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¿Te pasa? Vas caminando, cruzando la calle, fingiendo que buscas el mejor aguacate en el supermercado, y tu cerebro no está ahí. Está en otra parte. Está vistiendo a la cajera con una armadura medieval, convirtiendo al tipo de la sala de espera del médico en un fugitivo internacional, y dándole un pasado trágico al perro que mea en la farola. Es un torrente incesante. Somos exploradores, aventureros de lo cotidiano, buscando la historia oculta bajo la superficie de todo. Somos personajes en busca de personajes. Y esta bendita, jodida imaginación nunca, jamás, se toma un descanso. Bienvenido al espectáculo.
Se habla mucho de la «personalidad creativa» como si fuera un don, un destello de luz divina. Permíteme ser brutalmente honesto: es un cóctel molotov de neurosis glorificadas. Somos un saco de contradicciones andante. Somos ególatras convencidos de nuestra propia genialidad y, al mismo tiempo, sufridores atormentados que creen que todo lo que escriben es basura. Somos mentirosos profesionales que, paradójicamente, buscamos la verdad más profunda de la existencia para darle sentido a todo. Somos obsesivos, melancólicos, y sí, envidiosos. Y en el fondo de todo ese caos, arde un deseo secreto y vergonzoso: queremos ser famosos, forrarnos vendiendo libros. Pero como sabemos que eso es más difícil que ver a un político decir la verdad, nos agarramos al único clavo ardiendo que nos queda: el trabajo duro. La personalidad creativa no es un regalo, es una bestia compleja a la que hay que alimentar, domar y, a veces, simplemente sobrevivir.
La ducha y el espejo: el laboratorio del ego y la mentira
Empieza en la ducha. El agua caliente, el ruido blanco… es el único lugar donde las voces de tus personajes gritan más alto que tu propio crítico interno. Y ahí, enjabonándote, ¡ZAS! La idea. La puta idea genial. Pero el verdadero ritual empieza después, frente al espejo. No te miras para ver si tienes buen aspecto. Te miras para ensayar. Eres tú, sí, pero también eres el detective al que le tiembla sutilmente la comisura del labio antes de soltar una acusación. Eres la reina destronada cuya arrogancia se trasluce en la forma de levantar una ceja.
Este es el campo de juego del ególatra y del mentiroso. Nuestro ego es fundamental. Creemos, en el fondo, que nuestras historias importan más que las de los demás. Que la forma en que nosotros vemos el mundo es única y merece ser contada. El espejo es nuestro primer público. Ahí practicamos las mentiras que luego escribiremos. Porque escribir ficción es el arte de la mentira elaborada. Y para mentir bien, primero tienes que creértelo tú. Te convences de que eres ese personaje, sientes su rabia, su amor, su pena. Es un ejercicio de disociación controlada, una forma de locura temporal que, si la haces bien, el mundo llama «arte». Somos actores sin escenario, ensayando para una obra que solo existe en nuestra cabeza.
El sofá y la librería: territorios de envidia y deseo
Luego intentas hacer algo «normal», como leer. Te sientas en el sofá con la última novela de ese autor que lo está petando. ¿Y qué pasa? No puedes. No lees como una persona normal. Lees como un puto forense. Desmontas cada frase. Analizas la estructura. Criticas el ritmo. «Bah, este giro se veía venir», «este diálogo es inverosímil», «yo esto lo habría hecho mejor». Es agotador. Somos incapaces de disfrutar de una historia sin convertirla en una lección o en una competición.
Pero el verdadero infierno, el epicentro de nuestra envidia, es la librería. Entrar en una librería es como entrar en un cementerio de tus sueños. Cada libro en la mesa de novedades es un recordatorio de que alguien llegó antes, lo hizo mejor o, simplemente, tuvo más suerte. Ves los nombres en las portadas y un veneno verde te recorre las venas. La envidia es el combustible oscuro del escritor. «Mira este, con la pasta que se estará llevando, y la novela es un truño». Es nuestro mecanismo de defensa. Porque admitir que son buenos, que merecen estar ahí, nos obliga a enfrentarnos a nuestra propia mediocridad, a nuestro propio miedo. En secreto, cogemos esos libros, les leemos la primera página y soñamos con el día en que nuestro nombre esté ahí, en letras doradas, en la sección de «Más Vendidos». Ese deseo de fama es nuestra gran zanahoria y nuestro gran látigo.
