¿Alguna vez os han dicho que sois demasiado idealistas? ¿Vuestros profesores, padres o la gente mayor que os rodea os ha hecho sentir alguna vez ridículos porque pensáis de un modo que rompe la regla?
¿Cuántas veces os habéis sentido incomprendidos por ello? ¡Montones! A que sí. Y os digo esto nada más comenzar, porque es una idea con la que quiero que os quedéis y que volváis a ella más adelante.
Cuando somos adolescentes, algunos mayores no tienen demasiado empacho en decirnos que a veces podemos pensar de un modo ingenuo, poco práctico o utópico. Sin embargo, en la tele, el cine, la radio y los libros diariamente consumimos historias que nos ayudan a comprobar que el mundo está cambiando. Y no son pocas las veces que nos damos cuenta de que ese cambio está en sintonía con nuestra manera de pensar y sentir, aunque pueda no estarlo con la manera de pensar de alguno de nuestros padres, abuelos o profesores. “Los mayores”.
Cuando yo era un niño, la película Blancanieves de Disney ya era vieja, pero la gente de mi generación compartía la sensación generalizada de que al tipo de historia: princesa en apuros necesita un hombre que la salve, le quedaba mucho camino. Y así fue: Cenicienta, La bella durmiente, Los aristogatos, La sirenita, La Bella y la Bestia, Aladdín, Pocahontas, Hércules, George de la jungla, Los increíbles, Enredados. Todas estas películas han sido grandes éxitos, aunque es probable que vosotros no las conozcáis como las conoce la gente de mi generación, porque la inmensa mayoría de vosotros ya habéis nacido en el siglo XXI.
En todas estas películas se reproduce el arquetipo, de una u otra forma, de que las mujeres necesitan a los hombres para conseguir algo en la vida: desde la realización hasta el derecho mismo de vivir. Sin la intervención de los hombres, las vidas de las mujeres en estas historias simplemente no puede ser. Una idea que ahora nos parece una locura, ¿cierto?
Blancanieves se estrenó en 1937. Enredados, la película que reinterpreta la historia de Rapunzel, se estrenó en 2010. Prácticamente, transcurrió un siglo entre ambas películas. A lo largo de casi cien años cambió poco el discurso detrás de estas historias de mujeres que necesitaban la intervención de un hombre para lo que fuera.
Brave se estrenó en 2012 y finalmente Frozen en 2013. Con estas dos películas, pero sobre todo con Frozen, Dinsey comenzó una muy exitosa variación en el discurso imperante de las historias protagonizadas por mujeres. Esas y todas las historias de Disney que han venido después, son las películas con las que vosotros habéis crecido. Cuando se estrenaron estas películas, vosotros tendríais entre 8 y 11 años de edad.
Si yo ahora me propusiera abrir un debate sobre la mujer en la sociedad y cómo debería comportarse; lo que debe, puede o no hacer la mujer y compusiera la mesa de debate con tres de vosotros, dos chicas y un chico; y por tres adultos de entre 40 y 45 años, dos señoras y un señor, ¿cuál creen que sería el resultado? ¿Podemos calcular las diferencias que se evidenciarían entre lo que opina vuestra generación sobre la participación de la mujer en la sociedad y lo que opina la generación de vuestros padres? ¡Sin duda!
A pesar de que tengo 33 años y soy algo mayor que vosotros, desde pequeño me enseñaron en la escuela y en casa a respetar a mis compañeras y a pensar en ellas como un igual. Yo, a diferencia de nuestros padres y abuelos, no he tenido la sensación de que se tratara distinto a las niñas y a los niños, al menos en general. Cuando entré en la adultez, descubrí que esa sensación que yo tenía no era más que un esfuerzo de la sociedad por conseguir una igualdad que no era real, pero que se empeñaba en conseguir algún día. Una desigualdad que aún hoy es real, pero que se está viendo paulatinamente disminuida. Quizá a vosotros no os resulte atractivo entender cómo esto se está consiguiendo, porque habéis nacido en un mundo en el que la sensación de igualdad entre géneros es aún más intensa que en mi generación. Pero me gustaría que fijáramos aquí nuestra atención.
