Israel Pintor: Hoy tengo el gusto de hablar con uno de los escritores más interesantes del panorama hispanohablante: Juan Pablo Villalobos. Juan Pablo, gracias por aceptar tener este diálogo conmigo. ¿Cómo estás?
Juan Pablo Villalobos: Hola, Israel. Muy bien, gracias. ¿Y tú?

Israel: Bien también, encantado de poder charlar contigo así. Te conocí hace unos años en la BSM, cuando estudiaba el máster de creación literaria, y desde entonces quería hacer esta charla. Gracias por aceptar.
Juan Pablo: Gracias a ti por la invitación.
Israel: Para quienes no estén familiarizados contigo, Juan Pablo Villalobos es un escritor mexicano que vive en Barcelona. Autor de obras como Fiesta en la Madriguera y No voy a pedirle a nadie que me crea, ha recibido numerosos reconocimientos y sus libros son leídos en México y más allá. También eres docente en creación literaria. Hablemos de tu concepción sobre la creatividad. ¿Cómo ha evolucionado para ti a lo largo del tiempo?
Juan Pablo: Cuando empecé, la creatividad surgía de una necesidad de expresión. Era adolescente y sentía que tenía algo único que decir. Con el tiempo, descubrí que no era tan original como creía. Luego estudié literatura, hice un doctorado a medias en teoría literaria y mi enfoque cambió. Ahora pienso que la esencia de la creación literaria está en el «cómo». Es una búsqueda formal que intenta atrapar intuiciones, aunque sepamos que nunca lo lograremos por completo. La obra, al final, es la huella de ese intento. Es interesante cómo, con el tiempo, también empiezas a aceptar que lo que buscas al escribir no es la perfección, sino capturar un momento, una emoción o una idea de la mejor forma posible.
Israel: Entonces, ¿podrías decir que el «cómo» ha desplazado al «qué» en tu trabajo?
Juan Pablo: Exacto. Antes me preocupaba más por las historias y los personajes. Ahora pienso que cada obra debe crear su propia lengua, su propia forma. Para mí, escribir es tantear, balbucear hasta encontrar algo que funcione para esa obra en particular. Por ejemplo, en mis primeras novelas trabajé mucho con la ironía, el humor negro y la crítica social como vehículos narrativos. Pero esos recursos no siempre encajan con todo lo que quiero contar. Es como si cada novela pidiera un enfoque único, algo que solo ella puede necesitar. Escribir también implica escuchar lo que la propia historia te pide, y muchas veces lo que pide no es lo que planeabas inicialmente.
Israel: Me llama la atención cómo cada una de tus novelas parece tener un «primer aprendizaje» técnico. ¿Podrías hablar de eso?
Juan Pablo: Claro. En Fiesta en la Madriguera no escribí diálogos porque no sabía hacerlo. Aprendí en Si viviéramos en un lugar normal, donde las voces de los personajes son fundamentales. En Te vendo un perro trabajé en personajes femeninos porque, hasta entonces, habían sido meramente instrumentales. En No voy a pedirle a nadie que me crea, escribí con voces narrativas femeninas por primera vez. Y en Peluquería y letras, experimenté con una narración continua, sin capítulos ni fragmentos. Además, cada una me llevó a explorar cómo construir ritmos narrativos distintos. Por ejemplo, en Te vendo un perro, hay un juego constante con el tiempo verbal que refuerza la sensación de caos en la vida del protagonista. También me obligó a profundizar en cómo los personajes secundarios pueden enriquecer la trama principal sin convertirse en distracciones.
Israel: Cada novela como un laboratorio de exploración. ¿Crees que el oficio de escritor se nutre de estos retos técnicos?
Juan Pablo: Absolutamente. La escritura no es acumulativa; cada libro requiere descubrimientos propios. Algunos de esos aprendizajes no vuelven a ser útiles y, a veces, ni siquiera quieres repetirlos. Escribir es reescribir y aprender a quitar, como en la escultura. Creo que también hay algo emocionante en no saber cómo resolver un problema narrativo al inicio. Es como lanzarte al abismo y confiar en que encontrarás una red. Es un proceso de vulnerabilidad y paciencia, porque muchas veces las soluciones aparecen en los lugares menos esperados. También hay una lección de humildad en aceptar que a veces no encontrarás una solución perfecta, sino simplemente la mejor posible dentro de las limitaciones de la obra.
Israel: Muchos de mis alumnos se preocupan por el tiempo que toma asimilar el oficio. ¿Qué les dirías?
Juan Pablo: Que la escritura implica muchas horas de «pared blanca»: fracasar, intentar y reescribir. Me gusta una frase de Héctor Libertella: «Reescribir es darle apariencia de naturalidad a algo que tiene muchísimo trabajo». En Fiesta en la Madriguera, trabajé dos años para escribir 64 páginas. Fue un proceso de depuración. Creo que, además, es fundamental aceptar que la paciencia es parte del oficio. La prisa es enemiga de la buena escritura. A veces, necesitamos alejarnos de un texto por semanas o meses para entenderlo realmente. En mi experiencia, esos momentos de pausa pueden ser tan valiosos como el acto mismo de escribir. Es como si dejaras que la historia «respirara» por sí misma.
Israel: Hablaste de la tradición literaria. ¿Cómo recomiendas que los escritores encuentren la suya?
Juan Pablo: Cada quien debe construir su propio canon. Empieza con lo que te gusta, reflexiona por qué te atrae y sigue investigando. Busca autores relacionados, sus influencias y las tradiciones que los rodean. Es un proceso personal y serio. Es importante también no quedarse solo con lo conocido. Hay que explorar literaturas marginales, voces olvidadas o menos visibilizadas. Además, leer fuera de tu lengua materna abre perspectivas nuevas. Por ejemplo, leer a escritores asiáticos o africanos cambia tu percepción sobre cómo se pueden contar las historias. También creo que es esencial leer de manera activa, cuestionando las decisiones de los autores y preguntándote cómo habrías escrito tú esas mismas historias.
Israel: Finalmente, quiero preguntarte sobre la representación literaria de México. En tus novelas hay críticas sociales y políticas. ¿Te preocupa la deriva apocalíptica de algunas narrativas sobre el país?
Juan Pablo: Sí. Creo que los escritores tenemos una responsabilidad en cómo representamos nuestras realidades. Narrar a México como un lugar sin remedio refuerza ideologías peligrosas. Necesitamos recuperar el espacio de lo posible, de la esperanza, incluso si es utópico. Mis novelas buscan ese equilibrio: critican, pero también intentan encontrar algo humano, algo que valga la pena rescatar. Creo que la literatura puede abrir un espacio para imaginar un futuro distinto, algo que el discurso político no siempre consigue. Además, pienso que la literatura tiene el poder de romper con las narrativas monolíticas, mostrando que hay tantas historias como personas. En México, esto es particularmente importante porque la diversidad cultural es inmensa, y no podemos reducirla a un solo discurso.
Israel: Ha sido un placer hablar contigo, Juan Pablo. Gracias por tu tiempo y generosidad. Espero verte pronto.
Juan Pablo: Gracias a ti, Israel, y a todos los que nos escuchan. Hasta pronto.


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