El método de Julio Cortázar para escribir cuentos

A finales de los años sesenta y principios de los setenta del siglo XX, Julio Cortázar publicó dos de sus textos teóricos más importantes sobre el cuento moderno, los artículos “Algunos aspectos sobre el cuento”, en la revista Cuadernos Hispanoamericanos y “Del cuento breve y sus alrededores” en su collage literario Último round. Estos textos son considerados por la academia y, en general por los cuentistas contemporáneos, como dos aportaciones fundamentales para la comprensión del género. A través de éstos textos, Julio Cortázar nos ofreció una visión personalísima del cuento, así como una propuesta metodológica a partir de su propia experiencia creativa, ¿quieres averiguar cuál era el método creativo de Julio Cortázar para escribir cuentos?


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Julio Cortázar nació en la Argentina en 1914. Fue escritor y traductor; trabajó para la Unesco y algunas editoriales. Se nacionalizó francés en 1981 como protesta contra la dictadura militar de su país, que lo persiguió y prohibió aún habiéndose autoexiliado en París.

Es uno de los autores más innovadores de su época, es maestro del cuento, la prosa poética y la narración breve en general, aunque escribió de todo: ensayo, teatro, crítica literaria…

Su fama trasciende sobre todo como cuentista, aunque también escribió novelas importantes que inauguraron una forma de hacer literatura en hispanoamérica al romper los moldes clásicos de la narración lineal; destaca, por supuesto, Rayuela.

Su narrativa es esencialmente fantástica, por lo que suele relacionarse con el surrealismo, una corriente estética que nació en París y que influenció a muchos artistas de todas las disciplinas desde principios y un poco más allá de mediados del siglo XX. 

Julio Cortázar es considerado uno de los principales exponentes del boom latinoamericano junto a autores como Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes.

Entre sus libros de cuentos más famosos se encuentran los títulos: Bestiario, Final del juego o Todos los fuegos el fuego. Pero la obra cuentística de Cortázar es mucho más amplia. Lo mejor, si te interesa leerlos, es hacerte con sus cuentos completos; Debolsillo ha hecho una edición económica, pero también hay una en letra un poco más grande en Alfaguara, en ambos casos necesitarás comprar dos tomos, ya te digo que Cortázar escribió muchísimos cuentos.

Me he dado a la tarea de analizar sus dos textos fundamentales para la comprensión del cuento, aquellos que cité al comienzo, con la intención de hacer algo que ni siquiera el propio Cortázar hizo; tal vez porque no se lo propuso: sistematizar su proceso creativo al escribir cuentos de una manera práctica, quizá pragmática. 

Si has leído los artículos citados ya te habrás dado cuenta de que Cortázar, aunque lo intentó, no fue precisamente claro. Tira mucho de la metáfora y la analogía para darse a entender, para desentrañar su propia manera de concebir la escritura de cuentos. Si no conoces éstos textos merece toda la pena que los leas y que juzgues por tu cuenta los esfuerzos, más bien retóricos, que hizo este autor tan querido. Como te pille distraído es probable que te pierdas en el intento de comprender, pero nadie podrá negar que su forma de traducir en palabras un fenómeno que consideraba casi mágico, es deleitosa, aunque no claridosa.

Pero para eso estamos los frikis como yo. Nadie lo pidió, pero yo lo tuve que hacer. Por mí, por ti, por toda persona que busque en la obra de Cortázar un rayito de luz que ilumine su comprensión sobre la creación literaria, sobre el cuento. 

Prácticamente todos los escritores en formación que he conocido a lo largo de la vida me han hablado de Cortázar como si de un oráculo literario se tratara. Es innegable la influencia, sobre todo formal, que los cuentos de Cortázar han tenido en los autores de mi generación. Es probable que yo mismo haya entendido conceptos como la técnica y la estructura a través de los cuentos de Julio Cortázar, aunque si soy honesto, no me haya quedado una huella demasiado profunda de sus historias o temas. En cualquier caso, la obra de Cortázar interesa y mucho, sobre todo a quienes se están formando como creadores literarios.

Así pues, voy a exponer los cinco pasos del método creativo que Julio Cortázar utilizaba para escribir cuentos, con la intención de que uses su método como referencia y puedas contrastarlo con tu propio método. 

La sistematización que yo realizo es un trabajo de síntesis e interpretación libre de lo que el propio Cortázar expone en los dos artículos antes citados. Lo que hago es ordenar y exponer, de la manera más clara posible, valiéndome incluso de una terminología propia, lo mismo que Cortázar expuso a su manera.