Al comienzo de esta exposición os pregunté si alguna vez os habíais sentido incomprendidos por los mayores. Esa incomprensión puede o no tener relación con la desigualdad de género. Podéis haberos sentido incomprendidos por cuestiones completamente distintas. Se me ocurre pensar, por ejemplo, en un tema que sin duda os interesa, porque a vuestra edad no hay tema más importante que este: ¿la física cuántica? No, qué va: el sexo.
Las relaciones sexuales y su infinita complejidad. Estoy seguro de que si este fuera un espacio en el que pudiéramos debatir sobre el tema, ocuparíamos muchas más horas de lo previsto y se pondrían sobre la mesa de debate montones de preguntas bien interesantes. Y sería así por una razón simple: generalmente no es un tema que se pueda debatir con los adultos, porque los adultos, a diferencia de vosotros o nosotros (dejadme sentir joven un rato más), no suelen hablar sobre sexo como lo hacemos nosotros. Los adolescentes del 2019 no se preocupan por el sexo de la misma manera en que se preocupaban por el sexo los adolescentes de 1990.
En 1999 yo tenía 14 años, una edad parecida a la vuestra. Y por supuesto que me interesaba el sexo, pero en 1999 no había Internet como hoy. Por supuesto, la banda ancha ni siquiera existía en la imaginación de los cibernautas. Solo utilizar la palabra cibernauta deja bien claro que, por mucho que me quiera sentir uno de vosotros, no dejaré de ser un tío que nació en 1985 y que es millennial por los pelos. Así que ya os podéis imaginar cómo eran mis conexiones a Internet, el tipo y la cantidad de información sobre sexo que podía encontrar allí. Si a eso le agregamos que soy gay y que tenía un armario a cuestas del tamaño del universo, ya con eso tenéis la película completa. Un dramón, vamos. Pero vosotros tenéis banda ancha desde antes de nacer. ¡Menuda diferencia!
Sé que vosotros poseéis mucha más información sobre el sexo de la que un adolescente de 1999 y obviamente que un adolescente de 1990. De ahí que tenga la absoluta certeza de que el debate sería interesantísimo; no podría evitar escucharos con absoluta envidia y admiración. Así mismo, me consta que a pesar de la mucha información que poseéis en la palma de vuestras manos, hoy en día siguen existiendo muchos de los conflictos que los adolescentes tuvimos en 1999, 1990 y siempre. Porque la naturaleza humana es la misma, aunque los tiempos cambien y con ellos lo que las personas pensamos y sentimos con respecto a la vida.
Por eso sé que alguna vez os pudisteis sentir incomprendidos, menospreciados o reprimidos por los adultos en cualquier tema o con respecto a cualquier asunto. Porque vosotros siempre vais por delante: sois atrevidos, inteligentes, desvergonzados, incorregibles e innovadores. Vosotros sois la voz del mundo que dicta el rumbo que seguirá la sociedad. Y eso, para quienes tienen el control, es altamente riesgoso y atemorizante. Ejercer el poder en lo más alto de la cima del mundo, en cualquiera de sus muy diversos ámbitos y saber que un montón de adolescentes calenturientos podrían ganarte la partida y ocupar tu lugar, es lo más terrorífico que puede pasarle a una persona poderosa, es decir, a un adulto de más de 40 años.
