Convertir un delirio alcohólico en una experiencia mística narrada

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¿Alguna vez has sentido que el lugar más sagrado del mundo no es una catedral de piedra fría, sino un bar oscuro donde el olor a incienso se mezcla con el de la ginebra barata? ¿Te has preguntado si es posible encontrar a Dios entre rosas de plástico, terciopelo rojo y el eco de una marcha de Semana Santa que suena en bucle mientras te tomas el tercer cubata? Bajo de las alturas teológicas para mancharme los pies con la purpurina de la noche sevillana. Hablaré de lo sagrado y lo profano, de cómo el deseo por un hombre —concretamente por el Mastuerzo, ese cura que es el centro del huracán de mi novela— puede ser el camino más directo hacia una experiencia mística. Te voy a contar cómo construí el universo estético de Maricatólica (ya sabes, ese título por el que sigo peleando) y te voy a decir algo que podría ahorrarte años de frustración literaria: por qué buscar la elevación es el camino más rápido para escribir un libro que nadie quiera leer. Hoy me traslado a la barra del bar para descubrir que la verdad no siempre está en los altares; a veces está anclada a la pared de un local llamado El Garlochí .

Para entender el corazón de mi novela, hay que entender un lugar: El Garlochí. Para quien no haya tenido la suerte de perderse por Sevilla, este bar es el pozo de Jacob de mi protagonista. Imagina un sitio donde no queda un centímetro de pared libre de iconografía religiosa, túnicas de nazarenos, velas y flores de plástico. Es el barroquismo llevado al extremo del kitsch, un lugar donde lo sagrado se vuelve cotidiano y lo profano se viste de gala. Allí es donde Jesús se le aparece a La Sed. Y no se le aparece en una nube de gloria, sino como un busto en relieve. Elegí este escenario porque es el reflejo perfecto de la psique de mi personaje: alguien que vive en una tensión constante entre su naturaleza marica y su fe inquebrantable. En El Garlochí, esa tensión se disuelve en una copa. Es el escenario donde lo espiritual baja al barro y donde lo terrenal se eleva a través del exceso.

La mística del serrín y el incienso

Narrar lo sagrado desde un bar de copas es un ejercicio de equilibrio. Para que el alcoholismo de mi protagonista no fuera solo un delirio, sino un estado de trance, la respuesta está en la propia naturaleza del barroco sevillano. Sevilla es una ciudad que entiende el dolor a través de la belleza y la fe a través de los sentidos. Para La Sed, el alcohol no es una vía de escape, es un resguardo. Es el filtro que le permite procesar una realidad que, de otro modo, sería insoportable. En ese estado de embriaguez, los límites entre lo que es real y lo que es místico se difuminan, permitiéndole hablar con un Jesús de escayola con la misma naturalidad con la que habla con el camarero.

Esta mística de la purpurina es fundamental para entender que la espiritualidad no siempre es limpia y ordenada. A veces es sucia, ruidosa y huele a noche. Quise retratar esa búsqueda de Dios desde la vulnerabilidad que produce el alcohol. La Sed necesita que Dios esté allí, en su mundo de bares y soledad, porque si Dios solo vive en las iglesias donde el Mastuerzo da misa, entonces está perdido. Al situar la revelación en el Garlochí, estoy rescatando la idea de que lo divino no tiene miedo a mancharse las manos con nuestra humanidad más cruda.

El Mastuerzo: amar lo que te excluye

El Mastuerzo, el cura del que está enamorado, es el motor que mueve cada paso errático de mi protagonista. Su nombre ya nos da pistas: es un hombre algo rudo, testarudo y un poco tosco, pero con una carga de verdad terrenal que vuelve loco a La Sed. El Mastuerzo representa la contradicción máxima: es el hombre que La Sed desea con cada fibra de su cuerpo, pero es también el representante de la institución que le dice que su deseo es pecado. Esa sangre es la que le da tensión a la historia. Amar al Mastuerzo es, para La Sed, un acto de fe y de rebeldía al mismo tiempo. ¿Cómo se vive amando a quien encarna tus propios muros? La Sed no lo ama a pesar de ser cura, sino con todo lo que eso implica: la autoridad, el misterio y la prohibición. Su deseo por el Mastuerzo no es algo separado de su búsqueda espiritual; están trenzados. El deseo es el vehículo que lo lleva a hacerse las preguntas más profundas sobre su lugar en el mundo. El Mastuerzo es el espejo donde La Sed proyecta su necesidad de ser aceptado por el Dios al que el cura sirve.