No se trata de asimilar el método de Cortázar como el método que un escritor debería hacer suyo. O sea, no porque Cortázar tuviera este método, significa que tú deberías tenerlo. Hay tantos métodos creativos como hay creadores en el mundo. De lo que se trata es de que empieces a tomar consciencia de tu propio proceso, a través del proceso creativo de uno de los más grandes cuentistas hispanoamericanos.

Empezaré por acercarme a la definición del cuento como género, según la propia definición que Cortázar hace de él, para terminar con los cinco pasos de su método creativo.

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El cuento según Cortázar

Empecemos por conocer la visión que Julio Cortázar tenía sobre el cuento. Para ello recurro a fragmentos de “Algunos aspectos del cuento”; aunque ya adelanto que destacan las conceptualizaciones: tema, elección del tema, intensidad, tensión y brevedad. 

Al intentar definir el género, Cortázar dice:

“Tengo la certidumbre de que existen ciertas constantes, ciertos valores que se aplican a todos los cuentos, fantásticos o realistas, dramáticos o humorísticos.”

“…no me parece inútil hablar del cuento en abstracto, como género literario. Si nos hacemos una idea convincente de esa forma de expresión literaria, ella podrá contribuir a establecer una escala de valores […] eso es siempre difícil en la medida en que las ideas tienden a lo abstracto, a desvitalizar su contenido, mientras que a su vez la vida rechaza angustiada ese lazo que quiere echarle la conceptuación para fijarla y categorizarla.”

“…un cuento […] se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal, y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada […], un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia.”

“…la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía. […] Mientras en el cine, como en la novela, la captación de la realidad más amplia y uniforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el clímax de la obra, en una fotografía o un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector con una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento. […] en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knockout. […] un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases.”

Cuando se refiere al tema y a su elección, expone:

“El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, [al punto de que] se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo de un orden social o histórico.

“…el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional… […] Lo excepcional reside en […] que atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotaban virtualmente en su memoria o su sensibilidad… […] …son aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto.”

“…cuando decimos que un tema es significativo […], esa significación se ve determinada […] por algo que está fuera del tema en sí… […] …antes está el escritor, con su carga de valores humanos y literarios, con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido…”

Cuando habla de tensión e intensidad, dice:

“La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario que de ese tema [se hace], a la técnica empleada para desarrollar el tema.”

“…la única forma en que puede conseguirse ese secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión… […] Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige. […] …la brusca prescindencia de toda descripción de ambiente. […] …la eliminación de todo lo que no converja esencialmente al drama.”

“…la tensión […] es una intensidad que se ejerce en la manera con que el autor nos va acercando lentamente a lo contado. Todavía estamos muy lejos de saber lo que va a ocurrir en el cuento, y sin embargo no podemos sustraernos [de él].”

“…tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio del escritor…”

Método creativo de Julio Cortázar para escribir cuentos

Seleccionar un tema y partir de una premisa. Previsión totalitaria de la obra

Escribe Cortázar:

“…hay como un enorme coágulo, un bloque total que ya es el cuento, eso es clarísimo aunque nada pueda parecer más oscuro, y precisamente ahí reside esa especie de analogía onírica de signo inverso que hay en la composición [de un cuento], puesto que todos hemos soñado cosas meridianamente claras que, una vez despiertos, eran un coágulo informe, una masa sin sentido.” […] “el desenlace está tan incluido en el coágulo inicial como el punto de partida”.

Dar este paso implicaría haber desarrollado una mirada propia, auténtica y seleccionadora, lo que viene siendo un ojo de artista, así como haber conseguido el dominio del oficio en el plano de la construcción dramática y las técnicas narrativas. O sea, ya para empezar, Cortázar no contempla la posibilidad de que alguien pueda escribir un cuento (no al menos si aspira a hacerlo como un cuentista profesional) si no se asume así mismo como un artista, como un creador, si no ha definido y reconocido su propia personalidad creativa, si no tiene algo que decir sobre algún asunto y si no tiene un dominio del oficio que pretende ejercer. Casi nada, ¿verdad? Pero no podemos perder de vista que Cortázar comenzó su formación literaria teniendo escasos años, durante su infancia. Y que leer y escribir desde tan temprana edad tiene como consecuencia la asimilación del oficio y el desarrollo de una perspectiva artística. ¿Esto quiere decir que si no has empezado a formarte desde la infancia como Cortázar estás perdido? ¡No! Sólo significa que, según la visión que Cortázar tenía sobre la alquimia del cuento, aquel que aspire a escribirlo, antes de ponerse a ello del tirón, debería prepararse.