Lo que mantiene tranquilos a los adultos que dictan las reglas del mundo en el que vivimos hoy, que por cierto tienen la edad de vuestros padres y en algún caso podríamos incluso estar hablando de vuestros propios padres, es que vosotros los adolescentes no soléis utilizar a vuestro favor todas esas maravillosas cualidades que tenéis y soléis dejaros turbar por las múltiples complicaciones que trae consigo la adolescencia. Lo sé por experiencia propia. Yo todavía recuerdo perfectamente los gravísimos sentimientos que experimenté cuando me dejaron por primera vez. O cuando tuve mi primera vez, ya que hablamos de sexo. Y es que la vida a esta edad nos pide que atendamos este tipo de asuntos que son, sin duda alguna, de la mayor trascendencia. Aunque esa trascendencia no vaya más allá de nuestro ombligo. Y esa, creo yo, es una de las razones principales por las que a los adultos de más de 40 años les resulta tan sencillo hacernos sentir ridículos cuando, siendo adolescentes, nos atrevemos a salir de nuestros dramas personales para empezar a ver y entender el mundo. Un adolescente atento a lo que pasa más allá de su propio ombligo es peligroso para el establishment porque a diferencia de un adulto, no tiene mucho qué perder y sí mucho qué ganar, así como la creencia de que tiene toooooda una vida por delante.
Los adultos piensan, porque atesoran más experiencia, que un adolescente necesitará más experiencia para poder cambiar el orden del mundo que ellos controlan. Recordemos la evolución del discurso en las películas de Disney. A los adultos de todo un siglo (que si nos ponemos a echar cuentas: eso son apenas la vida entera de un padre y su hijo), les han parecido bien las historias en las que las mujeres dependen de los hombres para existir. Entre todos esos adultos, controlando el establishment en el que las mujeres necesitan a los hombres para existir, han predominado, por supuesto, los hombres. Pero las personas no somos eternas… aún. Mientras la humanidad no se haga inmortal y aunque no me encante decirlo, todos somos finitos. Hoy soy yo el que está aquí levantando la voz y diciendo lo que, de adolescente, soñó que diría ante un auditorio lleno de adolescentes. Mañana seréis vosotros.
Cuando empecé a estudiar la licenciatura tuve la suerte de encontrarme con un adulto que, probablemente empujado por un ataque de lástima o porque vería algo de capacidades en mí, siendo yo un tipo algo tímido, pero valiente, me dijo un día que el mundo solo era de los osados y que si yo quería que las cosas fueran de otro modo, tenía que encargarme de procurar el cambio. Se llama Luis Perelman y hoy es mi amigo. Es un sexólogo guapísimo al que conocí en la tele cuando vivía en México. Salía hablando sobre sexo, ¡en la tele! Y se dirigía al público adolescente, aunque podía también hablar con adultos como él, cosa que era difícil de encontrar. Cuando se es adolescente no es fácil hablar con los adultos porque para ellos solo somos adolescentes acongojados y lo peor es que tienen razón, pero además de dramas existenciales, los adolescentes tenemos un montón de ganas de entender la vida adulta a la que nos acercamos a prisa. Luis Perelman es un especialista y una eminencia en sexualidad. También es activista gay y lucha por los derechos sexuales y reproductivos de las personas. Por eso me fijé en él y en lo que decía, ya os digo que yo en esos tiempos me encontraba sumido en el drama de vivir en el armario.
Cuando entré a la universidad, me lié la manta a la cabeza y me volví loca, como probablemente os pase a vosotros, a cada uno según le pida el cuerpo. El mundo se me abrió de par en par, como si hubiera estado cerrado tras dos grandes puertas. Y fue así como conseguí superar los escollos emocionales y sexuales que me atosigaban cuando era adolescente. Conseguí todo esto en parte a través de Luis Perelman, lo que él hacía, lo que representaba y lo que me dijo un día hablando por teléfono: «el mundo solo es de los osados». Ha sido breve, pero significativo.
Desde ese momento mi vida empezó a cambiar y noté que los cambios también se notaban fuera de mí. Yo mismo me convertí en activista y durante todos mis años de carrera en la universidad, además de estudiar y soñar con cómo iba a ser mi futuro profesional, me dediqué a defender los derechos sexuales y sin pretenderlo, terminé convertido en el coordinador de un movimiento estudiantil LGBTI+ que hoy, quince años después, sigue vivo. Mientras me dedicaba a todo eso, como ya os dije, empecé a soñar con mi vida profesional y me enfrenté a un nuevo armario: quería ser escritor, pero no podía decirlo en voz alta porque el mundo entero me diría que estaba loco y me preguntaría si no tenía suficiente con ser gay. Así que me contuve prácticamente hasta un año antes de terminar la carrera. Durante el último año de licenciatura decidí encarar lo que sentía que era mi verdadera vocación en la vida; y no, no era ser maricón profesional, porque ya lo era. Así que también salí del armario literario.
