El verano de Fifí

«Ya conocéis a Jorge Cuervo, pero no habéis leído el que, en mi opinión, es su mejor cuento hasta ahora. Curiosamente también fue el primer cuento moderno que se propuso escribir durante su primer ciclo de Coaching literario. El texto tiene mucho trabajo detrás: la segunda vez que lo trabajamos me sobrevino al cuerpo una oleada de satisfacción, es gratificante ser testigo del crecimiento de mis alumnos. Aunque obviamente le di un montón de caña a Jorge, porque el final de entonces no tenía nada que ver con el que leeréis ahora, el resultado final es bastante molón, digno de cualquier antología de narradores emergentes. Os reto a identificar el cuento de Gabriel García Márquez en el que se inspira Jorge para escribir esta historia.» Israel Pintor.

El verano de Fifí

Por Jorge Cuervo

Durante los veranos, Berto y Lola vivían en una gran casa a las afueras del pueblo, junto con sus dos hijas, Laura y Marta de diez y siete años respectivamente. Nunca habían tenido mascotas, pero una plaga de ratas el verano anterior hizo que Berto se presentara en la finca, poco antes de acabar el curso, con una desvencijada caja de cartón.

Berto quiso sorprender a las niñas y se ocultó en el piso superior, al final del pasillo de los dormitorios, detrás de un pequeño sofá. Se escondió con aquel bulto, pero este comenzó a sonar peor que un violinista borracho. Descubierto el truco, las chicas corrieron escaleras arriba y de la caja asomó un pequeño siamés bizco de ojos azules, con las orejas y el rabo color canela, que enamoró al instante a Laura y a Marta.

La pequeña Marta se encaprichó con ponerle nombre y le bautizó como Dori, que luego cambió por Pupi, para pasarse finalmente a una inamovible Fifí, incluso, cuando semanas después, la veterinaria anunciara que era un macho. Con perfil propio de Instagram, gracias a una ocurrencia de Marta, los seguidores de Fifí comenzaron a crecer y brotó en las chicas una fiebre de contradicciones sobre los vestuarios del pequeño Fifí, que rápidamente ocuparon medio armario de su dormitorio. Berto las dejó hacer, los escalofríos que le daban al pensar en el ejército de hormonas que recorrían el cuerpo de sus hijas a esas edades, y las muchas ganas que tienen por entrar en el combate cuerpo a cuerpo.

La mañana en que aparecieron Tom y María en la casa fue una sorpresa para las niñas: los tíos de Inglaterra venían para cuidar de ellas; el tío Tom impartiría las clases de inglés, mientras sus padres iban a disfrutar de cuatro semanas de crucero por el Mediterráneo y Egipto. Se presentaron con un ruidoso y achaparrado Austin Morris Oxford de los años setenta, que en la campiña inglesa debía inspirar una sólida tradición británica, pero que en la sofocante sierra cordobesa simplemente era una vieja e incómoda cascarria. Después de tres horas de asfalto hirviente, en una cafetera sin aire acondicionado, sólo la flema de un británico recalcitrante podía permitirse descender de aquello con una estirada sonrisa, ese era el tío Tom. 

María, la hermana de Berto, ingenua y cariñosa, había echado raíces lejos de su hogar, con un inglés alto, estirado y algo asmático, que vino a la casa con la labor autoimpuesta y nunca compartida, de hacer las veces de tutor anglosajón del siglo diecinueve, para mayor gloria de la Reina de Inglaterra.

Laura, un par de años mayor que Marta, ya había convivido con ellos hace dos veranos, cuando sus padres la enviaron a la casa de Blackpool para ver mundo y aprender inglés, tales cosas nunca sucedieron. Aquel verano fue lluvioso y frío. Volvió reservada, taciturna y con varios kilos de más. Su madre acabó pensando que había sido el hechizo de azúcar de la tía Mari, debido a su justa fama repostera. Cuando le preguntaban por Inglaterra, Laura sólo hablaba de aquellos dulces de la tía.

Después de tanto tiempo, al descubrir a sus tíos en casa, Laura se abalanzó para besar a tía Mari y se la llevó corriendo de la mano para mostrarle al adorado siamés. Con tal ímpetu, que empujó al tío Tom, mientras éste observaba atónito las carantoñas que le hacía al minino.