La página en blanco: el coliseo del obsesivo atormentado
Y con todo ese bagaje emocional, te sientas a escribir. Frente a ti, la página en blanco. El abismo. Aquí es donde el escritor juguetón que llevamos dentro muere y el obsesivo atormentado toma el control. Cada palabra tiene que ser perfecta. Cada frase, una obra de orfebrería. Relees la última línea cincuenta veces. Cambias una coma de sitio y luego la vuelves a poner donde estaba. Es una tortura autoimpuesta.
Este es el sufrimiento del que se alimentan los mitos del escritor. La melancolía, la angustia… no vienen de la falta de ideas, sino del peso de nuestras propias expectativas. El ego que nos decía en el espejo «eres un genio» ahora nos susurra al oído «eres un impostor». El único antídoto para esta parálisis obsesiva es recordar que esto también es un juego. A veces, para avanzar, tienes que dejar de tomarte tan en serio. Tienes que permitirte escribir una frase de mierda. Y luego otra. Tienes que ser juguetón. Escribir como si nadie fuera a leerlo. Lanzar pintura al lienzo solo por el placer de ver cómo salpica. El juego libera al obsesivo. La disciplina, más tarde, limpiará el desastre. Pero primero, tienes que permitirte hacer un desastre.
El veredicto final: del manuscrito al rechazo
Pasan meses, a veces años, de esta lucha. Y un día, terminas. Has escrito «FIN». ¿Sientes alivio? ¿Alegría? Qué va. Sientes un vacío aterrador. El proyecto que era tu obsesión, tu razón de ser, ha terminado. Y ahora empieza un nuevo tipo de tortura. Lo relees y lo odias. Lo dejas reposar y, cuando vuelves a él, te parece la obra de un extraño. Un extraño con bastante talento o un completo idiota, nunca hay término medio.
Y entonces, en un acto de masoquismo supremo, decides hacerlo público. Lo envías a un concurso. Rellenas el formulario, adjuntas el PDF y le das a «enviar». En ese clic va toda tu alma. Tu ego, tu esperanza, tu deseo secreto de fama, todo empaquetado y enviado a un jurado anónimo que probablemente usará tu primera página para calzar una mesa coja. Esa espera es una agonía. Cada email que llega te da un vuelco al corazón. Es la lotería, y lo sabes, pero no puedes evitar comprar el boleto.
Inevitablemente, llega el rechazo. O peor, el silencio. O la crítica de un lector beta, ese amigo al que le pasaste el manuscrito. «Es bueno, pero…». Ese «pero» es una daga en el centro de tu ego. Aquí es donde el sufridor atormentado quiere salir a quemarlo todo. Pero el profesional, el que se agarra al clavo ardiente del trabajo duro, respira hondo. Escucha. Separa el ego del texto. Entiende que la crítica no es un ataque personal, es una herramienta. Dolorosa, sí. Pero necesaria. Porque en el fondo, nuestro deseo de contar una buena historia es más fuerte que nuestro miedo a no ser lo bastante buenos.
En resumen, esto somos. Un hatajo de mentirosos ególatras, envidiosos, juguetones, obsesivos y melancólicos que coleccionamos experiencias para intentar darles un sentido, mientras soñamos con la fama y nos aterra el fracaso. No somos seres especiales. Somos artesanos de la emoción, y nuestra caja de herramientas es este caos de personalidad. Aprender a usar cada una de esas herramientas, incluso las más oscuras y peligrosas, es el verdadero oficio.
Si este retrato robot te encaja como un guante, si te has visto reflejado en este espejo deforme, entonces tenemos que hablar. Esto no se cura, pero se gestiona. Se aprende a dirigir. Deja de pelearte con tu propia naturaleza y empieza a usarla a tu favor. Suscríbete, dale a «me gusta», porque aquí no maquillamos la realidad del escritor, te la servimos cruda.
Y si estás listo para pasar de la autocompasión a la acción, si quieres un plan de batalla para todo ese ejército de demonios y musas que tienes dentro, la puerta está abierta. Búscame por WhatsApp↘️. Escríbeme y dime: «¿cuál de todos estos locos que viven en tu cabeza está saboteando tu novela?». Vamos a identificarlo y a ponerlo a trabajar para ti.
Este es el núcleo de lo que enseño. El Coaching literario es precisamente para esto, para materializar un proyecto en medio de este caos. El videocurso gratuito Ejercicios de escritura tiene lecciones como «Personalidad creativa» para que explores estos rincones de forma segura. Y el Curso de iniciación está diseñado para enseñarte desde el principio a lidiar con los obstáculos del oficio y a encontrar tu propio proceso creativo.
Ahora, si me disculpas, la envidia que he sentido en la librería me ha dado una idea cojonuda para mi villano. Hay que aprovecharlo todo. A escribir.
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