Desde antes de salir del armario gay, durante prácticamente los cuatro años que estudié la carrera y durante los años venideros, soñé con un mundo en el que las personas gay como yo pudieran vivir sin acoso, sin discriminación y sin sentir miedo todo el rato. Básicamente, porque sé lo que significa vivir en un mundo que no nos entiende y lo que tenemos que aguantar no se lo deseo a nadie. Así que, nada más alcancé a comprender que en mis manos estaba el poder de cambiar el mundo para procurar que fuera un mundo en el que las personas gay pudiéramos respirar en paz y armonía junto al resto, decidí que sería a través de mi vocación literaria que intentaría realizar mi propósito: porque había superado esa etapa de mi adolescencia en la que los dramas del armario me oprimían y porque había ganado suficiente confianza y fuerza en mí mismo, así como destreza con mis letras, para atreverme, osadamente, a darle una tunda al teclado de mi ordenador.
Así llego hasta Blancanieves y Frozen. ¿Qué? ¿Se pensaban que ya me había olvidado de ellas? Pues no, lo que pasa es que, como todo buen dramaqueen tenía que dar un poco de vueltas para sentir que estoy vivo. Total, que como os pasa a vosotros, yo también crecí viendo pelis de Disney, pero a diferencia de vosotros, las historias de Disney que yo consumí no me estaban enseñando lo que la sociedad se empeñaba en hacerme creer: que no había diferencias entre hombres y mujeres. Y me fue quedando claro conforme crecí, porque esa diferencia entre hombres y mujeres terminaba convertida en homofobia, así que por más que me dijeran que no había diferencias entre hombres y mujeres, la realidad se encargaba de comprobarme lo contrario. No voy a demonizar ahora las películas de Disney porque no es plan y porque además son muy fan. Ya os podéis hacer una idea, si no, no os estaría dando lata con todo este rollo.
De entre las películas de Disney siempre han destacado las historias de princesas. Y no han sido pocas las veces que he escuchado decir a los adultos de mi época adolescente: «¡Ay, Señor! ¡Cuánto daño han hecho la princesa de Disney!» Y tenían razón. Si no, pregúntenles a muchas de mis amigas y a unos cuantos de mis amigos también, que tienen el síndrome de la bella durmiente y que están esperando al príncipe azul que venga a rescatarlos del coma profundo. Esto es así básicamente porque las historias tienen el poder de cambiar el mundo, de amoldarlo.
Blancanieves cuenta la historia de una reina malvada que tenía complejo de fea, aunque en realidad era gupísima. Pero su inseguridad y su necesidad por ser la única que figurase en el reino eran tan desmedidas, que cuando su espejo mágico le dijo que ya no era la más bonita de todas, se volvió loca. Envió a su hijastra, que era la princesa, a vestirse de criada y a pasarse la infancia y adolescencia limpiando el castillo, porque eso es lo que se suponía que debían hacer las mujeres cuando no se dedicaban solo a ser bonitas y casaderas: limpiar. El caso: vuelta loca la reina, decide matar a Blancanieves y toda la película va de la reina intentando deshacerse de la joven y guapa, hasta que prácticamente lo consigue. Justo antes de que empieza la cacería de la reina, Blancanieves conoce a un príncipe que se siente atraído por ella, por su gran voz y por su belleza, aunque también podría ser porque la chiquilla se defendía maravillosamente bien limpiando los suelos de su palacio… no se sabe a ciencia cierta. Lo que sí se podía ver es que a Blancanieves se le daba especialmente bien ser feliz con el terrible destino que habían elegido para ella, porque se la pasaba cantando y hablando con los pajaritos. Lo del canto se le daba incluso mejor que limpiar, porque todos los animalillos del bosque se hipnotizaban escuchándola, como le pasó al príncipe que la escuchaba sigilosamente montado en su caballo, hasta que pudo sorprenderla por la espalda para reconocer su talento, haciéndola sentir irremediablemente acosada, incómoda y sí, aunque no lo creáis, halagada. Y es que a las mujeres de la época de Blancanieves, lo de sentirse acosadas les pone un poquito.