Para un autor en formación esto puede parecer, ya de entrada, un bochorno, una negativa rotunda que le recuerda que está muy lejos de alcanzar su sueño literario. Pero si piensas un poquito lo que dice Cortázar, nadie, sin dominar el oficio y tener algo qué decir, puede realmente escribir un cuento. Lo puede intentar, otra cosa es que lo consiga.

Antes de que te tires al drama y te acose el pensamiento recurrente de que estás perdiendo el tiempo porque no importa lo que hagas, nunca llegarás a ser un buen escritor, considera que Julito Cortázar, o Cocó, como lo llamaba su familia, fue hijo de padres burgueses; su padre era diplomático. O sea, que no le faltaba de nada y le sobraban apoyos y estímulos de todo tipo. A los nueve años, a causa de su salud endeble, ya había leído todo lo que habían escrito Julio Verne, Edgar Allan Poe y Victor Hugo. ¿Qué estabas haciendo tú a los nueve años? ¿Se parece, aunque sea de lejos, a la circunstancias del joven Cortázar?

Calcula cómo está la cosa con el prodigio, que Julito se traumatizó al escribir sus primeros ejercicios narrativos y compartirlos con su madre, ésta se negó a creer que su hijo fuera realmente el autor de aquellos textos porque parecían escritos por un adulto. La incredulidad de su madre rayó la preocupación; cuando consultó al médico y le pidió consejo, éste prescribió que el joven Julio dejara de leer al menos durante seis meses y saliera a tomar el sol.

Por si eso fuera poco, adquirió una formación profesional y superior como profesor normal y profesor de Letras. O sea, que la literatura resonó en su cabecita en todo momento. Uno de sus cuentos más famosos: “Casa tomada”, fue publicado por primera vez, nada más y nada menos que por el mismísimo Jorge Luis Borges. En 1953 aceptó la oferta de traducir la obra completa, en prosa, de Edgar Allan Poe. Dicho trabajo es considerado, hasta la fecha, la mejor traducción de la obra del padre del cuento moderno. No terminaría de enumerar las muchas e interesantísimas relaciones que tejió con literatos de su tiempo.

A punto de cumplir los cincuenta años, luego de toda su infancia y juventud dedicada a la literatura, Cortázar publicó Rayuela, la novela que le dio proyección internacional y le montó a la ola del boom latinoamericano. Que no te sorprenda, pues, que se permita decir que el primer paso de su método creativo es tener una previsión mental y totalitaria del cuento.

Ponerse en los zapatos de los personajes, habitar la esfericidad del cuento, es decir, el universo de ficción en que viven los personajes

Escribe Cortázar:

“…la situación narrativa en sí debe nacer y darse dentro de la esfera, trabajando del interior hacia el exterior, sin que los límites del relato se vean trazados como quien modela una esfera de arcilla.”


Al comienzo de “Del cuento breve y sus alrededores”, Cortázar rescata, entre todos los consejos que componen el Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga, del que ya te hablé en otro vídeo, un solo consejo: «Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno…» La noción de pequeño ambiente, dice Cortázar, da su sentido más hondo al consejo, al definir la forma cerrada del cuento, su esfericidad.

Conviene traer aquí la forma en que Cortázar habla de su propio método, aunque lo hace muy tímidamente y sin ninguna intención de ahondar en él, en un fragmento de “Algunos aspectos del cuento”, dice:

“El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto que así expresado parece una metáfora, expresa sin embargo lo esencial del método.”

Cuando leí ese fragmento por primera vez me constó entender a qué se refería cuando hablaba de verticalidad. Así que me di a la tarea de investigar en qué sentido suele usarse la expresión.

Descubrí que se dice de una persona cuando  tiene una manera de pensar y percibir la realidad que implica la ordenación, a menudo inconsciente, de las demás personas; una ordenación en la que se sitúa él mismo y a los demás en una escala de arribas y abajos. También descubrí que desde una perspectiva psicológica, la verticalidad es todo lo referido a la historia personal del sujeto, mientras que la horizontalidad es el proceso actual que se cumple en el aquí y ahora en relación con la totalidad de los miembros de un grupo.

Estos descubrimientos me llevaron a comprender que Julio Cortázar se refería al trabajo en profundidad de los personajes, verticalmente hacia arriba o hacia abajo, que puede ser entendido también como una linealidad cronológica, hacia el pasado o hacia el futuro. El único recurso del cuentista, dicho con mis propias palabras, es desplazarse por la línea que configura el drama de un personaje, hacia arriba o hacia abajo de su propia historia, considerando también las historias de los otros personajes, que se sitúan jerárquicamente por debajo, lo que sólo puede conseguirse si el autor se pone en los zapatos de su personaje protagonista y habita el mismo universo de ficción que él, es decir, como si el propio autor fuera el personaje y viviera en su pequeño y limitado mundo ficticio.