Durante la cena de despedida, Lola y Berto hablaron del nuevo inquilino de la casa y cómo había cambiado el carácter de todos. Tom se mostró sorprendido por la atención excesiva que había hacia un simple gato.

—No entiendo, everybody knows that cats are completely independientes. One day se marchará o acabará atropellado en carretera —dijo. Se hizo un silencio incómodo. Tom intentó continuar, pero Mari le atajó rápido:

Fair enough! —habló severa, después sonrió, levantó su copa y sostuvo la mirada a su hermano— ¡Por vuestras magníficas vacaciones! 

Ahora María era más callada, tenía los tobillos hinchados, una mirada vieja y cansada, deseaba el sol de su infancia y el calor de sus sobrinas. El frío del extranjero cala hondo en los huesos, sobre todo en soledad. Cuando su hermano la llamó para hacerse cargo de las niñas, sus ojos volvieron a encenderse. A Tom y a mí nos vendrá bien el sol de España, pensó, porque ella, pese a todo, amaba a Tom.

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La madrugada siguiente Berto y Lola partieron. Las lecciones de inglés comenzaron a las ocho en punto en el porche que había junto a la piscina, justo después de haber desayunado y recogido la mesa. Tío Tom se levantaba a las seis y a las seis y cincuenta golpeaba una sola vez la puerta de la habitación de las niñas: diez minutos para el aseo personal, diez minutos para prepararse las tostadas, el zumo y la leche; quince minutos para tomarlo y otros quince para recoger y fregar los platos.

La mañana se dividía en lectura, vocabulario, un break de quince minutos, literatura inglesa, filosofía y finalmente natación en la piscina. Tom era exigente, lleno de acartonadas y grandes intenciones pedagógicas. Después de aprender las técnicas de natación, la tía Mari se presentaba con una bandeja de limonada fría y un bizcocho casero, las niñas tomaban el sol y escuchaban historias divertidas de sus años en Inglaterra. En cuanto Tom se retiraba, Mari acababa haciéndoles cosquillas y sacando a escondidas una tableta de chocolate.

Con sólo un par de días de convivencia, Tom consideró absolutamente necesario que las chicas tomaran clases de comportamiento y urbanidad: aseo, vestimenta y modales en la mesa. 

Las tardes eran para el tiempo libre. Marta y Laura no se separaban de Fifí, seguían vistiéndole y haciendo fotos para Instagram. El tío Tom daba largas caminatas junto a la carretera, disfrutando de aquellos tórridos atardeceres tan extraños para él. Por las mañanas, a la tía Mari le encantaba conducir por las angostas y serpenteantes carreteras, sintiendo la calurosa brisa en la cara y disfrutando de los pequeños pueblos del valle. Su piel volvió a coger color.

 Una mañana, las niñas se quedaron dormidas y las clases se retrasaron cinco minutos. Entonces supieron por qué Tom había llevado una gruesa regla de madera en su maleta que equipaje.

—Un paso al frente y la palma de la mano completely extendida —ordenó Tom. Laura quiso evitar el golpe a su hermana pequeña, el retraso había sido culpa suya. Pero no sirvió de nada.

¡Zas! El golpe seco causó un profundo dolor a Marta en la palma de la mano y abrió una grieta invisible en el corazón de Laura. Marta observó al tío Tom por un instante, como si fuera un extraño, se sentó y no pronunció palabra en toda la mañana.

La tía Mari vio la escena con los labios apretados desde la ventana de la cocina y preparó el pastel de calabaza preferido de Marta. Cuando se lo llevó, las niñas volvieron a sonreír, esperó a que Tom se marchara para ofrecer la habitual ración de chocolate.

Esa noche, justo antes de que el sueño les venciera, las niñas oyeron un ruido que provenía de la planta baja, descendieron las escaleras con sigilo y vieron al tío Tom trasegando una botella de ginebra que guardaba en la despensa, mientras canturreaba con voz ronca «God Save the Queen».

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A la mañana siguiente el tío Tom estaba más fresco que una lechuga. Durante los siguientes días, Laura y Marta esperaron a que el reloj diera las doce de la noche para deslizarse por las escaleras y observar a escondidas al noctámbulo tío Tom que: bebía, eructaba, se pegaba pedos y cantaba mientras comía guisos de tía Mari, metiendo las manos en el puchero y limpiándose con el dorso de la mano.

—¿Cómo ha podido casarse la tía Mari con él? —se preguntó la pequeña Marta.