La estrategia de la reina loca empieza por enviar a uno de sus siervos a matar a Blancanieves en el bosque, a cuchillo limpio. Pero la reina no contó con lo buena persona que era su lacayo, con lo que Blancanieves se escapa y se pierde en el bosque, hasta que encuentra una simpática casita, cuya cualidad más importante es que es minúscula. Y no se le ocurre a la chica pensar otra cosa que la casa está habitada por niños. ¡Niños! Como si fuera normal que un montón de niños solitarios tuvieran una casa en medio del bosque, llena de cosas que solo hombres adultos podían tener: picos, palas, platos sucios y telarañas. Lo que ponía de manifiesto que las mujeres como Blancanieves podían ser bonitas, cantar especialmente bien, tener dotes magníficas de limpieza y aceptar fácilmente lo que otras personas decidieran para ellas; así como que no eran lo que se dice espabiladas. Porque la chica, cuando descubre que la casita de los niños está llena de suciedad, se propone limpiarla, no sin la ayuda diligente de los animales del bosque, para que los niños a su vuelta la dejen quedarse y así poder ocultarse de su madrastra la reina. Todo, como veis, profundamente en consonancia con lo que se esperaba de una mujer de la época: que supiera obedecer, ser guapa, encargarse de las tareas de cualquier hogar y considerarse indefensa y en la necesidad del cobijo de un montón de varones.
Con lo que no contaba la ingenua Blancanieves es que los dueños de esa casa no solo no eran niños, sino que eran hombres bastante mayores cuya estatura no era promedio. Yo siempre he pensado que esos siete hombrecillos se escaparon al bosque buscándose una vida en la que, el resto de hombres del mundo con estaturas promedio, no les hicieran la vida imposible, pero eso es trigo de mi cosecha.
Rendida por los esfuerzos de su limpieza, Blancanieves cae dormida sin miedo en varias de las camitas de los “niños”. Cuando los enanos llegan a su casa, flipan en colores porque está limpia, cosa que no sucedía sabrá Dios desde cuándo. Y al subir a su habitación y encontrar a Blancanieves, lo primero que hacen la mayoría de ellos, nada más verla, es emocionarse porque tienen a un mujerón literalmente en su cama. Y en esa parte de la historia hay un diálogo que no tiene desperdicio. Gruñón dice al escuchar las primeras reacciones de sus compañeros, que comparan la belleza de la chica con la de un ángel: «¿Un ángel? ¡Ja! ¡Es una mujer! Y todas son como el veneno: tienen muchos remilgos», a lo que uno de ellos responde con la pregunta: «¿Y qué es un remilgo?» Y Gruñón concluye: «¡Ni idea, pero es malo!» El diálogo es una joya del machismo recalcitrante de principios de siglo XX. ¡De museo!
Exceptuando a Gruñón, los otros seis enanos resultan ser hombrecillos, más bien embelesados por la belleza de Blancanieves; y más aún, halagados cuando descubren que se trata de la mismísima princesa. Ella entonces les suplica permiso para quedarse (no le basta ser la princesa del reino), pues su madrastra, la reina la quiere matar. Y adivinad con qué moneda paga Blancanieves el asilo: «limpiaré, fregaré y también cocinaré». A partir de ese momento, la relación entre la muchacha y los hombrecillos se torna escandalosamente maternal, pues los trata como a niños, porque esa es otra cualidad que debía tener toda mujer de la época: debía estar preparada para criar niños.