Elegir una voz narrativa o tipo de narrador (una técnica) que nos mantenga dentro de la esfericidad del cuento

Dice Cortázar:

“…cuando escribo un cuento busco instintivamente que sea de alguna manera ajeno a mí en tanto demiurgo […], y que el lector tenga o pueda tener la sensación de que en cierto modo está leyendo algo que ha nacido por sí mismo, en sí mismo y hasta de sí mismo, en todo caso con la mediación pero jamás la presencia manifiesta del demiurgo. […] El signo de un gran cuento me lo da […] el hecho de que el relato se ha desprendido del autor como una pompa de jabón de la pipa de yeso. Aunque parezca paradójico, la narración en primera persona constituye la más fácil y quizá mejor solución del problema, porque narración y acción son ahí una y la misma cosa. Incluso cuando se habla de terceros, quien lo hace es parte de la acción, está en la burbuja y no en la pipa. […] …la cuestión de la técnica narrativa, entendiendo por esto el especial enlace en que se sitúan el narrador y lo narrado. Personalmente ese enlace se me ha dado siempre como una polarización, es decir que si existe el obvio puente de un lenguaje yendo de una voluntad de expresión a la expresión misma, a la vez ese puente me separa, como escritor, del cuento como cosa escrita, al punto que el relato queda siempre, con la última palabra, en la orilla opuesta…»

En otras palabras, lo que preocupaba a Cortázar era mantenerse dentro del universo de ficción, no sólo a través de unos personajes profundos, sino también a través de la voz narrativa o tipo de narrador, sin querer decir por ello que los narradores internos son la única opción, encontraba en ellos una alternativa natural que resolvía esta necesidad creativa.

Definir la idea de carácter discursivo que impulsa a escribir

Dice Cortázar:

“Pretender liberarse de criaturas obsesionantes a base de mera técnica narrativa puede quizá dar un cuento, pero al faltar la polarización esencial, el rechazo catártico, el resultado literario será precisamente eso, literario [entiéndase formal]; al cuento le faltará la atmósfera que ningún análisis estilístico lograría explicar, el aura que pervive en el relato y poseerá al lector como había poseído, en el otro extremo del punte, al autor.”

El autor tuvo que elegir un tema, ¿cierto? Un fondo. Y lo más probable, lo que suele pasar a todo autor, es que se haya elegido aquel tema porque inicialmente es una obsesión. Sin esa obsesión, el fondo (el tema elegido y la idea que el autor tiene sobre él) no se puede polarizar frente a la forma (la técnica, lo estético). El interés depositado en el tema, pero sobre todo la idea que sobre él tiene el autor, le arrastran hacia la catarsis creativa, polarizándose ante la técnica. Lo que implica que, para llevar a cabo tal polarización, el autor tuvo que entender, meridianamente, cuál es la idea, en torno al tema seleccionado, que le impulsa a escribir.

Escribir como exorcizando el cuento de uno mismo, para que la catarsis determine el surgimiento efectivo de la tensión dramática

De lo que habla aquí Cortázar tiene algo de místico, de mágico: la conjunción de unos astros cuyo universo es nuestra mente y cuya naturaleza constitutiva son todos aquellos elementos antes mencionados. El misterio de la santísima creación cortazariana.

Estos son algunos fragmentos que, en palabras de Cortázar, describen esta última etapa. Y permíteme que lo haga ampliamente, porque es quizá el momento en que mejor se comprende al autor en su apogeo creativo.

Expone:

