¿Te van a cancelar?: literatura frente al odio digital

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¿Te has despertado con el corazón latiendo a mil por hora con miedo a mirar las notificaciones de tu móvil? Imagina que una foto tuya, un comentario sacado de contexto o tu forma de entender la fe y el deseo, se convierte en el centro de una hoguera digital donde todos se sienten con el derecho de lanzarte una piedra. Eso es lo que le pasa a La Sed, el protagonista de mi novela, y sospecho que es un miedo que todos compartimos en este siglo veintiuno donde la privacidad ha muerto y el linchamiento se ha democratizado. Hoy entro en el barro de la cancelación digital, de lo que significa ser trending topic sin haberlo pedido y de cómo la literatura es el refugio que nos queda frente a la jauría de las redes sociales. Te voy a contar cómo una simple imagen desata un juicio sumarísimo que arrastra a mi porta hasta el centro de un espectáculo mediático, y por qué escribir sobre esto es mi forma de resistencia frente al ruido del mundo.

El título con el que mi novela ganó el séptimo premio Biblioteca Antonio Gala, Yo no pedí ser trending topic, no es solo una frase graciosa; es un grito contra la exposición obligatoria. Vivimos en una era donde parece que si no opinas sobre todo, no eres nadie, pero si opinas «mal», te borran del mapa. En la novela, La Sed es un actor mexicano que llega a España buscando su lugar en el mundo, pero lo que encuentra es una red de juicios. Su caída en un viacrucis particular no es solo por el alcohol o por su amor por un cura, sino por la mirada de una sociedad que no permite la ambigüedad. Hoy los batallones virtuales intentan anular cualquier pensamiento que se salga de la norma y tú, como escritor, podrías usar esa tensión para darle a tus personajes una profundidad que duela y que brille al mismo tiempo.

La poscensura y el nuevo tribunal de los iguales

Durante décadas nos enseñaron que la censura era algo vertical: un dictador o un Estado que prohibía ideas. Pero hoy la cosa ha cambiado y se ha vuelto mucho más retorcida. Siguiendo las tesis de Juan Soto Ivars sobre la poscensura, nos encontramos en un escenario donde el silenciamiento es horizontal. Ya no hace falta un censor oficial con un sello de “prohibido”; ahora somos nosotros mismos, organizados en grupos de presión, los que perseguimos lo que consideramos un exceso. El ruido constante termina por acallar las voces que no siguen la corriente. En mi novela, La Sed sufre este fenómeno en sus propias carnes: no es una institución oscura la que la persigue con antorchas, es la propia ciudadanía la que utiliza la deshonra pública para castigar su autenticidad.

Esta poscensura es invisible pero asfixiante porque nace del entorno cercano y se expande por la red en segundos. Como escritor, me interesaba explorar cómo el pensamiento se acobarda por miedo a ser el próximo blanco del odio masivo. La Sed es un personaje que se niega a acobardarse, aunque eso signifique acabar en medio de un proceso de linchamiento público. Es marica y es católico, y ese simple hecho ya irrita a los dos bandos que suelen dominar el debate. Los sectores más conservadores se ofenden con su orientación sexual, y ciertos sectores del activismo se molestan por su fe. Al final, se queda en una frontera, en un limbo donde no recibe la aprobación de nadie, pero conserva su verdad. Esa es la esencia de la obra: la resistencia frente a una mayoría que exige que elijas un bando y te comportes según el guion que otros han escrito.

El limbo de las etiquetas imposibles

Cuando construimos un personaje, a menudo caemos en la tentación de hacerlo querible o ejemplar. Pero en la era de la cancelación, me pareció mejor crear un personaje que no encaje en ninguna etiqueta. La Sed es una contradicción andante. Su identidad es un campo de batalla porque no se deja domesticar por las expectativas de los batallones ideológicos. Para los que buscan una representación perfecta y libre de errores, La Sed es un problema; para los que buscan un pecador arrepentido, ella es una provocación. Al no poder ser etiquetada fácilmente, se convierte en el blanco perfecto para la indignación masiva.