Los enanos actúan como niños la gran parte del tiempo: Blancanieves les obliga a lavarse antes de comer sopa, a lo que se opone Gruñón y da pie a otra gran joya del heteropatriarcado machista del siglo XX, cuando dice, no sin dejar de imitar los modales afeminados de Blancanieves con sorna: «Panda de nenas. ¡Es que me enfermáis! Como si lo estuviera viendo: os pondrá lacitos rosas en la barba y os echará ese mejunje llamado perfume. ¡Vaya rositas de pitiminí que habéis resultado ser!» Y yo preguntándome a los seis años por qué mis compañeros del cole me trataban fatal…
El caso: que la reina se entera de que su lacayo la traicionó, lo que la lleva a realizar un hechizo que la disfrace para matar ella misma a Blancanieves. Mientras lo hace, en casa de los siete enanitos todo es jolgorio y fiesta. Le piden a la chica que les cuente una historia de amor y ella empieza a contar su propia historia: la de una princesa que se enamoró muy fácilmente de un príncipe guapísimo. La chiquilla solo tuvo oportunidad de ver una vez al príncipe, aquel día en que ella fregaba los suelos de su palacio y él la espiaba, ¿recuerdan? Pero ella les cuenta a los señores que es el hombre de su vida y que no hay en la tierra otro igual, aunque además del príncipe, Blancanieves solo conozca a esos otros siete hombrecillos.
Cuando la reina tiene listo su nuevo atuendo de vieja esquelética y ha conseguido envenenar una manzana que hará dormir y helar la sangre de Blancanieves, haciéndola parecer muerta, se predispone a encontrarla en el bosque, a pesar de que exista la posibilidad de que a Blancanieves la salve un beso de amor verdadero, antes de que la entierren los enanitos pensando que está muerta.
Los enanitos se van a trabajar y advierten a Blancanieves de que la reina es una bruja astuta. Y la chica se queda tranquila a pesar de la amenaza. Ya habíamos dicho que la niña no era espabilada. Así que cuando una viejecita de apariencia sospechosa apareció en la ventana con una cesta de manzanas, a ella le resultó de lo más normal atenderla y, ¿por qué no? Probar una de esas manzanas que la mujer le ofreció. Blancanieves cae bajo el hechizo, la reina muere poéticamente en un acantilado porque le cae un rayo encima. Los enanitos, aunque intentaron vengar la muerte de Blancanieves, no pudieron realmente hacer nada. Así la velaron una y muchas noches más y decidieron hacer una cosa bastante repulsiva: mantener a Blancanieves metida en una caja de cristal y oro, porque era demasiado bella para enterrarla.
Ya sabemos todos cómo acaba Blancanieves, como todas las historias de princesas de Disney hasta antes de Brave y Frozen, con un hombre que las besa y las trae de nuevo a la vida, para que de nuevo en vida se casen con ellos y puedan “ser felices para siempre” cantando, limpiando sus palacios y criando a sus hijos, aunque esas partes de la historia solo se presuponían. El príncipe buscó a Blancanieves por cielo, mar y tierra, hasta que la encontró e hizo lo que todo hombre en sus cabales haría: besar a una mujer que lleva muerta mogollón de tiempo y que extrañamente conserva su belleza, porque la mujer habrá perdido tiempo, pero que no pierda ni un ápice de belleza, porque ahí donde la pierda, ¿qué le quedará entonces? Y al despertar, Blancanieves se despide de los siete enanitos y, según el librito, ese que aparece al principio y al final de los clásicos de Disney del siglo XX, fue feliz para siempre.
La historia de Frozen, por otro lado: cuenta la historia de dos princesas, cuyos padres educaron a sus hijas con exquisitos modales y bajo un contexto conservador: finalmente una de ellas sería la próxima reina. El pequeño problemita de la primera heredera al trono en la línea sucesora es que había nacido con una cualidad que la diferenciaba del resto de las personas del mundo: todo lo que tocaba lo congelaba. O algo parecido. Vamos, que el pecado de la niña era ser diferente. Y su diferencia no fue un problema hasta que terminó haciendo daño a su hermanita sin querer, un día que las dos jugaban. Lo que produjo que su hermana perdiera la memoria y olvidara que su hermana era diferente a los demás y tenía ese poder. Así que, para evitar que Elsa, la diferente, pudiera seguir afectando a su hermana Ana, la normal, sus padres, principalmente su padre, decidió que era mejor que vivieran separadas y que no volverán a tener más relación. Así que siguieron creciendo como si fueran completas desconocidas.
