No dejo de pensar

Mamá:

No dejo de pensar en que te fuiste sin poderme despedir. No se me va de la cabeza la tarde previa a que te hospitalizaran. Papá, Nano y yo estábamos muy nerviosos. Te hice una videollamada, la última que respondiste. Usabas la sudadera color café con leche, tu cabello estaba alborotado, apelmazado por los días de cama. El respirador me impidió ver a detalle tu rostro, pero sé que estabas asustada. Lo estábamos todos.

«Tengo que ir, mamá. Papá e Ivan me necesitan.» Te dije. Y tú levantaste un dedito para prohibírmelo. Te quitaste un momentito el respirador de la cara y con mucha dificultad dijiste «Tengo miedo de que te contagies», esas fueron las últimas palabras que te escuché decirme en vida. Cambié abruptamente de tema y te recordé que ya no debías mantenerte en casa. Que en el hospital tendrían lo que necesitabas; no contábamos con que tu respiración se afectaría tantísimo en apenas un día.

Asentiste, ¿resignada? ¿Tú ya sabías lo que iba a pasar? ¿Por eso te enfadaste con papá y con Ivan cuando insistimos en hospitalizarte? «No quiero ir al pinche ISSSTE, ¿qué no entienden?», me contó papá que dijiste antes de que te llamara. ¿A caso deseabas quedarte en casa, pasara lo que pasara? ¿Fuimos egoístas?

No recuerdo por qué colgué. Quizá papá debía cambiarte el oxígeno, quizá debías moverte de la silla a la cama, no sé. Debíamos colgar. Te había convencido de que fueras al hospital. «Te amo», dije, no sé cuántas veces. Respondiste asintiendo con la cabeza, tocándote el corazón con una mano, cerrando los ojos. Yo también te amo, sé que quisiste decir.

Esa no fue la última vez que vi, siempre a través de la pantalla, algo de ti, pero sí la última en que aún estabas consciente. No paro de repetirme: debí decir más, ¿pero qué? Ni papá, ni mi hermano ni yo éramos capaces de calcular, en ese momento, cuan grave ibas a ponerte durante los siguientes días. No sabíamos que nos iban a impedir hablar contigo, que ya no podríamos abrazarte y darte un beso.

Mi hermano me dijo que vio a los auxiliares del hospital cuando sacaron tu cuerpo para trasladarlo a la funeraria. «Era una bolsa negra, pero era mamá, era su cuerpo, lo sé», aseguró. Cierro los ojos e imagino que pude verlo. Lo veo a través de las palabras de mi hermano. No paro de pensar en ello…

Han pasado, ¿cuánto? Once días desde tu muerte. ¿Cómo puede ser posible que esté escribiendo sobre tu muerte? Hace un mes cumpliste 63 años. Recibías las botellas de vino, comías pastel de chocolate, acariciabas las manos de papá y jugueteabas con tus nietos. Nadie imaginó entonces que hoy lloraríamos tu ausencia.

Escucho tus mensajes de voz en WhatsApp y me invade el llanto. Me perturba no haberte dicho adiós, no haberte dicho hasta pronto. No haber pensado, si quiera considerado, lo que probablemente tú deseabas. ¿Qué tanto eras consciente de lo que te sucedía? ¿Cuánto nos reservaste durante los días previos? ¿Lo sabías? ¿Sabías que esos eran tus últimos días y por eso te resistías a irte de la casa?

No paro de pensar en que deseabas contarme el último de tus sueños, la experiencia bonita que aseguraste haber tenido. Me lo pediste dos o tres veces, durante el último fin de semana que trabajé. De haber sabido, mamá, que te perdería a los pocos días, me habría subido al primer avión que me llevara hasta tus brazos. Escucharte, cuidarte.

Ayer rezamos el último rosario de tu novenario y la familia levantó tu cruz de cal y flores. Todo rosas… Se me perdió la vista sobre la pantalla la mayor parte del tiempo.

Sé que la vida continúa, sé que volveré a sentir alegría alguna vez, que debo volver al trabajo, encargarme de las tareas cotidianas y vivir, sonreír y ser feliz como tú me pedías, pero no sé cómo, ahora que mi corazón te añora y que tan sorprendido me tiene tu partida.

No me lo puedo creer y sin embargo ya no estás. Las noches son un suplicio. No se me acaban las lágrimas y no quiero hacer más que pensar en ti, como si eso pudiera traerte de vuelta.

En mi interior habitan todas las emociones. Veo el altar que te montó Jesús en la mesita del salón y pienso ¿cuánto más necesitaré que esté allí? Quisiera levantarlo pero no puedo. Me aterra la idea de que nunca más pueda refugiarme entre tus brazos, mami. Me siento muerto por dentro.

Israel.

3 Comentarios

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  1. Hola Israel, tu dolor lo entiendo, cuanto lo siento, es algo que nos cuesta aceptar , como cuentas lo sucedido llena de lágrimas mis ojos , tu historia es igual o aún mayor que la mía si te sirve de consuelo , yo perdí a mi madre a finales de julio en las mismas circunstancias que la tuya pero, a escasos quince días se fue mi padre igual, y sin poderlos despedir, soy una emigrante venezolana en Chile, espero volver a darle sentido a mi vida después de esta orfandad que me agobia.
    Sólo me resta decirte. Lo siento de corazón.

    • Joder, Yrma. Qué terrible. Creo que no podemos decir, en esta circunstancia crítica que vive la humanidad, que algunos casos sean peores que otros. Yo he tenido la fortuna de conservar a mi padre, que fue el único integrante de mi familia que no se infectó, desconocemos la causa. Y a Dios le pido que lo conserve muchos años, porque la pérdida de mamá está siendo terrible. Gracias por escribirme y darme consuelo con tu solidaridad. Sé que me entiendes. Somos muchas las personas que perdemos a seres queridos por la pandemia. El dolor es profundo y terrible. No sé si voy a ser capaz de dejar de sentirlo. Le pido a Dios que me ayude al menos a aceptar que mamá ya no está.
      Te saludo con afecto desde Sevilla. 🖤

    • Increíble testimonio, Yrma. Tus palabras me han transmitido fuerza. Gracias por compartir con mi marido, Israel, el duro trance que vives. Deseo que la “agobiante orfandad” que experimentas se transforme en amor y felicidad de quienes siguen a tu lado y en satisfacción y plenitud de vida. Un abrazo desde Sevilla. ♥️

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