serie que interrumpí para venir a contártelo todo sobre La Sed, así que permanece atento. No dejes de escribir, no dejes de soñar de otro modo y, sobre todo, no dejes que el miedo te robe tu historia.

¡Un abrazo literario infinito y nos vemos en las librerías!

¿Tienes dudas? Déjame un comentario; los leo y respondo a todos.

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