Cómo escribía Jorge Luis Borges: el método de la duda creativa

Tiempo de lectura: 11 minutos
Guardar
Inicia sesión para añadirlo a tus marcadores. Cerca

¿Te han vendido alguna vez esa imagen del escritor iluminado que recibe la inspiración divina y la vomita sobre el papel sin una sola tachadura? Pues es mentira, y es una mentira que hace mucho daño a los que intentan escribir con un mínimo de seriedad. 

Borges, el gran laberinto de nuestra lengua, es la prueba viviente de que escribir es, sobre todo, un ejercicio de carpintería mental, de tachones y de una indecisión casi patológica que roza la neurosis. 

Al asomarnos a sus manuscritos, no vemos a un genio tocado por el rayo, sino a un artesano que se pelea con cada partícula de aire que convierte en palabra. Olvida los mitos de la creación espontánea que solo sirven para que los diletantes se sientan bien mientras no producen nada. 

Hoy vamos a destripar el método de Jorge Luis Borges basándome en el análisis genético de Daniel Balderston en su obra El método Borges. Si crees que tus dudas te hacen mal escritor, quédate, porque te voy a demostrar que la duda es, en realidad, tu mejor herramienta de trabajo y que Borges era el maestro absoluto de la vacilación productiva.

El mito de la perfección espontánea (o por qué tu primer borrador es basura)

Existe una tendencia romántica y bastante estúpida a creer que la genialidad no requiere esfuerzo, que el texto surge como un todo orgánico en la mente del autor. Pero Balderston, tras años de estudiar los cuadernos de Borges, nos muestra algo radicalmente distinto: un campo de batalla lleno de heridos. 

Borges no escribía ficciones; las esculpía sacando viruta de la duda. Sus manuscritos son un caos controlado de flechas, inserciones y tachaduras que parecen cicatrices. Lo que tú llamas «bloqueo», Borges lo llamaba «trabajo». Él no esperaba a estar seguro para escribir; escribía precisamente para saber de qué podía estar seguro. La página en blanco no le daba miedo porque no la trataba como un altar, sino como una mesa de despiece.

Si te sientes mal porque tu primer borrador parece escrito por un niño de primaria con prisa, felicidades: estás en el camino de Borges. El rigor no es escribir bien a la primera; el rigor es tener la decencia de no conformarse con lo primero que te sale de las entrañas. La diferencia entre Borges y un escritor mediocre no es la calidad de su primera idea, sino su capacidad de resistencia frente a la mediocridad de esa idea. Él se quedaba ahí, mirando el vacío en sus cuadernos cuadriculados de contabilidad o en sus agendas de bolsillo, hasta que el vacío le devolvía la palabra exacta, o al menos, la menos mala de todas las posibles. Balderston documenta cómo Borges podía pasarse días ajustando una sola frase en los márgenes de un manuscrito ya avanzado, demostrando que la lucidez es un músculo que se entrena con la insatisfacción.

La página como campo de posibilidades: la estética de la vacilación y las variantes

Uno de los hallazgos más fascinantes y reveladores de Balderston es el uso sistemático y casi obsesivo de las variantes en los márgenes. Borges no elegía una palabra y seguía adelante como si fuera un dictado de la divinidad. A menudo, escribía una frase y, sobre ella, o en los márgenes de sus cuadernos, anotaba tres o cuatro opciones distintas. Mantenía estas alternativas conviviendo en un estado de superposición hasta que el ritmo de la frase o la precisión del concepto dictaban la sentencia final. No era una falta de decisión, era una abundancia de rigor. Él sabía que el lenguaje es un sistema de tensiones y que una palabra «casi» correcta es la diferencia entre un cuento magistral y una anécdota olvidable.

Este método de la vacilación nos enseña que el texto no es algo cerrado, sino un sistema de opciones en constante movimiento. Borges trataba su propio borrador como si fuera el traductor de una obra ajena, buscando la versión más fiel a una idea que todavía estaba en formación en su cabeza. 

Esa falta de arrogancia de creer que tu primera palabra es la ley es lo que separa a un profesional de un diletante con ínfulas. Para Borges, escribir era elegir, y elegir es, por definición, renunciar. Pero él no renunciaba hasta haber agotado todas las posibilidades estéticas que su letra de insecto le permitía registrar. 