Este limbo de etiquetas es un terreno fértil para la literatura. Como autores, deberíamos preguntarnos: ¿qué pasa cuando el prota habita un espacio que ambos bandos consideran territorio enemigo? En el caso de mi novela, esa ambigüedad es lo que dispara el conflicto central. La Sed no es una víctima pasiva; es alguien que reclama su derecho a ser contradictorio en un mundo binario. Esa tensión narrativa es la que permite que el lector se cuestione sus propios prejuicios. Escribir desde la frontera es arriesgado, sí, pero es la única forma de escapar de la poscensura que busca convertir el arte en un panfleto de buenas intenciones.

Karla Sofía Gascón y el peso de ser un símbolo

Para entender lo que le pasa a mi protagonista, no hace falta mirar muy lejos en la realidad. Fíjate en lo que ha vivido la actriz Karla Sofía Gascón. Ella se convirtió en un campo de batalla mediático, donde cada una de sus palabras o gestos es analizado bajo el microscopio de la indignación sentimental. A figuras como Karla Sofía, al igual que a mi prota, se les exige que sean símbolos perfectos, que representen a un colectivo de forma impecable, olvidando que antes que símbolos son seres humanos. Cuando se salen del tiesto o muestran su humanidad con sus sombras y sus errores, los mismos que las aplaudían se vuelven contra ellos en cuestión de minutos.

Es la indignación masiva: un fragmento de vida sacado de contexto provoca una oleada de odio que no busca el diálogo, sino la destrucción de la imagen del otro. En mi novela, el escándalo estalla por una imagen que se vuelve viral. No importa la historia real detrás de esa foto, ni la fe del personaje, ni su búsqueda mística. Lo único que importa es la narrativa de la ofensa que los medios y las redes sociales construyen a su alrededor. Como autor, mi trabajo fue meterme en el centro de ese circo mediático para mostrar el dolor humano que hay detrás de los píxeles y de los titulares sensacionalistas. La literatura debería ser ese espacio donde el símbolo recupera su derecho a ser simplemente una persona que sufre y que desea.

El enjambre digital como antagonista narrativo

Tradicionalmente, en una novela, el antagonista es un personaje concreto con el que el héroe se enfrenta. Pero en el mundo contemporáneo, el antagonista ha mutado: ahora es el enjambre, es la masa digital sin rostro. En Maricatólica, vemos cómo estos grupos de usuarios se unen para atacar a un enemigo común y recibir así la aprobación de sus pares. Es un fenómeno tribal que deshumaniza al individuo. El proceso es siempre igual: primero la indignación, luego las etiquetas disuasorias y finalmente la exigencia de una disculpa pública o la desaparición del espacio público.

La Sed vive este linchamiento con una mezcla de histeria y lucidez. Entiende que no se está juzgando su conducta real, sino la versión distorsionada que de ella se ha dado en las pantallas. Su tensión con el Mastuerzo, ese deseo que es motor y calvario, se convierte en el combustible para el juicio de los demás. Como escritores, tenemos el reto técnico de narrar esa presión invisible de la multitud. ¿Cómo se describe el peso de miles de opiniones que te llegan a través de una pantalla? Esa es la nueva frontera del drama: el personaje ya no solo lucha contra sus demonios internos o contra un villano de carne y hueso, sino contra el juicio sumario de una sociedad que ha hecho de la deshonra una forma de entretenimiento.

El peligro de la imagen descontextualizada

Uno de los grandes temas de nuestra época es la pérdida del contexto. Una foto, un segundo de video o una frase suelta pueden destruir una vida. En mi novela, es una imagen la que desata la tormenta. Esa imagen se convierte en un arma arrojadiza porque ya nadie se detiene a preguntar qué pasó antes o qué pasó después. Vivimos en la cultura del clic fácil, donde la esfera íntima se vuelve pública y lo sentimental anula cualquier intento de debate racional. Los medios de comunicación, en su búsqueda desesperada de tráfico, legitiman estas polémicas, convirtiendo anécdotas en noticias que pueden hundir la carrera de un artista.