El día se levantó espeso, calimoso, presagiando un calor sofocante que invitaba a bajar las persianas y resguardarse en la oscuridad, pero el tío Tom ya había programado una visita cultural a la mezquita de Córdoba: «Es intolerable que unas chicas de Córdoba north nunca hayan visitado, habiendo sido declarada world heritage por la unesco to one thousand nine hundred eighty four» sentenció. Ni Laura ni Marta se atrevieron a decir que, en julio, sólo los extranjeros incautos desafían el verano cordobés, por mucho monumento que hubiera que ver. La tía Mari se quedó en casa preparando los postres para la cena. 

El bochorno se dejó sentir desde primera hora en el patio de los naranjos de la mezquita. Esperando para sacar las entradas, la cara del tío Tom parecía un semáforo en rojo; tenía el cuello empapado en sudor, aun así, no se aflojó la corbata en ningún momento. La excursión duró todo el día y aunque llegaron a la casa, pasadas las siete de la tarde, la fuerza del sol no se había ido. El tío Tom aguantó como pudo las explicaciones de la belleza arquitectónica árabe, pero en su mente flotaban demasiadas columnas y demasiados siglos y acabó pensando que los españoles eran muy vagos y que si hubieran sido ingleses, aquellos árabes no habrían durado ocho siglos en su territorio.

La tía Mari no había vuelto de su paseo habitual y al entrar al salón, el tío Tom, deshidratado y exhausto, pisó una mierda de gato. Montó en cólera y subió las escaleras de dos en dos hasta que se encontró con Fifí. Marta vio cómo Tom agarraba por el cogote al minino, lo llevó al patio y lo lanzó por los aires hasta que amerizó en la piscina. Fifí se hundió a pesar de sus aspavientos.

 —¡Así aprenderás! —berreó Tom, fuera de sí.

Marta se quedó paralizada, intentaba asimilar lo que pasó, un segundo después, se lanzó al agua completamente vestida para rescatar al minino.

En su dormitorio, Laura secó a Marta mientras ésta secó a Fifí, que tiritaba desconsolado.

—¡Es un asesino de gatos! —estalló Marta con odio infinito.

En la pequeña Marta creció una determinación firme de oposición. Empezó por llegar tarde, los golpes de regla del tío Tom ya no parecía producirle dolor. Aguantaba, estoica, cualquier gesto. Una mañana, Tom la obligó a levantarse a las seis para hacer saltos y flexiones hasta que no pudo más, cuando terminó la mandó a ducharse con agua fría. Esa noche Marta esperó a que el tío Tom descendiera a la cocina, comenzara a beber y a zampar como un cerdo, para golpearle con el bate que había escondido en el armario del recibidor, pero Laura la tomó del brazo y lo impidió.

—Duérmete anda, no merece la pena, se te pasará —le tranquilizó.

La luz de la luna entraba suavemente por la ventana del dormitorio, habían pasado un par de horas desde el intento de ventana de Marta. La niña dormía cuando se oyó girar el picaporte de la puerta, Laura se congeló en el instante en que volvió a sus oídos aquella respiración dificultosa y jadeante del inglés, que tan profundamente había enterrado en su memoria. El reflejo de la ventana le mostró una larga silueta que reptaba hasta el borde de la cama de su hermana y apartaba con las manos, muy lentamente, las sábanas que le arropaban. Laura fue incapaz de moverse, hasta que aquella presencia abandonó la habitación.

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Al día siguiente, durante el descanso de las clases, Laura se acercó a Marta con determinación y le dijo:

—En el cuarto de la depuradora, en el estante superior, junto a la pala y las pastillas de cloro. Hay un bote lleno.

—¿Qué estás diciendo? —Marta enarcó las cejas.

—Si lo mezclamos con la ginebra no se dará ni cuenta. Papá dijo que no tenía sabor, solo desprende un olor a almendras. Por eso funciona con las ratas.

La pequeña Marta miró a aquel hombre repulsivo que tenía por tío y murmuró: «rata inglesa».

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Esa misma tarde, aprovechando que tío Tom daba su paseo vespertino y que tía Mari atendía el horno de la cocina, Laura se ajustó unos guantes de goma y se hizo con el frasco de matarratas. El veneno estaba dispuesto en terrones. Tomó uno y lo llevó a su habitación, Laura ordenó a Marta vigilar a través de la ventana, por si se acercaba el tío Tom. Corrió a la despensa y rebuscó en un estante, encontró dos botellas de cristal en cuya etiqueta se leía: Hendriks, eran iguales, pero una estaba empezada, la eligió. En el dormitorio colocaron una hoja de papel a modo de embudo y Laura desmigajó el terrón. Se precipitó escaleras abajo y acomodó la botella en la despensa.