Balderston analiza casos donde Borges tachaba un adjetivo, ponía otro y, semanas después, volvía al primero porque el contexto del relato había cambiado. Eso, amigos, es oficio y lo demás son tonterías.

El intertexto como andamio (o cómo robar con rigor académico y elegancia)

Borges no sacaba sus historias de la nada, no era un místico del vacío. Era un lector voraz que usaba sus lecturas como material de construcción, pero no de forma decorativa o pretenciosa. Balderston analiza cómo tomaba notas minuciosas de enciclopedias, de libros de filosofía de segunda mano o de oscuros tratados teológicos para cimentar su ficción. 

Su método consistía en insertar una verdad académica o histórica comprobable en medio de una mentira fantástica absoluta. Ese es el truco: si me das un dato real y preciso sobre la teología nórdica del siglo XII, me creeré sin pestañear que el protagonista puede viajar por los sueños o que el tiempo es un laberinto circular.

El método es claro: la investigación no es un adorno para quedar bien en las cenas, es la estructura misma del relato. Borges leía para encontrar el detalle que hiciera verosímil lo imposible. Pasaba horas en la Biblioteca Nacional no solo inspirándose con el olor de los libros, sino extrayendo datos como un minero que busca oro en una montaña de escombros. 

El rigor académico que aplicaba a sus fuentes —a menudo citando de memoria y luego verificando con una precisión quirúrgica que Balderston rastrea— es lo que le permitía luego ser tan libre y tan irreverente con la realidad. Si vas a escribir sobre un laberinto, más te vale haber estudiado cómo se construye uno, qué materiales se usan y qué leyes físicas lo rigen, aunque sea para luego dinamitarlo todo en la página tres.

La brevedad como forma de respeto y de inteligencia suprema (el horror al relleno)

¿Por qué Borges nunca escribió una novela? No fue por falta de aliento, ni por pereza, sino por un exceso de inteligencia y una economía de medios que hoy nos parece casi milagrosa. Balderston destaca cómo Borges trabajaba en la condensación absoluta, un proceso que se ve claramente en la evolución desde sus borradores manuscritos hasta sus versiones mecanografiadas. 

Si algo puede decirse en diez páginas, Borges buscaba la forma de que doliera en tres. Él despreciaba profundamente la palabrería y los rellenos innecesarios que muchos autores usan para inflar sus libros, ganar peso en la estantería y parecer importantes a ojos de los críticos despistados.

La densidad de su prosa es fruto de una compresión casi física, como la de una estrella que se colapsa. Cada adjetivo tiene que ganarse su derecho a existir en un proceso de selección natural despiadado. Si un párrafo no empuja la historia, si no ilumina el concepto central o si no aporta un matiz rítmico esencial, se elimina sin piedad, por muy bonito que suene. 

La literatura, para Borges, es el arte de saber qué quitar. Escribía para lectores que no tienen tiempo que perder, y esa economía del lenguaje es, en el fondo, una forma de elegancia y de respeto profundo por el otro. Si no puedes ser breve, al menos sé brillante; pero si puedes ser ambas, serás Borges. En los manuscritos analizados por Balderston, vemos cómo párrafos enteros desaparecen para que la idea principal brille sin interferencias.

La técnica de la nota al margen y la construcción de la autoridad intelectual

Otro punto clave que Balderston desvela con maestría es cómo Borges construía su autoridad mediante marginalia, glosas y referencias cruzadas. En sus borradores, vemos que a menudo añadía citas (unas reales, otras apócrifas, pero todas verosímiles) en el último momento para dar solidez al relato. Usaba un tono académico, casi de ensayo seco, para narrar hechos totalmente fantásticos. Esto creaba una tensión maravillosa entre el fondo alucinante y la forma burocrática o erudita.

Escribía con la seguridad de un catedrático de Oxford y la imaginación de un niño que juega con espejos en una habitación oscura. Este método de ensayizar la ficción le permitía eludir todos los clichés baratos del género fantástico. 

No te contaba una historia de fantasmas para asustarte; te presentaba un informe detallado sobre un caso de aparición en las afueras de Buenos Aires. Esa distancia irónica es lo que hace que su obra sea imperecedera y que no caduque como los efectos especiales de una película mala. 

Aprendamos de esto: a veces, para que te crean una mentira monumental, tienes que contarla como si fuera el acta de una reunión de vecinos aburrida. El rigor en el detalle accesorio es lo que vende la fantasía central.

