El cuervo de todos los días

El cuervo de todos los días
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José Manuel Viera es uno de mis alumnos más empollones y comprometidos. Hace, no sé, dos, casi tres años que toma clases conmigo en el Coaching literario. Se acercó a mí interesado en escribir una novela, su primera novela. Y después de unos meses, de toparse con pared y descubrir que detrás de su vocación estaba la necesidad de aprender y dominar el oficio, decidió acrecentar su pericia narrativa escribiendo cuentos, de modo que eventualmente pudiera volver a su novela, pero ya con mayor soltura y capacidad de construcción dramática.
Me alegra mucho compartir este cuento que la Revista Literaria Visor le acaba de publicar en su número 12. Se trata de un texto que, para mi grata sorpresa, José escribió y publicó sin mi asesoría, lo que ya habla de la autonomía que ha conseguido a causa del intenso proceso de formación literaria al que se sometió y que dio comienzo incluso antes de empezar a tomar clases conmigo. José Manuel ha pasado por dos o tres talleres literarios además del mío, y ahora mismo está escribiendo uno de los libros de cuentos más emocionantes, audaces y propositivos que yo haya leído en mucho tiempo.
El cuento que estás a punto de leer es apenas una muestra representativa de su talento narrativo, que es quizá una consecuencia inevitable de leer y admirar a Carver, Murakami o Auster. Un texto inquietante que dibuja a un personaje disfrazando su vulnerabilidad, en medio de una situación de crisis. De momento muy pocos podemos decir que es ya un sello característico de su narrativa, pero en cuanto la narrativa de José Manuel Viera empiece a reconocerse creo que esta será una de sus señas de identidad. Israel Pintor.✍🏼

El cuervo de todos los días | José Manuel Viera

El soldado Baumann se pregunta qué lugar ocupan los hombres débiles en un mundo como ese. Piensa que quizás lleva demasiado tiempo acostumbrado al sonido del cuerpo desnudo de Amelia Bobensky deslizándose bajo las sábanas. «Puede que no necesite nada más, que además de un tipo débil también sea un conformista», se dice. Al otro lado de la ventana del caserío se intuyen las primeras luces del día bajo una espesa capa de nubes. Ulrich Baumann tiene la sensación de que la bala de aquel francotirador polaco no solo le rozó el hombro, sino que le atravesó la cabeza por nueve sitios diferentes. Recuerda la leyenda de las balas embrujadas y aquellas historias que sus camaradas contaban alrededor de una hoguera durante las noches de guardia. «En el frente se acaba perdiendo la perspectiva de casi todo», piensa Baumann con el gesto torcido. Una extraña idea le viene a la mente. De pronto cree que quizás no fue ese soldado polaco el que murió entre las ruinas de aquel edificio, sino que es su cadáver el que yace allí con una mueca congelada de espanto. Ulrich Baumann agita la cabeza. A través de la ventana observa los campos de cultivo nevados que se pierden en el horizonte. Mira hacia la entrada de la granja y comprueba que el cuervo de todos los días aún no se ha dejado ver. Baumann siente un repentino peso sobre su cabeza. Quiere creer que a esas alturas su nombre ya engrosará la lista de bajas del Reicht, en lugar de aparecer en el cuaderno donde el teniente Schneider toma nota de los desertores. Sin embargo, lo que más le inquieta no es que algún batallón rezagado de la Wehrmacht se acerque por allí, o lo que podría ocurrir cuando los rusos tomen esa zona de Polonia. Sin duda son dos incógnitas que enturbian la extraña ecuación en la que se ha convertido su vida, pero ninguna de ellas es la que más le angustia al despertar.