Las chicas se fueron pronto a la cama, con la boca seca y los ojos abiertos como mochuelos, ojearon sus libros con manos temblorosas, la fantasía de aquellos cuentos no ocultaría lo que habían hecho. Laura sabía que ya nada iba a ser como antes. En cuanto Marta se durmió, Laura se incorporó y acercó a la puerta del dormitorio, interpuso un zapato en el camino de quien entrara.

A la mañana siguiente, a la hora de siempre, Laura y Marta oyeron pisadas aproximándose a su habitación y sintieron que unos nudillos golpearon su puerta, saltaron como un resorte de la cama. El estómago de Laura dio un vuelco cuando clavó la mirada en el suelo y observó el zapato. Bajaron las escaleras y llegaron a la cocina. El tío Tom les dio los buenos días mientras se zampaba un trozo de beicon frito. A las ocho en punto comenzaron las clases. Durante la pausa de media mañana:

—¿Seguro que sirve? —preguntó Marta, incrédula.

—Tal vez con el alcohol perdió su efecto —supuso Laura entre murmuros.

—¡Pues le ponemos más! —propuso Marta, decidida .

Por la tarde, Marta esperó cerca de la ventana hasta que el tío Tom se marcó, entonces Laura volvió a bajar a la despensa, cogió la misma botella y desmigó otros dos terrones en la bebida. Agitó, se había disuelto. Después de la cena las niñas se retiraron a su cuarto, el veneno navegó con más fuerza que nunca en sus agitados pensamientos.

—Laura, ¿cómo es la muerte cuando te envenenan? 

—Shhhh, ¿no empieces, eh? Nos van a oír —regañó Laura, hizo una pausa y contestó—. Pues no sé, supongo que te hinchas y que te pones morado.

—Pero, ¿se muere uno pronto o tarda?

Con aquella imagen en sus mentes se hizo un silencio espeso en la habitación. Horas más tarde sus párpados fueron vencidos por la gravedad. Pero Laura despertó sudorosa, había soñando que el tío Tom no bebía el veneno porque sufría un ataque al corazón y sus padres volvían para enterrarlo. Se hacía pis, le daba miedo salir de la habitación.

Cuando no pudo aguantar más se levantó despacio para no hacer ruido. Abrió la puerta de su dormitorio y caminó de puntillas hacia el cuarto de baño. Iba a entrar, pero divisó una mortecina luz que provenía del dormitorio de los tíos, la puerta estaba entreabierta. Oyó voces, a pesar del miedo se acercó y miró en el interior por una pequeña abertura: la tía Mari sollozaba.

—Vuelves a estar paranoic, ¿a dónde me voy a ir? Cuando you take the pills estás mejor. ¿No estoy aquí? You do not see me? Take them, otherwise you don’t sleep —dijo Tom colocándole en su mesita de noche un pequeño frasco de pastillas. Entre las piernas de Laura se coló Fifí como un rayo y entró en la habitación de los tíos, se escondió debajo de la cama. Laura se asustó y al echar su cuerpo hacia atrás crujió una maderas del suelo.

Who’s there? —exclamó Tom, encaminándose hacia el pasillo. Laura corrió a esconderse detrás de un pequeño sofá y cerró los ojos, intentando sofocar los estrepitosos latidos de su corazón.

El tío Tom escrutó el pasillo. Laura sudaba mucho, un calor abrasador casi la obliga a gritar con todas sus fuerzas, pero no debía, sus manos sellaron su boca y apretaron sus labios, ahogó el grito. Tras comprobar que no había nadie, el tío Tom se dirigió hacia el dormitorio de las niñas, se paró delante de la puerta, acercó un oído, casi gira el pomo de la puerta, pero se detuvo, miró el reloj de su muñeca. Dio la vuelta y descendió a la planta inferior sin ver a Laura.