El uso de los cuadernos: la memoria es una traidora y el papel es el único testigo

Borges no esperaba a que llegara la musa sentado en su escritorio de roble con una copa de coñac. Llevaba cuadernos donde anotaba ideas sueltas, citas mal recordadas que luego corregía y esquemas de tramas que a veces tardaban décadas en germinar. 

Balderston señala que muchos de sus cuentos más famosos empezaron como una simple frase anotada al margen de un libro que estaba leyendo o en un cuaderno de apuntes años atrás. El método borgiano es un método de acumulación lenta, de fermentación y luego de destilación violenta.

No confíes en tu memoria, por muy buena que creas que es. Tu memoria es una vaga redomada que prefiere recordar el estribillo de una canción de mierda o el nombre de un actor secundario antes que esa metáfora brillante que se te ocurrió cruzando la calle. 

Anótalo todo. Borges lo hacía compulsivamente, incluso cuando ya casi no veía, pidiendo a otros que anotaran por él debido a su ceguera progresiva. Esa transición del manuscrito autógrafo al dictado, que Balderston analiza en la etapa final de su obra, no cambió el rigor de su método; solo cambió el instrumento. 

Tú, que tienes todas tus facultades, un smartphone en el bolsillo y aplicaciones de notas por doquier, no tienes ninguna excusa para perder ni una sola idea por pura pereza o arrogancia.

La revisión infinita: el texto como proceso vivo, no como destino final

Para Borges, un texto nunca estaba terminado, solo abandonado por cansancio o por la presión de la imprenta. Balderston documenta con una precisión casi obsesiva cómo, incluso después de publicados, Borges seguía corrigiendo sus textos en las nuevas ediciones. Cambiaba una coma, sustituía un adjetivo por uno más preciso, eliminaba un «que» superfluo o un adverbio que le molestaba al oído. 

Este método de revisión infinita nos dice que la escritura no es un objeto estático, sino un proceso vivo y en constante evolución.

No te obsesiones con la perfección final e inamovible, porque eso no existe fuera de los museos de cera. Obsesiónate con el proceso de mejora constante y con la autocrítica feroz. 

Cada vez que releas tu obra, deberías encontrar algo que te avergüence lo suficiente como para querer cambiarlo inmediatamente. Si estás totalmente satisfecho con lo que escribiste hace un año, es que no has crecido nada como escritor y que te has quedado estancado en tu propia complacencia. 

Borges crecía con cada corrección, con cada variante que descartaba o recuperaba, y nosotros deberíamos aspirar a esa misma insatisfacción crónica que es la única que garantiza la calidad. Su método de escritura genética, como lo llama Balderston, es una lección de humildad frente a la página.

Si sientes que tus borradores son un caos absoluto y no sabes cómo aplicar este rigor de carpintero literario a tu propia obra, yo puedo ayudarte a poner orden en ese laberinto a través de mi Coaching literario. Te voy a decir dónde te sobran adjetivos, dónde te falta lectura y dónde estás siendo un vago redomado. 

Si quieres que trabajemos mano a mano en tu proyecto para que deje de ser un borrador mediocre y se convierta en una obra sólida que Borges no se avergonzaría de ojear, escríbeme por WhatsApp. Deja de dar palos de ciego en la oscuridad y empieza a construir tu método de una vez por todas.

Para aquellos que sientan que necesitan una base técnica más fuerte antes de enfrentarse a la página en blanco, les recomiendo  mi videocurso Cuenta, pero bien, donde desguazo los mecanismos internos que hacen que una historia sea memorable. Y si lo tuyo es la precisión de las formas y quieres entender cómo funcionan los moldes literarios para luego romperlos, el videocurso de Subgéneros narrativos es tu mejor inversión para no perder el tiempo inventando la rueda. 

La formación es el atajo inteligente para no perder diez años cometiendo los mismos errores de siempre por pura soberbia.

Escribir es un acto de fe, sí, pero sobre todo es un oficio manual que requiere callos en las manos, mucha duda y una capacidad de renuncia casi monacal. Borges lo sabía perfectamente y por eso nos dejó una obra que es un universo en sí misma. Ahora te toca a ti decidir si quieres ser el dueño de tu propio laberinto o simplemente alguien que se perdió en él por no tener un mapa, una brújula y la disciplina necesaria para seguir el camino. A escribir.

¿Tienes dudas? Déjame un comentario; los leo y respondo a todos.

Deja un comentario

Deja un comentario