Los reyes se fueron de viaje un día, no se sabe muy bien por qué. El caso es que naufragan y así el reino se queda sin reyes, hasta que Elsa cumple la mayoría de edad y tienen que coronarla, celebrando una gran fiesta. El palacio abre sus puertas, lo que no había sucedido nunca a lo largo de la vida de estas dos chicas especialmente antisociales. Ese día a Elsa le pueden los nervios porque se ve en la obligación de esconder lo que su padre le aseguró que debía mantener oculto: la que era sin duda su cualidad más significativa: congelaba lo que se le pusiera enfrente, lo que no significaba que la chica fuera una persona fría. En absoluto, a decir verdad, Elsa es una chica profundamente cálida y empática, pues aceptó guardar silencio y mantener en secreto su cualidad para proteger a su hermanita menor, a quien ya había hecho daño una vez sin querer y casi no la libra. Total, que el día de la coronación, Ana, que estaba salidísima porque recordemos que no había visto a nadie del exterior a lo largo de su vida, se vuelve loca con un príncipe guapo que acude al baile y en un arranque de locura los dos deciden que van a casarse. Así que Ana, embriagada por un montón de endorfinas y con la ilusión de que su vida cambie casándose con ese hombre, para ya no ser más la princesa encerrada en un castillo, va y le dice a su hermana, la reina, que se va a casar con el príncipe que acaba de conocer. A lo que su hermana, que es sensata y tiene un poquito más de cabeza, se niega rotundamente. Esto las lleva a discutir y Elsa termina congelando medio salón en el que se celebraba el baile. Este arranque de frialdad literal deja estupefactos a los invitados, que automáticamente sienten miedo porque se acaban de dar cuenta de que su reina es un bicho raro que además tiene unos poderes impresionantes. Hay quienes incluso piensan que se trata de una bruja.
Elsa entra en pánico y bajo el terror de no saber controlar sus poderes, pero sobre todo con el miedo de volver a hacer daño a su hermana o cualquier otra persona, así como por el rechazo absoluto que recibe de parte de todo su reino, escapa a la montaña del norte toda encanijá y desairada, lo que produce que el verano desaparezca bajo toneladas de nieve.
En el caso de Blancanieves, no tuve ningún pudor en desmenuzar la historia porque era necesario. Con Frozen, sin embargo, no haré lo mismo porque con lo que os acabo de contar es suficiente. Esta película se convirtió en la más taquillera de Disney de todos los tiempos. Yo me atrevo a decir que ha sido así porque el mundo necesitaba, pedía a gritos, desde hacía muchísimo tiempo, una historia en la que las mujeres no dependieran de los hombres para existir. Una historia sobre la voluntad y la fuerza de la mujer. Al final, Frozen trata sobre la importancia de confiar en uno mismo y en sus cualidades, sin importar cuáles sean y lo que el mundo piense de ellas. A la comunidad LGBTI+ del mundo no le costó trabajo hacer una lectura reivindicativa de la película, porque Elsa, en su escape, representa la típica actitud que toda persona no heterosexual asume llegado un punto de su autoaceptación, en el que para conseguir respetarse y quererse así mismo tal y como es, necesita aislarse un poco del mundo. Hasta que el mundo le recuerda que no va a dejar de estar allí y ahora necesita aprender a ser ella misma en relación con todos los demás. Ana, por otro lado, termina descubriendo que había tomado una pésima decisión prometiéndose con aquel príncipe que acababa de conocer y que el amor de pareja es algo más complejo y difícil de encontrar en la vida. También entiende a su hermana y se entrega por completo para intentar ayudarla, aunque eso signifique que su propia vida y su destino en pareja se trunque, otorgando una mayor importancia a la relación de amor entre las hermanas. Tanto Ana como Elsa, que consigue aceptarse y aprender controlar su poder sin renunciar a su corona, son personajes magníficos que representan a la mujer empoderada, inteligente, capaz de conseguir cualquier objetivo que se proponga, tan humana como cualquier persona, pero digna beneficiaria de los mismos valores que antes solo estuvieron reservados para los hombres.