Al día siguiente, el tío Tom llamó a la puerta de las niñas a la misma hora. Durante las clases, las chicas no dejaron de observar el grosor de su cintura, el rojo gamba de su piel. Esperaban que le diera un calambre o que se retorciera de dolor en el suelo. La mañana transcurrió sin evitar su asombro: ¿por qué el tío Tom era inmune al veneno?, se preguntaba Marta. No llegaron a ninguna conclusión, por lo que Laura añadió cuatro pastillas más a la botella esa misma tarde.

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A pesar de todos los esfuerzos de Laura y Marta porque sus ojos aguantaran abiertos, la tensión acumulada hizo que sus cuerpos se desplomaran sobre las camas al anochecer. Cuando despertaron, la luz del sol entraba con fuerza por la ventana. Laura miró su reloj, eran las doce del mediodía. Tía Mari entró en la habitación, las niñas, angustiadas, corrieron a abrazarla cuando la vieron.

—¿Os habéis enterado? —dijo la tía, sorprendida.

—¿A qué te refieres? —balbuceó la pequeña Marta.

—Bueno, da igual. No iba a decíroslo, pero el tío Tom… —a Laura y a Marta se les cortó la respiración. De haberlo podido hacer sin que pareciera extraño, las niñas habrían volado hasta la habíatción de los tíos, esperando ver con sus propios ojos una cama deshecha, todavía caliente, que arropaba en el centro al tío Tom con la cara y el vientre hinchados, los ojos abiertos y saltones, extraviados, restos de espumarajos en la boca y un color púrpura en la piel. Pero antes de que pudieran siquiera recuperar el aliento, la tía Mari aclaró— …se ha marchado al aeropuerto a recoger a vuestros padres. 

—¡¿Cómo?! —gritaron a la vez.

Les explicó que el barco había tenido un problema en Egipto, les obligó a anticipar su regreso. Estaban a punto de llegar, el tío Tom se había marchado a recogerlos de madrugada.

—¿Pero, el tío Tom y mis padres…? —acertó a preguntar Marta.

—Según mis cálculos, tardarán una hora en llegar aquí.

—¿Pero has hablado con él o con mis padres? —indagó Laura.

—Aún no he podido, cariño —respondió— ¡Pero basta de cháchara! Venga, vestiros, nos vamos al pueblo de compras, quiero hacer paella y no me va a dar tiempo. —A la tía Mari le extrañó ver a sus sobrinas: parecían dos estatuas mirándose fijamente— ¿Pero qué os pasa? ¡Venga, rápido!

Las niñas se vistieron atropelladamente, mientras sus cabezas cavilaban a la velocidad de un meteorito: ¿estaba vivo el tío Tom? ¿Habría muerto mientras conducía trayendo de regreso a sus padres? Y si le daba un ataque conduciendo, ¿sus padres estaban en peligro? Tras las compras en el pueblo y aún sin noticias del tío Tom y de sus padres, la pequeña Marta deambuló en círculos por el salón, mientras que a Laura le faltaba la respiración y sentía que un gusano que se arrastraba en su interior.

+

Las niñas sintieron un gran alivio cuando apareció el tío Tom en su vetusto utilitario, trayendo a Berto y a Lola cargados de maletas y regalos. Las niñas corrieron al porche y abrazaron con fuerza a sus padres; el alivio se les desparramaba por todos los poros de la piel como si fueran un par de ollas exprés.

Sólo unos segundos más tarde, la botella envenenada ocupó por completo los pensamientos de las niñas: debían hacerla desaparecer.

Laura y Marta se miraron. Antes de que la familia entrara en la casa, Laura señaló una de las ruedas traseras del coche del tío Tom y exclamó:

— ¡Dios mío, os podíais haber matado! ¡Esa rueda está pinchada!

Antes de que la hermana mayor hubiera terminado de pronunciar estas palabras, Marta corrió como un rayo al interior de la casa, rumbo a la despensa.

Los cuatro adultos se acercaron hacia la rueda y empujaron repetidamente el neumático, llegando al veredicto, no unánime, de que la presión de aquella rueda estaba bien.

—¡Venga, a comer, que se enfría el arroz! —ordenó tía Mari y todos pasaron al comedor.

Mientras se sentaban alrededor de la mesa, Laura vio a su hermana bajar las escaleras de los dormitorios. Le mostraba un pulgar hacia arriba y una sonrisa relajada.

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Las risas de Lola y Berto perfumaban el salón con mayor intensidad que la paella de tía Mari. Después comer, cuando la familia rodeaba la mesa, Lola extrajo de una bolsa un grabado que decía “The early bird catches de worm”, enmarcado en un papiro auténtico, se lo entrego al tío Tom.

