Te observaba, asegurándome que no pudieras percatarte de mi presencia, porque intuía que aquellos momentos que pasabas frente a los altavoces del modular, en el salón de casa, copa en mano y cantando a ronco pecho “Amor eterno” de Juan Gabriel, eran sólo tuyos y no debían pertenecerme.

Mamá: Mi fe no se acaba. Creo que saldrás adelante. Confío. Creo. Creo. Creo. Pero tengo miedo. Me acelero constantemente. Se me escurren las lágrimas sin que pueda impedirlo. Y me siento culpable: por no ser tan fuerte como me pide papá, como me dice todo el mundo que debo ser. «Mucha fuerza», me piden. […]

¿Qué soñarás? ¿Soñarás? Que veas todo, que el viaje hacia el centro del universo restituya tus células, una a la vez, hasta que sean mayoría las nuevas y se reproduzcan tanto como hay estrellas en el cielo. Que tu corazón lata fuerte y sin pausa, que tu presión se mantenga estable, que tu pulmón izquierdo resista ante el conservadurismo del derecho. Que tu cerebro se desinflame, que el frío del otoño no te llegue hasta los huesos, que el fulgor de mi pasión desmedida, mi amor ardiente por ti sea la calefacción de tu alma. Sana, madre mía. Porque sin ti nada y contigo todo.

Estoy impaciente por decirte cosas al oído. Aún no sé ni lo que voy a decir. Me han dado instrucciones. No estoy seguro de poder seguirlas. Me llamará la trabajadora social, me dirá que te tengo al otro lado de la línea, que empiece a hablar. Y hablaré seguro, pero no sé qué palabras saldrán por mi boca. Y si éstas conseguirán darte ánimo y paz.

Me obligo a mirar el teléfono, a leer noticias esperando un descubrimiento científico milagroso. Intento percibir el color de las cosas, los olores, poner atención a lo que dicen los demás. Pero estoy sordo, mudo. Vivo como en una niebla densa que paraliza. Desde que hice la última videollamada contigo, antes de que te llevaran al hospital, no soy capaz de sacarte de mi mente. Papá y mi hermano luchan como yo, resistimos ante la incertidumbre.