Para La Sed, este linchamiento es el punto culminante de su viacrucis. Ella se ve arrastrada a una exposición pública total, donde su intimidad se convierte en mercancía. Al escribir sobre esto, quería reflejar cómo el enjambre digital puede llegar a cancelar no solo un evento, sino la propia percepción que una persona tiene de sí misma. Como autores, deberíamos ser maestros en el arte de mostrar cómo la verdad se pierde en medio del ruido masivo. La literatura es el lugar donde podemos devolverle al personaje el contexto que la red le ha robado, permitiendo que el lector vea la complejidad de la historia completa frente a la simplificación del titular.

Escribir para incomodar a los batallones líquidos

Si estás escribiendo una historia que toca temas polémicos, el mayor error que puedes cometer es intentar agradar a todo el mundo o escribir con miedo al qué dirán. La literatura no está para dar consuelo a los batallones ideológicos, está para incomodarlos, para ponerles un espejo delante. Mi consejo de hoy es que no dejes que el temor a la cancelación dicte lo que puedes o no puedes contar. La Sed es un personaje que incomoda precisamente porque se niega a pedir perdón por quién es, por su amor hacia el Mastuerzo o por su fe mística. Esa autenticidad es su única defensa real.

Pregúntate si lo que escribes nace de una convicción profunda o de una necesidad de recibir el aplauso de tu grupo de referencia. El pensamiento se acobarda cuando buscamos la aprobación constante de la masa. Para crear personajes que respiren, tienes que permitirles ser políticamente incorrectos, patéticos, contradictorios. La Sed es a menudo insoportable, pero es dolorosamente real. Su vulnerabilidad es lo que la hace invencible frente al ruido exterior. El oficio del escritor es mantener la luz encendida cuando todos los demás están intentando apagarla con sus prejuicios. No escribas para ser un fenómeno de tendencia positivo; escribe para exponer la verdad, aunque esa verdad sea un incendio.

La búsqueda de la autenticidad frente al circo

La única forma de sobrevivir a la cancelación es dejar de darle a los demás el poder de definirte. La Sed prefiere ser arrastrada por su propia naturaleza antes que renunciar a su identidad para contentar a una mayoría que hoy te encumbra y mañana te olvida. Como autores, deberíamos aspirar a esa misma integridad. Detrás de cada tendencia pasajera o de cada polémica digital, hay una vida humana que está intentando encontrar un sentido a su existencia. No permitas que el ruido de los batallones líquidos tape la música de tu historia.

He pasado años pensando en cómo la mirada de los otros nos configura, nos deforma y nos obliga a usar máscaras. Yo no pedí ser trending topic es el resultado de esa reflexión: una obra que se atreve a ser irreverente en un mundo que se ofende por todo. Ganar el Premio Biblioteca Antonio Gala con esta historia es una pequeña victoria frente a la poscensura y un recordatorio de que todavía hay espacios donde la literatura puede ser libre, salvaje y profundamente humana.

Escribir hoy es un acto de resistencia frente a la uniformidad del pensamiento. No dejes que el miedo a la multitud te quite la voz ni te obligue a escribir con guantes de seda. Mi novela se publicará en septiembre de 2026 bajo el sello de Berenice, y en ella verás cómo La Sed se enfrenta a su propio calvario digital con la verdad en los labios y sin pedir disculpas por existir. En el próximo y último episodio de esta serie, hablaré de la «performance» de la escritura: de qué significa ser actor de tu propia obra y de cómo escribir desde el cuerpo y desde el otro lado de la pantalla.

Recuerda: la deshonra pública solo tiene poder sobre ti si tú le das permiso para herirte. Mantente auténtico, mantente libre y, sobre todo, no dejes de escribir aquello que te hace vibrar, aunque el mundo entero crea que tienes que pedir perdón por ello. ¡Un abrazo literario y nos vemos pronto!

¿Tienes dudas? Déjame un comentario; los leo y respondo a todos.

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