— Estoy segura que a las niñas se les habrán pegado las sábanas más de un día —bromeó Lola—, espero que no hayan sido demasiado duras contigo.

Mari y Tom rieron la ocurrencia, mientras las niñas tosieron a la vez.

La Tía Mari gritó de alegría cuando abrió su regalo: una preciosa blusa de finísimo algodón egipcio, con bordados dorados en los puños. Llenó de besos a su hermano y a Lola.

Berto reservó para el final dos vistosos colgantes con la figura de un gatito egipcio alado, de alabastro translúcido.

—¡Son preciosos! —exclamó Marta con los ojos resplandecientes.

— He aprendido mucho sobre los gatos en Egipto, esta figura es la diosa Bastet —dijo señalando la efigie—. En el antiguo Egipto los gatos eran considerados animales sagrados, creían que su misión era la de proteger el hogar —explicó Berto— por eso le he traído otro pequeño collar a Fifí ¿dónde está?

Marta y Laura brincaron de las sillas para buscar al pequeño Fifí y verlo con el colgante puesto.

—¡Yo miraré en los dormitorios! —replicó Laura, escaleras arriba.

—Bueno, habrá que brindar por vuestro regreso ¿Quién quiere una copa? —propuso el tío Tom.

—Yo, ¡claro que sí! —se alegró Berto— ¡Celebremos! Tráete también unos frutos secos, Tom. Huele almendras, ¿no?

—¿Sabes, Berto? He descubierto una ginebra, inglesa of course, te va a encantar —Tom trajo consigo una botella de Hendriks y comenzó a verter ceremoniosamente la ginebra en dos copas ovaladas de fino cristal azul rey, abrió el frigorífico y cortó un par de rodajas de pepino.

—Fifí, ¿dónde estás? Bis, bis, bis —Laura entró en su dormitorio y se arrodilló para mirar debajo de las camas. Cuando vio la botella de Hendriks que había guardado allí Marta, se congeló. Estaba completamente cerrada. Se puso de pie, un escalofrío le atravesó el cuerpo.

—El pepino potencia los sabores que surgen de las numerosas destilaciones de esta ginebra —explicaba el tío Tom, escaleras abajo—, por eso debe ser tomada en ocasiones especiales. ¡A tu salud! —Tom levantó su copa y con un brillo especial en los ojos esperó, sereno y con la mano en alto, a que su cuñado imitara el gesto.

Laura voló por el pasillo de los dormitorios, mientras se precipitó por las escaleras gritó con toda su alma:

—¡Papá! ¿Sabes lo que hace el maleducado de Fifí?

Berto, que había levantado su copa, atendiendo a la voz de su hija, respondió con media sonrisa:

—No me lo quiero ni imaginar, ¡menudo bicho! — y cuando se acercó la copa a los labios, Laura apareció en el salón e impulsada como por una catapulta sobrevoló la mesa de centro y gritó, aún más desquiciada:

—¡Salta sobre la mesa y tira la vajilla con sus uñas! —con una mano golpeó la copa que sujetaba su padre, con la otra mano arrastró el resto de la vajilla que estaba sobre la mesita y la botella de Hendriks, todo se hizo añicos al caer contra el suelo.

Todos miraron perplejos a Laura. Antes de que las voces de sus padres la marearan a preguntas por la estupidez que acababa de hacer, Marta irrumpió:

— Papá, papá… el gato, Fifí, ¡está muerto!

Justo en la entrada de la casa, unos metros pasada la puerta automática de vehículos, yacía en la cuneta Fifí, tieso e hinchado, con un hilo de sangre que le salía de un hocico inexplicablemente azul.

10 Comentarios

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  1. Felicidades!!!
    Es una maravilla de relato, la historia, el hilo de suspense creado, el lenguaje claro y descrptivo, el final!’….Todo un 10.
    Gracias por tu compartir!’…
    Te animo a seguir escribiendo!….