Contra la dictadura de la literatura elevada

Si hoy tuviera que darle un solo consejo a un escritor, le diría esto: por favor, no intentes hacer literatura elevada. Escribir buscando elevarse es, además de pretencioso, una trampa mortal. El resultado suele ser un texto petulante, frío y acartonado que nadie quiere leer. La elevación en la literatura no es un objetivo, es una consecuencia. Si tu ejecución artística es honesta y eres dueño de tu oficio sin pretensiones, esa elevación llegará sola, pero no porque la hayas buscado, sino porque has sido capaz de capturar una verdad auténtica.

Uno de los imperativos de mi proceso creativo es procurar la autenticidad. Cuanto más auténtica sea tu mirada sobre un asunto, más fácil te resultará exponerlo. A mí siempre me ha interesado la literatura que parece sencilla, simple de entrada, pero que esconde capas de complejidad. Mi novela puede parecer elevada a ratos por su lenguaje y su estructura, pero solo es la historia de un borrachín, enamorado de un cura, que se encuentra a Jesús en un bar. Mantener ese anclaje en lo bajo, es lo que permite que lo alto brille con más fuerza. No busques la luz en las nubes; búscala en el reflejo de un charco.

Sexo, espíritu y la naturalidad del deseo

Uno de los retos técnicos más grandes de Maricatólica fue escribir sobre el deseo sexual. La clave ha sido la naturalidad. He procurado retratar la sexualidad del protagonista como algo intrínseco a su humanidad, independientemente de su orientación. Las personas tenemos conductas sexuales muy diversas, y esa diversidad es lo que hace que el relato sea natural. Si el sexo se siente integrado en la trama es porque no está ahí para admirar al lector, sino para explicar quién es La Sed y qué busca.

En mi novela, la dimensión amorosa de la expresión sexual es lo que permite que esta pase a formar parte del viaje espiritual. Para mi prota, el cuerpo es el primer territorio de la fe. El deseo por el Mastuerzo no es un obstáculo para llegar a Dios, es la energía que empuja a buscarlo. Cuando escribes desde esa verdad, el sexo deja de ser obsceno para convertirse en algo trascendente. No hace falta adornarlo con metáforas poéticas; basta con narrarlo con la misma sencillez con la que narras un paseo. La espiritualidad no es la ausencia de deseo, es la integración de ese deseo en algo más grande.

El barroco como refugio del exceso

Mi estancia de trece años en Sevilla me regaló una herramienta narrativa: el barroco. Pero no el barroco de los libros de historia del arte, sino el barroco de la vida. Esa tendencia al exceso, a la ornamentación y al drama que impregna cada esquina de la ciudad y que yo trasladé a la voz de La Sed. El barroquismo sevillano es el refugio perfecto para un personaje excesivo. En una ciudad que se viste de gala para llorar a sus cristos, el histrionismo de La Sed no solo es aceptable, es necesario.

Esta estética del exceso me permitió jugar con lo sagrado y lo profano. En el barroco, la belleza nace del contraste: la sombra más oscura frente a la luz más brillante. En la novela, esa sombra es la soledad y el alcoholismo de La Sed, y la luz es su fe inquebrantable y su amor por el Mastuerzo. Usar el barroco como mapa emocional me permitió que la novela tuviera una carga visual, casi cinematográfica. Es una estética que no teme al ridículo ni a la exageración, porque sabe que en el fondo del exceso hay una verdad humana que palpita.

A veces, para contar nuestra propia historia de otro modo, tenemos que atrevernos a mezclar el incienso con la ginebra. La verdadera literatura no nace de la pretensión de ser «culto» o «elevado», sino de la capacidad de mirar con ojos llenos de  verdad. Maricatólica es una obra que abraza sus contradicciones y que encuentra la belleza en los lugares más insospechados. Al final, lo sagrado y lo profano son solo las dos caras de una misma moneda: nuestra necesidad humana de encontrar un sentido a la sed que nos consume.

Escribir es un acto de valentía, especialmente cuando te atreves a profanar lo que otros consideran intocable. Mi nueva novela se publicará en septiembre de 2026 bajo el sello de Berenice, y en ella podrás ver cómo el Mastuerzo, El Garlochí y La Sed se funden en un solo grito de libertad. En el próximo episodio, me meteré en la cultura de la cancelación. Cuando tu vida privada se convierte en un circo digital.

Recuerda: no busques elevar tu texto, busca la verdad de tu mirada. Si eres auténtico, la elevación te encontrará a ti en el rincón más oscuro de cualquier bar.

¡Un abrazo literario y nos vemos pronto!

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