“…escribir es de alguna manera exorcizar, rechazar criaturas invasoras proyectándolas a una condición que paradójicamente les da existencia universal… […] Quizá el rasgo diferencial más penetrante […] sea la tensión interna de la trama narrativa. […] De un cuento […] se sale como de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante, al que se vuelve poco a poco con una mirada de sorpresa, de lento reconocimiento, muchas veces de alivio y tantas otras de resignación. El hombre que escribió ese cuento pasó por una experiencia todavía más extenuante, porque de su capacidad de transvasar la obsesión dependía el regreso a condiciones más tolerables; y la tensión del cuento nació de esa eliminación fulgurante de ideas intermedias, de etapas preparatorias, de toda la retórica literaria deliberada, puesto que había en juego una operación en alguna medida fatal que no toleraba pérdida de tiempo; estaba allí, y sólo de un manotazo podía arrancársela del cuello o de la cara. […] …así me tocó escribir muchos de mis cuentos; incluso en algunos relativamente largos […], la angustia omnipresente a lo largo de todo un día me obligó a trabajar empecinadamente hasta terminar el relato y sólo entonces, sin cuidarme de releerlo, bajar a la calle y caminar por mí mismo, sin ser ya [ninguno de mis personajes]. Esto permite sostener que cierta gama de cuentos nace de un estado de trance, anormal para los cánones de la normalidad al uso. […] No faltará quien estime que exagero esta noción de un estado ex-orbitado como el único terreno donde puede nacer un gran cuento breve. […] …apelo entonces a mi propia situación de cuentista […] este hombre meterá una hoja de papel en la máquina y empezará a escribir aunque sus jefes y las Naciones Unidas en pleno le caigan por las orejas, aunque su mujer lo llame porque se está enfriando la sopa, aunque ocurran cosas tremendas en el mundo y haya que escuchar las informaciones radiales o bañarse o telefonear a los amigos. […] arranco del bloque informe y escribo algo que sólo entonces se convierte en un cuento coherente y válido per se. La memoria, traumatizada sin duda por una experiencia vertiginosa, guarda en detalle las sensaciones de esos momentos, y me permite racionalizarlos aquí en la medida de lo posible. […] es ahora o nunca, y el temor de que pueda ser nunca exacerba el ahora, lo vuelve máquina de escribir corriendo a todo teclado, olvido de la circunstancia, abolición de lo circundante. Y entonces la masa negra se aclara a medida que se avanza, increíblemente las cosas son de una extrema facilidad.

Habría que agregar aquí la visión que tiene Cortázar en torno al equilibrio al que debería aspirar un cuento, el equilibrio entre la forma y el fondo. Rescato el siguiente fragmento de “Algunos aspectos del cuento”, mientras que todos los anteriores se desprendieron de “Del cuento breve y sus alrededores”:

“…por más experto que sea un cuentista, si le falta una motivación entrañable, si sus cuentos no nacen de una profunda vivencia, su obra no irá más allá del mero ejercicio estético. Pero lo contrario será aún peor, porque de nada valen el fervor, la voluntad de comunicar un mensaje, si se carece de los instrumentos expresivos, estilísticos, que hacen posible esa comunicación.”.

El método cortazariano en pocas palabras

Si tuviera que resumirse el proceso cortazariano de escritura y creación de cuentos, podría decirse más o menos esto:

Hay que ponerse en los zapatos de los personajes, asumir una postura clara y personal sobre el asunto o tema elegido, escoger un tipo de narrador que mantenga al autor dentro del universo de ficción y arrebatarse por la necesidad de extirparse la obra a uno mismo, a través de la catarsis; todo ello partiendo de la previsión totalitaria (del fondo y la forma) del cuento, que no es más que un coágulo informe y oscuro, pero que en manos del cuentista que conoce y domina su oficio, es el caldo de cultivo perfecto.

Sobre sus últimos años de vida

En 1983, tras la vuelta a la democracia en Argentina, Cortázar hizo un último viaje a su patria, donde fue recibido con vítores; lo paraban en la calle y le pedirían autógrafos, en contraste con la indiferencia de las autoridades nacionales.

Carol Dunlop, su segunda esposa, falleció a finales de 1982, sumiendo a Cortázar en una depresión. El 12 de febrero de 1984, a causa de una leucemia, Cortázar falleció. En 2001, la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, quien fue una amiga muy cercana de Julio Cortázar, afirmó en su libro Julio Cortázar y Cris, que la leucemia había sido provocada por el sida, virus que Cortázar habría supuestamente contraído durante una transfusión de sangre en mal estado. Recordemos que la pandemia del VIH vivió sus años de mayor impacto desde la última mitad de los años ochenta y hasta la primera mitad de los noventa. Y como sucedió con muchas víctimas del virus en aquella época, tal y como sucede incluso hoy, el estigma y los prejuicios en torno a la enfermedad empujaron a Cortázar y a su círculo más inmediato a maquillar o, digamos, disimilar la enfermedad que acabó, lamentablemente, con su vida. Aunque nada de esto, por supuesto, es relevante ahora que nos acercamos a su obra con admiración y entusiasmo. ¿Verdad? Celebremos pues la obra de uno de los autores latinoamericanos más influyentes y dejémonos ilustrar por la visión que tenía del cuento, ¿quién mejor que él, que escribió grandes cuentos y que fue, por así decirlo, discípulo del mismísimo padre del cuento moderno Edgar Allan Poe?

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