    • ¡Vaya, muchas gracias María Jesús!
      Me alegra muchísimo que te haya gustado mi primer relato. Me preocupaba que fuera pesado y no hubiera suspense. Gracias, sí, me animas a seguir escribiendo. 🤗

  2. ¡Hola, profe! Exacto, se me pasó la escena, aquí viene recogida:
    «Las niñas corrieron al porche y abrazaron con fuerza a sus padres; el alivio se les desparramaba por todos los poros de la piel como si fueran un par de ollas exprés.» Efectivamente, aunque no se hubiese producido, la lógica causal dicta que se prioriza la copa en donde está el veneno que van a tomarse los padres, antes que otra cosa. Te lo compro, of course.
    Por otro lado, en relación a la escena de la alcoba, creo que es ésta ¿?: «—Vuelves a estar paranoic, ¿a dónde me voy a ir? Cuando you take the pills estás mejor. ¿No estoy aquí? You do not see me? Take them, otherwise you don’t sleep —dijo Tom colocándole en su mesita de noche un pequeño frasco de pastillas. Entre las piernas de Laura se coló Fifí como un rayo y entró en la habitación de los tíos, se escondió debajo de la cama. Laura se asustó y al echar su cuerpo hacia atrás crujió una maderas del suelo.» Como lector, sinceramente, me hubiese gustado ver más claro esas diferencias. Lo interpreto como si la tía Mari estuviese depresiva cuyas razones podrían ser miles. Si es ésta la escena ¿eins?
    Por último, ¿Qué manía con los gatos, no Israel? jajajaja

  3. ¡Hola Jorge!. Está bien escrito, además, de lo que te señaló Mauro, hay un par de frases que a mí particularmente me chirrían un poco por ser tópicas: «A la mañana siguiente el tío Tom estaba más fresco que una lechuga», lo de «…más fresco que una lechuga», como frase hecha, me descoloca. Es como si lo usara alguien que lleva tan solo varios textos escritos. Entiéndase, la comparación, vaya. Yo hubiera buscado otra metáfora, más original. Me pasa lo mismo con «…pero divisó una mortecina luz…» no se… ¿otra imagen más tuya que muestre ese detalle?
    Por otro lado, cuando dices «…A la tía Mari le extrañó ver a sus sobrinas: parecían dos estatuas mirándose fijamente» creo que la frase no suena bien, es como si nunca las hubiera visto, y la presentas como una mujer más cercana y afable que Tom. De paso, te comento también que echo en falta más protagonismo de la tía Mari. Tampoco muestras al tío Tom, en relación a su esposa, como un machista, indiferente con ella. Ahí, quizás, podría verse las diferencias de ¿maltrato psicológico? y entenderse, la frialdad de Mari y, en consecuencia, algún rencor profundo que podrías haber enlazado para que Tom le ocurriese algo o que fuera partícipe con la venganza de las sobrinas.
    Por último, cuando regresan los padres, no he visto la escena del reencuentro. Se trata de dos niñas de corta edad, cualquier padre/madre tras uno o X días fuera, lo primero que haría es abrazarlos o viceversa. No veo «explicado» (entiéndase mostrado) ese distanciamiento.
    Por lo demás, te felicito y se nota el gran trabajo que hay detrás. Doy fe de la caña que da Israel, :)
    Un abrazo.

    • Hola, Ramón. Tus aportaciones sobre las frases hechas son muy útiles e interesantes. Seguro que a Jorge le ayudan mucho y tomará nota.
      Con relación a las apreciaciones de carácter dramático, aunque entiendo tu necesidad de que las obras te lo revelen todo, el texto de Jorge, al ser moderno, opera a través de los huecos, de los espacios “en blanco”. Pero es que además, en mi opinión, la relación estropeada entre el tío Tom y la tía Mari es muy evidente, cómo lo son todos los matrimonios rotos que no manifiestan públicamente sus problemas de pareja. Es precisamente a través de la escena de la alcoba, cuando la niña les escucha discutir, cuando se pone más de manifiesto la diferencia que tienen, sin contemplar el comportamiento radicalmente distinto que tiene cada uno con las niñas. Finalmente, si existiera la posibilidad de que tu padre o madre mueran por envenenamiento de una botella que tú mismo llenaste de veneno, aunque hubieran estado fuera un mes como es el caso de esta familia, ¿no estarías, como lo están ellas, más preocupado por evitar el envenenamiento que hacerle palmas a tus padres recién llegados? A pesar de todo, si no recuerdas mal, cuando los padres llegan se echan corriendo a los brazos de sus padres. Quizá pasaste por encima de este hecho.
      Te mando un saludo cariñoso. A ver cuando te vuelvo a ver en clase. ✍🏼

  4. Me cae en mal momento este cuento, dado que mi gatito murió el domingo en la mañana. Sin embargo, eso no me impidió apreciar esta gran narrativa. Un excelente cuento. Voy a dejar unas correcciones muy puntuales que considero, la van a mejorar un poco.