Baumann se levanta de la cama, se viste despacio y baja las escaleras. El aire del salón le parece tan enrarecido como el interior del reloj de cuco que lleva meses sin funcionar. Enciende el fuego de la chimenea, calienta agua y prepara café. Al otro lado de los cristales apenas se distingue el camino que lleva hasta la granja, oculto bajo un manto de nieve. Baumann se acerca hasta el piano y deja una pitillera plateada sobre él. Solo transcurren unos segundos antes de que el cuervo de todos los días aparezca. El pájaro se posa sobre la verja de la entrada y se acicala las plumas. Una estrecha franja de luz que penetra a través de las nubes ilumina la fachada de la casa y alcanza la pitillera haciéndola brillar. El cuervo mira hacia el interior de la vivienda con sus enormes ojos negros. Coloca la cabeza en distintas posiciones, como buscando la mejor perspectiva para observar. Baumann coge la pitillera y la guarda en la chaqueta. Al instante el cuervo levanta el vuelo. Baumann lo sigue con la mirada hasta que lo pierde de vista en el cielo plomizo, masculla algo y se acerca hasta la chimenea para servirse café. Se calienta las manos con la taza, da un sorbo y toma asiento frente al piano. Deja la bebida junto al atril y se inclina hacia el teclado. Comienza a hacer sonar algunas notas de Lohengrin, las ejecuta con suavidad. El vaho de su respiración parece difuminar las teclas, el sonido le resulta impreciso. Aún tiene los dedos entumecidos, se detiene, abre y cierra las manos varias veces y continúa tocando. No sabe muy bien por qué ha escogido esa pieza. «Quizás fue la melodía la que me eligió», se dice irónico. Un acorde mal pulsado lo obliga a parar una vez más. Desde la planta de arriba le llega el sonido de los muelles de la cama. Baumann mira hacia el techo y aguza el oído. Imagina a Amelia Bobensky retozando entre las sábanas. De pronto todo queda de nuevo en silencio, ahora solo percibe el silbido del viento colándose por un resquicio de la ventana. Introduce una mano en la chaqueta y extrae la pitillera, la abre y mira la foto de Amelia que guarda en su interior. Coge un cigarrillo y lo enciende, con la primera bocanada de humo llega a su mente la cara de aquel francotirador polaco que desea fumar antes de que el teniente Schneider le ordene ejecutarlo. Baumann recuerda cómo el polaco da un par de caladas muy hondas y luego cierra los ojos con fuerza al verlo desenfundar una Luger. El eco de aquel disparo retumba en lo más hondo de su cabeza. Baumann hace un gesto de contrariedad y vuelve hacia el piano sosteniendo el cigarrillo entre los labios. Sus dedos pasean con destreza sobre las teclas, no solo necesita que las notas sofoquen aquel recuerdo, sino también el sabor amargo que en ese momento le invade la boca.

Al soldado Baumann no le inquieta demasiado la posibilidad de ser fusilado por un pelotón de la Wehrmacht, ni que los rusos aparezcan un día de primavera cuando el camino de la granja esté despejado. Sabe que es muy probable que esto último suceda. «Mi presencia en la granja no tardará en levantar sospechas. Algún vecino del pueblo alertará a los bolcheviques al verlos llegar. Seguro que muchos ya se preguntan quién es ese tipo mudo y con el rostro desfigurado por el miedo que vive en la granja de los Bobensky», cavila resignado. Nada de eso lo intranquiliza; lo que realmente ensombrece el rostro de Baumann es que algún día se desvele que mientras registraba el cadáver del soldado polaco encontrara aquella foto de Amelia sentada frente al piano y la dirección de la granja impresa en un sobre. Y que en lugar de dejar pudrirse aquella imagen junto al cuerpo de ese infeliz, decidiera ponerla a salvo en el interior de su pitillera. Baumann percibe el ligero peso de aquel objeto plateado dentro de la chaqueta. «Tendré que deshacerme de ella», se dice. «Algún día».

Mientras toca, la melodía lo sumerge en una especie de trance que lo mantiene apartado del mundo. Cuando las notas de Lohengrin han ocupado cada rincón de la estancia, el cuervo de todos los días regresa a la valla de la entrada. Baumann siente una presencia que lo observa, al levantar la mirada, el humo del cigarrillo se le mete en los ojos. La figura del cuervo se muestra borrosa, Baumman deja las manos suspendidas sobre el teclado, se retira el cigarrillo de los labios y lo deja caer en la taza de café. Un delgado hilo de humo sube por el aire de la estancia y se mezcla con el eco de las notas que aún resuenan en el interior de la casa. Mientras Baumann se masajea los ojos, de lo más hondo de su mente surge un extraño destello: «Puede que interpretar a Wagner hubiera sido suficiente para conquistar Polonia», se dice. Antes de abrir los párpados, hasta sus oídos llega un grajeo salvaje que se pierde en la distancia.

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José Manuel Viera. Una sesión de Coaching literario en la que José me compartía sus líneas de tiempo. Así trabaja cada una de sus historias. Taller de Escritura Creativa de Israel Pintor en Sevilla
Lo que José tiene sobre la mesa es una línea de tiempo. Así trabaja cada una de sus historias. Todo un profesional.

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