Brave es un caso parecido. Os la recomiendo mucho también, aunque voy a limitarme a citarla porque si no a vosotros os terminarán saliendo canas. El caso es que prácticamente todas las nuevas historias de Disney, desde Brave, transmiten mensajes parecidos. Mensajes en los que el discurso lucha a favor de la igualdad de género. Y por eso, entre muchas otras razones, vosotros sentís con menos intensidad la diferencia entre hombres y mujeres que sigue existiendo. Vosotros, a diferencia de mi generación, sois una generación menos machista y más respetuosa ante las mujeres y la diversidad sexual. Y esto ha sido posible porque una nueva generación de adultos, diferente a la que estuvo detrás de la producción de todas las películas de princesas de Disney hasta antes de Brave y Frozen, pasó a ocupar su lugar, asumiendo la responsabilidad de que el mundo no podía seguir adelante con princesas que no podían existir sin la intervención de los hombres.
Y os cuento todo esto porque no quería irme de aquí sin que os quedara clara esta idea: las historias, vuestras historias, tienen el poder de cambiar el mundo. Y ese mundo podrá ser tal y como vosotros lo habéis imaginado. Pero para que ese mundo se haga realidad, necesitáis aprender a contar vuestras historias. Necesitáis aprender a dominar el poder con el que habéis nacido, como le pasó a Elsa. Yo os he contado parte de mi propia historia como ejemplo de que uno puede proyectar su propia vida en esa dirección, para conseguir poco a poco el cambio. He escrito y publicado todos mis libros escritos hasta la fecha. Y en todos ellos cuento historias en las que represento el mundo que deseo para todos nosotros.
Si corro con la suficiente ventura, vosotros os iréis de aquí habiendo comprendido lo que intento decir. Y yo, quizá dentro de algunos años, pueda decir que mis esfuerzos han valido la pena, que mi trabajo con las palabras no ha sido tan absurdo como todo el mundo aseguró.
Las historias tienen el poder de cambiar el mundo. Y vosotros tenéis el control. Aprended a utilizarlo. Y para que no os vayáis sin poneros manos a la obra, os propongo una cosa. Hagamos un ejercicio. En mi web hay un tutorial titulado: Qué es y cómo se construye el conflicto en una historia. Mi propuesta es que veáis ese vídeo, en el que os explico cuáles son los principios fundamentales de construcción dramática que os permitirán dar rienda suelta a vuestra imaginación y proponeros escribir una historia que busque configurar el mundo tal y como os lo estáis imaginando. ¡Ved el vídeo y escribid! Luego enviadme vuestras historias por correo electrónico: encontraréis toda la información de contacto en mi página web: israelpintor.com, es fácil porque es mi nombre. Leeré vuestras historias y a la mejor de ellas, a la que me lleve a ver el mundo que imagináis para todos nosotros a mediados de este siglo XXI, daré un premio especial, cuya naturaleza podréis descubrir a través del mismo canal de YouTube y de mi página web.
Que vuestras historias, pues, tengan el poder de cambiar el mundo y que con ello nunca nadie os haga sentir demasiado ilusos, utópicos o idealistas. Porque recordad: este mundo es de los osados.
Impartí esta conferencia el día 18 de febrero de 2019 durante la Feria del libro de Teba, Málaga, para celebrar la Feria del libro del pueblo andaluz. Tuve un público íntegramente adolescente, de ahí que sintiera la obligación de hablar del grado de trascendencia que pueden llegar a tener las historias.
¿Tienes dudas? Déjame un comentario, los leo y respondo a todos. Quiero llevarte a dominar el oficio literario y me ilusiona recibir tus impresiones. Así siento que no hago todos estos esfuerzos en vano. ¡Dale!



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