    1) Lo de la preocupación de Berto por las hormonas de las niñas me dejó desorientado totalmente. Es una idea que parte de, y lleva a: nada. Eso lo eliminaría por completo.
    2) Correcciones gramaticales: «cuando sus padres la enviaron a la casa de Blackpool para ver mundo y aprender inglés, tales cosas nunca sucedieron.» Creo que aquí falta una conjunción adversativa.
    3) Correcciones gramaticales: “Entonces supieron por qué Tom había llevado una gruesa regla de madera en su maleta que equipaje”
    4) Tras lanzar al gato al agua, uno de los párrafos siguientes empieza así “En la pequeña Marta creció una determinación firme de oposición.” Y luego un conjunto de acciones que respaldan esa afirmación. Creo que se vería mejor si empezara directo con las acciones y se eliminara esa oración.
    5) Correcciones gramaticales: “habían pasado un par de horas desde el intento de ventana de Marta”.
    6) Correcciones gramaticales: “Después comer, cuando la familia rodeaba la mesa”.
    7) Para concluir y a riesgo de ofender al autor, quisiera hacer una sugerencia: Tomando en cuenta que la idea de matar a alguien no es algo que se medite a la ligera y menos en la mente de u niño, y también considerando que el gatito era una figura conocida en Internet, yo trabajaría la planificación del homicidio como una idea sugerida por los rabiosos seguidores de Fifi, tras hacer pública en las redes sociales, la anécdota de que fue lanzado al agua.

    • Hola Mauro, guau!! Muchas gracias por haber leído mi cuento y además con tanta atención y compartirlo, me encanta! Te voy a contestar a tus comentarios:
      1) Tienes razón, pero es que la frase está mal transcrita y no dice nada, en realidad debía poner “Berto las dejo hacer por los escalofríos …” y no “Berto las dejó hacer, los escalofríos…” así tiene sentido dándose por vencido y terminado la escena. Si aún así no ves la frase… te puedo comprar que sobre, aunque creo que da una pincelada pequeña a su relación.
      2) aunque no hace falta esa conjunción que dices, a lo mejor llevas razón por el ritmo de la lectura.
      3), tomó nota, gracias.
      4)aquí me voy a defender, además el párrafo originalmente comenzaba con “Lejos de que viniera la calma, en la pequeña Marta creció…” y creo que este inicio se debía de haber mantenido, es cierto lo que dices, que no hace falta porque ya se informa más abajo, pero es que un párrafo con otro párrafo tienen que tener ciertas frases que los unan y no poner información porque sino corres el riesgo de que parezca un telegrama. Ojo, para mi lo peor de este cuento es que los párrafos están un poco sueltos, como sin ritmo, pero eso son paranoias mías”
      5)👍, lo siento se pasó.
      6)👍, hablaré con mi editor, esto es intolerable.
      7)Mauro, lo primero: no me ofendes. Estuve dándole vueltas al final, pfff, no te cuento, sólo te diré que tiene tres finales escritos diferentes, a cuál más chiflado, incluso quiero recordar que el profe me abroncó por alguno muy estúpido. Yo le dije que no se enfadara, que era mi primer cuento, carajo! Ese final me lo guardo, no es mala idea, gracias Mauro.
      Ah! Siento lo de tu gato. Mi cuento nació porque me atropellaron, no hace mucho a mi gato. Ya ves, de la desgracia saque el cuento.

  5. ¡Pues me ha encantado, Jorge!
    Nada que envidiarle a «El verano feliz de la señora Forbes». Incluso funciona mucho mejor si tienes en mente el cuento de Márquez porque «crees» saber para dónde va el giro cuando, en realidad, no es por ahí.

    Un pequeño detalle que seguro fue una errata de tecleo: «habían pasado un par de horas desde el intento de ventana de Marta». Imagino que es «venganza».

    ¡Saludos y buena semana!

    • Muchas gracias, Leandro, por: leerlo, por comentarlo, por averiguar dónde me inspiré y ¡ encima que te guste! Es un lujo que alguien te lea, pero si además éstos encajan las piezas del puzzle que has hecho, entonces la satisfacción es doble. Un abrazo 🤗!!
      )Sí, es una errata, gracias por el detalle)

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